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domingo, junio 05, 2022

Edgar Allan Poe / El cuervo. Una versión libre




[Versión VII, no definitiva]

Una honda medianoche
en que triste y fatigado
meditaba sobre libros
de los sabios olvidados,
soñolienta la cabeza
sobre ellos inclinada,
en mi puerta sonó el golpe
como de una mano incierta.
"Es -pensé- una visita
que está llamando a mi puerta.

Sólo es eso y nada más."

Ah, recuerdo claramente
ese tétrico diciembre,
su fantasma cada brasa
al morir enviaba al suelo.
Yo deseaba la mañana
y buscaba algún consuelo
en los libros a mi pena,
a mi pena por Leonora,
la radiante criatura
a quien nombran en el cielo
y aquí nadie nombrará

nunca más.

El crujido triste, vago,
de los rojos cortinados
me espantaba, me llenaba
de escalofriante temor,
de manera que intentaba
contener mi corazón
con la frase repetida:
"Sólo es eso, una visita
que está llamando a mi puerta;
una tardía visita; sólo eso 

y nada más".

Tomé fuerza a esa deshora,
y mientras abría la puerta
dije: "Señor o señora,
le suplico me perdone,
pero estaba adormecido
y fue suave su llamada,
de manera que dudaba
haberla oído".

Vi las sombras, nada más.

Solo frente a la noche,
temeroso, alucinado,
quedé fijo en unos sueños
que jamás fueron soñados.
Y el silencio no cedió.
Hubo solo una palabra
pronunciada aquella hora,
y fue el nombre de mi amada,
y fue el nombre de Leonora.
Yo lo dije balbuceando.
Y sin más 
la trajo el eco.

Solo eso,
nada más.

Entré de nuevo a la sala
con el alma atormentada.
Sonó entonces nuevamente
el tap-tap de la llamada.
"Ya no hay duda, es el sonido
de algún golpe en la ventana;
tenga calma el corazón
y decida si es el viento.
Si es el viento en la ventana,

y nada más”.

Abrí entonces los postigos, 
y aleteando fuertemente
entró un cuervo majestuoso 
de algún sacro, antiguo reino.
Como dama o caballero, 
suavemente fue a posarse 
sobre un busto de Atenea, 
en el dintel de mi cuarto, 

nada más.

Aquel pájaro de ébano
provocaba cierta gracia
con su seria 
-y convencida- gravedad.
Dije al cuervo:
"Aunque eres calvo y viejo,
no temes a la tiniebla".
"Muestra entonces tus blasones
en la orilla plutoniana de la noche
y de la niebla".

Dijo el cuervo: "Nunca más".

Me asombró oír hablar
a aquel cuervo desgarbado.
En verdad, no es habitual
encontrarse frente a un pájaro
oscuro, sobre un busto
de Atenea, en lo alto 
de una puerta,

y llamado "Nunca Más".

Pero el cuervo, sobre Palas,
no agregó ni una palabra;
ni una pluma sacudió,
como si hubiese entregado
una llave de su alma.
Y me dije pensativo:
"Han partido los amigos 
y también él volará
cuando llegue la mañana.
Otros sueños han volado".

Dijo el cuervo: "Nunca más".

La respuesta fue apropiada 
a mi oscuro pensamiento.
Espantado, sin embargo,
pensé que era aquel lamento
un monótono estribillo,
aprendido de algún amo 
batido por la fortuna
tan violentamente, y tanto,
que sonara en su instrumento
sólo el fatídico canto
del jamás 

y el nunca más.

Pero el cuervo todavía
me causaba cierta gracia con su aire 
entre desgarbo y gravedad,
de suerte que el sillón puse delante
de Palas, del cuervo y del tirante
y hundido en el terciopelo
di a volar el pensamiento,
meditando en el sentido
sin sentido,
de aquel dicho repetido:
 
nunca más y
nunca más.

Discurría de ese modo
para recobrar la calma
mientras los ojos del cuervo
encendían más mi alma;
eso solo investigaba,
la cabeza reclinada
sobre el suave terciopelo
que otras sienes han rozado
y ya nunca tocarán,

¡ah, nunca más!

Como si ángeles invisibles
descendieran con un bálsamo,
se llenó de un raro aroma
de repente el aire rancio.
"Miserable", pensé entonces,
"Dios le da tregua y descanso
a tu mente perturbada
por la muerte de Leonora.
Reposo, con este bálsasmo.
Toma de él para olvidarla.
Bebe de él y olvidarás."

Dijo el cuervo: 
"Nunca más".

"Profeta -dije- ave o duende,
profeta al fin, si te envían el diablo
o la tormenta hasta esta playa,
intrépido y desolado hasta
este hogar de espanto,
dime entonces la verdad:
¿hay un bálsamo, te ruego,
hay un bálsamo en Galaad?"

Dijo el cuervo: 
"Nunca más"

"Profeta", dije, "ave o diablo, 
y profeta finalmente,
por el Cielo,
por el Dios al que ambos adoramos, 
dile a mi alma destruida 
si otra hora,
en otra vida,
podré abrazar la deidad 
a la que llaman los ángeles 
Leonora". 

