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miércoles, enero 01, 2020

Darío Rojo / De "La sexta armonía", 4












Cuarta parte
[Fragmento]

Tras los árboles indeterminados
la aerodinamia de los ciclistas,
los loros, los nombres,

y el tinglado en constante construcción.

Saber que ningún plan funciona
y que eso no impide la creación
de mapas, croquis y diagramas,

las agudas líneas de vanguardia
y los macizos bloques de fondo,
la fiebre ocasional y combustiva.

Y de repente, enlazando las líneas
de la cancha, las turbinas del avión,
la pereza de las nubes, y el pasito

de las calandrias, el puro efecto
de la alegría que todo lo iguala
al anular las florencias de las causas:

la pintura al aceite que ha cubierto
todo con la voluntad del acto,
los pareados flotando en el habla.

El instante de lo incuestionable,
el andamio de lo confeccionable,
la seguridad del manco de mirada fija,

dije de un collar teórico,
cabeza de telgopol donde
ubicar la peluca de un anhelo

que simula ser un recuerdo
semejando la apertura de cajones
en la vida de alguien

que confunde el pensamiento
con la brisa. Aire con color.

..........


Los aviones se van, los helicópteros llegan,
los autos van y vienen, los camiones van,
los trenes se mueven, mi bicicleta está quieta

y una lona verde separa lo que es cancha
de lo que no lo es, gritos de loros barranqueros
y yo que debería estar concentrado

en el presente de la bola que se mueve
estoy pensando en cómo los objetos
se convierten en palabras

y cómo las palabras desfasan los presentes.

Los loros y la tierra colorada,
sin ser la catarata de la visibilidad
o la oculta mansedumbre de lo inmóvil,

trasladan nuestra superficie

al tucán y al guacamayo que traspasan
sus exagerados colores a este humo
de espuma atronadora del tornado invertido.

La protocalma previa de un río,
sus cursos quebrados de explosiones
de violencia y pequeñas orillas

en las que tortugas descansan,
el aire espeso que en vapor se solidifica
y pulula elevándose del suelo colorado.

Capa pluvial, abanico aluvial.
El río que es negación de principio
o fin, continuidad

que simula quietud en su movimiento.
Esclavo del vértice desmañado
que determina su total exposición

Darío Rojo (Eduardo Castex, La Pampa, 1964), La sexta armonía, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2018

Ref.:
Premios Nacionales
Ediciones del Dock
Otra Iglesia Es Imposible
Eterna Cadencia
El Mundo Incompleto
Vallejo & Co.
Poetas Argentinos
Poetas Siglo XXI

Foto: Dario Rojo en el documental La vida que te agenciaste, de Mario Varela, 2018 Bafilm

domingo, noviembre 11, 2018

Darío Rojo / De "La sexta armonía", 3

















Última parte

Quien, cual ministro, tuvo que enfrentar
el primer día del año la radiación del enigma:
¿cual es la diferencia entre dios y un fantasma?

Intangibles que expresan
imposibilidad de comprensión y tentativa.
Gráficos que han de distribuirse, impalpables,

sobre la cubierta mohosa de la realidad
como si resbalasen sobre un capot encerado,
en el que el prójimo

insonorizado por un agujero luminoso
en el centro de un óvalo de estrellas
aparece con un globo de historieta en la boca.

Estigma inmoderado por la simetría abandonada.
Puerta de un auto suspendida

en un plano del aire centrada en sí misma,
el interior ausente de vidrio en equivalencia
con el límite externo,

el mullido del fondo recortándose,
el degradado del color en el efecto,
el cincelado definitivo de la materia inerte,

van configurando
la imagen que destituye lo vivido y por vivir:
una bolsa de plástico

flotando sobre el agua agitada del mar,
escamas de un cuerpo de oxígeno
y memoria cubierto

por la sustancia opuesta: explosión en una caja.

