Mostrando las entradas con la etiqueta Diego Bentivegna. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Diego Bentivegna. Mostrar todas las entradas

lunes, febrero 06, 2023

Diego Bentivegna / De "El pozo y la pirámide"




Restos de una elegía

Quién podrá escucharnos, preguntabas.
Al costado del camino
el lago apenas se movía
con una leve brisa
que para la región, en noviembre,
era más bien benévola.
Ahora entre el coro de los ángeles.
A unos pocos kilómetros estaban
esas cosas tremendas: el aire
transparente,
la luz plena de los cerros.


Hechos de Mascardi

En el fondo viajaban unos suecos.
En verdad, no sé bien si eran suecos, daneses
o novios de una Islandia remota
con rostros como de las películas del Ártico.
Subimos a la combi
junto a un chico medio hippie con barba y cantimplora
y con una mujer joven,
alguien de la zona, con rasgos de alemana,
como nacida del bosque,
como una leñadora.
Ella y su esposo nos habían visto hacía un rato en el sendero
mientras caminábamos uno junto al otro
debajo de los pinos, de las araucarias,
sin decirnos nada;
sin cruzar
una palabra,
como en los caracoles de los cerros.
Las armas, los prefectos. Un helicóptero
quebraba para siempre
el aire claro.
Cada uno caminaba
encerrado en su pequeño mundo,
y ninguno había oído
ni gritos ni disparos.
Nadie.


Botánica y zoología

Mi memoria, pensaba, es mucho más precaria.
Cuando era chico me internaba
en el manual de botánica que usaban mis hermanas.
Ese libro
tenía ya el olor de los objetos viejos, el olor
de las cosas que no se han del todo muerto.
Venía
de un mundo amarillento
que en algunos de los rincones de la casa existía.
En cambio, su hermano mellizo
nunca me había atraído demasiado.
El de zoología mostraba
sin pudor dibujos de mamíferos abiertos,
conejos con las vísceras expuestas,
como los sapos aplastados en la ruta.
Como los pájaros fusilados,
esos que vimos en las colecciones del Museo.
Aquellas aves que encontramos en los muebles antiguos
cuando nos perdimos
por los pasillos del subsuelo,
con su olor a formol, el fantasma del monstruo
de las aguas que rondaba,
el terror de quedarnos
para siempre en las entrañas.

Diego Bentivegna (Munro, Vicente López, Argentina, 1973)

El pozo y la pirámide
,
Audisea,
Buenos Aires, 2022











martes, noviembre 15, 2016

Diego Bentivegna / De "Geometría o angustia"














Los Pucará se hunden
en el mar de la Antártida.

Alguien comenta que en las islas
ya están los Catalinas. Son los hidroaviones
de la guerra del Pacífico, los hierros viejos,
los potemkimes densos, las morsas oxidadas,
fáciles víctimas de los cazas enemigos.

Conozco esos aviones. Los calcamos
de las fotos de los diarios, de las enciclopedias bélicas
y de las revistas ilustradas
que celebran la victoria. Los calcos vuelan
y una anciana nos habla en ucraniano.


*

Miro el edificio de una fábrica de jabón al costado de la ruta.
Estoy en un Fiat verde y es el principio
de los años ochenta. La guerra terminó
hace algunos meses y en las paredes
hay dibujadas siluetas blancas con nombres y con fechas.
Es sólo un contorno; el interior
está vacío. A veces no se sabe
si la imagen es la de una mujer o la de un hombre.
Pienso que son marcas de fantasmas, huellas de espectros.
Pero no. No es eso. Es otra cosa.