Dijo el cuervo: 
"Nunca más."

"Sean pues estas palabras
la señal de tu partida.", 
dije. "Vuelve a la borrasca
y no dejes una pluma 
que recuerde tu estadía. 
Quita el pico de mi alma,
deja en paz mi soledad." 

Dijo el cuervo: 
"Nunca más."

Y no ha partido. Aún está
sentado sobre el pálido busto 
de Atenea, en la puerta de mi cuarto.
Con sus ojos encendidos 
como el diablo con que sueña.
Y mi alma de esa sombra 
que desciende sobre el suelo 
ya no se levantará. 
Jamás.

¡Nunca más!

[2020, año de la peste]

Edgar Poe (Boston, Estados Unidos, 1809-Baltimore, Estados Unidos, 1849)
 © por esta versión libre: Jorge Aulicino

Más traducciones de poemas de Edgar Allan Poe, incluida la clásica versión Pérez Bonalde de "El cuervo", en Otra Iglesia Es Imposible

Imagen: Poe. Daguerrotipo de Sarah Ellen Whitman, 1848, Biblioteca Nacional de Francia (detalle)


The Raven

Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore—
    While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
“’Tis some visitor,” I muttered, “tapping at my chamber door—
            Only this and nothing more.”

    Ah, distinctly I remember it was in the bleak December;
And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor.
    Eagerly I wished the morrow;—vainly I had sought to borrow
    From my books surcease of sorrow—sorrow for the lost Lenore—
For the rare and radiant maiden whom the angels name Lenore—
            Nameless here for evermore.

    And the silken, sad, uncertain rustling of each purple curtain
Thrilled me—filled me with fantastic terrors never felt before;
    So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating
    “’Tis some visitor entreating entrance at my chamber door—
Some late visitor entreating entrance at my chamber door;—
            This it is and nothing more.”

    Presently my soul grew stronger; hesitating then no longer,
“Sir,” said I, “or Madam, truly your forgiveness I implore;
    But the fact is I was napping, and so gently you came rapping,
    And so faintly you came tapping, tapping at my chamber door,
That I scarce was sure I heard you”—here I opened wide the door;—
            Darkness there and nothing more.

    Deep into that darkness peering, long I stood there wondering, fearing,
Doubting, dreaming dreams no mortal ever dared to dream before;
    But the silence was unbroken, and the stillness gave no token,
    And the only word there spoken was the whispered word, “Lenore?”
This I whispered, and an echo murmured back the word, “Lenore!”—
            Merely this and nothing more.

    Back into the chamber turning, all my soul within me burning,
Soon again I heard a tapping somewhat louder than before.
    “Surely,” said I, “surely that is something at my window lattice;
      Let me see, then, what thereat is, and this mystery explore—
Let my heart be still a moment and this mystery explore;—
            ’Tis the wind and nothing more!”

    Open here I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter,
In there stepped a stately Raven of the saintly days of yore;
    Not the least obeisance made he; not a minute stopped or stayed he;
    But, with mien of lord or lady, perched above my chamber door—
Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door—
            Perched, and sat, and nothing more.

Then this ebony bird beguiling my sad fancy into smiling,
By the grave and stern decorum of the countenance it wore,
“Though thy crest be shorn and shaven, thou,” I said, “art sure no craven,
Ghastly grim and ancient Raven wandering from the Nightly shore—
Tell me what thy lordly name is on the Night’s Plutonian shore!”
            Quoth the Raven “Nevermore.”

    Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly,
Though its answer little meaning—little relevancy bore;
    For we cannot help agreeing that no living human being
    Ever yet was blessed with seeing bird above his chamber door—
Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber door,
            With such name as “Nevermore.”

    But the Raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only
That one word, as if his soul in that one word he did outpour.
    Nothing farther then he uttered—not a feather then he fluttered—
    Till I scarcely more than muttered “Other friends have flown before—
On the morrow he will leave me, as my Hopes have flown before.”
            Then the bird said “Nevermore.”

    Startled at the stillness broken by reply so aptly spoken,
“Doubtless,” said I, “what it utters is its only stock and store
    Caught from some unhappy master whom unmerciful Disaster
    Followed fast and followed faster till his songs one burden bore—
Till the dirges of his Hope that melancholy burden bore
            Of ‘Never—nevermore’.”

    But the Raven still beguiling all my fancy into smiling,
Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird, and bust and door;
    Then, upon the velvet sinking, I betook myself to linking
    Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore—
What this grim, ungainly, ghastly, gaunt, and ominous bird of yore
            Meant in croaking “Nevermore.”

    This I sat engaged in guessing, but no syllable expressing
To the fowl whose fiery eyes now burned into my bosom’s core;
    This and more I sat divining, with my head at ease reclining
    On the cushion’s velvet lining that the lamp-light gloated o’er,
But whose velvet-violet lining with the lamp-light gloating o’er,
            She shall press, ah, nevermore!

