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viernes, marzo 21, 2025

Cesare Pavese / Crepúsculo de areneros



Las barcazas remontan despacio, a pulso, pesadas;
casi inmóviles, espuman la viva corriente.
Es ya casi de noche. Aisladas, se detienen:
se debate y estremece la pala bajo el agua.
De hora en hora, otras barcas han llegado hasta aquí.
Muchos cuerpos de mujer han cruzado en el sol
sobre esta agua. Han bajado al agua o saltado a la orilla
a debatirse en pareja, alguna, sobre la hierba.
En el crepúsculo, el río está desierto. Dos o tres areneros
han bajado, con el agua hasta la cintura, y excavan el fondo.
El gran frío en las ingles agota y adormece las espaldas.

Aquellas mujeres no son más que un blanco recuerdo.
Las barcazas en la oscuridad descienden, pesadas de arena,
sin un corcovo, rasantes: hay un hombre sentado
en cada punta y un grano de fuego les arde en la boca.
Cada par de brazos trajina su remo,
una tibieza desciende sobre las piernas agotadas
y lejos se encienden las luces. Desaparecieron las mujeres
que a la mañana llevaban en las barcas, tendidas,
mientras que un joven, parado en la punta, remaba sudando.
Eran bellas esas mujeres: alguna descendía,
semidesnuda y desaparecía riendo con algún compañero.
Cuando cualquier atolondrado venía a buscar pelea,
los areneros levantaban la cabeza y la injuria moría
sobre la mujer acostada, como si estuviese ya desnuda.
Ahora vuelven los estremecimientos, entrevistos en la hierba,
a ocupar el silencio. Y cada cosa se concentra
en la punta de fuego, que vive. Ahora el ojo
se pierde en el humo invisible que sale de la boca
y las piernas recuperan el empujón de la sangre.

A la distancia, sobre el río, cintilan las luces
de Turín. Dos o tres areneros ha encendido,
sobre la proa, el fanal, pero el río está desierto.
La fatiga del día querría adormecerlos
y sus piernas están casi destruidas. Alguno no piensa
sino en atracar la barcaza y caer sobre la cama
y comer en el sueño, quizá soñando.
Pero alguno vuelve a ver aquellos cuerpos en el sol
y tendrá aún la fuerza de ir a la ciudad, bajo las luces,
a buscar, riendo, entre la muchedumbre que pasa.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950), "Trabajar cansa", Poesía completa, traducción de Jorge Aulicino, Barnacle, Buenos Aires, 2025

Más poemas de Cesare Pavese en Otra Iglesia Es Imposible
Una selección de poemas de Pavese en italiano en Avamposto
Una introducción a los poemas de Pavese en Op. Cit.


Crepuscolo di sabbiatori

I barconi risalgono adagio, sospinti e pesanti;
quasi immobili, fanno schiumare la viva corrente.
È già quasi la notte. Isolati, si fermano:
si dibatte e sussulta la vanga sott'acqua.
Di ora in ora, altre barche son state fin qui.
Tanti corpi di donna han varcato nel sole
su quest'acqua. Son scese nell'acqua o saltate alla riva
a dibbatersi in coppia, qualcuna, sull'erba.
Nel crepuscolo, il fiume è deserto. I due o tre sabbiatore
sono scesi con l'acqua alla cintola e scavano il fondo.
Il gran gelo dell'inguine fiacca e intontisce le schiene.

Quelle donne non sono che un bianco ricordo.
I barconi nel buio discendono grevi di sabbia,
senza dare una scossa, radenti: ogni uomo è seduto
a una punta e un granello di fuoco gli brucia alla bocca.
Ogni paio di braccia strascina il suo remo,
un tepore discende alle gambe fiaccate
e lontano s'accendono i lumi. Ogni donna è scomparsa,
che il matino le barche portavano stesa
e che un giovane, dritto alla punta, spingeva sudando.
Quelle donne eran belle: qualcuna scendeva
seminuda e spariva ridendo con qualche compagno.
Quando un qualche inesperto veniva a cozzare,
sabbiatori levavano il capo e l'ingiuria moriva
sulla donna distesa come fosse già nuda.

Ora tornano tutti i sussulti, intravisti nell'erba,
a occupare il silenzio e ogni cosa s'accentra
sulla punta di fuoco, che vive. Ora l'occhio
si smarrisce nel fumo invisibile ch'esce di bocca
e le membra ritrovano l'urto del sangue.

In distanza sul fiume, scintillano i lumi
di Torino. Due o tre sabbiatori hanno acceso
sulla prua il fanale, ma il fiume è deserto.
La fatica del giorno vorrebbe assopirli
e le gambe son quasi spezzate. Qualcuno non pensa
che a attracare il barcone e cadere sul letto
e mangiare nel sonno, magari sognando.
Ma qualcuno rivede quei corpi nel sole
e avrà ancora la forza di andare in città, sotto i lumi,
a cercare ridendo tra la folla che passa.
---

domingo, febrero 16, 2025

Cesare Pavese / The cats will know

 
Aún caerá la lluvia
sobre tus dulces empedrados,
una lluvia ligera
como un hálito o un paso.
Aún la brisa y el alba
florecerán ligeras
como bajo tu paso,
y tú regresarás.
Entre flores y alfeizares,
los gatos lo sabrán.

Llegarán otros días,
llegarán otras voces.
Sonreirás sola.
Los gatos lo sabrán.
Oirás viejas palabras,
vanas y cansadas
como vestidos usados
de las fiestas pasadas.

Tú también harás gestos.
Responderás palabras -
rostro de primavera,
tú también harás gestos.

Los gatos lo sabrán,
rostro de primavera,
y la lluvia ligera,
el alba de jacinto,
que el corazón lacera
de quien no te espera,
son la triste sonrisa
que tú sonríes sola,
Llegarán otros días,
voces y despertares.
Sufriremos al alba,
rostro de primavera.

10 de abril del '50

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950) "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos", Poesía completa, Barnacle, Buenos Aires, 2025

Más poemas de Cesare Pavese en Otra Iglesia Es Imposible
Una selección de poemas de Pavese en italiano en Avamposto
Una introducción a los poemas de Pavese en Op. Cit.


The cats will know

Ancora cadrà la pioggia
sui tuoi dolci selciati,
una pioggia leggera
come un alito o un passo.
Ancora la brezza e l'alba
fioriranno leggere
come sotto il tuo passo,
quando tu rientrerai.
Tra fiori e davanzali
i gatti lo sapranno.

Ci saranno altri giorni,
ci saranno altre voci.
Sorriderai da sola.
I gatti lo sapranno.
Udrai parole antiche,
parole stanche e vane
come i costumi smessi
delle feste di ieri.

Farai gesti anche tu.
Risponderai parole -
viso di primavera,
farai gesti anche tu.

I gatti lo sapranno,
viso di primavera;
e la pioggia leggera,
l'alba color giacinto,
che dilaniano il cuore
di chi più non ti spera,
sono il triste sorriso
che sorridi da sola.
Ci saranno altri giorni,
altre voci e risvegli.
Soffrieremo nell'alba,
viso di primavera.

10 aprile 1950

---
Foto: La actriz estadounidense Constance Dowling, con Cesare Pavese en Breuil-Cervinia, Valle de Aosta, 1950. Mondadori/Getty Images

Pavese estuvo con Constance Dowling en Cervinia a comienzos de 1950. Las iniciales en el título del primer poema (escrito en inglés), de Vendrá la muerte... ("To C. from C. " ) indicarían que el conjunto de esos poemas, fechados en abril y marzo de 1950, aluden a Dowling. Pavese se suicidó a fines de agosto de ese año. Casi es imposible, hoy, separar esas circunstancias del libro mismo, escrito casi se diría ex profeso como testamento: homenaje y despedida. [N. del Ad.]

jueves, febrero 06, 2025

Cesare Pavese / Un recuerdo




No hay hombre que llegue a dejar una marca
sobre ella. Cuanto ha sido, se disipa en un sueño,
como la calle en una mañana, y sólo queda ella.
Si no fuese rozada la frente por un instante,
parecería perpleja. Sonríen las mejillas,
cada vez.

