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lunes, abril 08, 2024

Antonio Machado / De "Nuevas canciones"




PROVERBIOS Y CANTARES

                  A José Ortega y Gasset

LXIII

  Sentía los cuatro vientos,
en la encrucijada
de su pensamiento. 


LXIV

¿Conoces los invisibles
hiladores de los sueños?
Son dos: la verde esperanza
y el torvo miedo.
  Apuesta tienen de quién
hile más y más ligero,
ella su copo dorado;
él, su copo negro.
   Con el hilo que nos dan
tejemos, cuando tejemos.


LXVI

  Poned atención:
un corazón solitario
no es un corazón.


LXXIII

De un Arte de Bien Comer,
primera lección:
No has de coger la cuchara
con el tenedor.


LXXV

  Conversación de gitanos:
-Para rodear,
toma la calle del medio;
nunca llegarás.


SONETOS

II

     Verás la maravilla del camino,
camino de soñada Compostela
-¡oh monte lila y flavo!-, peregrino,
en un llano, entre chopos de candela.
     Otoño con dos ríos ha dorado
el cerco del gigante centinela
de piedra y luz, prodigio torreado
que en el azul sin mancha se modela.
     Verás en la llanura una jauría
de agudos galgos y un señor de caza,
cabalgando a lejana serranía,
     vano fantasma de una vieja raza.
Debes entrar cuando en la tarde fría
brille un balcón en la desierta plaza.

Antonio Machado (Sevilla, España, 1875 - Colliure, Francia, 1939), "Nuevas canciones" (1917-1930), Poesías completas, edición de Manuel Alvar; guía de lectura de María Pilar Celma; Espasa Calpe, Colección Austral, Madrid, 2007

Más poemas de Antonio Machado en Otra Iglesia Es Imposible

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domingo, septiembre 16, 2018

Antonio Machado / de "Soledades"

XXXIX
(COPLAS ELEGÍACAS)

¡Ay del que llega sediento
a ver el agua correr,
y dice: la sed que siento
no me la calma el beber!

¡Ay de quien bebe y, saciada
la sed, desprecia la vida:
moneda al tahúr prestada,
que sea al azar rendida!

Del iluso que suspira
bajo el orden soberano,
y del que sueña la lira
pitagórica en su mano.

¡Ay del noble peregrino
que se para a meditar,
después de largo camino
en el horror de llegar!

¡Ay de la melancolía
que llorando se consuela,
y de la melomanía
de un corazón de zarzuela!

¡Ay de nuestro ruiseñor,
si en una noche serena
se cura del mal de amor
que llora y canta sin pena!

¡De los jardines secretos,
de los pensiles soñados,
y de los sueños poblados
de propósitos discretos!

¡Ay del galán sin fortuna
que ronda a la luna bella;
de cuantos caen de la luna,
de cuantos se marchan a ella!

¡De quien el fruto prendido
en la rama no alcanzó,
de quien el fruto ha mordido
y el gusto amargo probó!

¡Y de nuestro amor primero
y de su fe mal pagada,
y, también, del verdadero
amante de nuestra amada!


XLV

El sueño bajo el sol que aturde y ciega,
tórrido sueño en la hora de arrebol;
el río luminoso el aire surca;
esplende la montaña;
la tarde es polvo y sol.

El sibilante caracol del viento
ronco dormita en el remoto alcor;
emerge el sueño ingrave en la palmera,
luego se enciende en el naranjo en flor.

La estúpida cigüeña
su garabato escribe en el sopor
del molino parado; el toro abate
sobre la hierba la testuz feroz.

La verde, quieta espuma del ramaje
efunde sobre el blanco paredón,
lejano, inerte, del jardín sombrío,
dormido bajo el cielo fanfarrón.

Lejos, enfrente de la tarde roja,
refulge el ventanal del torreón.