    Then, methought, the air grew denser, perfumed from an unseen censer
Swung by Seraphim whose foot-falls tinkled on the tufted floor.
    “Wretch,” I cried, “thy God hath lent thee—by these angels he hath sent thee
    Respite—respite and nepenthe from thy memories of Lenore;
Quaff, oh quaff this kind nepenthe and forget this lost Lenore!”
            Quoth the Raven “Nevermore.”

    “Prophet!” said I, “thing of evil!—prophet still, if bird or devil!—
Whether Tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,
    Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted—
    On this home by Horror haunted—tell me truly, I implore—
Is there—is there balm in Gilead?—tell me—tell me, I implore!”
            Quoth the Raven “Nevermore.”

    “Prophet!” said I, “thing of evil!—prophet still, if bird or devil!
By that Heaven that bends above us—by that God we both adore—
    Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,
    It shall clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore—
Clasp a rare and radiant maiden whom the angels name Lenore.”
            Quoth the Raven “Nevermore.”

    “Be that word our sign of parting, bird or fiend!” I shrieked, upstarting—
“Get thee back into the tempest and the Night’s Plutonian shore!
    Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
    Leave my loneliness unbroken!—quit the bust above my door!
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!”
            Quoth the Raven “Nevermore.”

    And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
    And his eyes have all the seeming of a demon’s that is dreaming,
    And the lamp-light o’er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soul from out that shadow that lies floating on the floor
            Shall be lifted—nevermore!

martes, marzo 24, 2020

Edgar Allan Poe / El cuervo. Versión de Andrés Ehrenhaus



















Cierta medianoche aciaga, con la mente fatigada,
revisaba unos libracos de saber inmemorial
y asentía, adormecido, cuando rechinó un postigo,
como si alguien, con sigilo, golpeara mi portal.
“Es –me dije– un visitante que golpea mi portal;
sólo eso y nada más”.

¡Ah, me acuerdo claramente de aquel lóbrego diciembre!
Cada rescoldo muriente dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma
en mis libros, ni consuelo por Leonor, que ya no está,
por Leonor, la impar y bella a quien solo nombran ya
ángeles del más allá.

Con sus roces, las cortinas, purpurinas y furtivas,
me inspiraban fantasías de un terror tan inusual
que, por sosegar mi pecho, repetí muy circunspecto:
“Es tan solo un visitante que ha llegado a mi portal;
un tardío visitante que me aguarda en el portal.
Será eso, nada más”.

Cuando al fin recobré el temple decidí ser más vehemente,
“Caballero –dije– o dama, me tendrá que disculpar,
pues estaba adormecido cuando un son me puso en vilo,
y tan leve fue el rasguido que ha sonado en mi portal
que dudé de haberlo oído...” y aquí raudo abrí el portal:
sombras, noche y nada más.

Escruté la noche oscura, temeroso, envuelto en dudas,
y soñé sueños que nadie nunca osó soñar jamás;
pero nada, ni un rumor, alteró el silencio atroz
salvo la expresión “¿Leonor”? que en susurros fui a nombrar;
yo lo susurré y el eco repitió “¡Leonor!” tal cual.
Eso sólo y nada más.

Aunque mi alma ardía por dentro, regresé a mis aposentos
pero pronto aquel rasguido se volvió más pertinaz.
“Esta vez, quien sea que llama se ha llegado a mi ventana;
veré, pues, qué es lo que trama, qué misterio habrá detrás.
Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
¡Es el viento y nada más!”

Abrí entonces la persiana y, con gran despliegue de alas,
se coló en la sala un cuervo muy solemne y ancestral.
Sin cumplido ni respeto, sin dudarlo ni un momento,
con desdén de dueña o dueño fue a posarse en el umbral,
en el gran busto de Palas que hay encima del umbral;
fue, posóse y nada más.

Este pájaro azabache, con sus aires fatuos, graves,
trastocó en sonrisa suave mi febril morbosidad.
“El penacho corto y ralo no te impide ser osado,
viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;
¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?”
Dijo el cuervo: “Nunca más”.

Me asombró que un ave absurda se expresara con facundia,
a pesar de que el sentido no fuera nada cabal,
pues acordarán conmigo que muy pocos han tenido
ocasión de ver cernido pajarraco así en su umbral;
bestia o pájaro cernidos en el busto del umbral
que se llamen “Nunca más”.

Pero el cuervo, huraño y mustio, solo emitió desde el busto
ese sombrío trasunto de su alma y nada más.
No movió una sola pluma ni añadió palabra alguna
hasta que expresé mis dudas: “Vi a otros amigos volar;
él también, por la mañana, como mis ansias, se irá”.
Dijo entonces: “Nunca más”.

Con su certera respuesta el ave me puso alerta;
“Sin duda –dije– repite lo que ha podido acopiar
del repertorio olvidado de algún amo cuyo infausto
destino redujo, al cabo, sus canciones a un refrán,
enterrando su esperanza bajo un lúgubre refrán
tal que “Nunca, nunca más”.

Como al verlo aún sonreía pese a mis miedos y cuitas,
planté una silla mullida frente a ave, busto, umbral
y, hundido en la blanda almohada, concentré mis suspicacias
en maliciar qué buscaba la funesta ave ancestral,
esa exangüe, enjuta, agónica y grotesca ave ancestral
            graznándome “Nunca más”.