Manos que emergen de la arena
y en el sitio los jugadores: Rodolfo, Jorge, Luis,
el otro Jorge, Carlos, Emiliano, Ezequiel.

..........

Cerca de Catriló gira un cardorruso,
mi abuela, maestra, va de un pueblo al otro,
el conductor del auto putea

por las condiciones del camino,
mi abuela se espanta, me lo cuenta
en Mar del Plata, mi madre estaba en casa.

Tiempo atrás dos changas tupamaros
al entrar a la obra son advertidos
por el tamaño de sus respectivos cuchillos

-son para comer-

aducen como respuesta definitiva.
En el mismo lugar Sofanor el sereno
trabajó durante dos años en una cochera

llamada Jamemu donde se caracterizaba
por su gestos para dirigir
el estacionamientos de los autos,

su cuarto tenía las paredes de telgopol
y en ella después se colgarían pósters
de una marca denominada Robert Lewis.

Una tarde después de terminar
el encofrado con el mismo testigo
hablaron de La Pampa

con Antílopes y bueyes de agua,
del estímulo externo en el horizonte de sucesos,
de la simultaneidad de posesión y desapego.

Mientras en otra zona hablábamos
de un tiempo que nunca llegaría,
pensábamos en acompañar al pasado

en su acceso al futuro para aislarlo
en un eslabón sin posibilidades
de trasladar sus propiedades

a lo largo de una historia común
a toda una especie. Tiempo que es materia
y tecnología paralela:

simultaneidad del desconcierto
que aunque parece sacrificio
no es otra cosa que una conexión ocasional.
..........

Hasta que un día por razones generales
en una cancha de tenis
la constante intermitencia de un único motivo

y múltiples sonidos
se convierte en una cúpula rellena de jirones
de plumas ascendentes

que caen en una continua cámara lenta,
a través de lentes astillados por polvo de óxido,
estrellas de polímeros rojos

enlozados en cuerpos oclusivos,
decadentes como esa flor en el florero

en donde la experiencia se superpone
a la negación de toda pérdida.
Una cúpula combada como un bosque

que nadie recorre ni puede ver por completo,
como aquel animal
que cada milenio es imaginado:

un gorrión taimado que camina y caga
preparando
las condiciones para un nuevo Pascal Day.

Darío Rojo (Eduardo Castex, La Pampa, 1964), La sexta armonía, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2018

Ref.:
La biblioteca de Marcelo Leites
El Poeta Ocasional
El Mundo Incompleto
Música Rara
Gog y Magog

Foto: Darío Rojo (derecha) con el poeta Ignacio Di Tullio en el Museo de la Lengua, Buenos Aires, 2016

domingo, junio 24, 2018

Darío Rojo / De "La sexta armonía", 2














Tercera parte 

La distribución de la soledad
mediante el orden de las palabras
instrumenta una narración

de la estructura interna del paisaje: falso.
Quizás en su sustancia, su enlace químico,
y su respectivo número atómico

que el padre de la combinatoria
expusiese cual error factorial después
de declarar: es incluso menos incorpóreo

que el miembro fantasma del amor

en el que la perspectiva
siempre es lejana. Un objeto de humo
y sal rodeado de insectos de plástico,

ojales, dientitos, casas pintadas,
asteroides y trompetas que dan origen
a los números irracionales para recordar

“que los demonios
no han sido creados por demonios.”
Considerando que

“dormirán allí las bestias fieras
y sus casas se llenarán de hurones:
allí habitarán hijas del búho, y allí

saltarán peludos. Y en sus palacios
gritarán gatos cervales, y chacales
en sus casas de deleite…”

*

Atrás un tren que pasa y veo
de memoria, adelante la autopista elevada

y sus autos en la misma línea.
Ninguno de estos objetos se continúa
en el Kazakstán de la prolongación del sueño.