Diego Bentivegna (Munro, Vicente López, Argentina, 1973)


Geometría o angustia,
Pre-Textos,
Valencia, 2016










Foto: Diego Bentivegna en FB

miércoles, agosto 26, 2015

Diego Bentivegna / De "La loca croata"














Yo no tengo otra cosa que ponerme
que no sean mis polleras oscuras,
mi ropa negra.
Tengo además un pañuelo gris:
con él me cubro el pelo,

lo llevo incluso en verano
y estoy en una aldea de Sicilia,
y estoy en los caseríos
de los Apeninos o los Prealpes
donde vivieron los hermanos,
y estoy en un pueblo polaco de judíos:

atravieso esos lugares marrones
sobre mi carromato.

(...)


Me tiran piedras si vago por las calles
de Munro, de Adelina, de Florida;

construyo mi refugio entre las ramas.

Hablo una lengua rara.

Diego Bentivegna (Munro, Vicente López, Argentina, 1973), La pura luz, Cabiria, Buenos Aires, 2015

Foto: Diego Bentivegna en FB

sábado, mayo 30, 2015

Diego Bentivegna / De "La loca croata"














(Al salir de Istria).

Como de las ventanas de los trenes que salían de Zágreb
en las madrugadas eslavas, que salían de Búdapest
en las noches melancólicas magiares,

como en las formaciones que partían
en las mañanas heladas de la estación de Trieste
de las cuevas de hierro de Údine o Milán,

ahora  yo ya no veo
nada de ciudad desde los rieles:

solo unas tapias marrones, unos ranchos
que se fugan por el borde de la vía;
muros sin revocar,
obras en construcción, ladrillos,
montículos de arena, sacos
de cal, cemento;
óxido, carteles, autos
volcados por los que asoma el pasto
que crece entre los hierros;

una retama que se dobla con el viento,
un tallo que persiste en un paisaje
de Marte, en un desierto.

Porque están todos muertos
yo me visto de negro.
O tal vez sean ellos, mis difuntos,
los que dejan por las noches
en mis cestos
su ropa oscura.

Diego Bentivegna ((Munro, Argentina, 1973), La pura luz, Cabiria, Buenos Aires, 2015

Foto: Diego Bentivegna en FB

lunes, julio 29, 2013

Poemas elegidos, 88


Diego Bentivegna 
(Buenos Aires, 1973)

Requiem, de Anna Ajmátova
Yo tendría unos dieciséis, tal vez unos diecisiete años. "Requiem", el poema de Anna Ajmátova, figuraba en una antología de poesía rusa del siglo XX que todavía conservo, compilada y traducida por Irina Bogdaschevski en la colección de literatura universal del Centro Editor de América Latina. Ese librito representaba entonces la apertura hacia una estepa que en mi mente estaba atravesada por tártaros y otros nómades peligrosos, como se veía en algunas películas históricas que miraba en la tele los sábados a la tarde (La rebelión de los cosacos, Taras Bulba, Miguel Strogoff).
Según puedo reconstruir hoy, en mis primeras lecturas lo que más me atraía del poema de Ajmátova -que se reproducía en seco, sin comentarios ni notas explicativas- era sobre todo el trabajo que absorbía y elaboraba poéticamente los grandes procesos históricos y los padecimientos de una existencia. Todo ello enraizado en una experiencia que, en el fondo, difícilmente podía reducirse a la palabra: la experiencia de la deportación y de la muerte.
Para intentar decir esa experiencia, el poema se corre del yo. Así, los versos de "Requiem" parecen no ser estrictamente dichos por una primera persona, sino que se muestran más bien como el producto de un entramado de subjetividades, como la voz de un sujeto plural, de un alguien: la voz de un cualquiera con el rostro borrado –como el de la mujer del inicio del poema-.


Requiem
(Fragmentos)

¡No, no estaba bajo el cielo extraño,
ni al amparo de alas extrañas!...
Estaba entonces junto con mi pueblo,
allí, donde mi pueblo, por desgracia, estaba.