Yo sondeaba estas palabras, sentado y sin decir nada
al ave que me abrasaba el pecho con su mirar;
eso y más iba rumiando, con la cabeza de canto
sobre el cojín de brocado al que apocaba el fanal,
¡sobre aquel cojín purpúreo que ella acostumbraba usar
y ya no usará jamás!

Sentí el aire más cargado, cual si ardiera un incensario
mecido por serafines de leve andar musical.
“¡Innoble! –me dije– ¡Mira! Es tu Dios el que te envía
con sus ángeles la mirra que a Leonor te hará olvidar.
¡Cata, cata el dulce filtro y a Leonor olvidarás!”
Dijo el cuervo: “Nunca más”.

“¡Profeta –dije–, villano; vil profeta, ave o diablo!
Tanto si fue el Tentador o acaso una tempestad
quien te arrojara, inmutable, a este trágico paraje,
a este hogar de horror constante, ¡te lo ruego, dime ya,
dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!”
Dijo el cuervo: “Nunca más”.

“¡Profeta –dije–, villano; vil profeta, ave o diablo!
Por el Dios que veneramos, por la gloria celestial,
dile a este alma sin consuelo si en el Edén postrimero
el fulgor casto y sereno de Leonor podré abrazar;
si a quien conocen los Cielos por Leonor podré abrazar”.
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”

“¡Que tus dichos nos separen”, proferí, “diablo o ave!”
“¡Vuelve a la noche insondable! ¡Húndete en la tempestad!
¡No dejes rastro ni pluma que rubriquen tu calumnia!
¡No interrumpas mi clausura! ¡Sal del busto del portal!
¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!”
Dijo el cuervo: “Nunca más”.

Y ahora el cuervo, sin moverse, aún se cierne, ¡aún se cierne!,
sobre el blanco busto inerte que corona mi zaguán;
y sus ojos asemejan los de un demonio que sueña,
y su sombra se descuelga como un aura fantasmal;
y mi alma, de esa sombra que allí flota, fantasmal,
no va a alzarse... ¡nunca más!

Edgar Allan Poe (Boston, Estados Unidos, 1809-Baltimore, Estados Unidos, 1849)

El cuervo y otros textos poéticos, Edgar Alan Poe, Penguin Clásicos, Barcelona 2020. Traducción de los poemas y "Nota a la edición" por Andrés Ehrenhaus; traducción de los ensayos y prólogo por Edgardo Dobry









Original en inglés, con las ilustraciones de Gustav Doré, en Project Gutenberg
Más traducciones de poemas de Edgar Allan Poe, incluida la clásica versión Pérez Bonalde de "El cuervo", en Otra Iglesia Es Imposible

Foto: Retrato no identificado fotografiado en 1913 por Rufus W. Holsinger en la Universidad de Virginia. Estados Unidos Wikimedia Commons

sábado, octubre 12, 2019

Edgar Allan Poe / Solo















Desde de mi niñez, no he sido
como el resto, no he visto
lo que los demás veían, no pude extraer
mis pasiones del mismo manantial.
Ni de la misma fuente obtuve
mi pena; no pude despertar
mi corazón a la alegría en igual tono;
y todo lo que amé, lo amé solo.
Entonces —en mi niñez— en el amanecer
de una tempestuosa vida, brotó
desde la profundidad misma del bien y del mal
el misterio que aún me ata:
desde el torrente o la fuente,
desde el rojo peñasco de la montaña,
desde el sol que giraba a mi alrededor
en su otoño dorado,
desde el rayo en el cielo
mientras pasaba volando a mi lado,
desde el trueno y la tormenta,
y la nube que tomó la forma
(cuando el resto del cielo era azul)
de un demonio ante mi mirada.

[1829 - Scribner's Monthly, 1875]

Edgar Allan Poe (Boston, Estados Unidos, 1809-Baltimore, Estados Unidos, 1849)
Versión © Silvia Camerotto

Ref.:
Poets Org
Poetry Foundation
Lecturalia
A Media Voz

Ilustración: Grabado de Edouard Manet para la edición en francés del poema "El cuervo", de Edgar Allan Poe, 1871 New York Public Library/Getty

Alone

From childhood's hour I have not been
As others were; I have not seen
As others saw; I could not bring
My passions from a common spring.
From the same source I have not taken
My sorrow; I could not awaken
My heart to joy at the same tone;
And all I loved, I loved alone.
Then— in my childhood, in the dawn
Of a most stormy life— was drawn
From every depth of good and ill
The mystery which binds me still:
From the torrent, or the fountain,
From the red cliff of the mountain,
From the sun that round me rolled
In its autumn tint of gold,
From the lightning in the sky
As it passed me flying by,
From the thunder and the storm,
And the cloud that took the form
(When the rest of Heaven was blue)
Of a demon in my view.