Un pequeño halcón que se resiste
a identificarse chingolo picotea
un disco plateado. Todo se cubrirá de libélulas

sin poder emular el hecho primigenio:
la súbita y titilante oscuridad,
el muro de ligustrinas imantadas

de cilindros alados, intermitentes
en su espacial permanencia, separados
del sueño continuo de una realidad

más óptima y elastibilizada.

La atención en la espera, en el daño
de la velocidad. La venganza anticipada
de la destreza como una cabina

que se desprende de la nave mayor
dando esperanza solo a la necesidad.
Los árboles al costado de la cancha,

la niebla y las preguntas que la constituyen:
¿Por qué los enanos la polka
han de bailar? ¿Por qué la fiesta de la sardina
convoca a moros y cristianos?

Darío Rojo (Castex, Argentina, 1964)

La sexta armonía,
Ediciones del Dock,
Buenos Aires, 2018










Foto: La vida que te agenciaste, Mario Varela

Ref.:
Centro Cutural de España
Op. Cit.
A través de la vanguardia hispanoamericana
Breve historia de la literatura argentina
Poetas Argentinos

sábado, enero 06, 2018

Darío Rojo / De "El principio estocástico", 3














Regla de las dimensiones

Obsoleto como el rito del columpio,
mientras pasa junto al cúmulus de las situaciones
hipotéticas,
va el liróforo con su corona de apio y mirto
por un pantano de oxígeno
simulando la evanescente aniquilación del individuo

hasta que la naturalidad de la asimetría interna
se vuelva informe y vacía en la respiración del pleroma.

Por eso está escrito

que si en el momento en que una máquina se rompe
comienza, cual inconsciente amburbia, la tentación
de lo absoluto,

es necesario inmolar cien bueyes,
y una vez más, enmendar el gobelino.

Darío Rojo (Eduardo Castex, Argentina, 1964), El principio estocástico *, inédito


* “Estocástico/a (del griego stocazein, disparar una flecha a un blanco; vale decir, dispersar los sucesos de una manera parcialmente aleatoria, de modo que algunos logren un resultado buscado): Se dice que una secuencia de sucesos es estocástica si combina un componente aleatorio con un proceso selectivo, de manera tal que sólo le sea dable perdurar a ciertos resultados del componente aleatorio.”
Gregory Bateson (acápite del libro)


Foto: Darío Rojo (izq.) con Juan Desiderio durante el rodaje de La vida que te agenciaste, de Mario Varela, 2017

Ref.:

martes, noviembre 03, 2015

Darío Rojo / De "El principio estocástico", 2















Planificar bajo incertidumbre

No conozco los hechos, conozco el acto
y a dónde llegan las luces
de sus límites, el arco abovedado
de lo exterior, el salto de una piedra a otra.

Aunque supe desde hace tiempo
que cuando esa masa llegara al piso
todo movimiento desaparecería
al transformar el cielo en el océano
en donde explotó una bomba para ver
cual sería la dirección de los peces.

Hay quien quiere ver un colapso
de la cotidianeidad, hay
quien quiere ver desde el mangrullo
un infinito en los efectos con el objetivo
de establecer un sistema inanimado,
un mecanismo de sugestión rotando
en su período.

No es que quiera decir algo, es que lo dicho
está sucediendo
entre la línea del campo y el arriba,
donde entendimiento se vuelve sustancia:

un esfuerzo de orientación
que ya obtuvo sus honorarios profesionales.

Darío Rojo (Eduardo Castex, Argentina, 1964), El principio estocástico, inédito



viernes, agosto 28, 2015

Darío Rojo / De "El principio estocástico"















Tercer génesis

Al observar la situación,
con la musculatura arqueada en dirección
al paladar - sin emitir ni deglutir nada,
de sapo a príncipe en un mismo tramo-

fui henchido decorosamente por la polea
que cada tanto ensucia todo de sentido.

De pronto cada mancha se fue extendiendo
por toda la materia semejante
hasta que la esponja de las circunstancias
borró, estiró y convirtió cada suceso
en una cosa: elocuente, humana
y de movilidad casi autosuficiente.