Antonio Machado (Sevilla, 1875- Collioure, Francia, 1939),"Soledades" (1899-1907), Poesías completas, Espasa Calpe, Colección Austral Poesía, Madrid, 2007

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Foto: Café de las Salesas, Madrid, 1933. La copia  de la que se eliminó la imagen de la periodista Rosario del Olmo, quien entrevistó a Antonio Machado ese año, en ese lugar, es uno de los retratos del poeta más difundido en Internet.

lunes, octubre 02, 2017

Antonio Machado / Retrato















Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
   Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido *
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
   Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
   Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
   Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
   ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
   Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
   Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
   Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

[1906]

Antonio Machado (Sevilla, España, 1875- Collioure, Francia, 1939), "Campos de Castilla (1907-1917)", Poesías completas, Espasa Calpe, Colección Austral, Madrid, 2007

* Miguel Mañara (Sevilla, 1627–1679), burgués gentilhombre, impulsor de la obra benéfica del hospital e iglesia de la Santa Caridad, su apellido pasó a ser sinónimo de seductor debido a sus propias alusiones a ese respecto. El Marqués de Bradomín es una ficción de Ramón del Valle Inclán. También, un Don Juan católico. (Nota del Administrador)

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Foto: Agencia EFE

domingo, octubre 04, 2015

Antonio Machado / Poema de un día














(POEMA DE UN DÍA)

