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lunes, octubre 12, 2015

Almafuerte / La sombra de la patria























Sueltos van sus cabellos. En guedejas
Por su busto encorvado se derraman
Como velo de angustias o sombría
Melena de león. Adusta, pálida,
Desencajado el rostro: la vergüenza
no tiene la pupila más opaca,
Ni la faz de Jesús, al beso infame,
Se contrajo más rígida. Adelanta
Con medroso ademán... ¡Oh! ¡La ignominia
Con paso triunfador nunca se arrastra!
La voraz invasión de lo pequeño
No hiere como el rayo, pero amansa!
Cuando el alma inmortal cae de rodillas
La materia mortal cae deshojada!
La caída, más honda es la caída
Que nos pone a merced de la canalla,
De lo ruin, de lo innoble, de lo fofo
Que flota sobre el mar como resaca,
Como fétido gas en el vacío,
Cual chusma vil, sobre la especie humana.

II

Yo la siento gemir, y sus gemidos -
Resonante, recóndita cascada -
En mi cerebro entumecido se hunden,
Y allí, en mitad de las tinieblas, cantan,
Con el santo fervor de los que piensan
Ablandar a su dios con sus plegarias,
Con el grave compás de los que lloran
Y al son de los sollozos se acompañan,
Con el hondo plañir de los que yacen
Más allá de la luz y la esperanza...
Yo la siento gemir, y sus gemidos,
Saetas del pesar, me despedazan,
Reproches del deber, me paralizan,
Pregones de vergüenza, me anonadan!
Yo la siento gemir, y sus gemidos
Sobre mi frágil corazón, estallan
Como todos los vientos de la tierra
Soplando, sin cesar, sobre una rama,
Como toda la fuerza de los orbes
Gravitando, a la vez, sobre una espalda.
Como todo el dolor del universo
Que en una sola vida se agolpara,
Como toda la sombra de los siglos
En una sola mente refugiada.

III

Yo la siento gemir, y me parece
Que la bóveda azul se desencaja,
Cual si fuera una ruina miserable
Que Saturno esparciese con sus alas,
Cual si fuera una cúpula proterva
Que derrumbase Dios, bajo sus plantas...
Yo la siento gemir, y el oceano
Y la selva, y las cumbres y la pampa,
Y la nube y el viento y las estrellas,
Y todo lo insensible y sin entrañas,
Me parece que sienten, me parece
Que asumen voz y proporción humanas;
Me parece que vienen y se postran
Sobre la regia púrpura de mi alma,
Y la súplica ardiente de las cosas
En miserere trágico levantan.

IV

Yo la siento cruzar ante mis ojos
Y es una estrella muerta la que pasa.
Dejando en pos de su fulgor, la sombra,
Porque en pos de su luz, reina la nada!
Yo la siento cruzar ante mis ojos
Y la pupila tras de sí me arranca,
Cual si su imagen desgreñada y torva,
En vez de su visión, fuese una garra!
Yo la siento cruzar ante mis ojos
En aterrante procesión fantástica,
De biblias del deber que ya no enseñan,
De apóstoles del bien que ya no hablan,
De laureles de honor que ya no honran,
De inspirados de Dios que ya no cantan,
De púdicas estolas que envilecen,
De patenas limpísimas que manchan,
De eucarísticos panes que envenenan,
De banderas celestes que se arrastran!
Yo la siento cruzar... ¡Seres felices
Que carecéis de luz en la mirada!
¡Ah! ¡yo no puedo soportar la mía
Bajo la horrible sombra de mi patria!

V

¿Dónde estás, Jehová? ¿Dónde te ocultas?
¿Qué? ¿No vuelves tus ojos y la salvas?
¿Qué? ¿No giras tu rostro y la contemplas?
¿Qué? ¿No extiendes tu mano y la levantas?
Miras echar sobre su casto seno-
¡Que fue pulcro, Señor, como la nácar.
Antes de que su rastro en él dejase
La vil caricia de la gran canalla!-
Miras echar sobre sus nobles hombros,-
¡Hombros que fueran los de Juno y Diana,
Si el azote brutal del infortunio
Su pulido marfil no flagelara!
Miras echar sobre su cuerpo sacro,-
¡Tan sacro, sí, como tus hostias santas,
Porque también tus hostias se mancillan
Porque también tus hostias se profanan!-
Miras echar sobre la patria nuestra,-
Digo por fin, vibrante de arrogancia,-
El hediondo capote del esbirro
Que ha de ser su señor, si no le matas;
¿Y el rayo de tu enojo no descuelgas?
¿Tu flamígero brazo, no descargas?
¿Tu cielo fulgurante, no oscureces?
¿Y tus mundos atónitos no paras?