jueves, junio 16, 2011

Edgar Allan Poe / A María Luisa




A María Luisa Shew *

No ha mucho, quien escribe, en loco orgullo
De intelectualidad, sostuvo el íntegro
"Poder de las palabras": - negó siempre
Que en el cerebro humano un pensamiento
Cupiera, inexpresable en lengua humana.
Y hoy -ironía a su jactancia estéril-
Dos palabras no más - suaves disílabos
De ítalo son, que el serafín acaso
Forjó, soñando ante el lunar "rocío
Que el collado de Hermón viste de perlas"-
Despertaron en su alma pensamientos
Como impensados: ánimas de ideas;
Tan profundas, tan célicas visiones,
Que ni el propio Israfel, "ángel que tiene
La voz más dulce entre los seres todos",
Supiera concertarlas. Y mi hechizo
roto está; cae la pluma de mi mano
Con tu nombre por texto, ni a orden tuya
Puedo escribir - ni hablar, ni pensar puedo;
¡Ah! ni sentir; que no es sentir la extática,
La muda permanencia en los umbrales
Del gran pórtico abierto de los sueños;
Trémulo, ante la espléndida avenida -
Trémulo de no ver - allá, a mi diestra
Y a mi siniestra mano, y hasta el fondo
Del camino, en que al fin nieblas purpúreas
Cierran toda visión - más que a ti sola.

Edgar Allan Poe (Boston,1809-Baltimore, 1849), El cuervo y otros poemas, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1988
Traducción: Carlos Obligado

* Vecina de la última residencia de Poe, en Fordham, a corta distancia de la ciudad de Nueva York, y enfermera de Virginia Clemm, la mujer de Poe (Nota del Administrador)


To Marie Louise

Not long ago, the writer of these lines,
In the mad pride of intellectuality,
Maintained the "Power of Words" — denied that ever
A thought arose within the human brain
Beyond the utterance of the human tongue:
And now, as if in mockery of that boast,
Two words — two foreign, soft dissyllables —
Two gentle sounds made only to be murmured
By angles dreaming in the moon-lit "dew
That hands like chains of pearl on Hermon hill"
Have stirred from out the abysses of his heart
Unthought-like thoughts — scarcely the shades of thought —
Bewildering fantasies — far richer visions
Than even the seraph harper, Israfel,
Who "had the sweetest voice of all God's creatures,"
Would hope to utter. Ah, Marie Louise!
In deep humility I own that now
All pride — all thought of power — all hope of fame —
All wish for Heaven — is merged forevermore
Beneath the palpitating tide of passion
Heaped o'er my soul by thee. Its spells are broken —
The pen falls powerless from my shivering hand — [page 2:]
With that dear name as text I cannot write —
I cannot speak — I cannot even think —
Alas! I cannot feel; for 'tis not feeling —
This standing motionless upon the golden
Threshold of the wide-open gate of Dreams,
Gazing, entranced, adown the gorgeous vista,
And thrilling as I see upon the right —
Upon the left — and all the way along,
Amid the clouds of glory, far away
To where the prospect terminates
— thee only.

"To Marie Louise [Shew]" (A), manuscript, December 1847-January 1848

The original manuscript of this poem sent by Mrs. Shew to J. H. Ingram in 1875, has long been lost, but a tracing of the poem was apparently made by Ingram, and retained. That tracing is now item 42 in the Ingram Collection at the University of Virginia.

eapoe.org

Imagen: Ilustración sin fecha basada en una fotografía de Matthew Brady Getty Images

martes, diciembre 21, 2010

Edgar Allan Poe / Solo



Solo

Desde la hora infantil no he sido
Lo que otros fueron. No he visto
Lo que otros vieron; no he extraído
Mis pasiones de una común fuente
Ni he tomado de la misma corriente
Mi pena; no he podido despertar
Mi corazón a un goce similar
Lo que he amado, lo he amado solo.
En mi infancia, en el alba luego,
De una vida tormentosa, fue trazado
En lo profundo de lo bueno y funesto
El misterio que todavía me sujeta.
Desde el torrente o la fontana
Desde el rojo risco de la montaña
Desde el sol que me rodea
En su otoño tinto de oro
Desde el relámpago en el cielo
Que pasa volando pasajero
Desde el trueno y la tromba
Y la nube que tomó la forma
(el resto del Cielo era azul)
de un demonio ante mi luz.

Edgar Poe (Boston, 1809-Baltimore, 1849)
Versión de Angel Faretta


Alone

From childhood’s hour I have not been
As others were; I have not seen
As others saw; I could not bring
My passions of a common spring.
From the same source I have not taken
My sorrow; I could not awaken
My heart to joy at the same tone;
And all I loved, I loved alone.
Then –in my childhood- in the dawn
Of a most stormy life- was drawn
From every depth of good and ill
The mistery which binds me still
From the torrent, or the fountain
From the red cliff of the mountain
From the sun that round me rolled
In its autumn tint of gold
From the lighting in the sky
As it passed me flying by,
From the thunder and the storm
And the cloud that took the form
(when the rest of Heaven was blue)
of a demon in my view.