Ni siquiera se acumulan los días
sobre su mirada para cambiar la sonrisa ligera
que irradia hacia las cosas. Con dura firmeza
hace cada cosa, pero parece siempre la primera vez;
sin embargo vive hasta el último instante. Se entreabre
su sólido cuerpo, su mirada ensimismada,
a una voz acallada y un poco ronca: una voz
de hombre cansado. Y ningún cansancio la toca.

Al mirarle la boca, entorna la mirada
esperando: ninguno osaría un arrebato.
Muchos hombres saben de su ambigua sonrisa
o de la arruga imprevista. Si hubo ese hombre
que la supo gimiente, humillada de amor,
paga día tras día, ignorando por quién
ella vive este presente.

Sonríe a solas
la sonrisa más ambigua caminando por la calle.

[octubre de 1935]  

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo,  Italia, 1908-Turín, Italia, 1950), 


"Trabajar cansa"
Poesía completa
Traducción de Jorge Aulicino
Barnacle
Buenos Aires, 2025








Más poemas de Cesare Pavese en Otra Iglesia Es Imposible
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Una introducción a los poemas de Pavese en Op. Cit.


Un ricordo

Non c'è uomo che giunga a lasciare una traccia
su costei. Quant'è stato dilegua in un sogno
come via in un mattino, e non resta che lei.
Se non fosse la fronte sfiorata da un attimo,
sembrerebbe stupita. Sorridono le guance
ogni volta.


Nemmeno s'ammassano  i giorni
sul suo viso, a mutare il sorriso leggero
che si irradia alle cose. Con dura fermezza
fa ogni cosa, ma sembra ogni volta la prima:
pure vive fin l'ultimo istante. Si schiude
il suo solido corpo, il suo sguardo raccolto
a una voce sommessa e un po' rauca: una voce
d'uomo stanco. E nessuna stanchezza la tocca.


A fissarle la bocca, socchiude lo sguardo
in atessa: nessuno può osare uno scatto.
Molti uomini sanno il suo ambiguo sorriso
o la ruga improvvisa. Se quell'uomo c'è stato
che la sa mugolante, umiliata d'amore,
paga giorno per giorno, ignorando di lei
per chi viva quest'oggi.

Sorride da sola
il sorriso più ambiguo camminando per strada.

[ottobre 1935]
---
Foto: Cesare Pavese. playas de Varigotti, región de la Liguria, década del '40 Mondadori /Getty Images

miércoles, enero 22, 2025

Cesare Pavese / Encuentro




Estas duras colinas que han hecho mi cuerpo
y lo sacuden con tantos recuerdos, me han abierto el prodigio
de ella, que no sabe que la vivo y no llego a comprenderla.

La encontré una noche: una mancha muy clara
bajo las estrellas ambiguas, en la neblina de verano.
Había alrededor el olor de estas colinas
más profundo que la sombra, y de repente sonó,
como salida de estas colinas, una voz más limpia,
y áspera a la vez, una voz de tiempos perdidos.

Alguna vez la veo, vívida delante,
definida, inmutable, como un recuerdo.
Nunca pude aferrarla: su realidad
cada vez se me escapa y me lleva lejos.
Si es bella no lo sé. Entre las mujeres es joven:
me sorprende al pensarla un recuerdo remoto
de la infancia vivida entre aquellas colinas,
tan joven es. Es como la mañana. Me trae en los ojos
todos los cielos lejanos de aquellas mañanas remotas.
Y tiene en los ojos un propósito firme: la luz más limpia
que haya tenido jamás el alba sobre estas colinas.

La he creado desde el fondo de todas las cosas
que me son más queridas y no llego a comprenderla.

[8 - 15 de agosto de 1932]

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908-Turín, Italia, 1950)

"Trabajar cansa",
Poesía completa,
Traducción de Jorge Aulicino
Buenos aires 2025







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Una introducción a los poemas de Pavese en Op. Cit.


Incontro

Queste dure colline che han fatto il mio corpo
e lo scuotono a tanti ricordi, mi han schiuso il prodigio
di costei, che non sa che la vivo e non riesco a comprenderla.

L’ho incontrata, una sera: una macchia più chiara
sotto le stelle ambigue, nella foschìa d’estate.
Era intorno il sentore di queste colline
più profondo dell’ombra, e d’un tratto suonò
come uscisse da queste colline, una voce più netta
e aspra insieme, una voce di tempi perduti.

Qualche volta la vedo, e mi vive dinanzi
definita, immutabile, come un ricordo.
Io non ho mai potuto afferrarla: la sua realtà
ogni volta mi sfugge e mi porta lontano.
Se sia bella, non so. Tra le donne è ben giovane:
mi sorprende, a pensarla, un ricordo remoto
dell’infanzia vissuta tra queste colline,
tanto è giovane. È come il mattino. Mi accenna negli occhi
tutti i cieli lontani di quei mattini remoti.
E ha negli occhi un proposito fermo: la luce più netta
che abbia avuto mai l’alba su queste colline.

L’ho creata dal fondo di tutte le cose
che mi sono più care, e non riesco a comprenderla.
---
Imagen superior: De la tapa de Poesía completa, retrato de perfil de Cesare Pavese, por Merlina H. Cisnero, basado en las fotos de prontuario del autor durante su confinamiento en un pueblo de Calabria en la década de los 30 del siglo pasado.

domingo, noviembre 17, 2024

Cesare Pavese / Paisaje IV



                                                                 (A Tina)

Los dos hombres fuman en la orilla. La mujer que nada,
sin romper el agua, no ve más que el verde
de su breve horizonte. Entre el cielo y las plantas
se extiende esta agua, que la mujer recorre,
sin cuerpo. En el cielo se posan nubes,
como inmóviles. El humo se detiene a medio aire.

Bajo el hielo del agua está la hierba. La mujer
la recorre suspendida, pero nosotros la aplastamos,
a la hierba verde, con el cuerpo. No hay a lo largo del agua
otro peso. Nosotros solos sentimos la tierra.
Quizá el cuerpo alargado de ella, sumergido,
siente el ávido hielo absorberle el sopor
de los miembros soleados y derretirla viva
en el verde inmóvil. Su cabeza no se mueve.

Ella estaba tendida también, allí la hierba está doblada.
Su rostro entornado posaba sobre el brazo
y miraba la hierba. Ninguno decía una palabra.
Se estanca aún en el aire aquel primer chapoteo
que la recibió en el agua. Sobre nosotros se estanca el humo.
Ahora, ha llegado a la otra orilla y nos habla, goteante
su cuerpo atezado que surge entre los troncos.
Su voz es el único sonido que se oye sobre el agua
-ronca y fresca, es la misma voz de antes.

     Pensamos, tendidos
sobre la orilla, en ese verde más hondo y más fresco
que sumergió su cuerpo. Después, uno de nosotros
se tira al agua y cruza, descubriendo los hombros
en brazadas espumosas, el verde inmóvil.

[1934]

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950), "Trabajar cansa", Poesía completa, Barnacle, Buenos Aires, 2024
Versión de Jorge Aulicino

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Paesaggio IV

I due uomini fumano a riva. La donna che nuota
senza rompere l'acqua, non vede che il verde
del suo breve orizzonte. Tra il cielo e le piante
se distende quest'acqua e la donna vi scorre
senza corpo. Nel cielo si posano nuvole
come immobili. Il fumo si ferma a mezz'aria.