VI

¿Dónde estás, Jehová? ¿Desde que cumbre,
Circundada de monstruos y de llamas;
Desde qué abismo negro, impenetrable;
Desde qué estrella errante y solitaria
Ves su profanación y no fulminas?
¿Oyes la voz de tu poeta y callas?
La voz de tu poeta que te siente,
La voz de tu poeta que te aclama,
La voz de tu poeta que te adora,
En la noche en el día y en el alba,
En el secreto foro de su pecho
Y en el público altar de su palabra.
¿Dónde estás, Jehová, que así me dejas
Buscarte ansioso por doquier, y callas?
¿Y callas como un ídolo sin lengua,
Como un muñeco rígido sin alma,
A quien supuso vida el fanatismo
Y atribuyó justicia la ignorancia?

VII

¡Sí! La virtud, las leyes, el derecho
La religión, la libertad, la patria,
La tradición gloriosa de los pueblos,
La consigna inviolable de las razas,
Y todo lo que da calor y vida
A ese artefacto rígido que llaman
El universo tuyo, son apenas
Un sueño, una mentira, una palabra;
Una cosa que suena como un disco
Chocando sobre el mármol de una escala;
Una cosa que está como una piedra,
Descendiendo veloz de una montaña:
Una mancha que brilla,
Una boca que grita y que no habla!

VIII

Y la doblez, la astucia, la codicia;
La vileza del sable que amenaza;
La insidia ruin que a la virtud deshonra
Y a las turbas conturba y maniata;
La evidencia del mal, su negro imperio,
Sojuzgando las cosas y las almas,
Cual si fuera la torpe levadura
Que lleva la creación en sus entrañas,
La genésica fuerza incontrastable,
El fiat inicial del protoplasma,-
Esos son la verdad, Dios de los pueblos,
A cuyos pies la humanidad se arrastra
Como van los rebaños trashumantes
Hacia donde los vientos arrebatan,
Los pluviales arroyos a los ríos,
Y a las aguas del mar todas las aguas!

IX

Esos son la verdad, Dios providente,
Que todo lo precaves y lo mandas,
Arquitecto invisible, que dispones
La orientación del pórtico y su fábrica,
Poderoso caudillo que presides
La instrucción del soldado y la batalla,
Tragediante inmortal que verificas
La negra intriga de tus propios dramas!
Esos son la verdad Dios de justicia,
A cuyo tribunal siempre se llama,
Que has hecho del placer el ancho cauce
Que conduce a la muerte o la nostalgia,
Que has dejado indefensa a la gacela
Armando al lobo de potentes garras,
Que has dividido el mundo de los hombres.
En los más, que padecen y trabajan,
Y en los menos, que gozan y que cumplen
La misión de guiar la recua humana,
Y que más grandes son cuando más mienten,
Y que más nobles son cuando más matan!...
¿Dónde estás, Jehová? ¿Dónde te ocultas,
Que así me dejas blasfemar y callas,
Mi rebelión airada no sofrenas,
Mi pequeñez pomposa no anonadas,
Mi razón deleznable no enloqueces,
Y esta lengua de arpía no me arrancas?

X

Los que sabéis de amor -de amor excelso,
Que recorre la arteria y la dilata,
Que reside en el pecho y lo ennoblece,
Que palpita en el ser y lo agiganta-;
Los que sabéis de amor, nobles mancebos,
Fuertes, briosos, púdicos, sin mancha,
Que recién penetráis en el santuario
De la fecunda pubertad sagrada;
Vosotros, -Sí, vosotros ¡oh! mancebos
De talante gentil y alma entusiasta,
Que todavía honráis a vuestras madres,
Circuyendo de besos y de lágrimas
El augusto recinto de sus frentes,
¡La espléndida corona de sus canas!
Volved los rostros a la reina ilustre
Que prostituida por los viejos, pasa,
Y si al poner los ojos en los suyos,
Ojos de diosa que del polvo no alza,
No sentís el dolor que a los varones
Ante el dolor de la mujer ataca;
Si al contemplar su seno desceñido,
Seno de virgen que el rubor abrasa,
No sentís el torrente de la sangre
Que inunda el rostro en borbollón de grana;
Si al escuchar sus ayes angustiosos,
-Ayes de leona que en su jaula brama-
No sentís una fuerza prodigiosa
Que os empuja a la lucha y la venganza;
¡Arrancaos a puñados, de los rostros,
Las mal nacidas juveniles barbas,
Y dejad escoltar a vuestras novias
La Sombra de la Patria!