¡Y todo ante la ausencia completa
de cualquier actividad en procura de alimento!


Suceso

Brillando por el frío extremo, las turbinas
bajo el océano rompen
los arrecifes creando diagramas de reflejos
idénticos a los cardos metalizados que rotan
sobre el convexo espejismo de la parcela.

Pero todo sigue igual,

porque hoy para el explorador,
en pantalones cortos color caqui, todo
es una situación de malestar especifica,
una garra de cristal que aprieta la traquea
invisibilizando la carne y la piel del humano
segmentado en su espécimen.

Mientras el señor Güiraldes dice
“el pasto y los cardos esperaban con pasión segura”

gotas, con forma de gotas y compuestas de agua
van desde un lugar a otro, y sin dejar
ninguna huella duradera lubrican el funcionamiento
habitual del mundo: caen.

Darío Rojo (Eduardo Castex, Argentina, 1964), El principio estocástico, inédito

jueves, junio 20, 2013

Poemas elegidos, 38


Darío Rojo
(Eduardo Castex, 1964)

¡Cuánto amo el monte Tong!..., de Li Po
Es un poema que siempre me da un poco de felicidad. Lo suelo recordar en forma de imagen, de situación, más que por sus palabras exactas. Podría pensar que el efecto que me produce se debe a que todo lo que esta ahí me gusta, la montaña, el aislamiento, la ropa,  un estado específico del espíritu, pero no creo que sea por eso. Me parece que es porque logra dar una perfecta existencia a algo imposible, y con eso decir algo.






¡Cuánto amo el monte Tong! Es mi alegría...

¡Cuánto amo el monte Tong! Es mi alegría.
Pasaría en él cien años sin pensar en la vuelta.
Me gustaría danzar agitando mis mangas
y, de una sola vez, rozar todas las copas de los pinos.

Li Po (probab. el Kirguistán, 701-Dangtu, actual Anhui, 762)
Versión de Marcela de Juan


Foto: Darío Rojo por Mario Varela

lunes, septiembre 10, 2012

Darío Rojo / De "La sexta armonía"




La sexta armonía
Primera parte
(Fragmento)

……….

No importa quién viaje ni adónde

en su descripción del movimiento
tampoco está la respuesta. No hay
respuesta ni descripción, sujeto u objeto

hay una sustancia que va del exterior
al exterior: al menos así parece.
Parece que una rana traspasa la puerta.

Parece que un guanaco caga en el patio.
Parece que el conde recibe una trucha.

……….

Los antiguos llamaron sensación

a los hechos y objetos a los viajes:
el aleteo del sobretecho
de una carpa y los polígonos

radiales que enriquecen
con educado vocabulario
la representación de las coníferas.

En el recorrido de las sustancias

el comandante Wang estrelló
el contenido de su sartén
en una lámina donde aún quedan

gotas resecas de un material
anterior a las primeras palabras
que alguien hubiese pronunciado

en ese hogar. Escamas encostradas
en la tierra de turistas.
Una lata que se abre, un sobre

que es abierto, un relicario que
contiene cuatro fotos, una carpeta
en la computadora. La puerta

de par en par, ventana
con persiana que no baja

y al haber sintetizado ese instante
en que la vista posar no puede:

¡Ginkgo biloba!
o felpa de cornamenta

de demonio doméstico, sintetizado
y encapsulado en carrocería de magnífico
metal, en goretex sin mácula

que a nonato llega solo en nombre.
El topo convoca a fuerzas auxiliares
de patrones presentes

en el aire circundante, un topo
cuyo corazón pertenece a sí mismo
y a las flores que el exterior orlan.