Sotto il gelo dell'acqua c'è l'erba. La donna
vi trascorre sospesa; ma noi la schiacciamo,
l'erba verde, col corpo. Non c'è lungo le acque
altro peso. Noi soli sentiamo la terra. 
Forse il corpo allungato de lei, che è sommerso,
sente l'avido gelo assorbirle il torpore
delle membra assolate e discioglierla viva
nell'immobile verde. Il suo capo non muove.

Era stesa anche lei, dove l'erba è piegata.
Il suo volto socchiuso posava sul braccio
e guardava nell'erba. Nessuno fiatava.
Stagna ancora nell'aria quel primo sciacquío
che l'ha accolta nell'acqua. Su noi stagna il fiumo.
Ora è giunta alla riva e ci parla, stillante
nel suo corpo annerito que sorge fra i tronchi.
La sua voce è ben l'unico suono che si ode sull'acqua
-rauca e fresca, è la voce di prima.

     Pensiamo, distesi
sulla riva, a quel verde più cupo e più fresco
che ha sommerso il suo corpo. Poi, uno di noi
piomba in acqua e traversa, scoprendo le spalle
in bracciate schiumose, l'immobile verde.
---
Ilustración: Cesare Pavese por Tullio Pericoli, 1990

miércoles, noviembre 06, 2024

Cesare Pavese / La puta campesina




El muro de enfrente que ciega el patio
tiene a menudo un reflejo de sol niño
que recuerda el establo. Y la pieza desordenada
y desierta a la mañana cuando el cuerpo se despierta,
exhala el olor del primer perfume inexperto.
Hasta el cuerpo, enredado en las sábanas, es el mismo
de los primeros años, cuando el corazón saltaba descubriendo.
Aquí se despierta desolada por el reclamo avanzado
de la mañana y vuelve a emerger en la pesada penumbra
el abandono de otro despertar: el establo
de la infancia y el pesado cansancio del sol
ardoroso sobre las puertas indolentes. Un perfume
impregnaba ligero el sudor habitual
de los cabellos, y los animales husmeaban. El cuerpo
se gozaba furtivo de la caricia del sol,
insinuante y pacífica como si fuese un contacto.

El abandono en el lecho aliviana los miembros
tendidos, jóvenes y macizos, como aún niños.
La chica inexperta olfateaba el aroma
del tabaco y del heno y temblaba al contacto
fugitivo del hombre: le gustaba jugar.
A veces jugaba tendida con el hombre
en el heno, pero el hombre no husmeaba los cabellos:
le buscaba en el heno los miembros contraídos,
la miraba fijo, aplastándola como si fuese su padre.
El perfume eran flores pisadas sobre las piedras.

Muchas veces retorna en el lento despertar
aquel deshecho sabor de flores lejanas
y de establo y de sol. No hay hombre que sepa
la sutil caricia de este acre recuerdo.
No hay hombre que vea más allá del cuerpo tendido
aquella infancia trascurrida en el ansia inexperta.

[11-15 de noviembre de 1937]

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950), "Trabajar cansa", Poesía completa, Barnacle, Buenos Aires, 2024
Versión de Jorge Aulicino

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Una introducción a los poemas de Pavese en Op. Cit.

La puttana contadina
La muraglia di fronte che accieca il cortile / ha sovente un riflesso di sole bambino / che ricorda la stalla. E la camera sfatta / e deserta al mattino quando il corpo si sveglia, / sa l' odore del primo profumo inesperto. / Fino il corpo, intrecciato al lenzuolo, è lo stesso / dei primi anni, che il cuore balzava scoprendo. // Ci si sveglia deserte al richiamo inoltrato / del mattino e riemerge nella greve penombra / l' abbandono de un altro risveglio: la stalla / dell' infanzia e la greve stanchezza del sole / caloroso sugli usci indolenti. Un profumo / impregnava leggero il sudore consueto / dei capelli, e le bestie annusavano. Il corpo / si godeva furtivo la carezza del sole / insinuante e pacata come fosse un contatto. // L' abbandono del letto attutisce le membra / stese giovani e tozze, come ancora bambine. / La bambina inesperta annusava il sentore / del tabacco e del fieno e tremava al contatto / fuggitivo dell' uomo: le piaceva giocare. / Qualche volta giocava distesa con l' uomo / dentro il fieno, ma l' uomo non fiutava i capelli: / le cercava nel fieno le membra contratte, / le ficcava, schiacciandole come fosse suo padre. / Il profumo eran fiori pestati sui sassi. // Molte volte ritorna nel lento sveglio / quel disfatto sapore di fiori lontani / e di stalla e di sole. Non c' è uomo che sappia / la sottile carezza de quell' acre ricordo. / Non c' è uomo che veda oltre il corpo disteso / quell' infanzia trascorsa nell' ansia inesperta.
[11-15-novembre 1937]
---
Imagen: Una de las fotos más difundidas de Cesare Pavese, sin mención de fuente, fecha ni autor

martes, julio 16, 2024

Cesare Pavese / La cena triste



Justo bajo el emparrado, comida la cena.
Allí abajo hay agua, que corre mansa.
Callamos, escuchando y mirando el sonido
que hace el agua al pasar por el surco de luna.
Esta demora es la más dulce.

La compañera, que se demora,
parece que aún muerde ese racimo de uva,
tan viva tiene la boca; y el sabor perdura,
como el amarillo lunar, en el aire. Las miradas, en la sombra,
tienen la dulzura de la uva, pero los sólidos hombros
y las mejillas quemadas encierran todo el verano.

Han quedado uva y pan sobre la mesa blanca.
Las dos sillas se miran de frente desiertas.
Quién sabe qué cosas alumbra el surco de luna,
con esa luz, dulce, en los bosques remotos.
Puede suceder, antes del alba, que un soplo más frío
apague luna y vapores, y alguien aparezca.
Una débil luz  mostraría la garganta
sobresaltada y las manos febriles cerrándose
vanamente sobre la comida. Se sobresalta el agua,
pero en la oscuridad. Ni la uva ni el pan se han movido.
Los sabores atormentan a la sombra famélica
que no llega ni siquiera a lamer, sobre el racimo,
el rocío que ya se condensa. Y, cada cosa goteando
bajo el alba, las sillas se miran solas.
A veces, a la orilla del agua un aroma,
como de uva, de mujer, se estanca sobre la hierba,
y la luna fluye en silencio. Aparece alguien,
pero atraviesa las plantas incorpóreo, y se queja
con el gemido ronco de quien no tiene voz,
y se tiende sobre la hierba y no encuentra la tierra:
sólo le tiembla la nariz. Hace frío, en el alba,
y apretar un cuerpo sería la vida.
Más difusa que el amarillo lunar, que tiene horror
de filtrarse en los bosques, es esta ansia inagotable
de contactos y sabores que macera a los muertos.
Otras veces, en el suelo, los atormenta la lluvia.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950), Trabajar cansa. Vendrá la muerte y tendrá tus ojosGriselda García Editora, Ediciones del Dock, Cartografías, Buenos Aires, 2018
Versión de Jorge Aulicino


La cena triste

Proprio sotto la pergola, mangiata la cena.
C'è lí sotto dell'acqua che scorre sommessa.
Stiamo zitto, ascoltando e guardando il rumore
che fa l'acqua a passare nel solco di luna.
Quest'indugio è il più dolce

La compagna, che indugia,
pare ancora che morda quel grappolo d'uva
tanto ha viva la bocca; e il sapore perdura,
come il giallo lunare, nell'aria. Le occhiate, nell'ombra,
hanno il dolce dell'uva, ma le solide spalle
e le guance abbrunite rinserrano tutta l'estate.