Pedro Bonifacio Palacios, Almafuerte (San Justo, Argentina, 1854-La Plata, Argentina, 1917)
Obras completas, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1993 (Primera edición, 1951)

Ilustración: Retrato de Almafuerte en la tapa de sus Poesías completas, Cenit, Buenos Aires, 1955. Firmado "Stefano"

domingo, septiembre 02, 2012

Almafuerte / Los siete "Sonetos medicinales"





Sonetos medicinales

¡Avanti!

Para Don Félix J. Tettamanti

Si te postran diez veces, te levantas
Otras diez, otras cien, otras quinientas ...
No han de ser tu caídas tan violentas
Ni tampoco, por ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas
Asimilan el humus avarientas,
Deglutiendo el rencor de las afrentas
Se formaron los santos y las santas.

Obsesión casi asnal para ser fuerte,
Nada más necesita la criatura
Y en cualquier infeliz se me figura
Que se rompen las garras de la suerte ...

¡Todos los incurables tienen cura
Cinco segundos antes de la muerte!


¡Più avanti!

No te des por vencido ni aun vencido,
No te sientas esclavo ni aun esclavo;
Trémulo de pavor, piénsate bravo
Y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido,
Que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
No la cobarde intrepidez del pavo
Que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora,
O como Lucifer, que nunca reza,
O como el robledal, cuya grandeza
Necesita del agua y no la implora.

¡Que muerda y vocifere vengadora,
Ya rodando en el polvo tu cabeza!


¡Molto più avanti!

Los que vierten sus lágrimas amantes
Sobre las penas que no son sus penas;
Los que olvidan el son de sus cadenas
Para limar las de los otros antes;

Los que van por el mundo delirantes,
Repartiendo su amor a manos llenas,
Caen bajo el peso de sus obras buenas,
Sucios, enfermos, trágicos ... ¡sobrantes!

¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos!
¡Nunca sigas impulsos compasivos!
¡Ten los garfios del odio siempre activos,
Y los ojos del Juez siempre despiertos! ...

¡Y al echarte en la caja de los muertos
Menosprecia los llantos de los vivos!


¡Molto più avanti ancora!

El mundo miserable es un estrado
Donde todo es estólido y fingido,
Donde cada anfitrión lleva escondido
Su verdadero ser, tras el tocado.

No digas tu verdad ni al más amado;
No demuestres temor ni al más temido;
No creas que jamás te hayan querido
Por más besos de amor que te hayan dado.

Mira cómo la nieve se deslíe
Sin que apostrofe al sol su labio yerto,
Cómo ansía las nubes el desierto
Sin que a ninguno su ansiedad confíe ...

¡Trema como el Infierno; pero ríe!
¡Vive la vida plena, pero muerto!


¡Moltissimo più avanti ancora!

Si en vez de las estúpidas panteras
Y de los férreos estúpidos leones,
Encerrasen dos flacos mocetones
En esa frágil cárcel de las fieras,

No habrían de yacer noches enteras
En el blando pajar de sus colchones,
Sin esperanzas ya, sin reacciones
Lo mismo que dos plácidos horteras;

Cual Napoleones pensativos, graves,
No como el tigre sanguinario y maula,
Escrutarían palmo a palmo su aula,
Buscando las rendijas, no las llaves ...

¡Seas el que tú seas, ya lo sabes:
A escrutar las rendijas de tu jaula!


Vera violetta

En pos de su nivel se lanza el río
por el gran desnivel de los breñales:
el aire es vendaval, y hay vendavales
por la ley del no-fin, del no-vacío;

la más hermosa espiga del estío
no sueña con el pan en los trigales;
el más noble panal de los panales
no declaró jamás: Yo no soy mío.

