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lunes, febrero 26, 2024

Eduardo Chirinos / Puerta de Atocha-Estación de los Desamparados

             
       Váca mi estómago, váca mi yeyuno
                                       César Vallejo

1

Paradojas del movimiento. En el interior del tren
el paisaje se percibe desde la quietud. Todo
lo sólido se desvanece en el aire, deja partículas
de polvo, su estela multicolor en la retina.
En el exterior, en cambio, el paisaje es inmóvil.
El tren perfora la quietud como una aguja en la
arteria, como la sangre que circula en un cuerpo
inerte pero todavía vivo. Y el sol. El sol benéfico
que arde en los metales, en la memoria que
agradece la llegada del tren. Y me adormece. 

2

Ahora, por ejemplo, veo paisajes con vacas.
¿Por qué el tren me hace pensar en paisajes
con vacas? Del soporte de fierro cuelgan bolsas
como ubres. Están conectadas a mi cuerpo y mi
cuerpo, callado, las recibe. Miro sin entusiasmo
las ubres de las vacas. Su leche rosada y salina
que ha de llegar hasta mí. Una enfermera entra
a la habitación y pide mi boleto. Las vacas pastan
en las laderas de los Andes, vuelan por los tejados
de Madrid, aterrizan sin alas a orillas del Jocko.
Yo bebo su leche, palpo las ubres que cuelgan del
soporte de fierro. Siempre de pie, junto a mi cama. 

3

Estación de los Desamparados, mayo de 1973.
Todo está en orden: el sol, el río, los asientos
numerados. Domingo familiar en las afueras
de Lima. Escucho la algarabía del tren, su
insistente y frágil traqueteo. ¿Quién hace
tanta bulla? Quiero descansar, pero tampoco
quiero que se vayan. Me hace bien tanto
alboroto, tanto laberinto. La enfermera
me pide mi boleto. No lo tengo, pregúntele
a mis padres, tal vez esté escondido entre
las sábanas. El tren partió con media hora
de retraso. Miro las aguas del río. Ellas
también viajan, pero en sentido contrario.
Conforme suben se tornan más limpias,
más violentas, menos habladoras.

4

Silencio. Lo que necesito es silencio. Cierro
los ojos, acomodo la cabeza en la almohada
y trato de dormir. Pero no puedo. En cada
estación los ambulantes ofrecen sus productos:
bolsitas de cancha, de camote frito, de maní
tostado. Artesanía barata para turistas pobres.
La enfermera me trae la comida en una bandeja
de aluminio. Dice que volverá en dos horas.
Se llama Eulalia como la santa del pueblo,
como la marquesa de Darío que ríe y ríe y ríe. 

5

Estación de Atocha, septiembre de 1986.
Frente a nosotros viaja una familia de gitanos.
El compartimento es pequeño y huele mal.
Aquí no hay cante jondo, ni romance con luna,
ni sangre de cuchillos. Con una navaja el padre
corta un queso. La niña duerme en faldas de la
madre, el niño me ofrece revistas pornográficas
por tres duros. El destino se aleja a la velocidad
del tren, se adentra en la noche, se hunde sin
piedad en la pupila del lobo. Me aferro a los
barrotes de la cama (“váca mi estómago, váca
mi yeyuno”). En la próxima estación se bajan
los gitanos. Y yo debería irme con ellos.

6

Imagina un tren que parte de una estación
cualquiera. Imagina que en cada estación el
tren se multiplica. Que lo que fue al comienzo
un tren solitario y reluciente son ahora miles
circulando sin control. Invadiendo lentamente
y en silencio cada vía sana y libre de tu cuerpo.

