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martes, octubre 01, 2019

Claudia Masín / De "Abrigo"















Del tiempo en que mi hermano y yo
crecíamos al sol, abandonados
y desbordantes como frutas salvajes,
quedó en mi pecho un viento
crudo y antiguo que no dejará de agitarse
ni aun en medio del día más apacible,
más hermoso del verano.



Nunca consumé
separación alguna. Unida
a cada brizna de hierba tanto
como a mi madre, soy una cuerda
de luz que desciende del aire
y se anuda a la sombra que dejan
todas las cosas al irse.



Descanso de mí como ciertas flores del desierto,
arrancadas del tallo, descansan en la arena:
sin esperar nada, ni la lluvia ni la muerte.

Claudia Masin (Resistencia, Argentina, 1972)

Abrigo,
El Vendedor de Tierra,
Florida, Buenos Aires, 2019









El Vendedor de Tierra - El Placard - Noticias Día x Día - Otra Iglesia Es Imposible
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Foto: Claudia Masín en Facebook

sábado, septiembre 01, 2018

Claudia Masin / De "Geología"


















Oro

No hay otra manera, debes hacerte como la piedra
cuando rondas su compañía
Yorgos Seferis

Permanecías callada, tu infancia entera un juego
de perseverancia en el silencio. Callada: definición de alguien por lo que no dice. Como si tomáramos la sombra de un ser y con ella construyéramos la imagen,
completando su cuerpo con la idea de lo que allí falta. O como cuando decimos de un paisaje: es árido, suponiendo que algo que debería estar creciendo en él ha decidido, misteriosamente, ausentarse.
¿Pero y si se tratara de riqueza
y no de pérdida esa ausencia de frutos, árboles, palabras?

Tu casa estaba construida en un paisaje árido.
Lo recorrías con el entusiasmo de los buscadores de oro, segura de la existencia de ese tesoro y de tu decisión
de hallarlo. La aridez era tan bella
como la visión que, imaginabas, se tenía del océano desde los barcos: una extensión de luz vacía,
todo un país para ser habitado y a su vez una magnífica excusa para el futuro exilio.

Cierta vez te advirtieron del peligro de vivir entre piedras:
-vas a terminar convirtiéndote en una de ellas. No pensaste entonces en la quietud,
en la invariable tristeza. Pensaste en cambio: de las piedras se arrancan las palabras, de la minúscula entraña
de las cosas calladas.


Malaquita

¿Quién te rescataría de la extensa siesta de tu ciudad
pequeña? De la misma paciente manera
en que las peregrinas de la Edad Media
cargaban sus piedras de malaquita, amuleto
contra los peligros del camino y los relámpagos,
en tu viaje llevarías las palabras de los libros,
serenas dentro de su inalcanzable órbita de silencio.
Un satélite más, tu cuerpo, en su lento giro idéntico.

La espera de la pasión es la dicha más perfecta,
no su llegada. El metrónomo del verano mide el ritmo
de la sequía, de la lluvia. Cuando ella sí llegue,
será espléndida. Mientras tanto, el peregrinaje va creando
el camino que recorre, como pequeñas puntadas de un tejido:
tu vida. Con las hebras que hubiera.

Si no se habita en el mundo, no se puede construir hogar,
calor o piedra que te cubra de los peligros del camino,
los relámpagos. Entonces, que tu amor a las palabras alcance
a temblar en la vacilación de la luz en el instante
que precede a la total oscuridad. Se desvanezca
cuando la luz se desvanezca y solo entonces.
Que aún allí toque tu cuerpo y lo encienda.

Claudia Masin (Resistencia, Argentina, 1972)

Geología,
Caleta Olivia,
Buenos Aires, 2018










Espacio Luke - El Otro - Malón Malón
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Foto: Facebook

lunes, abril 11, 2011

Claudia Masin / La gracia




La gracia

A veces, muy raramente, un encuentro nos conmueve
de una forma que no puede ser atenuada por el pensamiento
o el lenguaje. Es que trae una memoria
de lo que fue íntimamente conocido y deseado, pero ha sido
desplazado a un lugar inalcanzable, de donde no sabría volver
a menos que una persona -entre todas- lo llamara. Somos
criaturas tímidas que no han hallado, en respuesta
a su curiosidad, a su pasión por todas las cosas, más que daño
o rechazo. Como animales que han luchado demasiado por su vida,
no sabemos qué hacer con la alegría, y si llega,
seguimos huyendo para salvarnos. Si lográramos vencer el terror,
si nos quedáramos, podríamos recuperar algo
perdido hace tiempo. La dicha más plena es una dicha física
y debería producirse sólo una vez,
antes de que conozcamos las palabras. Su regreso es siempre
un instante de gracia que nos devuelve el amor con que un día
la materialidad del mundo nos ha tocado.

Claudia Masin (Resistencia, Chaco, 1972), La plenitud, Hilos Editora, Buenos Aires, 2010

Foto: Claudia Masin en La trampera