Son rimasti uva e pane sul tavolo bianco.
Le due sedie si guardano in faccia deserte.
Chissà il solco di luna che cosa schiarisce,
con quel suo lume, dolce, nei boschi remoti.
Può accadere, anzi l'alba, che un soffio più freddo
spegna luna e vapori, e qualcuno compaia.
Una debole luce ne mostri la gola
sussultante e le mani febbrili serrarsi
vanamente sui cibi. Continua il sussulto dell'acqua,
ma nel buio. Né l'uva né il pane son mossi.
I sapori tormentano l'ombra affamata,
che non riesce nemmeno a leccare sul grappolo
la rugiada che già si condensa. E, ogni cosa stillando
sotto l'alba, le sedie si guardano, sole.
Qualche volta alla riva dell'acqua un sentore,
come d'uva, di donna ristagna sull'erba,
e la luna fluisce in silenzio. Compare qualcuno,
ma traversa le piante incorporeo, e si lagna
con quel gemito rauco di chi non ha voce,
e si stende sull'erba e non trova la terra:
solamente, gli treman le nari. Fa freddo, nell'alba,
e la stretta di un corpo sarebbe la vita.
Più diffusa del giallo lunare, che ha orrore 
di filtrare nei boschi, è quest'ansia inesauta
di contatti e sapori che macera i morti.
Altre volte, nel suolo li tormenta la pioggia.

Poesie, Mondadori, Verona, 1969
---
Foto: Cesare Pavese, 1950 

lunes, abril 29, 2024

Cesare Pavese / Las maestritas



Mis tierras de viñas, de pequeños ciruelos, de castaños,
donde crecen los frutos que siempre he comido,
-mis buenas colinas- tienen un fruto mejor,
con el que fantaseo y no he vuelto a morder.
Cuando se tienen seis años y se va al campo
sólo en el verano, es mucho si uno logra
escaparse hacia el camino y comer fruta verde
con los muchachones descalzos que pastorean las vacas.
Bajo el cielo de verano, tendidos en los prados,
hablábamos de mujeres entre juego y lucha,
y aquellos otros conocían misterios y misterios
que susurraban burlones en el ocio sagrado.
En el camino frente a la quinta se ven todavía
-los domingos- sombrillas que salen del pueblo;
pero está lejana la quinta y ya no hay muchachos.

Mi hermana tenía entonces veinte. Íbamos siempre
a la terraza a ver las sombrillas, 
los vestidos claros de verano, palabras divertidas:
maestritas. Hablaban quizá de libros
que se habían prestado -novelas de amor-
y de bailes, de citas. Las escuchaba inquieto
sin pensar todavía en sus brazos desnudos, 
el cabello al sol. Era mi momento
cuando me elegían para guiar al grupo
adonde comer la uva sentados en el piso.
Se burlaban de mí. Una vez me preguntaron
si no tenía novia.
Me fastidié, más bien. Estaba con ellas
para hacerme ver: mostrar que sabía subir a un árbol
para buscar las mejores uvas y salir disparando.
Una vez encontré junto a las vías del tren
a la más esquiva de estas muchachas, de faz algo absorta,
pero de un rubio quemado y que hablaba italiano.
La llamaban Flora. Yo estaba tirándole
piedras a las ruedas de los trenes. Mi amiga me preguntó
si en casa conocían mis hazañas.
Me quedé confundido. Y la pobre Flora me llevó consigo
porque iba -me dijo- a ver a mi hermana.
Era una tarde bella, de las primeras del verano
y por ir un poco a la sombra y llegar más pronto
nos fuimos por los prados. A mi lado, Flora
me preguntaba sobre algo que ya no recuerdo.
Llegamos a un arroyo y yo quise saltarlo:
acabé a medio arroyo, entre la hierba.
Flora se rió en la otra orilla,
se sentó luego y me ordenó que no mirara.
Yo estaba agitado. Oía chapotear
en la corriente, chapotear y me volví de pronto.
Ágil como era y fuerte en su cuerpo escondido,
mi amiga bajaba por la orilla, las piernas desnudas,
deslumbrante. (Flora era rica y no trabajaba.)
Me lo reprochó levemente y se cubrió pronto,
pero reímos al fin y le tendí mi mano.
Caminando de vuelta me sentía muy feliz.
Al volver a casa no fui castigado.

En mi pueblo hay docenas de muchachas como Flora.
Son el fruto más sano de aquellas colinas;
los parientes ricos las mandan a estudiar
y alguna siega en los campos. Tienen rostros morenos
que te miran tan serios y son tan golosos:
señoritas que visten al estilo de la ciudad.
Tienen nombres fantásticos tomados de los libros:
Flora, Lidia, Cordelia, y los racimos de uva,
las hileras de chopos no son más hermosos.
Siempre me imagino a una de ellas diciendo:
Mi sueño es vivir hasta los treinta años
en una casa en lo alto de una colina
golpeada por el viento y dedicarme tan sólo
a las plantas silvestres que nacen allá arriba.
Saben bien qué cosa es la vida: en las escuelas
pasan en medio de todas las miserias,
las cínicas bestialidades de pequeños brutos,
y siempre son jóvenes. De viejas...
pero no quiero imaginarlas viejas; para mí
siempre las tendré frente a mis ojos, mis  maestritas,
con bellas sombrillitas, vestidas de claro
-por fondo la colina un poco abrupta y quemada-
mi fruto, el más bueno, que cada año renueva.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908-Turín, Italia, 1950), Poemas inéditos, Barnacle, Buenos Aires, 2023
Versiones de Jorge Aulicino

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Le maestrine

Le mie terre di vigne, di prugnoli e di castagneti
dove sono cresciute le frutta che ho sempre mangiato,
-le mie belle colline- hanno un frutto migliore
che fantastico sempre e non ho morso mai.
Quando si hanno sei anni e si viene in campagna
solamente l’estate, è già molto riuscire
a scappar sulla strada e mangiar frutta acerba
coi ragazzotti scalzi, in pastura alle vacche.
Sotto il cielo d’estate, distesi nei prati,
si parlava di donne tra un gioco e una lite
e quegli altri sapevan misteri e misteri
sussurrati ghignando nell’ozio divino.
Sulla strada davanti alla villa si vedono ancora
-la domenica- parasolini passar dal paese;
ma è lontana la villa e non c’è più ragazzi.

Mia sorella era allora ventenne. Venivano sempre
sul terrazzo a trovarci bei parasolini,
vesti chiare d’estate, parole ridenti:
maestrine. Parlavan magari di libri
imprestati tra loro -romanzi d’amore-
e di balli, di incontri. Io ascoltavo inquieto
e non pensavo ancora alle braccia scoperte,
ai capelli assolati. Il mio solo momento
era quando sceglievano me per guidare il gruppetto
a mangiare dell’uva e sedersi per terra.
Mi scherzavano insieme. Una volta mi chiesero
se non avevo già l’innamorata.
Fui seccato, piuttosto. Io stavo con loro
Per distinguermi: come sapevo salire su un albero,
per trovare i bei grappoli e correre forte.
Una volta incontrai sulla Strada Ferrata
la più schiva di queste ragazze, una faccia un po’ assorta
ma bruciata di biondo e parlava italiano.
La chiamavano Flora. lo gettavo in quel mentre 
sassi al disco dei treni. L’amica mi chiese
se sapevano a casa di quelle prodezze.
Io confuso. E la povera Flora mi prese con sé 
perché andava -mi disse- a trovar mia sorella. 
Era un gran pomeriggio dei primi d’estate
e per stare un po’ all’ombra e arrivare piú presto 
ci buttammo nei prati. Vicino a me Flora
mi chiedeva qualcosa che piú non ricordo. 
Arrivammo a un ruscello ed io volli saltarlo: 
fi nii mezzo nell’acqua, tra l’erba.
Dall’altra parte Flora rise forte,
poi si sedè e ordinò ch’io non guardassi. 
Ero tutto agitato. Sentivo sciacquare
la corrente, sciacquare e mi volsi improvviso. 
Svelta com’era e forte nel corpo nascosto,
la mia amica scendeva la riva, le gambe scoperte, 
abbagliante. (Era ricca Flora e non lavorava).
Mi rimproverò un poco coprendosi subito, 
ma ridemmo alla fi ne e le porsi la mano. 
Per la via del ritorno ero troppo felice. 
Ma quando fummo a casa, niente busse.

