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jueves, marzo 13, 2025

Czeslaw Milosz / Canción sobre el fin del mundo



El día del fin del mundo
La abeja gira encima de la flor de capuchina
El pescador repara una red brillante.
En el mar los delfines saltan alegres,
Los gorriones jóvenes se agarran del canalón
Y la serpiente tiene piel dorada, como la debe tener.

El día del fin del mundo
Las mujeres cruzan el campo bajo las sombrillas,
Un borracho se duerme a la orilla del césped,
En la calle pregonan los verduleros
Y una lancha con vela amarilla llega a la isla,
El son del violín en el aire persiste
Y abre la noche estrellada.

Y quienes esperaban relámpagos y truenos
Están decepcionados.
Y quienes esperaban señales y trompetas de arcángeles
No creen que esté sucediendo ya.
Mientras el sol y la luna están arriba,
Mientras el abejorro visita a la rosa,
Mientras nacen los niños rosados,
Nadie cree que esté sucediendo ya.

Sólo un viejito cano, que hubiera sido profeta,
Pero no es profeta porque tiene otro quehacer,
Dice amarrando los tallos de tomates:
No habrá otro fin del mundo,
No habrá otro fin del mundo.

Czeslaw Milosz  ( Šeteniai, Lituania, 1911- Cracovia, Polonia, 2004), Material de Lectura n° 108, selección y traducción  de Jan Zych, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), México, 2011

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Foto: Czeslaw Milosz, Milán, Italia, 1993 Leonardo Cendamo/ Getty Images

viernes, julio 12, 2024

Czeslaw Milosz / Dos poemas




Un pobre cristiano observa el ghetto

Las abejas construyen alrededor del hígado rojo,
Las hormigas construyen alrededor del hueso negro,
Comienza el despedazamiento, el pisoteo de las sedas,
Comienza la ruptura del vidrio, de la madera, del cobre, del
 níquel, de la plata, de las espumas
Del yeso, de la hojalata, de las cuerdas, de las trompetas,
 de las hojas, de las bolas, de los cristales —
¡Tric! El fuego fosforescente de las paredes amarillas
Traga el pelo humano y animal.

Las abejas construyen alrededor del panal de los pulmones,
Las hormigas construyen alrededor del hueso blanco, 
Se despedaza el papel, el caucho, el lienzo, el cuero, el lino,
Las fibras, las materias, la celulosa, el cabello, la piel de
 serpiente, los alambres,
En las llamas se derrumban el techo y la pared, el ardor
 abraza los cimientos. 
Ya sólo queda la tierra arenosa, pisoteada, con un árbol
Sin hojas.
Lentamente, perforando un túnel, avanza el topo guardián
Con una pequeña lámpara enganchada en su frente. 
Toca los cuerpos enterrados, los cuenta, sigue avanzando,
Distingue la ceniza humana por su vapor irisado, 
La ceniza de cada hombre por su color distinto en el arco
 iris.

Las abejas construyen alrededor de la huella roja, 
Las hormigas construyen alrededor del sitio que quedó de
 mi cuerpo.
Tengo miedo, tengo tanto miedo del topo guardián. 
Sus párpados están hinchados como los de un patriarca 
Que se sentaba a menudo a la luz de las velas 
Leyendo el gran libro de la especie. 
A él ¿qué le diré yo, judío del Nuevo Testamento, 
Que desde hace dos mil años estoy esperando el regreso 
...de Jesús?
Mi cuerpo roto me entregará a su mirada
Y él me contará entre los ayudantes de la muerte:
Los incircuncisos


No más

Debo decir algún día cómo cambié
De opinión sobre la poesía y cómo sucedió
Que hoy día me considero uno de los innumerables
Mercaderes y artesanos del Imperio del Japón
Que componen poemas sobre el florecer de los guindos,
Sobre los crisantemos y la luna llena.