MEDITACIONES RURALES

Heme aquí ya, profesor
de lenguas vivas (ayer
maestro de gay-saber,
aprendiz de ruiseñor)
en un pueblo húmedo y frío,
destartalado y sombrío,
entre andaluz y manchego.
Invierno. Cerca del fuego.
Fuera llueve un agua fina,
que ora se trueca en neblina,
ora se torna aguanieve.
Fantástico labrador,
pienso en los campos. ¡Señor,
qué bien haces! Llueve, llueve
tu agua constante y menuda
sobre alcaceles y habares,
tu agua muda,
en viñedos y olivares.
Te bendecirán conmigo
los sembradores del trigo;
los que viven de coger
la aceituna;
los que esperan la fortuna
de comer;
los que hogaño,
como antaño,
tienen toda su moneda
en la rueda,
traidora rueda del año.
¡Llueve, llueve; tu neblina
que se torne en aguanieve,
y otra vez en agua fina!
¡Llueve, Señor, llueve, llueve!
   En mi estancia, iluminada
por esta luz invernal,
—la tarde gris tamizada
por la lluvia y el cristal—,
sueño y medito.
              Clarea
el reloj arrinconado,
y su tic-tic, olvidado
por repetido, golpea.
Tic-tic, tic-tic... Ya te he oído.
Tic-tic, tic-tic... Siempre igual,
monótono y aburrido.
Tic-tic, tic-tic, el latido
de un corazón de metal.
En estos pueblos, ¿se escucha
el latir del tiempo? No.
En estos pueblos se lucha
sin tregua con el reló,
con esa monotonía,
que mide un tiempo vacío.
Pero ¿tu hora es la mía?
¿Tu tiempo, reloj, el mío?
(Tic-tic, tic-tic)... Era un día
(tic-tic, tic-tic) que pasó,
y lo que yo más quería
la muerte se lo llevó.
   Lejos suena un clamoreo
de campanas...
Arrecia el repiqueteo
de la lluvia en las ventanas.
Fantástico labrador,
vuelvo a mis campos. ¡Señor,
cuánto te bendecirán
los sembradores del pan!
Señor, ¿no es tu lluvia ley,
en los campos que ara el buey,
y en los palacios del rey?
¡Oh, agua buena, deja vida
en tu huida!
¡Oh, tú, que vas gota a gota,
fuente a fuente y río a río,
como este tiempo de hastío
corriendo a la mar remota,
con cuanto quiere nacer,
cuanto espera
florecer
al sol de la primavera,
sé piadosa,
que mañana
serás espiga temprana,
prado verde, carne rosa,
y más: razón y locura
y amargura
de querer y no poder
creer, creer y creer!
   Anochece;
el hilo de la bombilla
se enrojece,
luego brilla,
resplandece,
poco más que una cerilla.
Dios sabe dónde andarán
mis gafas... entre librotes,
revistas y papelotes,
¿quién las encuentra?... Aquí están.
Libros nuevos. Abro uno
de Unamuno.
¡Oh, el dilecto,
predilecto
de esta España que se agita,
porque nace o resucita!
Siempre te ha sido, ¡oh Rector
de Salamanca!, leal
este humilde profesor
de un instituto rural.
Esa tu filosofía
que llamas diletantesca,
voltaria y funambulesca,
gran Don Miguel, es la mía.
Agua del buen manantial,
siempre viva,
fugitiva;
poesía, cosa cordial.
¿Constructora?
—No hay cimiento
ni en el alma ni en el viento.—
Bogadora,
marinera,
hacia la mar sin ribera.
Enrique Bergson: Los datos
inmediatos
de la conciencia. ¿Esto es
otro embeleco francés?
Este Bergson es un tuno;
¿verdad, maestro Unamuno?
Bergson no da como aquel
Immanuel
el volatín inmortal;
este endiablado judío
ha hallado el libre albedrío
dentro de su mechinal.
No está mal:
cada sabio, su problema,
y cada loco, su tema.
Algo importa
que en la vida mala y corta
que llevamos
libres o siervos seamos;
mas, si vamos
a la mar,
lo mismo nos han de dar.
¡Oh, estos pueblos! Reflexiones,
lecturas y acotaciones
pronto dan en lo que son:
bostezos de Salomón.
¿Todo es
soledad de soledades,
vanidad de vanidades,
que dijo el Eclesiastés?
Mi paraguas, mi sombrero,
mi gabán... El aguacero
amaina... Vámonos, pues.
   Es de noche. Se platica
al fondo de una botica.
—Yo no sé,
Don José,
cómo son los liberales
tan perros, tan inmorales.
—¡Oh, tranquilícese usté!
Pasados los carnavales,
vendrán los conservadores,
buenos administradores
de su casa.
Todo llega y todo pasa.
Nada eterno:
ni gobierno
que perdure,
ni mal que cien años dure.
—Tras estos tiempos, vendrán
otros tiempos y otros y otros,
y lo mismo que nosotros
otros se jorobarán.
Así es la vida, Don Juan.
—Es verdad, así es la vida.
—La cebada está crecida.
—Con estas lluvias...
                   Y van
las habas que es un primor.
—Cierto; para marzo, en flor.
Pero la escarcha, los hielos...
—Y además, los olivares
están pidiendo a los cielos
agua a torrentes.
                —A mares.
¡Las fatigas, los sudores
que pasan los labradores!
En otro tiempo...
                —Llovía
también cuando Dios quería.
—Hasta mañana, señores.
   Tic-tic, tic-tic... Ya pasó
un día como otro día,
dice la monotonía
del reloj.
   Sobre mi mesa Los datos
de la conciencia, inmediatos.
No está mal
este yo fundamental,
contingente y libre, a ratos,
creativo, original;
este yo que vive y siente
dentro la carne mortal
¡ay! por saltar impaciente
las bardas de su corral.

Baeza, 1913.

Antonio Machado (Sevilla, España, 1875- Collioure, Francia, 1939), "Campos de Castilla (1907-1917)", Poesías completas, Espasa Calpe, Colección Austral, Madrid, 2007


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Foto: Poesía. Revista Ilustrada de Información Poética, 1913 /Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España/ Cervantes Virtual

domingo, mayo 04, 2014

Antonio Machado / Las plazas y los naranjos encendidos



   Las plazas y los naranjos encendidos
con sus frutas redondas y risueñas.
   Tumulto de pequeños colegiales
que, al salir en desorden de la escuela,
llenan el aire de la plaza en sombra
con la algazara de sus voces nuevas.
   ¡Alegría infantil en los rincones
de las ciudades muertas!...
   ¡Y algo de nuestro ayer, que todavía
vemos vagar por estas calles viejas!