Come Flora, a ventine ce n’è ai miei paesi.
Sono il frutto più sano di quelle colline,
i parenti arricchiti le fanno studiare
e qualcuna ha mietuto nei campi. Hanno volti sicuri
che ti guardano seri e son tanto golosi:
signorine si vestono come in città.
Hanno nomi fantastici presi nei libri,
Flora, Lidia, Cordelia ed i grappoli d’uva,
i fi lari dei pioppi, non sono più belli.
Me ne immagino sempre qualcuna che dica:
Il mio sogno è di vivere fi no a trent’anni
in una casa in cima a una collina
ben battuta dal vento e accudire soltanto
alle piante selvatiche spuntate lassù.
Sanno bene che cos’è la vita: alle scuole
passano in mezzo a tutte le miserie,
le bestialità aperte di piccoli bruti,
e sono sempre giovani. Da vecchie…
ma non voglio pensarle da vecchie, per me
le avrò sempre negli occhi, le mie maestrine,
col bel parasolino, vestite di chiaro,
—la collina un po’ scabra e bruciata, per sfondo—
il mio frutto, il più buono, che ogni anno rinnova.

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Foto: Cesare Pavese en la entrega del premio Strega que ganó en 1950. Archivo Mondadori

lunes, marzo 11, 2024

Cesare Pavese / De "Poesía juvenil"




Frases a la enamorada

Salgo a caminar en silencio con una chica
abordada en la calle, en la avenida, por la tarde,
la avenida llena de árboles y luces.
Es nuestro tercer encuentro.
La chica no puede tomar una decisión, es difícil:
no vamos al café porque odiamos a la multitud,
tampoco al cine, porque la primera vez
fuimos... porque... ya no tenemos que hacerlo más,
si no nos amamos tanto.
                            Caminemos así
hasta Po, hasta el puente, miraremos los edificios
de luz que los faroles construyen en el agua.
      La saciedad de la tercera cita.
Sé tanto de ella como un extraño podría saber,
uno que la besó y la abrazó en una sala oscura,
donde otras parejas oscuras se apretaban
y la orquesta —de un solo piano— tocaba Aída.
       Caminamos por la avenida, entre la gente.
Aquí también hay una orquesta que chilla y canta.
Hace un ruido metálico como los sacudones de los tranvías.
Estrecho a mi compañera y la miro a los ojos:
ella me mira y sonríe.
Sé tanto de ella como siempre he sabido de todos los demás,
quién trabaja, quién está triste y quién, si le preguntan
—“¿quieres morir esta noche?”- diría que sí.
—“¿Y nuestra aventura?”— “Nuestra aventura es diferente,
vamos a romper” (Hay un novio dando vueltas). 

     Oh mi hermosa niña, esta noche yo no soy el compañero
atrevido, que te ganó besándote en la calle
bajo la mirada de un anciano caballero asombrado.
Esta tarde camino pensando en la tristeza,
como tú a veces piensas en que quieres morir.
No es que quiera morir. Ese tiempo ha pasado
y luego, “no nos amamos”. Es la multitud que pasa
que me oprime y me asfixia, y tú también eres la multitud,
que, como todos, caminas a mi lado.
No es que te odie, pequeña —¿podrías pensar eso?-
pero estoy solo y siempre estaré solo.

       Aquí está el Po. —“¡Qué hermoso es!... Esta noche es de cristal.
Las columnas de luz... y la curva del muelle:
en la oscuridad casi parece la playa del mar.”
La compañera me habla alegremente y me abraza:
yo también tendré que abrazarla más fuerte en el puente.
Una orquesta lejana nos persigue hasta aquí.
Las colinas están oscuras. “¿Vendrías a las colinas?”
—“No, no a la colina. Está muy lejos. Quedémonos a mirar...”
     En el fondo esta noche ni siquiera quiero tu cuerpo,
ay mi nena hermosa, que también estás viva
para la mano que busca tu flanco.
Sé de ti tanto como siempre he sabido de todos:
que eres ávida bajo el vestido de seda azul,
que trabajas y estás triste y que un día tal vez seas mía,
si vencieras —¿quién sabe?— todos los escrúpulos.
     Pero en este momento callo y estoy solo,
como estaré hasta la muerte.
No es orgullo, niña, hace tiempo que lo olvidé.
pero no quiero, no quiero que nadie me quite la vida.

—“¿Quieres que salgamos a navegar un poco esta noche?” —“Está fresco. Mejor nos quedarnos.”
     —“Pero así no estaremos cerca” —“Pero está oscuro, nos podemos caer”.
     —“¿Qué quieres hacer aquí mirando el aire?” 
     —“Aquí es hermoso” —“Bajemos. Es más hermoso junto al agua. 
     Nos darán luz los faroles.” Le hablo, le estrecho
     la mano con suavidad y, torpemente, le doy un beso rápido
     en la mejilla. Desde debajo del sombrerito de fieltro me mira fijamente
     y luego, casi compungida, repite: “Quedémonos a mirar”.

[4 a 10 de agosto de 1930]


Veo borrarse lejos las colinas
   en una niebla gris y todo el verde
   de la campiña rojizo y podrido.
   No más azul el cielo, no más sol.
   ya no vivos sonidos del verano,
   sino un tedio frío, grave, que envuelve
   todo. Solo, rápido, entre los árboles,
   a ratos pasan ráfagas de frío
   sacudiendo las frondas esqueléticas

[30 de septiembre de 1925]


¡Oh, pasear con ella en la noche oscura,
   ir entre las plantas y escuchar con ella
   los roncos gritos que cruzan la llanura
   trémulos como la luz de las estrellas!
¡Oh, permanecer en el cálido aliento
   del viento, encontrar de nuevo su figura
   cerca de mi cara y sentirla temblar,
   sentir temblar junto a mí su boca pura!

[Octubre de 1923]

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950)

Poesía juvenil (1923-1930)
Traducción de Jorge Aulicino
Barnacle 
Buenos Aires, 2024








Más poemas de Cesare Pavese en Otra Iglesia Es Imposible

Frasi all’innamorata

Vado a spasso in silenzio con una bambina
abbordata per strada, lungo il viale, di sera,
il viale pieno d’alberi e di luci.
È il nostro terzo incontro.
La bambina è difficile nella scelta scabrosa:
al caffé non andiamo perché odiamo la folla,
al cinema neppure, perché la prima volta
siamo stati... perché... non dobbiamo più farlo,
se tanto non ci amiamo.
                           Passeggiamo, così,
fino a Po, fino al ponte, guarderemo i palazzi
di luce, che i lampioni fan nell’acqua.
     La sazietà del terzo appuntamento.
So di lei tutto quanto può sapere un estraneo
che l’ha baciata e stretta in una sala buia,
dove altre coppie buie si stringevano
e l’orchestra —di un piano— suonava l’Aida.
     Camminiamo nel viale, tra la gente.
Anche qui c’è un’orchestra che stride, che canta
ha un frastuono metallico come i tram che trabalzano.
Stringo a me la compagna e la guardo negli occhi:
ella mi guarda e sorride.
     So di lei quanto ho sempre saputo di tutte,
che lavora, che è triste e che, se le chiedessero 
—“vuoi morire stanotte?”— direbbe di sì. 
—“E la nostra avventura? ”— “La nostra avventura è diversa,
ci lasceremo noi” (C’è un fidanzato in giro).

     O mia bella bambina, stasera non sono il compagno
audace, che ti ha vinta, baciandoti per strada
sotto gli occhi di un vecchio signore stupito.
Questa sera cammino pensando tristezze,
come tu qualche volta pensi che vuoi morire.
Non ch’io voglia morire. É passato quel tempo
e, poi, “noi non ci amiamo”. É la folla che passa
che mi preme e mi schiaccia, e anche tu sei la folla,
che, come tutti, mi cammini accanto.
Non ch’io ti odî, bambina —potresti pensarlo?—
ma sono solo e sempre sarò solo.

