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domingo, septiembre 22, 2024

Arnaldo Calveyra / De "Maizal del gregoriano"



Acudimos al espectáculo en derredor de un plato incandescente y de una danza, y yo, entrerriano recién llegado a la abadía de Solesmes en busca de retiro y de silencio, me siento en un lugar apartado de la iglesia a oír el gregoriano que cunde a lo maizal de nave a nave en procura de los techos entibiados por la luz de las velas, oigo al monje a mano derecha, de pie junto a la columna, en busca de notas que se amen.

*

El hombre sale del rancho a contemplar las nubes. Entre los pastizales, a golpecitos blandos, los primeros goterones, hombre despertado por su propia lluvia. Dios hecho de hombre, de hombre solo por el campo anochecido de la mañana. Avanza entre los teros que se guarecen en los pastos, la perdiz se hizo perdiz, avanza por la lluvia como animal por los rincones de su madriguera. Avanza por lo mismo de hombre. Callada la lluvia y callada la tierra. Hombre que se fuera llamando a silencio.

*

De las velas que se prenden y se apagan no te olvides. Del calor de las velas , de los pabilos en hilera. No te olvides que en un momento se apagaron para volver a prenderse mientras la cara del difunto rejuvenecía, ganaba libertad, ganaba las puertas de la adolescencia, se abría paso entre nosotros que todavía estábamos en la falla de la vida, que ignorábamos todo del mundo de los muertos. De la vocal que se derrama como aceite hirviente de un labio -labio color páramo, labios que dan al páramo, al páramo dedicados.

*

Custodien, custodien el plato blanco incandescente.

*

No te olvides de estar en varias partes a la vez,
en forma casual a veces, ubicua tantas otras,
como los dioses que de joven saludaste en Grecia.
No te olvides del calor de las manos.
No te olvides que al comienzo y al final de la frase
la misma sensación de impotencia nos rondaba.
De esa nada, del polvillo de las velas prendidas,
no te olvides.
Se encuentran entre dos corrientes de aire,
no te olvides.
Del libro que se apretuja entre tus manos.
De la palabra destartalada.
Del labio que se ausenta del rezo.
Del calor de las velas.
De los pabilos prendidos como ríos meditabundos
por calles de Copacabana, Bolivia.
Del ojo izquierdo de santa Eulalia,
cierva acosada por la jauría,
de Renunciada, de Gertrudis, de Angélica Delicia María.
De los ojos de los padres de las santas.
De los oídos que entonces fuimos,
del viaje emprendido a la luz de las velas.
Del dialecto gregoriano.
Mientras la teoría de luces se concentra hasta apagarse.
Del dialecto de miradas.
De la reunión de santas bajo tierra.
Del muerto bajo tierra.
Del encuentro de la palabra con su silencio.
De los pabilos alineados.
De los padres de las santas que fueron, uno a uno,
padre de santa.
No te olvides que esa tarde fuimos los ojos de esas imágenes.
Imágenes que proferiste en sueños.
No te olvides de estar en varias partes a la vez.
Por si consiguieras dar con la palabra y el lugar exacto, exactos.
Del maíz que asoma de tierra,
cosechado por una mano o por el viento.
De la lámpara que se apaga por falta de querosén.
De los pabilos en pugna con la oscuridad de Copacabana.
De la frase gritada en sueños, a la que contestabas en sueños, ¿era
en el mismo sueño?
Del propio olvido.
Del invierno, padre y madre de raíz de los árboles.
De tu infancia de pie grande.
De la vocal descarnada.
Del trino que al cesar se vuelve al árbol,
ya es del árbol, es árbol.
Del labio que no sabía de rezos no te olvides.
Y de esa nada, del polvillo de la luz de las velas
no te olvides.
De las diferentes maneras de olvidar.
Del calorcito que sube del regazo, llega a las manos.
De la comunión de las santas.
De los muertos bajo tierra.
De esta habla gregoriana.
Del plato de blanco reluciente.
De la luz que no cierra.
Del paisaje en fuga, paisaje demorándose tras el árbol.
Del prenderse y apagarse las velas.
Torrentes de oscuridad en el cuarto abandonado.
Del olvido no te olvides.
No importa de qué. Lo que importa es no olvidar,
no olvidarse.
De la forma de olvidar no te olvides,
del propio olvido no te olvides.
Abandonado en su nombre,
nombre de alguien que ahora es nadie.
Del paisaje anestesiado no te olvides.
Apunado.
Del hombre incapaz de toda música.
Del calor que se va de las manos.
De este cuaderno borrador.
Grandes lluvias de oscuridad, con la oscuridad por destino, por
lecho único.
No importa de qué, de nada, importa no olvidar.
Del poder del olvido no te olvides.
De las diferentes maneras de olvidar.
De la página por venir del libro.
De los años ya muertos o a punto de morirse.
De este palpitar en sueños.
De la luz sobre la página, luz que cae sobre la página.
No te olvides de esa nada entre dos vientos, nada que surge del
encuentro de los vientos.
De la vocal derramada sobre el labio.
De la luz de rezar, luz que a sí misma se reza.

