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miércoles, febrero 23, 2022

Daniel Samoilovich / Héroes y naciones cartoneras




Mira bien, Marforio, allí lo tienes.
Aquiles exhausto, mas vigilante, y a su lado, 
en el cordón, cansados, taciturnos, 
Hi Chi Minh, Mao y Lao Tsé, sin que siquiera
una cerveza los anime. Exhalan apenas
al azar, una que otra palabra,
palabras que desde aquí no llegamos
a percibir, y que, probablemente,
tampoco ellos escuchan, apagadas
que quedan por el aire turbio, húmedo. 
Mira, mira bien en la niebla
se distinguen los rostros de los héroes:
Agamenón con una bolsa negra
erizada de vidrios, Héctor
con sus envases de plástico aplastados, Casandra, 
que fue princesa entre los treucos, ahora
especialista en todo género de latas,
excepto de aceite, a esas
no las quiere nadie. Aquel otro
que ahí ves con un carrito de supermercado
rajando con su espada unas bolsas verdes, ese
es Hernán Cortés, Marqués del Valle de México;
ese otro que trae en el volquete
tres coronas de plata en campo azul, ese
no es otro que el gran Stalin, también llamado
"Acero" o bien "Martillo", que tanta
gloria hallara en los saqueos de diciembre; el otro,
el de los miembros giganteos
que está a su derecha mano, con un buzo negro
ornado de tres rayas en las mangas,
excelente falsificación de los buzos Adidas de Hong Kong
realizada también en Hong Kong, ese
es el nunca medroso Menelao,
ayer nomás el rey entre los griegos.
Vuelve, Marforio, los ojos a estotra parte
y verás una entera familia de gentes
nacidas en el Chaco, tan blancas como crueles, 
descendientes de los salvajes germanos
que se untan el pelo con manteca rancia.
Mira, los hay de todas las naciones:
esos que juntan hierro, cual tácito
homenaje a su sangre goda; númidas de Chile,
dudosos en sus promesas; obsequiosos
paraguayos, de modales jesuíticos y preferencia
por las pequeñas monedas extraviadas
y aun talento para lograr que se extravíen;
colombianos cordiales.
Esos de allí, los de cetrina frente
y cejas prontas al enojo y a la venganza,
llevan itálicos nombres y fueron
soldados marsios, de los más valientes
y mejores ciudadanos de Roma, esclavos luego
del invasor ostrogodo, más tarde míseros
campesinos calabreses, migrantes a América,
exitosos pequeños industriales, con hijos dentistas,
¡y aquí los tienes ahora, buscando dentaduras
postizas en medio de la basura!.
Esotros, taciturnos y taimados,
fueron súbditos no del todo leales
de los Incas del Cuzco, cada tanto levantaron
un eléctrico pucará en las fronteras
igual que ahora alzan pircas de cartón,
aunque éstas más endebles, negociables.
¡Y mira allí, aquellos
fueron gitanos, hunos afincados en Europa,
y tal vez aún lo sean, solo que ahora
han perdido sus rasgos específicos
desde que todos gitanean! ¡Mil años
de historia perderse en un instante, por culpa
de una súbita generalización
de las propias mañanas y costumbres!
¿Y aquellos dos que sobre una frágil litera
traen a cuestas un inodoro patizambo?
¡Has de creer que esos fieros hermanos
son los propios Dioscuros, Cástor y Pólux,
y al menos uno de ellos compartió el huevo
del que nació la blanca Elena!
Mas no cedas, Marforio,
a la tentación de llorar su suerte.
Fue voluntad divina que Troya palmara
trayendo igual desgracia a sitiadores y sitiados
tanto que ahora no sabemos quién era quién
y allí está lo que queda: baterías, maderas, trapos,
una estrella de mar con sus cinco tentáculos intactos
que tardamos algo en identificar
como la pata de una silla de oficina
preparada para desplazarse en los cinco sentidos
que las oficinas suelen tener, pero ahora
detenida para siempre, para siempre apartada del asiento
que soportaba, negra y hosca ahora, inútiles
ahora sus ruedas y sin embargo
orgullosa, armada; mira, mira, miríadas Marforio,
de restos del bing bang hasta que la vista alcanza:
restos de loza y vidrio, sebo de velas, 
gafas con mero un cristal, restos
de gabanes, jubones, guanteletes, 
puchos que a veces y por milagro arden, 
pedazos de una tabla de esquí acuático
mordida por los tiburones, partida por un tsunami,
jirones de un planeta con tan hondas preocupaciones,
tapitas de botella, anillos de latas,
y sobre todo
el príncipe de los derechos hogareños,
comerciales e industriales: el papel.