Antonio Machado (Sevilla, 1875- Collioure, Francia, 1939),"Soledades" (1899-1907), Poesías completas, Espasa Calpe, Colección Austral Poesía, Madrid, 2007

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Imagen: Antonio Machado por Leandro Oroz Lacalle, 1925. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

sábado, mayo 03, 2014

Antonio Machado / He andado muchos caminos


  He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.
  En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
  y pedantones al paño
que miran, callan, y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
  Mala gente que camina
y va apestando la tierra...
  Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.
  Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
  y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
  Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.

Antonio Machado (Sevilla, 1875- Collioure, Francia, 1939),"Soledades" (1899-1907), Poesías completas, Espasa Calpe, Colección Austral Poesía, Madrid, 2007

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Foto: Cervantes Virtual

viernes, junio 21, 2013

Poemas elegidos, 40


Miguel Angel Petrecca
(Buenos Aires, 1979)

Por tierras de España, de Antonio Machado
El poema pertenece a Campos de Castilla, para mí uno de los mejores de libros de poesía en lengua castellana del siglo XX, a la par de Trilce [de César Vallejo], Las condiciones de la época [de Joaquín Giannuzzi] y Poemas y antipoemas [de Nicanor Parra]. La Obra Completa de Machado era uno de los libros de poesía que había en la biblioteca de mi casa, así que este poema (y otros del mismo libro que me parecen excelentes) lo leí cuando era chico y recuerdo que me causó una gran impresión. Creo que el poema me fascina por la forma en que combina lírica y narrativa, paisaje, geografía e historia, desenvolviéndose con una musicalidad que acompaña en forma fiel, sin protagonismo innecesario. Con una imaginería exacta y un gran poder descriptivo, el poema es como una especie de “estado de la cuestión” de una patria en bancarrota, escrito desde la perspectiva de un viajero observador. El protagonista de ese informe es, por un lado, el paisaje, por el otro un personaje (el hombre de estas tierras) que es simultáneamente un promedio (un tipo) y una figura de carne y hueso. El yo del poema está como diluido en el paisaje, pero no ha desaparecido del todo; es el origen palpable de la experiencia que el poema sintetiza y de la emoción (emoción individual a la vez que histórica) que lo atraviesa.



Por tierras de España

El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra.

Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,
pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.

Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales.

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,
guarda su presa y libra la que el vecino alcanza;
ni para su infortunio ni goza su riqueza;
le hieren y acongojan fortuna y malandanza.

El numen de estos campos es sanguinario y fiero;
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,
veréis agigantarse la forma de un arquero,
la forma de un inmenso centauro flechador.

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
—no fue por estos campos el bíblico jardín—;
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.

Antonio Machado (Sevilla, 1875-Collioure, Francia, 1939)

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Foto: Miguel Ángel Petrecca en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

jueves, mayo 09, 2013

Antonio Machado / A Líster, jefe en los ejércitos del Ebro




Tu carta -oh noble corazón en vela,
español indomable, puño fuerte-,
tu carta, heroico Líster, me consuela,
de esta que pesa en mí, carne de muerte.
Fragores en tu carta me han llegado
de lucha santa sobre el campo ibero;
también mi corazón ha despertado
entre olores de pólvora y romero.
Donde anuncia marina caracola
que llega el Ebro, y en la peña fría
donde brota esa rúbrica española,
de monte a mar, esta palabra mía:
"Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría".