Y el sol, el padre sol, el raudo foco
que lo fomenta todo en la Natura,
por fecundar los polos no se apura,
ni se desvía un ápice tampoco ...

¡Todo lo alcanzarás, solemne loco,
siempre que lo permita tu estatura!


La yapa

Como una sola estrella no es el cielo,
ni una gota que salta el Oceano,
ni una falange rígida, la mano,
ni una brizna de paja, el santo suelo:

tu gimnasia de cárcel no es el vuelo,
el sublime tramonto soberano,
ni nunca podrá ser anhelo humano
tu miserable personal anhelo.

¿Qué saben de lo eterno las esferas;
de las borrascas de la mar, la gota;
de puñetazos, la falange rota;
de harina y pan, la paja de las eras? ...

¡Detente, por piedad, pluma, no quieras
que abandone sus armas el idiota!

Pedro Bonifacio Palacios, Almafuerte (San Justo, 1854- La Plata, 1917), Obras completas, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1993

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sábado, septiembre 01, 2012

Almafuerte / ¿Flores a mí?



¿Flores a mí?

Ayer me diste una flor,
Una flor a mí, señora,
Que no consagré una hora
Ni al más poderoso amor.
¿Flores a mí? ... ¡Si es mejor
En un páramo arrojarlas!
O tú no sabes amarlas,
O al sentir mi cuerpo yerto
Sobre la tumba de un muerto
Has querido abandonarlas.

¿Flores a mí? ... ¿Tú no sabes
De esos parajes que aterran,
Donde las flores se cierran,
Donde no cantan las aves? ...
Las más orgullosas naves
Temen del mar los furores,
Los tigres devoradores
Huyen del simún airado ...
¡Y tú en mi pecho has dejado
Tan sin recelo tus flores!

¡Flores a mí! ... Puede ser
Que desalmada y celosa,
Buscaras la más hermosa
Con tu instinto de mujer;
Y haciéndole comprender
Yo no sé qué gentileza,
Con refinada fiereza,
Con el más profundo encono,
La bajaste de su trono
Por castigar su belleza.

No lo sé, linda mujer,
Ni quiero saberlo todo;
Me contento con mi modo
De saber y no saber.
Pero si quieres tener
La realidad en tu mano,
Te diré, sin ser un vano,
Que si te movió el amor...
¡La flor ha sido una flor
que fue destronada en vano!

Pedro Bonifacio Palacios, Almafuerte (San Justo, 1854- La Plata, 1917), Obras completas, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1993

Ilustración: Flor solitaria, 1934, Paul Klee

domingo, febrero 27, 2011

Almafuerte / De "El misionero"




El misionero [Fragmentos]

Para Bartolito Mitre, en la gloria
......................................

¡Escúpeme en la frente!
                           Ricardo Gutiérrez


4.- No hay caridad verdadera que no se enferme o
que no se manche.
5.- Para subir hasta Jesús hay que bajar hasta Dimas,
y para llegar hasta Dimas hay que dejar muy arriba el
éter irrespirable de los inocentes y los puros.
9.- El dolor no huele a vinagre aromático: ni habla en
verso ni se lamenta en música, ni va a cenar a la
fonda, como los cómicos, después de llorar.
18.- El corazón del bueno es comparable a las vendas que
circundan las heridas: a medida que éstas van
cicatrizando, aquéllas van arrojándose impregnadas de
pus y sangre.
20.- No creas en la predicación de aquel abate perfumado
de heliotropo, que sube a su púlpito con el corazón
lleno, todavía, de las graves impresiones de la Conferencia
de San Vicente y de las fiestas de caridad de las duquesas
y que cruza después, como un César, sudoroso entre sus
encajes, por aquella elegantísima multitud cuya emoción
artística él ha producido y cuya admiración él ha
conquistado. No creas en esa predicación... ¡es una página de
Rossini!
21.- Cree, sí, en el propio San Vicente de Paul; sí, en el
apostolado de aquel sacerdote ciego de caridad, enloquecido de
evangelización, que ora se lanza por los desiertos de Africa
y ora se mete en los tugurios de la ciudad, que son los
desiertos de la civilización, para salir de ellos torturado de
dudas, cubierto de maldiciones y carcomido de remordimientos.