                                                        de El carrito de Eneas, 2003

Daniel Samoilovich (Buenos Aires, 1949), "Diez poemas de la década de 2000, seleccionados por Mirta Rosenberg", Otro río que pasa. Un siglo de poesía argentina contemporánea,* Bajo la Luna, Buenos Aires, 2010

* Son 100 poemas que eligieron 10 poetas, cada uno de los cuales debió circunscribir su elección a los publicados en una década, comenzando por la de 1910. La edición estuvo coordinada por Jorge Fondebrider, autor también del prólogo de la obra (N. del Ad.)


Foto: Daniel Samoilovich en la Feria del Libro de Buenos Aires, 2015 Antonio Nava/Secretaría de Cultura de la Nación/Wikimedia Commons

domingo, mayo 28, 2017

Daniel Samoilovich / Rusia es el tema















Rusia es el tema, los poetas rusos:
"Puse acentos -dice la mujer- aun donde no se ponen
para que la gente sepa cómo pronunciar: Pásternak, Ajmátova".
Rusia es el tema: ¿de dónde saca tantos libros? Hace calor.
Afuera, el sol ablanda el asfalto y estoy cansado.
Como lluvia de verano caen los acentos
sobre palabras que no los esperaban.
Las originales, las verdaderas,
están en cirílico: letras dadas vuelta,
palitos perversos atravesando los signos conocidos,
arañas bailando
en torno a un hombre alto con un bastón.
Es mi abuelo que vuelve a casa
caminando entre las construcciones bajas del domingo.
Frente a la metalúrgica hay tiradas
barritas de hierro en la vereda,
acentos sueltos, restos sólidos
del trabajo que las chispas hicieron
allí adentro, en la densa oscuridad
de la semana cancelada por una cortina.
Para mi asombro, mi abuelo habla mal de toda la familia:
es un personaje de historieta
rodeado de arañitas cirílicas encerradas en un globo blanco
como esos insultos tan atroces
que el guionista no acertaba a expresar sino por víboras,
espirales, pequeños hongos atómicos de malhumor.
Se cortaba tratando de afeitarse
y los espirales caían de las botellas
mordiendo la mesa de luz profundamente,
con un dibujo curvo y negro
como la muerte próxima.

Daniel Samoilovich (Buenos Aires, 1949), Rusia es el tema. Poemas reunidos 1973-2008, Bajo la Luna, Buenos Aires, 2014

domingo, agosto 07, 2011

Daniel Samoilovich / Dos poemas




Molestando a los demonios

Aprovecho el buen tiempo, leo
en la terraza sobre el lago azul.

Los caracteres antiguos
se erizan como demonios

que habiendo dormido una siesta de siglos
al despertar se enojan

con el primero que ven.


Noche de tormenta, insomnio

Lo que estaba unido
o atado se esparció, lo que suelto

yacía la tormenta lo juntó
en un anillo sólido y grisáceo

que gira cerca del suelo.
Así lo que tenemos o creemos que tenemos,

lo que somos o creemos que somos,
el amor lo dispersa

y cosas sueltas, ramitas, recuerdos idiotas,
pedazos de sueños a punto de olvidarse

se ponen a andar en círculo
y su ronda obsesiva no nos deja dormir.


Daniel Samoilovich (Buenos Aires, 1949), de Molestando a los demonios, Pre-textos, Madrid-Valencia, 2009, en XIX Festival de Poesía en Rosario

Foto: Samoilovich por Fredy Heer