Si yo pudiera describir cómo las cortesanas de Venecia 
En el patio con un mimbre excitan a un pavo real,
Y sacar de la tela de seda, de la faja de perlas 
Sus senos pesados y la huella rojiza
Que la abrochadura del vestido marcó sobre su vientre, 
Así por lo menos como lo ha visto el capitán de los 
    galeones
Que llegaron aquella mañana con una carga de oro;
Y si a la vez pudiera yo sus pobres huesos
En el cementerio, donde el mar grasiento lame al portón,
Encerrar en una palabra más duradera que su último peine
Que en el humus bajo la losa, solo, espera la luz,

Entonces no perdería la esperanza. De la materia resistente
¿Qué es lo que se puede recoger? Nada, a lo sumo la 
    hermosura.
Y tiene que bastarnos entonces con las flores de los guindos
Y con los crisantemos y con la luna llena.

1957, Montgeron

Czesław Milosz (Szetejnie, Lituania, 1911-Cracovia, Polonia, 2004), Czeslaw Milosz, selección, traducción y nota introductoria de Jan Zych, Material de Lectura n° 108, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), 2011

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domingo, noviembre 20, 2022

Czesław Miłosz / Cafetería




De aquella mesita en la cafetería
Donde en los mediodías de invierno brillaba un jardín de
 escarcha,
He quedado yo solo.
Podría entrar allí, si lo quisiera,
Y golpeando con los dedos en un vacío helado
Evocar las sombras.

Con incredulidad toco el mármol frío,
Con incredulidad toco mi propia mano:
Esto - es y yo soy en la historia que acontece,
Y ellos ya están cerrados por los siglos de los siglos
En su última palabra, en su última mirada.
Y lejanos como el emperador Valentiniano,
Como los jefes de los masagetas de quienes nada se sabe
Aunque apenas un año, dos o tres años pasaron.

Puedo ser todavía leñador en los bosques del norte lejano,
Puedo pronunciar un discurso desde la tribuna o rodar una
 película
Con métodos que ellos desconocían.
Puedo experimentar el sabor de frutas de las islas del
 océano
Y tener mi fotografía en el traje de la segunda mitad del
 siglo.
Y ellos ya para siempre como los bustos en chorreras y
 fraques
Del monstruoso Larousse.

Pero a veces, cuando el resplandor crepuscular colorea los
 techos de la calle pobre
Y fijo mi mirada en el cielo, veo allí, entre las nubes,
La mesita bamboleándose. El mesero da vueltas con la
 bandeja
Y ellos me miran soltando carcajadas.
Porque yo no sé todavía cómo se muere por la mano cruel
 del hombre.
Ellos saben, ellos bien lo saben.

Czesław Miłosz (Szetejnie, Lituania, 1911-Cracovia, Polonia, 2004), Czeslaw Milosz, selección, traducción y nota introductoria de Jan Zych, Material de Lectura n° 108, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), 2011

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jueves, febrero 23, 2017

Czesław Miłosz / Dos poemas



















La huida

Cuando nos escapábamos de la ciudad incendiada,
En el primer camino campestre volviendo atrás la mirada,
Decía yo: “Que la hierba cubra nuestras huellas,
Que en las llamas se callen los gritantes profetas,
Que los muertos a los muertos cuenten lo sucedido.
A nosotros nos tocó crear una generación nueva y violenta,
Libre del mal y de la dicha que ahí han existido.
Sigamos”. Y la espada de fuego nos abría la tierra.

                                                                 1944, Goszyce



Duermo mucho

Duermo mucho y leo a Tomás de Aquino
o La muerte de Dios (una obra protestante casi).
A la derecha, la bahía como fundida de estaño,
detrás de esta bahía la ciudad, detrás de la ciudad el océano,
detrás del océano el océano, hasta el Japón.
A la izquierda las colinas secas con hierba blanca,
detrás de las colinas el valle irrigado donde se cultiva arroz,
detrás del valle las montañas y los pinos ponderosa,
detrás de las montañas el desierto y las ovejas.
Cuando no he podido sin alcohol, viajaba con alcohol.
Cuando no he podido sin cigarrillos y café,
viajaba con cigarrillos y café.
Fui valiente. Trabajador. Casi un ejemplo de virtud.
Pero esto no sirve de nada.

