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lunes, septiembre 28, 2015

Ana Lafferranderie / Nadie verá este andar














Nadie verá este andar,
deriva hacia el sonido de una antigua bisagra,
a ese lugar vaciado donde queda un baúl.
Ocurre adentro:
veo el sauce en la orilla
y aquel mantel extenderse bajo las ramas.
Los pies se apoyan lentos en la arena
cada vez que en el cielo cruza la misma luz
y este calor depende de esas cosas.
El hijo que imaginaba de la mano vuelve
cuando miro a mis hijos reales, así
cada asunto entrelaza, el sentido
nunca es el mismo, siempre es calma
un camino despejado por el que voy sin gestos
guiada por la movilidad del aire.

Ana Lafferranderie (Montevideo, 1969),
Foto: Ana Lafferranderie en FB

Día primero,
Ediciones del Dock,
Buenos Aires, 2015

lunes, agosto 19, 2013

Ana Lafferranderie / De "Volcar la cuna"

Un gesto atávico, girar la cuchara en el líquido denso. La olla
sobre el fuego, estar en el vapor. Los muslos pesando en la madera.
Una humedad viva, eso soy, como lo fueron otros. Cuerpo que se
expande en la luz inestable del hogar.

(...)

Los pasos a cumplir para llegar si apuro, la mejor forma de hacer
la valija. Cada pequeña habilidad se va a perder desvanecida con
el cuerpo. Como se perdió el modo de la que sabía hacer brillar
las cosas. El goce íntimo que le daba esa destreza. La entrega al
universo de ese acto.

(...)

En la silla impersonal de un aeropuerto. Sin poder acceder a lo que
nombro, el mar, su forma viva. Mis propios movimientos parecen
haber quedado afuera. Todo gira hacia mí, todo me ignora. El
tiempo se vuelve imperceptible hasta que alguien grita en el centro
de la sala, sigue gritando. Y en la atmósfera fría despliega un halo
tibio que me devuelve el pulso, la urgencia de la voz.

Ana Lafferranderie (Montevideo, 1969), Volcar la cuna, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2012
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Foto: Ana Lafferranderie en FB

sábado, agosto 03, 2013

Poemas elegidos, 99


Ana Lafferranderie
(Montevideo, 1969)

El umbral, de Louise Glück
Este poema es parte de lecturas relativamente recientes. Será que tengo aún tanto por leer y descubrir que las nuevas lecturas me provocan un particular entusiasmo.
Lo elegí porque me hace pensar en la percepción poética. La imagen del niño que ronda un umbral me lleva al modo de estar en la poesía como experiencia, algo de lo cual tengo conciencia desde muy chica. Una modalidad diferente de la percepción se activa, me sustrae del hacer cotidiano, genera cierto  “detenimiento”. Una sensación de  perplejidad, extrañamiento en relación al mundo y a la propia percepción. Es pura apertura (entrar en los detalles, mirar la posibilidad). Una quisiera  quedarse ahí, quieta, a diferencia del mundo, retirada de la utilidad inmediata de la praxis, sabiendo incluso que a ella se va a volver, que la vida es entrar una y otra vez en ese verano intoxicante, ese placer fraudulento, ese aturdimiento.
Sé cuánto debo a ese umbral, al movimiento de la percepción poética que me deja en ninguna parte, más yo, amplificada y minuciosa, con un radar y un foco ingobernables, íntimos.  


El umbral

Yo quería quedarme como estaba,
quieta, a diferencia del mundo,
no en medio del verano sino en la fase previa
al brote de la primera flor, el momento
en que nada es pasado aún -

no en medio del verano, intoxicante,
sino a fines de la primavera, cuando el césped no es alto todavía
al borde del jardín, cuando los tulipanes precoces
empiezan a brotar -

como un niño que ronda un umbral, observando a los demás,
los que entran primero,
tensa fusión de brazos, atento a los
fracasos ajenos, las vacilaciones ajenas

con la brutal confianza infantil de un inminente poder
preparándose para vencer
esas flaquezas, para sucumbir
a la nada, el tiempo directamente

previo a la floración, la época de la maestría

antes de la aparición del don,
antes de la posesión.

Louise Glück (Nueva york, 1943)
Versión de María Negroni
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Foto: Ana Lafferranderie en FB