Darío Rojo (Eduardo Castex, La Pampa, 1964), La sexta armonía, inédito

Ilustración: Das Schlaraffenland (El País de Jauja), 1567, Pieter Brueghel, el Viejo

lunes, junio 06, 2011

Darío Rojo / De "Jimmy el Gasolinero"




Mientras Bob toca el contrabajo

I

Afuera no había nada.
Nosotros hablábamos y nos mirábamos
como si las aduanas no existiesen;
al recordar el nombre del lugar
sentí pena por el dueño,
hubiese querido que el bar fuera una taberna
con una luz y un cartel en la puerta
que dijera LA MUECA TURCA,
y que la gente pasase y dijera
-esa es la mueca turca.

II

H acercó la cabeza a Griffin
y murmuró algo sobre el sodio
-no es lo que parece, es menos líquido
dijo exactamente,
mientras en el triángulo del hexágono de mesa
el pastel brilló como un papel
(se oyó brazos en vez de brujas)
y en el papel ningún nombre.

III

De todos modos bob toca en paz
como si Eleine, Stanislav, Violeta,
Gregorio, Manuel y su mujer Ivanova
estuvieran intactos bajo la misma noche.

Darío Rojo (Eduardo Castex, La Pampa, 1964), Jimmy el Gasolinero, Ediciones Trompa de Falopo, 1993

Imagen: Ford Mustang Premier Animation

domingo, junio 20, 2010

Darío Rojo / Dos poemas





Una tabla sostenida por monstruos marinos

eso es el fin. Pero al no poder soportar
una verdad tan simple
tuvimos que inventar la noción de infinito.
Un complejo sistema de combinatorias que sólo
es posible cuando olvidamos el par de tortugas
que todo lo sostiene: una de espaldas a la otra.


La moral vuelve el porvenir en presente. (Mme. de Stael)

Aunque pretendieses hacer de lo literal tu palacete pompeyano,
para que así la escena obtenga un tonto y un rufián,
sé que tus palabras nunca habitarán ni los frescos
ni las pintadas de Pompeya,

seguramente terminarán por agruparse en el trazado de un emblema
en donde algo que nunca se abrió pudo ser cerrado con inusual pulcritud.

En el futuro algún esmirriado botánico dedicará sus energías
a nombrar una figura semejante; cuando ese tiempo llegue,
entre pistilos y clorofila habrá algo que yo podré reconocer

por eso te estoy agradecido.

Darío Rojo (Eduardo Castex, 1964), en Periódico de Poesía, México

Ilustración: Cubierta de Leviathan, de Thomas Hobbes, 1651

jueves, febrero 11, 2010

Darío Rojo / Dos poemas





Con naturalidad transformaste

en sólida piedra un diseño en 3D
en el que paseas con un traje color caqui
por una explanada terracota, consciente
de cada organismo, químico u orgánico
que a tu lado proyecta una fina sombra.
Que mañana el traje sea negro
y la explanada terracota, nada cambiaría
ni aportaría alguna falla al sistema,
éste sin duda se regeneraría abriendo nuevas
arcadas y pequeños puentes a los zorros
que tendrían su única oportunidad
de destellar en la escena; a diferencia de tu traje,
y de quien no notaría su corte y su color.



Ella duerme dentro de Rubens

en un icono de su propia defensa,
su olor corporal se propone a las sombras
y en mil galaxias alrededor
otra calma se moldea,
filigranando así, una nueva forma de violencia.


Darío Rojo (Eduardo Castex, 1964), "Inmóvil en su afán", Poemas reunidos, Ediciones Gog y Magog, Buenos Aires, 2009


De Rojo en este blog:
En el lujo inadvertido de poder determinar


Ilustración: Portrait of a Gentleman in a Yelow Waistcoat, c.1795, James Sharples

lunes, septiembre 21, 2009

Darío Rojo / de "Una explicación para todo"