Antonio Machado (Sevilla, 1875- Collioure, Francia, 1939),"Poemas de guerra", Poesías completas, Espasa Calpe, Colección Austral Poesía, Madrid, 2007

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Foto: Enrique Líster (Ameneiro, La Coruña, 1907 - Madrid, 1994), durante la Guerra Civil española (1936-1939)

jueves, abril 29, 2010

Antonio Machado / Dos poemas




Llanto de las virtudes y coplas
por la muerte de Don Guido


Al fin, una pulmonía
mató a don Guido y están
las campanas todo el día
doblando por él ¡din-dan!
Murió don Guido, un señor
de mozo muy jaranero,
muy galán y algo torero;
de viejo, gran rezador.
Dicen que tuvo un serrallo
este señor de Sevilla;
que era diestro
en manejar el caballo
y un maestro
en refrescar manzanilla.
Cuando mermó su riqueza,
era su monomanía
pensar que pensar debía
en asentar la cabeza.
Y asentóla
de una manera española,
que fue a casarse con una
doncella de gran fortuna;
y repintar los blasones,
hablar de las tradiciones
de su casa,
a escándalos y amoríos
poner tasa,
sordina a sus devaríos.
Gran pagano,
se hizo hermano
de una santa cofradía;
el Jueves Santo salía,
llevando un cirio en la mano
-¡aquel trueno!-,
vestido de nazareno.
Hoy nos dice la campana
que han de llevarse mañana
al buen don Guido, muy serio,
camino del cementerio.
Buen don Guido ya eres ido
y para siempre jamás...
Alguien dirá: ¿Qué dejaste?
Yo pregunto: ¿Qué llevaste
al mundo donde hoy estás?
¿Tu amor a los alamares
y a las sedas y a los oros
y a la sangre de los toros
y al humo de los altares?
Buen don Guido y equipaje,
¡buen viaje!...
El acá
y el allá,
caballero,
se ve en tu rostro marchito,
lo infinito:
cero, cero.
¡Oh las enjutas mejillas,
amarillas,
y los párpados de cera,
y la fina calavera
en la almohada del lecho!
¡Oh fin de una aristocracia!
La barba canosa y lacia
sobre el pecho;
vestido en tosco sayal,
las yertas manos en cruz,
¡tan formal!
el caballero andaluz.

de Campos de Castilla, 1907-1917


Doce poetas que pudieron existir

12. Andrés Santallana.- Nació en Madrid en 1899.

El milagro

En Segovia, una tarde, de paseo
por la alameda que el Eresma baña,
para leer mi Biblia
eché mano al estuche de las gafas
en busca de ese andamio de mis ojos,
mi volado balcón de la mirada.
Abrí el estuche, con el gesto firme
y doctoral de quien se dice: Aguarda
y ahora verás si veo...
Abrí el estuche, pero dentro: nada;
point des lunettes... ¿Huyeron? Juraría
que algo brilló cuando la negra tapa
abrí del diminuto
ataúd de bolsillo, y que volaban,
huyendo de su encierro,
cual mariposa de cristal, mis gafas.
El libro bajo el brazo
la orfandad de mis ojos paseaba
pensando: hasta las cosas que dejamos
muertas de risa en casa
tienen su doble donde estar debieran,
o es un acto de fe toda mirada.

de Cancionero apócrifo

Antonio Machado (Sevilla, 1875- Collioure, Francia, 1939), Poesías completas, edición de Manuel Alvar; guía de lectura de María Pilar Celma, Espasa Calpe, Madrid, 2007


Ilustración: Dios se lo pague, 1867, Francisco de Goya

miércoles, noviembre 12, 2008

Antonio Machado / Castilla y Andalucía





CXXV

En estos campos de la tierra mía,
y extranjero en los campos de mi tierra
-yo tuve patria donde corre el Duero
por entre grises peñas,
y fantasmas de viejos encinares,
allá en Castilla, mística y guerrera,
Castilla la gentil, humilde y brava,
Castilla del desdén y de la fuerza-,
en estos campos de mi Andalucía,
¡oh, tierra en que nací!, cantar quisiera.
Tengo recuerdos de mi infancia, tengo
imágenes de luz y de palmeras,
y en una gloria de oro,
de lueñes campanarios con cigüeñas,
de ciudades con calles sin mujeres
bajo un cielo de añil, plazas desiertas
donde crecen naranjos encendidos
con sus frutas redondas y bermejas;
y en un huerto sombrío, el limonero
de ramas polvorientas
y pálidos limones amarillos,
que el agua clara de la fuente espeja,
un aroma de nardos y claveles
y un fuerte olor de albahaca y hierbabuena;
imágenes de grises olivares
bajo un tórrido sol que aturde y ciega,
y azules y dispersas cerranías
con arreboles de una tarde inmensa;
mas falta el hilo que el recuerdo anuda
al corazón, el ancla en su ribera,
o estas memorias no son alma. Tienen,
en sus abigarradas vestimentas,
señal de ser despojos del recuerdo,
la carga bruta que el recuerdo lleva.
Un día tornarán, con luz del fondo ungidos,
los cuerpos virginales a la orilla vieja.