Señor doctor, me duele.
No aquí. No, no aquí. Ya no sé.
Tal vez sea por exceso de islas y continentes,
de palabras calladas, de bazares y flautas de madera,
o por beber frente al espejo, sin gracia,
aunque uno iba a ser alguien al estilo de un arcángel
o San Jorge en el Bulevar de San Jorge.

Señor curandero, me duele.
Yo creía siempre en sortilegios y supersticiones.
Naturalmente que las mujeres tienen sólo una, alma católica,
pero nosotros tenemos dos. Cuando bailas
en el sueño visitas lejanos pueblos
y hasta las tierras nunca vistas.
Ponte, por favor, los amuletos de plumas,
hay que socorrer a uno de los nuestros.
He leído muchos libros pero no les creo.
Cuando duele regresamos a las orillas de algunos ríos,
me acuerdo de aquellas cruces con signos del sol y de la luna,
y a los hechiceros, cómo trabajaban cuando la epidemia del tifo.
Manda tu otra alma detrás de las montañas, detrás del tiempo.
Dime, voy a esperar, qué has visto.

                                                                           1962, Berkeley


Czesław Miłosz (Szetejnie, Lituania, 1911-Cracovia, Polonia, 2004), Czeslaw Milosz, selección, traducción y nota introductoria de Jan Zych, Material de Lectura n° 108, Universidad Nacional Autónoma de México, 2011
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sábado, noviembre 01, 2014

Czeslaw Milosz / A cierta edad















Buscábamos confesar nuestros pecados, pero no había a quién.
Nubes blancas se negaron a aceptarlos, y el viento
Estaba muy ocupado visitando un mar tras otro.
No tuvimos éxito en interesar a los animales.
Los perros, decepcionados, esperaban una orden.
El gato, como siempre inmoral, se fue quedando dormido.
Una persona aparentemente muy cercana
No estaba dispuesta a oír sobre cosas pasadas.
Conversaciones con amigos entre vodka o café
No deberían prolongarse más allá de la primera señal de aburrimiento.
Sería humillante pagar por hora
A un hombre diplomado, sólo por escucharnos.
Iglesias. Tal vez, iglesias. ¿Pero para confesar qué?
Que solíamos vernos hermosos y nobles,
Pero más tarde, en nuestro lugar, un feo sapo
Entreabre su grueso párpado
Y uno ve claramente: “Esto soy yo”.

Czesław Miłosz (Szetejnie, Lituania, 1911-Cracovia, Polonia, 2004), 
Versiones desde el inglés de Carmen Iriondo y Rafael Felipe Oteriño


AL A CERTAIN AGE // We wanted to confess our sins but there were no takers./ White clouds refused to accept them, and the wind/ Was too busy visiting sea after sea./ We did not succeed in interesting the animals./ Dogs, disappointed, expected an order./ A cat, as always inmoral, was falling asleep./ A person seemingly very close/ Did not care to hear of things long past./ Conversations with friends over vodka or coffee/ Ought not be prolongad beyond the first sign of boredom./ It would be humiliating to pay by the tour/ A man with a diploma just for listening.// Churches. Perhaps churches. But to confess there what?/ That we used to see ourselves as handsome and noble/ Yet later in our place an ugly toad/ Half-opens its thick eyelid / And one sees clearly: “That´s me”. 
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Foto: s/d

sábado, octubre 18, 2014

Czesław Miłosz / Dos poemas




Al amanecer

Cuánta persistencia, cómo necesitamos durabilidad.
El cielo antes de la salida del sol está empapado de luz.
Un color rosado tiñe edificios, puentes, y el Sena.
Estuve aquí cuando ella, con quien camino, no había nacido aún
Y las ciudades sobre una distante llanura estaban intactas
Antes de elevarse por el aire con el polvo de ladrillo sepulcral
Y la gente que vivía allí no lo sabía.
Para mí, sólo este momento al amanecer es real.
Las vidas pasadas son como mi propia vida anterior, inciertas.
Lanzo un hechizo a la ciudad pidiéndole que dure.