Ilustración: Estudio de nubes; nubes de tormenta sobre la torre del Palacio en Dresden, 1825, Johan Christian Clausen Dahl

lunes, abril 12, 2010

de archivo / Poe


de archivo

In this light and on this evening


Por Jorge Aulicino

Sobre Edgard Allan Poe existen numerosos malentendidos, acendradas mistificaciones e insuficientes verdades, que la biografía Una vida truncada, del gran inglés Peter Ackroyd –autor de una extraordinaria Biografía de Londres– y la reedición de los Cuentos completos de Poe traducidos por Julio Cortázar –ambas de Edhasa–, no dejarán de alimentar. En algún punto, la biografía de Ackroyd arroja una luz ambigua sobre la figura del escritor como para desperfilar, como conviene, a un mito, sobre la base de verdades muy probables y contradictorias.

¿En qué consiste la mistificación de Poe?

Básicamente, en que fue un prisionero de su tiempo, un "suicidado por la sociedad", diría Artaud, como dijo de Van Gogh; un molesto e indeseable esperpento, un genio que se sentía incómodo en la "prisión de los Estados Unidos" –debemos a Baudelaire el tropo–, un visionario que murió frustrado, para ser descubierto, como corresponde, muchas décadas después, como uno de los fundadores de la escuela norteamericana del cuento y parte integrante de la Patrística literaria de aquella nación. Ackroyd prefiere llamar, a esa vida, "truncada" (cut) y no frustrada (frustrated).

La lectura de la biografía de Ackroyd corrobora, sí, que Poe no se sentía cómodo en los Estados Unidos. No sabemos por qué. Vagó de una ciudad a otra de la costa Este escribiendo en periódicos y perseguido por la pobreza. Pero: a) no fue en absoluto un desconocido; fue uno de los periodistas más exitosos de su época y también uno de los escritores más reconocidos, por cierto no a la altura de Longfelow –tampoco tuvo tiempo para disputarle la consagración, ni su carácter belicoso le hubiese permitido convertirse en patriarca hierático-; b) pudo escapar de la pobreza: dos periódicos al menos multiplicaron geométricamente sus ventas gracias a la inspiración y el trabajo de Poe; uno de ellos le hubiese proporcionado un porvenir más que holgado, pero lo abandonó porque lo aburría; c) uno de los motivos por los que Poe, en su corta vida, llegó a la fama, fue su crítica muchas veces despiadada, tanto como bien escrita, a sus contemporáneos; era célebre por sus provocadoras reseñas, que fueron laudatorias cuando se trataba de mujeres que lo halagaban; d) su poema "El cuervo" tuvo un éxito enorme, aun para la época, y escuchárselo recitar con su voz magnética parece que era una de las grandes experiencias a las que un norteamericano culto podía aspirar en la primera mitad del XIX en la costa Este de los Estados Unidos. Todo lo cual indica que Poe no tenía razones para sentirse incómodo, aunque seguramente, en verdad, lo estaba. Era un pionero extraordinario, laborioso y creído de sí mismo, violento a veces, indecoroso otras, aunque la mayor parte del tiempo se comportaba con unos modales tan amables, suaves y caballerosos que asombraban. * Era un bebedor sediento, de los que se emborrachan hasta caer, en una rápida y letal sucesión de tragos. Y era un sureño –se había criado en Virginia–, con pretensiones de aristócrata, esclavista y antiburgués.

Segunda cuestión relacionada con el falso mito: era absolutamente consciente de que escribía para los magazines, y por lo tanto sus cuentos debían impresionar. Le gustasen o no, en ellos encapsulaba sin embargo lo sublime. Precursor del sensacionalismo periodístico y literario, aconsejó a los propietarios de periódicos incluir con frecuencia prosas como las suyas que, en el terreno de la ficción, anticipaban las crónicas de crímenes truculentos que alimentaron a los grandes rotativos del siglo XX.

Manejó, aun en la poesía, la noción de efecto. "Siempre existe un punto en que se dan la mano la ironía y la decadencia, y nunca queda claro si Poe está riéndose o llorando ante sus propias imaginaciones", señala Ackroyd. Poco antes, cita al propio Poe: los relatos de mayor éxito contienen "lo absurdo rayano en lo grotesco, lo aprensivo coloreado con lo horrible, lo ingenioso exagerado hasta lo burlesco, lo singular revestido de lo extraño y lo místico. Podría decirse que todo esto es mal gusto"; a lo que agrega Ackroyd: "Este era el credo periodístico de Poe, unos principios que siguió fielmente durante su carrera de escritor".

Poe tenía absoluto control sobre su estilo, dice su biógrafo, y si deploraba sus borracheras intensas, era por la sensación de pérdida de dominio de sí mismo que le acarreaban. Pero el talón de Aquiles de Poe no fue el alcohol, fueron las mujeres. Se enamoró de la madre de un compañero en la adolescencia, luego de su prima adolescente Virginia, con la que se casó, y al morir ella, de sucesivas mujeres, en pocos años, y de dos al mismo tiempo, frente a las que enaltecía su amor en términos parecidos y ante las que se declaraba al borde del suicidio, o de la muerte más atroz, a causa de ellas (de cada una por separado).