Arnaldo Calveyra (Mansilla, Argentina, 1929 - París, 2015) "Maizal del gregoriano", 2005, Poesía reunida, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2008

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Foto: Arnaldo Calveyra, París, 2014 Ulf Andersen / Getty Images

viernes, diciembre 07, 2018

Arnaldo Calveyra / Paisajes para la caída de Ícaro






















Un lomo de humo
de pampa;
una lezna rota;
un rincón de aguas
podridas.

Un zaguán que mira al charco;
ese charco;
Shakespeare
que no se distrajo nunca;
una boca abierta
en homenaje al llanto.
Un muro podrido
de palabras;
un baldío y cadáveres;
púas en el vilo
del hilo
del cometa.

En el pueblo
nos quedamos
hasta tarde
aguzando el oído.

(1959)

Arnaldo Calveyra (Mansilla, Argentina, 1929-París, 2015), "Estaciones en el día 25 de junio de 1966", Poesía reunida, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2012
Envío de Jonio González

La Nación - Eterna Cadencia - Perfil - Infobae - Ritmo Paraná
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Foto: Télam/Infobae

jueves, julio 25, 2013

Poemas elegidos, 80

Joaquín Valenzuela
(Dolores, 1971)

Palabras a un río, de Arnaldo Calveyra
Poeta que descubrí hace apenas un par de años al leer de refilón en una web: Cosas que me pasaron en la infancia me están sucediendo recién ahora. Un verso que me parece maravilloso y con el que me sentí muy identificado. Luego fue conseguir su Poesía reunida y aprender a leerlo. Calveyra me enseñó a leer sin prisa. Leerlo en voz alta hace que se detenga en cierto modo mi tiempo. Además al releerlo siento que se mantiene intacto el atractivo de la primera lectura. Elijo este poema, aunque bien podría haber sido algún otro texto.


Palabras a un río

¿Ya le escribiste al río,
río incesante del más allá?

¿a sus campos que son almohadas
de pastizales azules?

¿nombrarlo ya sabrías?

un verso vuela, flecha lanzada,
no para seguir buscando
apagando agua

¿empezaste a nombrar los cielos
caminadores de las costas?

¿a contestar a su reclamo
en un anochecer de pajonales
-recubre esteros-,
pajonales de fin del mundo?

no lejos de la mano que escribe
huellas de pies descalzos
en la arena

una nube
que buscara
ablandar
su imagen
en el agua

tardes,
son conversaciones
con un río

en que la distancia juega
a que lo borra
-remansado caracol
hallado entre espartillos-

de tus pasos llega

¿nombrarlo ya podrías?

ayeres convertidos
en hojas temblorosas

son ahora
esas imágenes

de los años llegan
por resucitar
en tu mente
un río

fotos dispersas
bajo una luz de lámpara

al sol azul
de la memoria

anocheceres
llegando a las barrancas

¿tu conversar de ríos?

¿empezaste
a ser palabras
de tu río?

¿ya te recibiste en río?

alamedas

fotografiadas
por el ausente

río de un caracol
en tu oído

por el cuerpo
adivinado

tu sol adelgaza

haciendo lo imposible
por no ahogarse
en las orillas

la voz, el silencio
con que abandona
la tarde

ya es nadie,
Narciso,
tu imagen en el agua

huevos de perdiz
hallados en pajonales
de tu mente

Hudson,
en caminatas semejantes...

arboledas
a flor de frescura

al entrar en el agua
te enredaste en las ramas

¿cuánto perdura una imagen
en el agua?

tu cuerpo en crecida
luna diurna de amigos

avanzas, transformas
costas, leguas, nubes

¿empezaste
a ser raíces
de tu río?

¿aguas zoólogas,
luz de nadie?

desiertas las imágenes,
los campos desiertos

rancho pausado
al borde del remanso

un espinillo
baila
con el sol

ausente
verías aprontarse
y pasar
la creciente

deletrearlas
como a sueños
las costas

¿a qué juegas, espinillo?

por recibirte
puse en presente las cosas de mi cuarto.

Arnaldo Calveyra (Mansilla, Argentinas, 1929 - París, 2015)
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Foto: Joaquín Valenzuela en Facebook

martes, julio 16, 2013

Poemas elegidos, 62

Daiana Henderson 
(Paraná, 1988)

Cartas para que la alegría, de Arnaldo Calveyra
Recuerdo que la primera vez que lo leí me quedé acostada, quieta y en silencio, con el libro abierto sobre mi pecho para que me calentara el corazón. Lo leo y vuelvo a sorprenderme de la delicadeza con la que Calveyra va haciendo pasar las imágenes, introduciéndonos de a poco en un paisaje interno tan sensible, acompasado al lento avanzar del tren. Me resulta admirable la manera de emplear el registro coloquial, operando de modo que no se note que esa forma de expresión, que pasa por 100% natural, es en realidad una construcción artificial. No se ven las costuras. Valoro la manera en que Calveyra “gambetea” las restricciones del lenguaje (El viaje lo trajimos lo mejor que se pudo…”), el modo en que es incorrecto con la sintaxis pero no irreverente ni desprolijo con el significado.
En fin. Dudo que pueda explicar lo que este poema representa para mí, porque lo que me hace elegirlo con tanta efusividad no es del orden de la razón: el poema me hace sentir cosas. Ahora mismo pienso en la fábula de la zanahoria atada a la caña que hace caminar al burro. Bueno, más o menos, es eso: me da ganas seguir probando, leyendo, aprendiendo, con la ilusión de poder escribir, algún día, algo de semejante delicadeza.