Ecco il Po. —“Com’è bello! ... Stasera è un cristallo.
Le colonne di luce... e la curva del molo:
pare quasi, nel buio, la spiaggia del mare”.
La compagna mi parla contenta e mi stringe:
dovrò anch’io abbracciarla più stretto sul ponte.
Un’orchestra lontana c’insegue fin qui.
Le colline son buie —“Verresti in collina?” 
—“No, in collina. È lontano. Restiamo a guardare...”
     Non desidero in fondo, stasera, nemmeno il tuo corpo,
o mia bella bambina, che pure sei viva
alla mano che cerca il tuo fianco.
So di te quanto ho sempre saputo di tutte:
che sei avida sotto la veste di seta azzurrina,
che lavori e sei triste e che un giorno sarai forse mia,
se vincerai —chi sa?— tutti gli scrupoli.
     Ma in questo istante tacio e sono solo,
solo come sarò fino alla morte.
Non è orgoglio, bambina, da tempo ho scordato l’orgoglio,
ma non voglio, non voglio nessuno a stornarmi la vita. 

     —“Vuoi che andiamo un po’ in barca, stasera?” —“Fa fresco, restiamo”. 
     —“Ma no, staremo accanto” —“Ma è buio, si cade”. 
     —“Cosa vuoi fare qui a guardare in aria?”
     —”Ma qui è bello” —“Scendiamo. È più bello dall’acqua.
     Ci daranno il fanale”. Le parlo, le stringo
     la mano dolce e, goffo, le dò un bacio rapido
     sulla guancia. Di sotto il caschetto di feltro mi fissa
     e poi, quasi compunta, ripete —“Restiamo a guardare”.

[4–10 agosto 1930].


Vedo lontano le colline perdersi
   in una nebbia grigia e tutto il verde
   della campagna arrossa e infracidisce.
   Non più l’azzurro in cielo non più il sole
   non più i vivi rumori dell’estate
   ma un tedio freddo e grave che ravvolge
   ogni cosa. Sol rapide, tra gli alberi,
   passano a tratti gelide ventate
   scrollandone le fronde ischeletrite

[30 settembre 1925].


Oh, vagare con lei la sera scura,
   perderci tra le piante ed ascoltare
   le stride rauche su per la pianura
   tremule come la luce stellare!
Oh, soffermarci al tepido alitare
   del vento e ritrovar la sua figura
   stretta al mio volto e sentirla tremare,
   sentir tremare la sua bocca pura!

[ottobre 1923].

---
Foto: Cesare Pavese en una foto de juventud  Diversas fuentes, sin más datos.

miércoles, marzo 06, 2024

Cesare Pavese / Revelación



El hombre solitario vuelve a ver al muchacho de magro
corazón absorto en escrutar a la mujer que ríe.
El muchacho alzaba la mirada hacia aquellos ojos,
cuyas rápidas miradas se estremecían, desnudas
y distintas. El muchacho recogía un secreto
en aquellos ojos, un secreto como el regazo escondido.

El hombre solitario oprime en el corazón el recuerdo.
Los ojos ignotos ardían como arde la carne,
vivos de una húmeda vida. La dulzura del regazo,
palpitante de cálida ansiedad, se traslucía
en aquellos ojos. Brotaba angustioso el secreto,
como una sangre. Cada cosa se volvía tremenda
en la luz tranquila de las plantas y del cielo.

El muchacho lloraba en la noche tranquila
raras lágrimas mudas, como si ya fuese hombre.
El hombre solitario encuentra bajo el cielo remoto
esa mirada contenida que la mujer pone
sobre el muchacho. Y ve aquellos ojos y aquel rostro
recomponerse tranquilos en una sonrisa habitual.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950), "Lavorare stanca" (1936, 1943), Poesie, Mondadori, Verona, 1969; Trabajar cansa. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Griselda García, Del Dock, Cartografías, Buenos Aires, 2018
Versión de Jorge Aulicino


Rivelazione

L'uomo solo rivede il ragazzo dal magro
cuore assorto a scrutare la donna ridente.
Il ragazzo levava lo sguardo a quegli occhi,
dove i rapidi sguardi trasalivano nudi
e diversi. Il ragazzo raccoglieva un segreto
in quegli occhi, un segreto come il grembo nascosto.

L'uomo solo si preme nel cuore il ricordo.
Gli occhi ignoti bruciavano como brucia la carne,
vivi d' umida vita. La dolcezza del grembo
palpitante di calda ansietà traspariva
in quegli occhi. Sbocciava angoscioso il segreto
come un sangue. Ogni cosa era fatta tremenda
nella luce tranquilla delle piante e il cielo.

Il ragazzo piangeva nella sera sommessa
rade lacrime mute, come fosse già uomo.
L'uomo solo ritrova sotto il cielo remoto
quello sguardo raccolto che la donna depone
sul ragazzo. E rivede quegli occhi e quel volto
ricomporsi sommessi al sorriso consueto.

---
Foto: El perfil de Cesare Pavese en la ficha policial de su arresto y confinamiento en Calabria, 1935

lunes, febrero 05, 2024

Cesare Pavese / Grapa en setiembre



Las mañanas transcurren claras y desiertas
sobre las costas del río, que al alba se enturbia
y pone oscuro su verde, en espera del sol.
El tabaco que venden en la última casa
todavía húmeda, al borde de los prados, tiene un color
casi negro y un sabor jugoso: humea azulino.
Tienen también la grapa, color de agua.

Ha llegado el momento en que todo se detiene
y madura. Las plantas lejanas están quietas:
se han vuelto más oscuras. Esconden frutos
que caerían de un sacudón. Las nubes esparcidas
tienen pulpas maduras. Lejos, sobre las avenidas,
cada casa madura bajo la tibieza del cielo.

No se ven a esta hora más que mujeres. Las mujeres no fuman
y no beben, saben solamente detenerse en el sol
y recibirlo sobre ellas tibio como si fuese fruta.
El aire, crudo de niebla, se bebe a tragos
como la grapa, cada cosa aquí exhala un sabor.
También el agua del río ha bebido la orilla
y la macera en el fondo, en el cielo. Las calles
son como las mujeres, maduran inmóviles.

A esta hora cada uno debería detenerse
en la calle y mirar cómo todo madura.
Hasta hay una brisa que no mueve las nubes
pero alcanza a conducir el humo azulino
sin romperlo: es un nuevo sabor que pasa.
Y el tabaco se empapa de grapa. Y así las mujeres
no serán las únicas que gocen la mañana.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950), Lavorare stanca, Solaria, 1936, Einaudi, 1943, 1993
Versión de Jorge Aulicino

Los poemas de Cesare Pavese en Otra Iglesia Es Imposible

Grappa a settembre
I mattini trascorrono chiari e deserti /sulle rive del fiume, che all'alba si annebbia /e incupisce il suo verde, in attesa del sole./Il tabacco, che vendono nell'ultima casa /ancor umida, all'orlo dei prati, ha un colore /quasi nero e un sapore succoso: vapora azzurrino./Tengon anche la grappa, colore dell'acqua.// E’ venuto un momento che tutto si ferma /e matura. Le piante lontano stan chete: /sono fatte più scure. Nascondono frutti /che a una scossa cadrebbero. Le nuvole sparse /hanno polpe mature. Lontano, sui corsi, /ogni casa matura al tepore del cielo.//Non si vede a quest'ora che donne. Le donne non fumano /e non bevono, sanno soltanto fermarsi nel sole/e riceverlo tiepido addosso, come fossero frutta./L'aria, cruda di nebbia, si beve a sorsate/come grappa, ogni cosa vi esala un sapore./Anche l'acqua del fiume ha bevuto le rive/e le macera al fondo, nel cielo. Le strade /sono come le donne, maturano ferme.//A quest'ora ciascuno dovrebbe fermarsi /per la strada e guardare come tutto maturi./C'è persino una brezza, che non smuove le nubi,/ma che basta a dirigere il fumo azzurrino /senza romperlo: è un nuovo sapore che passa./E il tabacco va intinto di grappa. È cosí che le donne /non saranno le sole a godere il mattino.
---
Foto: s/d

martes, enero 09, 2024

Cesare Pavese / Leña verde




(A Massimo)


El hombre quieto tiene delante colinas en la oscuridad.
Mientras estas colinas sean de tierra, los aldeanos
deberán zaparlas. Las mira fijo, y no ve,
como el que cierra los ojos en prisión, bien despierto.
El hombre quieto -que estuvo en prisión- mañana regresa
al trabajo con algunos compañeros. Esta noche, está él solo.