En lugar de preámbulo…

En los años terribles de Iezhov estuve diecisiete meses parada en las filas frente a las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me reconoció. La mujer de labios azules, que estaba detrás de mí y que seguramente jamás había oído mi nombre, recobrándose del aturdimiento tan común para todos nosotros, me preguntó al oído (allí todos hablaban en voz baja):
-Y esto, ¿puede usted describirlo?
Y yo dije:
-Sí, puedo.
Entonces una especie de sonrisa rozó aquello, que antes había sido un rostro.

                                                          1 de abril de 1957, Leningrado


Anna Andréyevna Ajmátova (Bolshoi Fontan, Odessa, 1889 - Moscú, 1966)
Versión de I. Bogdaschevski

Foto: Diego Bentivegna en RAE

sábado, julio 06, 2013

Diego Bentivegna / Dos poemas




[de "El texto sembrado"]

Las palabras que tiemblan arrojadas...

Las palabras que tiemblan arrojadas
desde la Cruz o en el camino
de la muerte, ¿son la letra
preciosa, el paciente
bordado de las hojas?
¿los folios trabajados en el alba de la isla,
la letra sutil
donde la vista se pierde, como
en el mar de los almendros en Sicilia?



Casi un chico, bellísimo, lampiño...

Casi un chico bellísimo, lampiño
en su pureza meridional señala
desde el ícono una tierra
completamente bella:

la tierra manuscrita

regada por la luz
que cae desde lo alto
como el oro; enramadas
de sol que cruzan los sembrados pálidos
como arcángeles que cantan.

Diego Bentivegna (Munro, Argentina, 1973), Las reliquias, Alción Editora, Córdoba, Argentina, 2013

jueves, julio 04, 2013

Diego Bentivegna / Dos poemas





[de "Rebaño místico"]

(Doménico, frente a los Alpes, 1917-1918)

En estas distendidas
reguladas campiñas del Véneto o del Friuli
también hiciste muchacho tu experiencia.

La muerte en la trinchera era
un simple resultado de la técnica,
su mera consecuencia;

un estallido de tierra ante los ojos,
un verso que se tritura entre los dientes,
un espacio sin nombre más allá de la palabra,
el campo inexpresable de la ética.

Los Alpes recortados sobre un fondo
véneto o lombardo;
campos azules como vistos
a través de un diafragma, contra el cielo,
bajo un aire en que flotan, suspendidas,
nubecitas de polvo;

cerros tiznados por la nieve, la amarilla
luz temblorosa, tremante, del invierno.

Peñascos, valles,
donde hemos combatido,
donde el cuerpo tirita -despojado
ya casi de todo,
frágil-, como tiemblan
en las salas, por reflejo, los muertos.



[de "El niño expósito"]

                            Odorata ginestra / contenta dei deserti
                                                                     (Leopardi)

Se recorta en el fondo, entre la espuma
y la sierra, el exterminador Vesubio:
padre terrible sentado entra las rocas,
profeta formidable.

Mira el Golfo africano abierto sobre Nápoles.
Mira Torre del Greco y los retazos
de poblaciones blancas que cuelgan
de los cerros, casi acantilados.
Mira la espalda seca donde crece
a los tumbos la pálida ginestra,
la retama amarilla en la que estalla
la luz violenta, el sol mediterráneo.

Mira, está mirando
lo vegetal que se asoma apenas entre las rocas.
Mira la piedra esparcida entre la lava
reseca por el sol.
Mira el manto de pólvora volcánica
que cubre las praderas,
que hace de este suelo un lugar inhabitable,
con sus ciudades muertas, sus hombres y mujeres
abrasados, vueltos combustible
en el instante irreversible de la muerte.

Mira las ciudades quemadas por el fósforo.
Mira la gente reducida losa montículos
de tierra y de ceniza, a un mancha
en el suelo. Mira los paisajes
lunares: visiones de Marte o de Saturno,
que bajan con las bombas a la tierra.

Diego Bentivegna (Munro, Argentina, 1973), Las reliquias, Alción Editora, Córdoba, Argentina, 2013

Foto: Diego Bentivegna en Sigamos enamoradas