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martes, enero 16, 2024

Encuesta lírica II / Lecturas elegidas, 4

Diego Muzzio *


Los diagramas radiantes, Raquel Jaduszliwer (Editorial Barnacle, 2022)
La poesía de Raquel Jaduszliwer es verdadera poesía, es decir, nos deja maravillados por sus imágenes y en la suspensión de “toda afirmación”, o lo que es lo mismo: en el misterio.  
  
Hay una hora en que las cosas encuentran su apego por el aire, 
se orientan a lo menos pesado 
porque las mueve un deseo más vasto aún que el de volar. 
Eso quiere decir 
que será suspendida toda afirmación, toda constancia, 
y tendrá su vaivén ritual la permanencia. O quién sabe mejor 
se tratará de un viaje, un recorrido 
bajo el sol más profundo que hace nido en la noche 
y aguarda la mañana. 


El viaje, Elena Anníbali (Editorial Salta el Pez, 2022)
Es un libro imprescindible, como todos los libros de Elena. Viaje real y viaje desde las entrañas de la madre a la maternidad de la autora. En la mirada de Elena la dureza y la ternura son indisociables:
  
El libro abre con este epígrafe de Yehuda Amijai: 
  
Dios está lleno de misericordia, 
si Dios no estuviera lleno de misericordia 
habría misericordia en el mundo y no sólo en él. 
Yo, que cogí flores en la montaña 
Y miré hacia todos los valles, 
yo, que traje cadáveres desde las colinas, 
puedo decir que el mundo está vacío de misericordia. 
 

Un fragmento de uno los poemas del libro: 

la miro: es una nena vieja 
que me sonríe, ¿vine yo 
de este cuerpo? ¿de un cuerpo 
que no conocí, irremediablemente, 
consumido por las horas? y esta 
mujer, que ahora llamo mamá, 
¿quién es? ¿por qué me habla? 
¿para qué me sonríe? 
¿adónde vamos? 
¿cuál es el nombre 
de esta ciudad? 

 
Elis o teoría de la distancia, Lucas Margarit (El Suri Porfiado, 2020) 
La erudición de Lucas Margarit, que despliega en cada uno de sus libros, es solo un escalón de su poética. Las imágenes que despliega en sus textos son inolvidables, exquisitas:

la distancia o el resto 

I  

me mutilo 
y la sangre lanza el humo 
de otro cuerpo 

un hombre que mira 
y toca con fuerza 
mi pecho 
dos brazos que se abren 
para que sumerja la cabeza 
como un animal que agoniza en la selva 

y hundo mis ojos en el vello 
de un escudo 
y hundo mis dedos 
hasta parecer un pájaro de piedra 
que se esconde 

 
Las otras que soy, Daniela Bogado (Ediciones Halley, 2023) 
La poesía de Daniel Bogado está tejida de imágenes y de confesiones, de la observación detallada de lo cotidiano y del pasado, y en todos sus textos nos espera alguna forma de felicidad. 

 

No hablo sola.
Hablo con las otras que soy.
Huelo sin descanso hasta reconocerme. 

Deslizo mis dedos por esta piel  

acostumbrada a no ser tocada.  

Invoco lo que estaì escondido: las ruinas
los deberes sencillos
las lastimaduras  

las noches de ojos abiertos los festejos que no fueron.  

Sigo caminando.
Si doblo por esta calle
es posible que el jardiìn de mi casa  

ya no sea mi jardiìn.  

* Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969). Narrador y poeta. Publicó libros de relatos y una novela, El ojo de Goliat.También es autor de literatura infantil. En 2023, publicó Nadar bajo la tierra. Poesía reunida, que incluye sus libros de poemas, desde El hueso del ojo hasta Los lugares donde dormimos. Recibió el Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes y el Primer Premio de Poesía Hispanoamericana Sor Juan Inés de la Cruz.