Significado

–Cuando muera, voy a ver el revés del mundo.
El otro lado, más allá de pájaro, montaña, puesta de sol.
El significado verdadero, listo para ser descifrado.
Lo que nunca sumó va a sumar,
Lo que fue incomprensible será comprendido.

–¿Y si no hay revés del mundo?
¿Si un zorzal en la rama no es un signo,
Sino sólo un zorzal en la rama? ¿Si noche y día
No tienen sentido persiguiéndose
Y no hay nada en esta tierra excepto esta tierra?

–Aunque así sea, permanecerá
Una palabra despertada por labios que perecen,
Un mensajero incansable que corre y corre
A través de campos interestelares, de galaxias vertiginosas.
Y llama, protesta, grita.

Czesław Miłosz (Szetejnie, Lituania, 1911-Cracovia, Polonia, 2004), 
Versiones desde l inglés de Carmen Iriondo y Rafael Felipe Oteriño *

* Para hacer la presente traducción consultamos las versiones en inglés de las obras New and Collected Poems 1931-2001, Second Space, Selected Poems y Selected and last poems 1931-2004, en cuya traslación desde el idioma polaco participó el propio autor (N de los T.)


AT DAWN // How enduring, how we need durability./ The sky before sunrise is soaked with light./ Rosy color tints buildings, bridges, and the Seine./ I was here when she, with whom I walk, wasn’t born yet/ And the cities on a distant plain stood intact/ Before they rose in the air with the dust of sepulchral brick/ And the people who lived there didn’t know./ Only this moment at dawn is real to me./ The bygone lives are like my own past life, uncertain./ I cast a spell on the city asking it to last. 

MEANING // –When I die, I will see the lining of the world./ The other side, beyond bird, mountain, sunset./ The true meaning, ready to be decoded./ What never added up will add up,/ What was incomprehensible will be comprehended.// – And if there is no lining to the world?/ If a thrush on a branch is not a sign,/ But just a thrush on the branch? If night and day/ Make no sense following each other?/ And on this earth there is nothing except this earth? // – Even if that is so, there will remain/ A word wakened by lips that perish,/ A tireless messenger who runs and runs/ Through interstellar fields, through revolving galaxies,/ And calls out, protests, screams.
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miércoles, junio 12, 2013

Poemas elegidos, 21


Rafael Felipe Oteriño
(La Plata, 1945)