Las colinas le saben a lluvia: es el olor remoto
que a veces llegaba a la prisión con el viento.
A veces, llovía en la ciudad: un abrirse de par en par,
del aliento y la sangre, a la calle liberada.
La prisión bebía la lluvia, en prisión la vida
no terminaba, a veces se filtraba también el sol:
los compañeros esperaban y el futuro esperaba.

Ahora está solo. El olor increíble de tierra
le parece salido de su propio cuerpo, y recuerdos remotos
-él conoce la tierra- lo atan al suelo,
a ese suelo real. No sirve pensar
que la zapa, los aldeanos, la clavan en la tierra
como en un enemigo, y que se odian a muerte,
como muchos enemigos. Tienen, sin embargo, una dicha
los aldeanos: ese pedazo de tierra labrado.
¿Qué importan los otros? Mañana, las colinas
estarán bajo el sol, y cada uno en la suya.

Los compañeros no viven en las colinas,
nacieron en la ciudad, donde en vez de hierba
hay rieles. A veces, lo olvida también él.
Pero el olor de tierra que llega a la ciudad
ya no sabe a aldeanos. Es una larga caricia
que hace cerrar los ojos y pensar en los compañeros
en prisión, en la larga prisión que espera.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908-Turín, Italia, 1950), "Lavorare stanca" (1936, 1943), Trabajar cansa. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Griselda García Editora, Del Dock, Cartografías, Buenos Aires, 2018
Versión de Jorge Aulicino

Poemas de Cesare Pavese por Jorge Aulicino en Otra Iglesia Es imposible


Legna verde

(a Massimo)

L'uomo fermo ha davanti colline nel buio.
Fin che queste colline saranno di terra,
i villani dovrano zapparle. Le fissa e non vede,
come chi serra gli occhi in prigione ben sveglio.
L'uomo fermo -che è stato in prigione- domani riprende
il lavoro coi pochi compagni. Stanotte è lui solo.

Le colline gli sanno di pioggia: è l'odore remoto
che talvolta giungeva in prigione nel vento.
Qualche volta pioveva in città: spalancarsi
del respiro e del sangue alla libera strada.
La prigione pigliava la pioggia, in prigione la vita
non finiva, talvolta filtrava anche il sole:
i compagni attendevano e il futuro attendeva.

Ora è solo. L'odore inaudito di terra
gli par sorto del suo stesso corpo, e ricordi remoti
-lui conosce la terra- constringerlo al suolo,
a quel suolo reale. Non serve pensare
che la zappa i villani la picchiano in terra
como sopra un nemico e che si odiano a morte
come tanti nemici. Hanno pure una gioia
i villani: quel pezzo di terra divelto.
Cosa importano gli altri? Domani nel sole
le colline saranno distese, ciascuno la sua.

I compagni non vivono nelle colline,
sono nati in città dove invece dell'erba
c'è rotaie. Talvolta lo scorda anche lui.
Ma l'odore di terra che giunge in città
non sa piú di villani. È una lunga carezza
che fa chiudire gli occhi e pensare ai compagni
in prigione, alla lunga prigione che attende.

--- 
Imagen: Cesare Pavese durante la entrega de los premios Strega, 1950

sábado, septiembre 16, 2023

Cesare Pavese / De "Poemas inéditos", 3



Ocio

Todos esos grandes carteles pegados a las paredes, 
que presentan, sobre un fondo de fábricas, 
al obrero robusto que se yergue contra el cielo,
caen en pedazos por el sol y el agua. Masino maldice
al ver el rostro fiero sobre las paredes 
en las calles, mientras da vueltas en busca de trabajo.
Uno se levanta a la mañana y se para a mirar los diarios
en los quioscos, con vivos rostros de mujeres a color:
los compara con las que pasan y pierde el tiempo,
pues todas tienen ojeras y caras de cansancio. 
Comparten la calle 
con carteles de cine sobre sus cabezas,
y, con pasos lentos, los viejos vestidos de rojo.
Y Masino, mirando las caras extenuadas
y los colores, se palpa las mejillas y las siente huecas.

Después de comer, Masino vuelve a dar vueltas,
hace de cuenta que ya trabajó. Cruza las calles
y no mira ya la cara de nadie. De noche regresa
y se acuesta un rato en el campo con alguna chica.
Solo, le gusta estar en los campos también,
entre las casas aisladas y los ruidos apagados
y a veces duerme un poco. No faltan mujeres,
como cuando era todavía mecánico: ahora es Masino,
que busca una sola para serle fiel.
Una vez -cuando buscaba trabajo- derribó a un rival
y los colegas, que lo encontraron en una zanja,
debieron vendarle una mano. Tampoco ellos hacen nada
y tres o cuatro, hambrientos, formaron una banda
de clarinete y guitarras -querían llevarlo a Masino
para que cantase- y andaban por las calles pasando la gorra.
Masino dijo que él canta por nada,
a veces, cuando tiene ganas, pero andar molestando sirvientas
por la calle es un trabajo para napolitanos. Y los días que come
se va con pocos amigos a las colinas:
allá se meten en alguna hostería y cantan un poco.
solos, entre hombres. Antes también se subían a una barca,
pero desde el río se ve la fábrica y te hacés mala sangre.

Después de gastar los zapatos delante de los carteles,
a la noche Masino termina en un cine
donde trabajó una vez. Hace bien esa oscuridad
a los ojos agotados de ver tantos faroles.
Seguir la historia no da mucho trabajo:
siempre hay una chica y a veces unos hombres
que se matan a golpes. Hay países
en los que valdría la pena vivir, en lugar
de los estúpidos actores. Masino imagina,
sobre un país de peladas colinas, de prados y fábricas,
su cabeza agrandada en primerísimos planos.
Al menos no dan la rabia que dan los carteles
de colores en las esquinas, y el morro de mujeres pintadas.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950), Poemas inéditos, Barnacle, Buenos Aires, 2023
Versión de Jorge Aulicino




Ozio

Tutti i gran manifesti attaccati sui muri,
che presentano sopra uno sfondo di fabbrícbe
l’operaio robusto che si erge nel cielo,
vanno in pezzi, nel sole e nell’acqua. Masino bestemmia
a veder la sua faccia piú fiera, sui muri
delle vie, e doverle girare cercando lavoro.
Uno si alza al mattino e si ferma a guardare i giornali
nelle edicole vive di facce di donna a colori.
fa confronti con quelle che passano e perde il suo tempo,
ché ogni donna ha le occhiaie píú stracche. 
Compaiono a un tratto
coi cartelli dei cinematografi addosso alla testa
e con passi sostanti, i vecchiotti vestiti di rosso
e Masino, fissando le facce deformi
e i colori, si tocca le guance e le sente più vuote.
Ogni volta che mangia, Masino ritorna a girare,
perché è segno che ha già lavorato. Traversa le vie
e non guarda piú in faccia nessuno. La sera, ritorna
e si stende un momento nei prati con quella ragazza.
Quando è solo, gli piace restare nei prati
tra le case isolate e i rumori sommessi
e talvolta fa un sonno. Le donne non mancano,
come quando era ancora meccanico: adesso è Masino
a cercarne una sola e volerla fedele.
Una volta -da quando va in giro- ha atterrato un rivale
e i colleghi, che li hanno trovati in un fosso,
ban dovuto bendargli una mano. Anche quelli non fanno più nulla
e tre o quattro, affamati, han formato una banda
di clarino e chitarre -volevano averci Masino
che cantasse- e girare le vie a raccogliere i soldi.
Lui, Masino ha risposto che canta per niente
ogni volta che ha voglia, ma andare a svegliare le serve
per le strade, è un lavoro da napolitani. I giorni che mangia,
porta ancora con sé pochi amici a metà la collina:
là si chiudono in qualche osteria e ne cantano un pezzo
loro soli, da uomini. Andavano un tempo anche in barca,
ma dal fiume si vede la fabbrica, e fa brutto sangue.