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Esta segunda Encuesta Lírica permite la inclusión de cualquier libro de poesía o poemas sueltos, de cualquier época, leídos en los distintos "soportes", el año pasado, y no solo de los libros de poetas argentinos publicados en ese período.

lunes, abril 17, 2023

Diego Muzzio / Ciertas observaciones en un jardín



He olvidado lo que alguna vez supe sobre los árboles
pero podría pasar mi vida pintándolos, aunque
mis manos torpes apenas sirven para trazar
una y otra vez las negras líneas de ciertas palabras
o para recoletar cerezas dispersas sobre una tierra
al otro lado del océano. Adramandoni, ese es el nombre
que los ángeles confiaron a Swedenborg en sueños:
Jardín del Edén. Puedo imaginar el árbol,
el hombre y la mujer y también a la serpiente
pero no a Dios. ¿Sería sólo una voz? ¿Un elefante?
¿O aparecería de pronto entre las ramas
como el gato de Chesire, para desaparecer luego
dejando entre las hojas una fantasmal
hilera de dientes, algunas palabras misteriosas?
Un perro no está loco. Regreso a las cerezas.
Los árboles navegan en la luz, pero al declinar la tarde
yacen de nuevo inmóviles como trampolines verticales.
No hay niños riendo bajo las hojas. 
O sólo hay uno: él carga su jardín portátil en la memoria
y, atravesando años de olvido, aparece bajo un limonero
para recordarme la importancia de cualquier jardín.

Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969), Los lugares donde dormimos, Editorial Llantén, Buenos Aires, 2020


lunes, febrero 20, 2023

Diego Muzzio / De "Nadar bajo la tierra"



De Hombre en desorden (1993):

Carta a mi padre 

La luz que crecía detrás del palomar, 
entre las patas de los pájaros;
esos pequeños filamentos de luz 
entre una pata y otra, 
esa luz ya no está.
Lanzábamos piedras a las palomas
rojas del barro del aire,
y esperábamos, junto a los pinos,
que volaran a dormir en nuestras manos.
Las hormigas que iban y venían
en la cocina,
entre cáscaras de papa y fósforos apagados
han cambiado de territorio;
ya no se las ve, laboriosas,
correr entre las legumbres.
Los primos las perseguían;
debajo de la lupa
el sol las calcinaba.
Yo miraba, fuera del círculo infantil,
y pensaba en nosotros en lugar de las hormigas. 

El tiempo sólo me ha dado tiempo. 
Ahora recuerdo
estas pequeñas cosas que nos pertenecían.
Ayer una paloma quedó enredada
en las ramas de un árbol
como el barrilete rojo hecho de cañas;
ya no seré sacerdote,
sigo creyendo en Cristo. 
A veces siento que hunde sus manos
en la neblina verde que rodea mi cabeza,
y su sangre entra en mi sangre
como un torrente oscuro, un río melancólico; 
entonces apoya sus labios en mi mejilla
y en un susurro me dice:
“Resiste. Debo abandonarte.” 


De Los lugares donde dormimos (2010-2019):

Carne 

Un hombre con media res al hombro 
cruza una calle bajo la lluvia.
El hombre, vestido de blanco,
doblado bajo la carne, trabaja;
concentra la fuerza de sus músculos vivos 
en soportar el peso de la carne muerta. 
Desde donde estoy, el hombre parece 
uno de los ángeles que asoló Sodoma, 
y la res que carga otro hombre
cuya carne será pasto del fuego.
Hombre y ángel, res y hombre
pueden confundirse, mirados desde aquí, 
y uno puede pensar que ciertas escenas 
son signos de un alfabeto oscuro. 
Hombre y ángel, res y hombre 
pueden confundirse.
La lluvia y la carne pueden confundirse, 
también, en sus últimos gestos:
la lluvia
cae porque cae. 

 
Los lugares donde dormimos 

Los muertos se amontonan a mirarnos
en la noche dentro de otra noche oblicua, inclinada.
Los oigo hurgar como topos, murmurar
las últimas palabras que en vida pronunciaron,
en distinto orden. Pero si siembra la sombra su sueño
en los lugares donde dormimos y aun así soñamos,
si ellos, los muertos, veloces como nubes
o altísimos incendios
se internaran laterales en la ola:
¿no habrá una forma de organizar esa arquitectura ausente, 
alguna manera de ordenar las palabras?
Escucho el tren, en la madrugada, cuando nadie
ha despertado aún. Viene de lejos, de mi infancia,
cargado de caballos mojados y libros amarillos.
Esta es tu casa; este, tu cuerpo.
Aquí mora tu espíritu. 

Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969)


Nadar bajo la tierra.
Poesía reunida,
Salta el Pez,
Buenos Aires, 2023









Foto: Diego Muzzio, Punta del Este, Uruguay, 2016 J. Aulicino

domingo, septiembre 06, 2020

Diego Muzzio / De "Los lugares donde dormimos"






















Flaubert observa unos flamencos

Esos árboles detrás de la ventana:
¿cómo los describiré?
Sin duda cambian con el paso de la tarde,
la luz los transforma en otros árboles
y la ausencia de luz los asemeja
a temibles criaturas enterradas en el lodo,
cerca del agua. Y esas aves, inconstantes
en la elección de los ángulos del río donde descienden,
el dibujo irrepetible de las nubes,
o tus pies, que también deben haber cambiado,
o el mar que no veo desde hace años
y que a lo largo de kilómetros de costa
renueva su invitación a hundirnos en lo indistinto.
He entablado una guerra con lo real y el conflicto
ocupa cada minuto de cada uno de mis días.
Me preguntas qué he debido soportar
para haber llegado a donde estoy.
No lo sabrás, ni tú ni los otros, porque no se puede decir.
La mano que me quemé y cuya piel está arrugada
es más insensible que la otra al frío y al calor.
También mi alma pasó por el fuego:
¿puede maravillar acaso que no se caliente al sol?
Aquí y allá los flamencos hacen huecos en el barro
donde dejan un huevo blanco, a veces dos.
Luego levantan vuelo y se alejan hacia el mar,
siempre hacia el mar.


Mirando hacia el monte Taishan

En dos años como bibliotecario
he ingresado nueve mil quinientos títulos al sistema.
No sólo novelas sino también
libros de historia, geografía, diccionarios,
grandes libros de fotos, de cocina,
algunos de filosofía y psicología,
unos pocos de religión,
pero los de poesía, oh Ezra,
los de poesía han sido, de verdad, escasos.
La poesía desaparece de los estantes
como los elefantes del planeta de Platón.
Porque hay algo execrable en leer poesía
pero mucho peor es escribirla;
entre ambas proposiciones
nuestra sorella, la luna,
asciende sobre el monte Taishan.

Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969)

Los lugares donde dormimos
,
Editorial Llantén,
Buenos Aires, 2020













Foto: Infobae

martes, octubre 16, 2018

Diego Muzzio / Dos poemas














Spitfire

Quien quiera derribarte,
tu enemigo,
vendrá del lado del sol.
Desconfía de la luz,
y teme la tiniebla.
Que tus ojos vaguen
libres en el cielo,
pero que tu corazón sea
oscuro y terrible
como un gato muerto.
Lo más importante
se reduce a esto:
debes predecir
el advenimiento del relámpago.
Solo en ese momento verás
lo que te sea dado ver.
Halcones, huracanes, luz de luna,
tifones o trompetas de Jericó,
que otros usen eufemismos
para enaltecer sus máquinas;
guarda en secreto
el nombre de la tuya.
Cuando despegues no te despidas,
ni te exhibas al aterrizar.
El fuego se somete a la tierra
y es tu derecho regresar con él.
Lo que destruyas en el aire,
pertenece al aire.

[inédito]

Sentado como un buda entre las camas de mis hijos

Estoy sentado en la oscuridad
como un Buda entre las camas de mis hijos.
Estirando cualquiera de mis brazos
podría tocar los bordes de esas camas que,
en la noche, parecen arcas diminutas
con sus animales en equilibrio en las cabeceras,
una abigarrada Creación fabricada en China.
Uno eligió elefantes e hipopótamos,
los animales más grandes y pesados;
el segundo se quedó con lobos
y otros depredadores; así se repartieron
el mundo de la bestias antes de irse a dormir
como dioses inconscientes.
Los escucho respirar, moverse, murmurar
palabras en un idioma pegajoso
que asciende desde la profundidad,
el oscuro temor a las catástrofes:
fuego, pestes, hambruna, diluvios,
la propagación del caos en la carne.
Y aquí estoy, sentado en las tinieblas,
entre las dos camas, listo a ahogarme,
si fuera preciso, mientras ellos navegan en sueños
hacia tierras de promisión.