[De Cartas para que la alegría]

El viaje lo trajimos lo mejor que se pudo. De todas las mariposas de alfalfa que nos siguieron desde Mansilla, la última se rezagó en Desvío Clé. Nos acompañamos ese trecho, ella con el volar y yo con la mirada. Venía con las alas de amarillo adiós, y, de tanto agitarse contra el aire, ya no alegraba una mariposa sino que una fuente ardía. Y corrió todavía con las alas de echar el resto: una mirada también ardiendo paralela al no puedo más en el costado de tren que siguió.
La gallina que me diste la compartí con Rosa, ella me dio budín. En tren es casi lo que andar en mancarrón.
Los que tocaban guitarra cuando me despedías vinieron alegres hasta Buenos Aires.
Casi a mediodía entró el guarda con paso de "aquí van a suceder cosas", y hubo que ocultar a cuanta cotorra o pollo vivo inocente de Dios se estaba alimentando.
En el ferry fue tan lindo mirar el agua.
¿Y sabes?, no supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara.

Arnaldo Calveyra (Mansilla, Argentina, 1929 - París, 2015)

domingo, febrero 10, 2013

Arnaldo Calveyra / De "Diario del fumigador de guardia", 2



La rata lazarilla

A mi lado, que es el este, hay un hombre que es el este, está
mirando, tiene la cara inclinada, acaso espera de ese lado, acaso
sólo saber esperar de ese lado, de todos modos espera de ese lado.

En algunos rincones del muelle crecen abandonados los yuyos, los
yuyos que no se dan con nadie, no se apasionan por casi nada.
Aunque tal vez no lo sepa, el hombre de la cara inclinada, de
alguna manera está dedicado a ese pastizal hirsuto.

El ciego de la rata pasa con una cuerda de pescar objetos, el
ciego es el sur.

La rata que lo acompaña se le apersonó una vez y se quedó a
vivir con él para siempre.



Trabajos que cumplir:

fotografía al desconocido que avanza a tientas por el muelle, es
tu pensamiento;

entrar de nuevo en las cabinas de la derecha, las moscas siguen
golpeándose enloquecidas contra los vidrios, vivas. Abrir los
ojos de buey clausurados con papel de diario engomado, no mirar
lo que no está, lo que no entró contigo;

ir con la medida de aquel patio que sabes a ese lugar desconocido

"El agua se dio la muerte" (de los diarios).


Canción del fumigador de guardia

Años de ningún poema.

Para mí la línea tachada del verso,
arcoiris en blanco y negro de las comas,
la plaza castellana de la palabra,
solitaria plaza.

Para otros las veredas que se alargan
a medida que las veredas del cielo se despliegan,
vamos entrando en el Decanato de la Rata
y de nuestro oscuro origen
subsistirán algunos nombres
empotrados en los muros.

¿Y dónde quedó el paisaje
que la mañana vuelve sin tan siquiera un árbol?

Lo que usted está mirando
es una bandera amarilla.

Para mí la línea frágil del verso,
la alegría oscilante de la página.

Aquí empieza mi canción.

Arnaldo Calveyra (Mansilla, Entre Ríos, Argentina, 1929 - París, 2015), "Diario del fumigador de guardia", Obra reunida, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2008
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Ilustración: Men of the Docks, 1912, George Bellows

viernes, agosto 08, 2008

Arnaldo Calveyra / De "Diario del fumigador de guardia"

Lo que veo desde el café:

a los jugadores en cierne
-alguno de ellos llegará a valer en dólares-

la pelota que abandona el suelo
se convierte en sombra de la tierra,

luz de un sol que no vemos,

el trabajo de la fealdad sobre la costa,

el puente San Jorge, cielo de bleque y fierro,

la felicidad del chorro de agua sucia,

¿sucio el día?, ¿sucia la luz?,
¿sucios la luz y el día?,

la vaca a punto de parir, el niño a su lado,
el horizonte que saliva por su boca,

hombres demorados en un café,
salen a mirar, orinan el campo,

hombres con sombras de ratas por el campo,

dos o tres palabras en el momento de ponerse graves
-¿pasaron ya los años de la gracia?-,

los ademanes de los niños endurecerse
hasta la cachetada.

Arnaldo Calveyra (Mansilla, Entre Ríos, Argentina, 1929 - París, 2015), "Diario del fumigador de guardia", Obra reunida, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2008
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Foto:Adriana Hidalgo Editora