Encuentro, de Czeslaw Milosz
Elijo el poema de Czeslaw Milosz en su versión en inglés, supervisada por el autor. Pertenece a uno de sus primeros libros (Salvación, 1945) y está fechado en 1936, en Wilno, capital de Lituania. Milosz es un poeta con el que siento una larga y profunda afinidad. Su formación clásica, su mirada comprometida con el presente, su propensión a la memoria y al autoexamen y una indisimulada religiosidad me han seducido desde que lo leí por primera vez. Más aún, hace unos años viajé a Lituania sólo para conocer el paisaje y las ciudades de su infancia y adolescencia, y al año siguiente fui a la bella Cracovia adonde regresó para morir luego de su prolongado exilio en la costa californiana de Estados Unidos. La versión del poema es mía. Hay otras en Poemas (Marginales, Tusquets Editores, Barcelona, 1984, realizada por Bárbara Stawicka), en Tierra Inalcanzable (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2011, perteneciente a Xavier Farré) e internet contiene traducciones de José Díaz Bordón y José Emilio Pacheco.
El poema es simple, descriptivo y memorioso. Su primera mitad fluye apacible como un río de llanura. Pero guarda para el final un verso de contagiosa vitalidad, que es toda una apuesta al poderío de la emoción. Con ese verso -que, como veremos, muta las pérdidas en ganancias- despeja cualquier inclinación a la melancolía, tan propicia en los poemas cuyo tema es el pasado. El contraste entre la Naturaleza física y la adaptabilidad humana es lo que más me seduce, ya que parece afirmar que el mundo es imperfecto, pero es humildemente el único que tenemos. Las dos primeras líneas (Atravesábamos campos helados en un vagón al amanecer./ Un ala roja se levantaba en la oscuridad) plantea el escenario donde se desarrolla la acción. El poeta habla de la incursión en tren que hiciera con algunos compañeros por una campiña que ha quedado atrás (atrás en el tiempo y en el espacio). No es difícil imaginar que el lugar ha sufrido cambios geográficos, corrimiento de fronteras e, incluso, la pertenencia a sucesivas banderas en razón de la guerra que asoló a esa inequívoca Europa Central de principios del siglo XX. El cielo rojo del amanecer, desplazándose como un ala, es el telón de fondo de la vida joven en su combustión, pero señala asimismo la vislumbre de las amenazas que se cernían entonces sobre esos territorios.
En la tercera y cuarta líneas el poema toma cuerpo, ya que, del encuentro fortuito con una liebre que se cruza en el camino, surge la intercesión que da temperatura espiritual a la escena (Y de pronto una liebre cruzó el camino./ Uno de nosotros la señaló con la mano). Son datos objetivos, pero de un dramatismo seco, callado como el de todo aquello que anticipa un acontecer incierto. Entran a jugar los dos elementos vivaces del poema: la liebre y el ademán de la mano, lo que es tanto como decir: el devenir y la articulación de lo humano. Toda una expresión de apertura, de vértigo y oportunidad, en la que no puede obviarse la tácita imagen del tiempo como fuga. Las dos líneas siguientes implican una reflexión que, por su intensidad, precipita el poema hacia su inesperado final  (Eso fue hace mucho. Ninguno de ellos está vivo./ Ni la liebre ni la mano que hizo el gesto). No hay queja por parte del poeta: hay mayor apunte de detalles. Pero sobreviene la pregunta ontológica: el ubi sunt clásico (…dónde están ellos, dónde se han ido/ el fulgor de la mano, la estela del movimiento, el susurro de la grava). Y la respuesta no se demora: en mi pregunta no hay tristeza, sino admiración. Como para despejar dudas y quitar todo eco elegíaco que pudiera esperarse, el autor opone a la inevitable “tristeza”, que es el lugar común de las pérdidas, la rica palabra wonder (admiración), que suena celestial como el soplo de un órgano. La sonoridad de la palabra es, en este caso, más contundente que su semántica.
El poema está recorrido por oposiciones y contrastes: campo helado/ala roja, oscuridad/amanecer, liebre/mano, vida/muerte, y por último, la más significativa: tristeza/admiración. Ciertamente, la palabra admiración no era la esperada por el lector. El vocablo que naturalmente fluye en estas circunstancias es otro más íntimo: “resignación”. Pero el poeta no quiso concluir el poema con una palabra de clausura. Quiso sobreelevar la imagen hasta rozar una sublimación. El poeta describe la alegría de haber asistido al universo infinito desde su propia finitud. Y esto es toda una enseñanza. Pese al tiempo transcurrido y las ocasionales pérdidas, prima la henchida “admiración” sobre la apocada “tristeza”. El poema recoge la felicidad del hecho de vivir y esa felicidad me acompaña cada vez que lo leo y trato de aproximarme a su cristalina originalidad.



Encuentro

Atravesábamos campos helados en un vagón al amanecer.
Un ala roja se levantaba en la oscuridad.

Y de pronto una liebre cruzó el camino.
Uno de nosotros la señaló con la mano.

Eso fue hace mucho. Ninguno de ellos está vivo,
Ni la liebre ni el hombre que hizo el gesto.

Oh, mi amor, dónde están ellos, dónde se han ido
El fulgor de la mano, la estela del movimiento, el susurro de la grava.
En mi pregunta no hay tristeza, sino admiración.


Czeslaw Milosz (Lituania, 1911–Cracovia, 2004)
Versión de Rafael Felipe Oteriño