Dopo un giorno a strisciare le suole davanti agli affissi,
alla sera Masino finisce al cinema
dove ha già lavorato, una volta. Fa bene quel buio
alla vista spossata dai troppi lampioni.
Tener dietro alla storia non è una fatica:
vi si vede una bella ragazza e talvolta c’è uomini
che si picchiano secco. Vi sono paesi
che varrebbe la pena di viverci, al posto
degli stupidi attori. Masino contempla,
su un paese di nude colline, di prati e di fabbriche,
la sua testa ingrandita in primissimi piani.
Quelli almeno non dànno la rabbia che dànno i cartelli
colorati, sugli angoli, e i musi di donna dipinti.

jueves, agosto 03, 2023

Cesare Pavese / Dos poemas con viejos



El vino triste (2)

La cuestión es sentarse sin hacerse notar.
Todo lo demás viene solo. Tres sorbos
y vuelven las ganas de pensarlo a solas.
Se abre de par en par un fondo de lejanos zumbidos,
cada cosa se pierde y se vuelve un milagro
haber nacido y mirar el vaso. El trabajo
(un hombre solo no puede no pensar en el trabajo)
vuelve a ser el antiguo destino que es bueno sufrir
para poder pensarse. Luego los ojos se quedan
en medio del aire, dolientes, como ciegos.

Si ese hombre se para y va a casa a dormir
parece un ciego que ha perdido el camino. Cualquiera
puede aparecerse en una esquina y molerlo a golpes.
Puede aparecer una mujer y acostarse en la calle,
joven y bella, bajo otro hombre, gimiendo,
como en un tiempo una mujer gemía con él.
Pero ese hombre no ve. Va a casa a dormir
y la vida no es más que un zumbido de silencio.

Desnudo ese hombre mostraría miembros agotados
y pelos animales, aquí y allá. ¿Quién diría
que a ese hombre lo recorren venas tibias
donde en un tiempo iba ardiendo la vida? Nadie
creería que en un tiempo una mujer haya acariciado
ese cuerpo, y besado ese cuerpo que tiembla,
y que lo bañó en lágrimas, ahora que el hombre,
llegado a casa, no puede dormir, pero gime.


La paz que reina

El placer del viejo es sorprender las últimas estrellas
en el alba, después tomar otra vuelta y vagar por la calle.
Uno siempre supo que el mundo se termina así:
nos encontramos entre rostros de gente inaudita
y no basta mirarlos y pensarlos con calma.

Mi viejo comienza al alba a vagar por las calles
y ninguno sabe que mira y nos piensa, 
él, que en un tiempo era joven, como era joven el mundo.
No hay ni un perro que sepa cómo es el cuerpo del viejo,
desnudo y débil, y cómo transcurre la mañana para él,
mientras ve los cuerpos de jóvenes y mujeres
y de todos sabe el vigor. Pero los ojos de los jóvenes,
que no se ocupan del viejo, recorren la calle,
inquietos, y tienen todos una vida que el viejo no sabe.

Ciertamente, las calles son siempre las mismas
y la mañana tiene el mismo esplendor. Pero un joven
que golpeara y apedreara a mi viejo
no sería más que justo. Mi viejo no sabe,
aunque piensa cada cosa, que esta es la suerte:
pensar en los jóvenes y los viejos que son toda la vida.

Inquieto se pone también el viejo al pensar que un día
serán viejos también ellos, y quién sabe
con qué mirada los desconocidos mirarán las cosas.
Pero una mirada sobre el mundo la tiene cualquiera
y a la mañana cada cosa se despierta. Envejeciendo,
todavía es un placer sorprender el alba
y descender la calle entre la muchedumbre viva.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908 - Turín, Italia, 1950), Poemas inéditos, Barnacle, Buenos Aires, 2023
Versiones de Jorge Aulicino


Imagen: Recorte de la portada de Poemas inéditos, con retrato de Cesare Pavese por Merlina H. Cisnero. Abajo, la imagen completa. 


Il vino triste (2) 

La fatica è sedersi senza farsi notare. 
Tutto il resto poi viene da sé. Tre sorsate 
e ritorna la voglia di pensarci da solo. 
Si spalanca uno sfondo di lontani ronzii, 
ogni cosa si sperde, e diventa un miracolo 
esser nato e guardare il bicchiere. Il lavoro 
(l’uomo solo non può non pensare al lavoro) 
ridiventa l’antico destino che è bello soffrire 
per poterci pensare. Poi gli occhi fissano 
a mezz’aria, dolenti, come fossero ciechi. 

Se quest’uomo si rialza e va a casa a dormire, 
pare un cieco che a perso la strada. Chiunque 
può sbucare da un angolo e pestarlo di colpi. 
Può sbucare una donna e distendersi in strada, 
bella e giovane, sotto un altr’uomo, gemendo 
come un tempo una donna gemeva con lui. 
Ma quest’uomo non vede. Va a casa a dormire 
e la vita non è che un ronzio di silenzio.
 
A spogliarlo, quest’uomo, si trovano membra sfinite 
e del pelo brutale, qua e là. Chi direbbe 
che in quest’uomo trascorrono tiepide vene 
dove un tempo la vita bruciava? Nessuno 
crederebbe che un tempo una donna abbia fatto carezza 
su quel corpo e baciato quel corpo, che trema, 
e bagnato di lacrime, adesso che l’uomo, 
giunto a casa a dormire, non riesce, ma geme.


La pace che regna

Il piacere del vecchio è sorprendere le ultime stelle
sotto l’alba, poi bere una volta e girare per strada.
Uno ha sempre saputo che il mondo finisce così:
ci si trova tra visi di gente inaudita,
e non basta guardarli e pensarci con calma.

Il mio vecchio comincia dall’alba a girare le strade
e nessuno s’accorge che guarda e ci pensa,
lui, che un tempo era giovane, com’è giovane il mondo.
Non c’è un cane che sappia com’è il corpo del vecchio,
nudo e debole, e come il mattino trascorra per lui,
mentre lui vede i corpi di giovani e donne
e di tutti conosce il vigore. Ma gli occhi dei giovani
che non badano al vecchio, trascorrono in strada
inquieti, e hanno tutti una vita che il vecchio non sa.

Certamente, le strade son sempre le stesse
e il mattino ha lo stesso splendore. Ma un giovane
che picchiasse e piombasse sui sassi il mio vecchio
non sarebbe che giusto. E il mio vecchio non sa,
benché pensi a ogni cosa, che questa è la sorte:
pensa ai giovani e ai vecchi che son tutta la vita.

Inquieto è anche il vecchio al pensiero che un giorno
saran vecchi anche questi, e nessuno saprà
con che sguardo gli ignoti urteranno le cose.
Ma un’occhiata sul mondo la stende chiunque
e al mattino ogni cosa si sveglia. Invecchiando,
sarà ancora un piacere sorprendere l’alba
e discendere in strada tra la folla vivente.