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miércoles, noviembre 03, 2021

Ángel Ortuño / El juicio final




Todo era cierto y yo
sólo hice el ridículo.
Por supuesto que había
platillos voladores e incluso jardineros
extraterrestres que
con exquisito gusto hacían esos diseños que nosotros,
neandertales
irredentos,
llamábamos
agrogramas, con uno de los muchos y torpísimos idiomas que tenemos pero que no
     merecen
ser considerados ni siquiera un estornudo
al lado de su música celeste.

Sigo.

Al fondo de ese lago escocés sí vivía un dinosaurio
que salía a pasear con Elvis por las noches, al amparo de ese
dispositivo de invisibilidad
que les regaló Margarita de Inglaterra feliz
por haberse follado a Mick Jagger cuando era joven y no ahorita, qué
asco!

(¿Podría, Señor Juez, pedirle a la reina Isabel que guarde compostura?)

Para no entretener con idioteces a Su valiosa eternidad, Señores
del Jurado,
en resumen no sé ni lo que dije y creo que sí creía pero me dediqué
a otras cosas.

Sólo espero clemencia.
Muchas gracias.

Me llega un mensaje: “Soy fulano, y quiero ser tu diputado…”.
Agoté las consultas a glosarios sadomaso (impresos y en línea) y todavía no entiendo qué
  placer obtendré haciéndole caso.

Ángel Ortuño (Guadalajara, México, 1969-2021), "Neandertales irredentos", Periódico de Poesía, México, 12 de noviembre de 2018


domingo, octubre 20, 2019

Angel Ortuño / De "Mecanismos discretos"













Black water

I. Primero y único: la interpretación de los sueños

¿Qué significa?
No me refiero a esos desfiles donde
al destornillador lo siguen las almejas
o las bulas papales. La sorpresa
fingida:
¿Ya está puesta la mesa? Y en lugar de cubiertos
las avispas.

Ni siquiera diría que puedo recordarlo.
Apenas la molestia
de quien toma café
y dejara de hacerlo algunos días.


In anima vili

Altos estudios, pipas
de kif, tambores
para el empalamiento. La antropóloga
era tan solo eso. Lo sabíamos
todos,
incluso quien nos dijo que en Japón
se filmaban películas
donde se hería la lengua de las protagonistas.

Aunque aquí no podíamos
saber si la antropóloga seguía teniendo lengua.

No era
ni remotamente
japonesa.


Alguien ha cometido un error espantoso

Ni siquiera la sagaz inspectora o el despistado
anciano incapaz de ganar al ajedrez parecen inmutarse.
Hay luz por un momento: llega una rubia
enorme, ajorcas y pulseras (sus tobillos son
feos) no reducen sus grandes pies y manos.
¿Una novela negra con travestis?
Otra cosa: el letrero que pide no fumar, la
luz es amarilla y no roja (como sí son las
uñas pero por qué se pone esos anteojos, la
nariz es de plástico y el bigote muy negro,
falsamente tupido como sí son las cejas).
De todas formas creo que tomaré este caso.
Necesito el dinero.

Angel Ortuño (Guadalajara, México, 1969-2021), Mecanismos discretos, Mano Santa Editores, Guadalajara, 2011

act. 2021