[Buenos Aires Poetry, abril 13, 2017]

Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969)

Otra Iglesia Es Imposible - Ñ - Poesía - Universidad de Carabobo - Los Asesinos Tímidos - Analecta Literaria

Foto: Diego Muzzio, en Maldonado, Uruguay, 2016, J.A.

lunes, febrero 20, 2017

Diego Muzzio / De "Hyeronimus Bosch"
















Avaritia

Trescientos autos abandonan el Monte Calvario
aplastando viejos cráneos de hombres y animales,
arrastrando pedazos de la cruz, restos del manto,
las guanteras repletas de clavos oxidados y martillos,
y obesas mujeres sudorosas en vestidos floreados
aprietan contra sus pechos frascos con tierra del Gólgota,
piedras manchadas de sangre, esponjas embebidas en vinagre
que apestan al humo pertinaz de una quemadura.
Regresan a la aldea. En el Mercado de las Reliquias
se asean los mostradores y se preparan los carteles
con las sumas a pagar por un jirón de mortaja,
una espina, dos lágrimas derramadas por Magdalena.
Sucumbe el sol detrás de las nubes.
Pero mañana habrá pingües ganancias de esta excursión
al perímetro electrificado del monte donde aún
rondan mujeres llorosas, ratas, perros, pescadores
bajo la luz glacial de una promesa incumplida.


Invidia

Escucho, te oigo murmurar entre los búhos
que revolotean alrededor de un grupo de mujeres,
considerando la longitud del fémur, el perfil,
el suave movimiento de la cabellera cuando gira la cabeza,
la engañosa seguridad de un amor duramente conquistado.
Tus manos rebosantes de alfileres, tu lengua, la nariz
que se adelanta para husmear el perfume que exhalan
las manadas de gacelas que anidan entre sus pechos.
Y fuiste vencido. Sobre las sábanas sólo hubo carne
complaciente al embrujo de tu largo esqueleto
empujando como una máquina en la oscuridad
y en mis noches se instaló una idéntica serpiente
que envuelve y aprieta mi cráneo hasta triturarlo.
Yo también fui vencido. El cordón umbilical
que desde siempre nos unía transporta ahora
sólo tristeza, excrementos, despojos,
la negra caballería de nuestra mutua destrucción.

Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969), Hyeronimus Bosch, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2005


Foto: Diego Muzzio en FB

jueves, marzo 24, 2011

Diego Muzzio / Java



Java

El vapor que se eleva de la taza sugiere el contorno
de archipiélagos donde la lluvia doblega
la verde penumbra de una selva.
Sobre la playa avanza una familia de tortugas,
y luego sólo ves los caparazones vacíos,
útiles aún para ocultar a los peces más pequeños
de las fauces de depredadores mayores;
y los mismos pensamientos vuelven
con el reflujo turbio de la marea:
el azar que te permite estar sentado, imaginar
viajes improbables como morir momentáneamente
para descender a dispersar el denso
cardúmen cebado en tu costado.
Y si al regresar lo harías al mismo lugar,
bajo las mismas condiciones, y cuánto de tu vida
estarías dispuesto a resignar por el dudoso privilegio
de nadar en esas aguas; si al retornar encontraras
que algunos objetos o incluso tu cuerpo cambiaron
y tu mano ya no sostiene una taza y tu mano
es sólo el dorso de tu mano acoplado a una mandíbula.
La luz no pacta con la oscuridad
y es necesario encontrar una estrategia que te permita
atravesar la longitud del día, segregar un caparazón,
otro cielo bajo el cielo, prevalecer un tiempo
sobre el agua que aguarda
la caída y dispersión de tu precaria arquitectura.

Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969)

Foto: Muzzio Balconcillos