Algo conscientemente teatral, de vaudeville dramático, hubo en toda la obra de Poe, incluidas sus cartas, siempre escritas en agonía y desolación mortal que no le impedían seguir viviendo. Su muerte, muchos años después de las primeras líneas exageradamente patéticas dirigidas a su padrastro, fue realmente grotesca. Si de verdad fue arrastrado en Baltimore a servir de votante disfrazado en unas elecciones fraudulentas, en plena borrachera –de hecho vestía unas ropas y un sombrero extraños cuando lo encontraron exánime–, entonces sí fue un suicidado por la sociedad, en sentido completamente aleatorio: durante el vértigo de sus viajes por el Este, más sentimentales que literarios, poseído además de su compulsión alcohólica.

Discutida no ha sido lo suficiente la traducción que hizo Cortázar de esta literatura, no menos complicada que su creador. Anotación: Poe no escribía bien; contra anotación: lo hacía maravillosamente dentro del estilo semi paródico efectista con el que sacaba partido periodístico y literario de una generación que amaba el rebuscamiento, como sinónimo de alta literatura (todo para leer narraciones de disparatada imaginación en las revistas). Cortázar le corta el pelo y lo emprolija. Sus traducciones son de una fluidez que Poe no tenía. Se leen sin la dificultad de los estucos y el taraceado originales. Y a veces sin ese relumbrón sangriento oscuro, esa luz de teatro, de la que Poe dotaba sus cuentos, esa belleza extraña que montaba con diversos recursos, entre ellos la abundancia de adjetivos ("dull, dark, soundless" son los que acumula en la primera línea de "La caída de la casa Usher"). Cortázar pues escribe bien; Poe escribía mal y sólo la imaginación lo salva. No es tal tampoco esto. El mito verdadero dará aún que conversar, mistificar y desmitificar.

Revista Ñ, 7.11.2009

* El editor N.B. Willis lo recordaba así: Con su cara pálida, bella e inteligente (...) era imposible tratarlo de otra manera que con los más finos modales. Cuando le decíamos que no debía ser tan duro en la crítica o le pedíamos que tachara algún pasaje (...) aceptaba con mucha más generosidad que otros, que en tales circustancias se muestran extraordinariamente susceptibles. En E. A. Poe, de Walter Lennig, Salvat, 1986

Foto Poe, daguerreotipo de W. S. Hartshorn, 1848. Copyright: C. T. Tatman, 1904. Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos

jueves, diciembre 18, 2008

Edgar Allan Poe / Elizabeth


Elizabeth, a pesar de Zenón y de otros sabios,
sin duda corresponde
-la lógica y el hábito lo ordenan-
que en tu libro se escriba primero tu nombre;
y yo tengo otras razones para hacerlo,
al margen de mi gusto por la contradicción.
El poeta -si es poeta- que explora las alcobas
de la Ficción o la Realidad en busca de las musas,
ha estudiado muy poco su parte, no leyó nada,
ha escrito menos, en suma, es un tonto
carente de alma, de juicio y de arte,
cuando ignora una regla elemental,
empleada incluso en las tesis de la escuela,
llamada -olvidé la palabra griega-
llamada como sea, el sentido es el mismo:
"Siempre escribe primero las cosas
en lo más alto del corazón".

Edgar Allan Poe (Boston,1809-Baltimore, 1849), Poesías completas, Editorial Claridad, Buenos Aires, 2005
Versión de Gerardo Gambolini

Elizabeth
Elizabeth, it surely is most fit / [Logic and common usage so commanding] / In thy own book that first thy name be writ, / Zeno and other sages notwithstanding; / And I have other reasons for so doing / Besides my innate love of contradiction; / Each poet - if a poet - in pursuing / The muses thro' their bowers of Truth or Fiction, / Has studied very little of his part, / Read nothing, written less - in short's a fool / Endued with neither soul, nor sense, nor art, / Being ignorant of one important rule, / Employed in even the theses of the school- / Called - I forget the heathenish Greek name / [Called anything, its meaning is the same] / "Always write first things uppermost in the heart."

Poetry Lovers Page

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Ilustración: Poe, daguerrotipo, probablemente realizado por el estudio Manchester, Masury y Hartshorn en Providence, hacia 1848. The Library of Congress, USA

viernes, julio 13, 2007

Edgar Allan Poe / El cuervo. Versión de Pérez Bonalde


El cuervo
de Edgar Allan Poe
Versión de Juan Antonio Pérez Bonalde (Caracas, 1846-La Guaira, 1892)

Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones,
Sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
Inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
A mi puerta oí llamar;
Como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
Mano tímida a tocar:
"¡Es - me dije - una visita que llamando está a mi puerta:
eso es todo y nada más!".


¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
Y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
Cuán ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura
Procurando en vano hallar
Tregua a la honda desventura de la muerta Leonora;
La radiante, la sin par
Virgen rara a quien Leonora los querubes llaman, ahora
Ya sin nombre... ¡nunca más!


Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
Me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
De tal modo que el latido de mi pecho palpitante
Procurando dominar,
"¡Es, sin duda, un visitante-repetía con instancia-
Que a mi alcoba quiere entrar:
Un tardío visitante a las puertas de mi estancia...,
Eso es todo, y nada más!".