7

Infiernillo es rojo y da miedo. Estoy hablando
de mi primer viaje en tren (Lima-Jauja, 1967).
Atrás quedó Desamparados, la cuesta amable
de Chosica, Matucana, San Mateo. Mejor no
mires, advierte mi madre. Estelas de sal en los
rieles podridos de la Oroya (3,700 m.s.n.m.).
El tren perfora la montaña y la divide en dos
en tres, en cuatro. La enfermera pregunta
si he comido ancas de rana. Hace tiempo me
arrodillé ante la Señora de los Desamparados,
me preguntó si leía revistas pornográficas.
No supe contestarle. Me perturban los ojos
del niño gitano, su insoportable olor a queso.
Mejor no mires, advierte mi madre. Abajo
camiones pequeñitos transportan minerales
a una fundición. Me siento mareado. Mejor no
mires, advierte mi madre. Mejor no mires.

8

Eulalia entra a la habitación y pide mi boleto.
Volteo nerviosamente los bolsillos, reviso una
y otra vez la billetera, rebusco entre las sábanas.
Si no lo encuentro tendré que bajarme en la
próxima estación. No te preocupes, me dice
un pasajero. Ahora ya eres uno de los nuestros. 

9

El tren es una mancha que enturbia la pureza
del paisaje. Perfora la quietud como una aguja
en la arteria, como la sangre que circula en un
cuerpo inerte, pero todavía vivo. Y el sol. El sol
benéfico que arde en los metales, en la memoria
que agradece la llegada del tren. Y me despierta.

Eduardo Chirinos (Lima, 1960 - Missoula, Montana, Estados Unidos, 2016), Medicinas para quebrantamientos del halcón, Pre-Textos, Valencia, 2014


Poemas de Eduardo Chirinos en Otra Iglesia Es Imposible
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jueves, mayo 07, 2009

Eduardo Chirinos / Una sombra para cada uno



AULLAR CON todos las canciones que
tarareamos en privado. Gritar hasta
perder la voz (y los oídos). Olvidar por
un momento la rutina, el dolor al páncreas,
los menudos rencores del estómago.
Para esa noche anunciaron lluvia. Hubo
fuegos de artificio y luces de colores. Una
pantalla gigantesca ampliaba las arrugas,
los tonos más agudos, las sucias letras
escritas cuando apenas sabíamos leer.
Y allí estaban. Regalándole al público
la ilusión de ser eternamente jóvenes,
iguales a nosotros. Hay que reconocerlo.
Es loco y divertido: cantas, pero nadie
te escucha; bailas, pero nadie te mira.
El pasado tiene una sombra para cada
uno. Vuelve con las rodillas sucias,
el recuerdo de un amor imposible, la
primera trangresión que es la verdadera
y la última. Para esa noche anunciaron
lluvia, y efectivamente llovió. Pero sólo
después de que rodaron las piedras.

Eduardo Chirinos (Lima, 1960 - Missoula, Montana, Estados Unidos, 2016)

Ilustración: Bosque de videos, Verónica Gómez, Bienal del Fin del Mundo, 2009 Revista Ñ Digital 

De Chirinos en este blog:
Moon of the falling leaves

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Act. 2016

miércoles, agosto 20, 2008

Eduardo Chirinos / Moon of the falling leaves


Luna de las hojas que caen. O mejor,
luna entre las hojas muertas.

¿Con qué imagen puedo nombrar el otoño?

La luna cubre para siempre las hojas,
las baña con un frío resplandor. Y si caen
no es para morir, sino para brillar mejor.

Todo en la caída brilla mejor. Tu silencio

brilla conmigo esta noche y yo
no quiero hablar del otoño
ni de las hojas que caen, ni de la luna.

Me digo para consolarme
que toda muerte es regeneración, que la tierra
se tragará las hojas, que las volverá árboles
o pájaros, tal vez nubes o arroyos.

Pero la luna es insistente y brilla
y dice que volverá a mirarme,
como siempre, entre las hojas muertas.

Eduardo Chirinos (Lima, 1960 - Missoula, Montana, Estados Unidos, 2016)

Foto: Casa de América, Madrid


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Act. 2016