En el lujo inadvertido de poder determinar

la estación que lo contiene,
el tenista se concentra en su revés paralelo
para con su golpe transformar un cristal de memoria
donde una plaga de langostas oscurece el cielo por completo,
en una proyección de hechos intermedios
de algo que alguien fue en algún tiempo.
En aquella indeterminación el mecanismo de los peces y el vino
abandona su voluntad lúdica, y al reflejar un águila bifronte
en cada espejo improvisado, pervierte la comodidad adquirida
y sin anunciantes da comienzo al interminable viaje en trineo:
el ruido de los perros golpeando la nieve, la intermitente
visión de las montañas y el cielo
desfigurando la posición gravitacional del individuo
que frente a la inminente tormenta inaugura
la imperiosa necesidad de reconciliar la convulsión de la carne
con un estado de severa inmovilidad, sintetizada erróneamente
en las uñas que están creciendo sin recibir esmalte o acetona.
Y sin esperar el desenlace, los hechos siguientes se ocultan
como una frutilla de plástico en el puño del señor Marasco.
El que al cerrar lentamente un paraguas
expuso, sin querer, el matiz general de toda perfección.

Darío Rojo (Eduardo Castex, 1964), "La Sexta armonía", Una explicación para todo. Poemas reunidos, Ediciones Gog y Magog, Buenos Aires, 2009

Ilustración: Maurice Biais, Partie de tennis, Biblioteca Nacional de Francia

Otros poemas de Rojo en este blog
Convictos de su majestad
El primer peinado Leyendecker
Presentación del motivo

viernes, mayo 09, 2008

El señor de la maqueta


Convictos de su majestad

Primero fue una rastrojera transformada en carromato,
después vino el telón con montañas coloradas pintadas a mano,
por último el cactus de plástico de dos brazos y el lagarto embalsamado.

Aunque olía y escuchaba a las ratas que solían pasar,
un impedimento visual instaló con naturalidad su firme existencia.

Oscasionalmente los roedores comían algún resto de comida,
movían de lugar el cactus, e incluso a veces llegaba a formarse
alguna débil imagen del volumen de sus cuerpos.

Pero la certeza de que nunca habitarían el decorado
hacía de su bastarda realidad una infinita serpentina de vacío
en donde la perturbación que ocasionaban o podían ocasionar
extirpaba toda posible conjetura sobre la culpabilidad que se les adjudicaría
en un mundo con mayor variedad de especies que las que vivían en ese patio.

El señor de la maqueta no gobernaba pero, sin lugar a duda, reinaba.

Darío Rojo (Eduardo Castex, 1964), Emblemata, Selecciones de Amadeo Mandarino, Buenos Aires,2008

Otros poemas de Rojo en este blog

viernes, febrero 08, 2008

En el principio la suspicacia



El primer peinado Leyendecker

En el principio la suspicacia dio nombre a los seres.

Después, en la perfecta conjetura del presente
perdimos el don del impedimento y alzamos este muro
contra el que hoy se agolpan las más feroces banalidades. Desde entonces
una consumada incapacidad comenzó a destinar nuestros mejores trajes
a minuciosos baños de inmersión, los mismos con los que presenciábamos
colosales partidas de bochas
con el único objetivo de ocultar nuestra verdadera tarea en las ciudades:
la de acumular imágenes de asnos que empujan objetos de un lugar a otro.

Fue ahí donde escuché decir: “El compás previsto por Von Schwedler
se cerró”; entonces supe de inmediato
que el único privilegio que arrastraría hacia la costa era el de la imposibilidad;
pero no precisamente la suprema,
más bien la de perfil torpe y operativa en el desdén.

Por eso, aunque me entretenga observando
desde un periscopio de juguete el resplandor de un horizonte artificial,
debo disculparme y decirte en lengua muerta:
vete; no tengo más hielo para ti.

Darío Rojo (Castex, 1964), de Emblemata

Vía Atmósfera 

jueves, febrero 01, 2007

Aniquila el esplendor


Presentación del motivo
(Fragmento)




Con demorado rencor aniquila punto a punto el esplendor
y como una anguila de sí mismo en su pie se enrolla en cada paso
repitiendo frases como: "y… después de todo…"
Para luego escuchar en su nuevo hábitat a cada alga o helecho
repetir lo mismo: la conciencia no interviene en la destrucción.