Poco a poco, fuerza y bríos fue mi espíritu cobrando:
"Caballero, dije, o dama: mil perdones os demando;
Mas, el caso es que dormía, y con tanta gentileza
Me vinisteis a llamar,
Y con tal delicadeza y tan tímida constancia
Os pusisteis a tocar,
Que no oí", dije, y las puertas abrí al punto de mi estancia:
¡sombras sólo y... nada más!


Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,
Quedé allí -cual antes nadie los soñó- forjando sueños;
Mas profundo era el silencio, y la calma no acusaba
Ruido alguno... Resonar
Sólo un nombre se escuchaba que en voz baja aquella hora
Yo me puse a murmurar,
Y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...!
Esto apenas, ¡nada más!


A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia,
Pronto oí llamar de nuevo, esta vez con más violencia:
"De seguro -dije- es algo que se posa en mi persiana,
Pues, veamos de encontrar
La razón abierta y llana de este caso raro y serio,
Y el enigma averiguar:
¡Corazón, calma un instante, y aclaremos el misterio...:
Es el viento, y nada más!".


La ventana abrí, y con rítmico aleteo y garbo extraño,
Entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,
Con aspecto señorial,
Fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta
De mi puerta el cabezal;
Sobre el busto que de Palas representa,
Fue y posóse, y ¡nada más!


Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
Con su grave, torva y seria, decorosa gentileza;
Y le dije: "Aunque la cresta calva llevas, de seguro
No eres cuervo nocturnal,
¡viejo, infausto cuervo oscuro vagabundo en la tiniebla...!
Dime, ¿cuál tu nombre, cuál,
En el reino plutoniano de la noche y de la niebla...?"
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".


Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,
Si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;
Pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura
Que lograse contemplar
Ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,
Ave o bruto reposar
Sobre efigie en la cornisa de su puerta cincelada,
Con tal nombre: "Nunca más".


Mas el cuervo fijo, inmóvil, en la grave efigie aquélla,
Sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella
Vinculada, ni una pluma sacudía, ni un acento
Se le oía pronunciar...
Dije entonces al momento: "Ya otros antes se han marchado,
Y la aurora al despuntar,
él también se irá volando cual mis sueños han volado".
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".


Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido,
"No hay ya duda alguna -dije-, lo que dice es aprendido;
Aprendido de algún amo desdichado a quien la suerte
Persiguiera sin cesar,
Persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo,
Sus canciones terminar
Y el clamor de su esperanza con el triste ritornello
De: ¡Jamás, y nunca más!".


Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa,
Mi sillón rodé hasta el frente de ave y busto y de cornisa;
Luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía
Dime entonces a juntar,
Por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso
De un pasado inmemorial,
Aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso,
Al graznar: "¡Nunca jamás!".


Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma,
Cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
Esto y más-sobre cojines reclinado- con anhelo
Me empeñaba en descifrar,
Sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella
Luminosa mi fanal,
Terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá élla
A oprimir, ¡ah, nunca más!


Parecióme el aire, entonces, por incógnito incensario
Que un querube columpiase de mi alcoba en el santuario,
Perfumado. "¡Miserable ser -me dije- Dios te ha oído,
Y por medio angelical,
Tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora
Te ha venido hoy a brindar:
Bebe, bebe ese nepente, y así todo olvida ahora!".
Dijo el cuervo: "Nunca más".


¡Oh, Profeta -dije- o duende!, mas profeta al fin, ya seas
Ave o diablo, ya te envíe la tormenta, ya te veas
Por los ábregos barrido a esta playa, desolado
Pero intrépido, a este hogar
Por los males devastado, dime, dime, te lo imploro:
¿Llegaré jamás a hallar
Algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".


"¡Oh, Profeta -dije- o diablo! Por ese ancho, combo velo
De zafir que nos cobija, por el sumo Dios del cielo
A quien ambos adoramos, dile a esta alma dolorida,
Presa infausta del pesar,
Si jamás en otra vida la doncella arrobadora
A mi seno he de estrechar,
La alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora..."
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".


"¡Esa voz, oh cuervo, sea la señal de la partida
-grité alzándome-, retorna, vuelve a tu hórrida guarida,
La plutónica ribera de la noche y de la bruma...!
¡De tu horrenda falsedad
En memoria, ni una pluma dejes, negra! ¡El busto deja!
¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu forma aleja...!"
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".


Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura,
Sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura....
Y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,
Las visiones ve del mal;
Y la luz, sobre él cayendo, sobre el suelo arroja trunca
su ancha sombra funeral.
Y mi alma de esa sombra en la que él flota... nunca
Se alzará... ¡nunca jamás!

[Publicación del poema original:1845 - Traducción: 1887]

Edgar Poe (Boston, 1809-Baltimore, 1849), El cuervo. Las campanas. Primitivo Gayo Editor, Buenos Aires, 1950

Original en inglés, con las ilustraciones de Gustav Doré, en Project Gutenberg

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Imagen: Daguerrotipo de Sarah Ellen Whitman, Biblioteca Nacional de Francia