Lora del Río, 4 de abril de 1913

Antonio Machado (Sevilla, 1875- Collioure, 1939), "Campos de Castilla", en Antología poética, Alianza, Madrid, 1995

Machado en este blog:

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Foto: Antonio Machado, la periodista Rosario del Olmo y el camarero Braulio, en el café de las Salesas, Madrid, 1933. Alonso/Antiguos Cafés de Madrid

martes, noviembre 11, 2008

Antonio Machado / Dos

La saeta

¿Quién me presta una escalera,
para subir al madero
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
Saeta popular

¡Oh la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en la mar!


Del pasado efímero

Ese hombre del casino provinciano
que vio a Carancha* recibir un día,
tiene mustia la tez, el pelo cano,
ojos velados por melancolía;
bajo el bigote gris, labios de hastío,
y una triste expresión, que no es tristeza,
sino algo más y menos: el vacío
del mundo en la oquedad de su cabeza.
Aún luce de corinto** terciopelo
chaqueta y pantalón abotinado,
y un cordobés*** color de caramelo,
pulido y torneado.
Tres veces heredó; tres ha perdido
al monte su caudal; dos ha enviudado.
Sólo se anima ante el azar prohibido,
sobre el verde tapete reclinado,
o al evocar la tarde de un torero,
la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta
la hazaña de un gallardo bandolero
o la proeza de un matón, sangrienta.
Bosteza de política banales
dicterios al gobierno reaccionario
y augura que vendrán los liberales
cual torna la cigüeña al campanario.
Un poco labrador, del cielo aguarda
y al cielo teme; alguna vez suspira,
pensando en su olivar, y al cielo mira
con ojo inquieto, si la lluvia tarda.
Lo demás, taciturno, hipocondríaco,
prisionero en la Arcadia del presente,
le aburre; sólo el humo del tabaco
simula algunas sombras en su frente.
Este hombre no es de ayer ni es de mañana,
sino de nunca; de la cepa hispana
no es el fruto maduro ni podrido,
es una fruta vana
de aquella España que pasó y no ha sido,
esa que hoy tiene la cabeza cana.

Antonio Machado (Sevilla, España, 1875 - Collioure, Francia, 1939), "Campos de Castilla" (1912 y 1917), Antología poética, selección de Arturo Ramoneda, Alianza, Madrid, 1995

Notas del Administrador:

* "Carancha" -originalmente, Cara-Ancha- era el nombre artístico del torero José Sánchez del Campo, nacido en Algeciras (Cádiz) en 1848. Fue rival de Lagartijo y de Frascuelo. El primero de junio de 1881 ejecutó por primera vez, con éxito, la suerte de matar recibiendo, es decir, cuadrándose y conservando esa postura, sin mover los pies al dar la estocada, mientras el toro embiste.
** Color rojo oscuro, casi violáceo.
*** Sombrero cordobés. Es de fieltro, de ala ancha y plana, con copa baja cilíndrica. 

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Foto: Antonio Machado en el Café de las Salesas, Madrid, 1933. Esta foto se ha publicado e incluso exhibido en muestras de museos oficiales recortada. Se eliminó de ella la imagen de la periodista Rosario del Olmo quien realizó una nota con Machado para el periódico La Libertad. La entrevista apareció en enero de 1934. Fuente: El Tiempo que Nunca Cesa