Así, en la arquitectura más terrestre, la de múltiples torrecillas
que se desmoronan con la misma rapidez con que se reproducen
niega que el polvo se haya apoderado del lugar,
aunque cada tanto unos microscópicos parabrisas
toman forma en sus ojos para desvanecerse de inmediato
en pos del presente y todo lo que por la realidad ha sido comprado.

Ni siquiera el recuerdo del sujeto que en su casa
había instalado un mini teatro
en donde pasaba sus películas cada viernes por la noche,
y guardaba en su caja fuerte el master de "en vivo en el Copa"
hace que alivio pueda parecer una palabra
capaz de variar su mandato en diferentes estaciones
y no un gancho de hierro que cuelga el tiempo de un único riel
a una temperatura invariable.

Pero de haber interferido una célula
proveniente de una escena más banal, hubiese podido observar
en otra escena igualmente banal,
la instantánea construcción de una metrópolis en miniatura
a partir del olvido de una acción que bien podría servir
para ordenar un placard, dejar las llaves en un cajón
o arrastrar un perro muerto por glorietas o explanadas.

Y ahora que algo más que una célula
ha interferido el conducto que en su medio se había organizado
y sabiendo que el origen de los carteles sobre los edificios
y las calles de espléndido asfalto fue solo un exceso de voluntad,

dispone sus días en regias estaciones de ski sin nieve,
en donde los rigores del hastío entrenan a tiempo completo
comprobando en cada segundo el apotegma de la obviedad:
que el espacio ha de ocuparse inevitablemente.

Mientras tanto en cada uno de los mismos pasos
acoger la instantánea representación
de la miserabilísima opereta "el mundo no puede ser ofendido".

Ofuscados actores intercambiando sus papeles
con compresibles espectadores, vestuarios conocidos,
mobiliarios cotidianos
y ni una boca que se abra, ni un brazo que se agite,
solo el clásico cigarrillo acompañando el entreacto
y la imperiosa necesidad de reconocer: esto es una calle, esto una vereda.

Desgajado suficientemente el decorado,
confundidos a ultranza los monólogos o si se prefiere, terminada la obra,
retomar la involuntaria comprobación de cada una de las verdades del

folleto, un folleto de escenas fijas ubicadas en la máscara de una granada
que confirman la única oportunidad del movimiento: combustión
o la descortés manipulación de algunos átomos sin nombre
ni clara descripción.

La fragancia, el aroma y el olor en plena equivalencia con el miedo
erigen sin duda una estridencia similar en su combate
y estas son algunas de sus esquirlas:

un lloriqueo continuo frente a cada mínima emoción en la pantalla,
sea por la ciega que la calle cruza, el autista que gana en los videojuegos,
la última patada del pequeño karateca, o la estatua del perro.

Un objeto desprendido de lo que durante el día
interfiere la digestión, precipita el sueño,
o tensa los músculos equivocados;
la triste noticia que el yermo espiral de la burguesía exponer podría
los mitos de otras impresiones. La antimaqueta, la oreja en la vitrina.

Una conjetura: llegado el mismísimo punto del estado de carretel vacío,
con las marcas del mecánico torno y la aspereza y continuidad
del cilindro de madera; es decir en la intacta ausencia del observador
o más precisamente en la incorporación de esa simulación,
lo que ocurriría o debería ocurrir o podría ocurrir
¿no traería tal vez una mínima modificación acorde con esa falta de gentío?

Pero si su visión fuera tan poderosa como la de un cojo,
en vez de pensar en Giuletta Mangano, Willy Wonka o Nanin Timoiko,
podría escuchar la voz de la mujer que con su vestido a lunares
baila sobre el techo del Rambler diciendo: -Querido, de qué sirve haber
tenido todas esas maravillosas experiencias…

Darío Rojo (Castex, La Pampa, 1964)