Almafuerte, Evangélica XV


De compasivos canes escoltado,
Sobre un bloque de piedra de la vía,
Zozobrante, vencido, en agonía,
Un Siervo del Señor cayó postrado.

Cual desgranada, mísera mazorca
Que saltó del maizal en el camino,
Parecía más bien, el Peregrino,
Desecho deleznable de la horca.

Y era desecho mismo. La tonsura
no inmuniza del dolo y los pesares:
Del sagrado mantel de los altares
Se desprende, también, polvo y basura.

Como Pablo, el Apóstol de las Gentes,
Aquel vil protegido de sus perros,
Por mares, por estepas y por cerros
Corrió tras ilusiones eminentes...

Y allí, con su sayal hecho jirones
Y apoyando en un can la flaca diestra,
Aquel Fraile de Dios era la muestra
De cómo trata Dios los corazones.

Tal vez, una visión de faz macabra
Le sacó de su grande abatimiento,
Y al despertar de aquél, su pensamiento
Se deshizo en el mar de la palabra.

Mudo debiera estar; pero, recuerda,
Y hablaría, quizás, amordazado...
Porque impera una ley que al derrotado
Le impone repicar la misma cuerda.

Y es propio del Dolor, joven o viejo,
Despedir melancólico relente
Y derramar, lo mismo que una fuente,
La cáustica lejía del consejo.

¡Virtud de la Tristeza, que percibe
Con profética luz, remotas huellas.
Como se ven más claras las estrellas
Desde la sombra fría de un aljibe!

Cual pudiera un bohemio, el Franciscano
Se puso a platicar con su jauría...
¡No caemos del todo, sino el día
Que cuando pasa un can, pasa un hermano!

¡El ser hombre es gemir, magüer los nombres
Con que tu pobre condición revistes;
Y por eso las bestias, que son tristes,
Cuando sospechan un dolor, son hombres!

Y yendo, sin querer, al punto fijo,
Como quien sus heridas palpa y frota,
Destilando su hiel, gota por gota,
A sus perros y a Dios, el Fraile dijo...

¡Dijo con tal verdad, que desde entonces
Pienso que las protestas de los viles,
Deben ser perpetuadas con buriles
En duras piedras y en solemnes bronces!

"En este bajo, relativo suelo,
También para ser santo hay que ser listo;
No basta ir a una cruz para ir a Cristo,
Ni basta la bondad para el ir al cielo.

"La misma compasión requiere astucia
Para sellar con gloria su cruzada,
Si no quiere, después, ser arrojada
Sucia y hedionda, como venda sucia.

"Los sicarios del Bien han de ser yermos,
Duros, como filósofos estoicos:
Los médicos más nobles, más heroicos,
No lamen el sudor de sus enfermos.

"La luz no triunfa, el Ideal no medra,
Si un cierto brutal extorsionismo:
Como una César sin ley, el pastor mismo
Gobierna con su palo y con su piedra.

*

"Inhumano, inconcreto, el Sacerdote
Ame a Dios, sólo en Dios, y no en ninguno;
Y si al triunfo de Dios es oportuno...
¡Bese con la traición del Iscariote!

Clamó con el valor de los insanos
El viejo Apóstol, sin temer su mengua,
Mientras los canes, con cristiana lengua,
Le ungían caridad sobre las manos.

Y siguió, con apóstrofes más duros,
Y hablando a todos, pues hablaba solo:
"Más fría que los témpanos del polo
Tiene que ser el alma de los puros.

*

"Hay entre la Equidad y la Justicia
Nada más que una feble sutileza...
¡Y entre la Caridad y la pureza,
Un abismo, sin fondo, de inmundicia!

Calló el Apóstol, y en su adusto ceño,
Como en un tronco escuálido de otoño,
Se sospechaba el cárdeno retoño
De un deleitable, de un nefando sueño.

Mas, levantando el sórdido capucho,
Toca de su radiante, calva testa,
Dijo con voz de llanto y de protesta:
"Yo soy el miserable que amé mucho,

"Soy el que puso paz en la discordia,
Pan en el hambre, alivio en las prisiones,
Y en la obsesión tenaz, más que razones,
Puso sin razonar, misericordia.

"Yo derramé, con delicadas artes,
Sobre cada reptil una caricia:
No creí necesaria la Justicia
Cuando reina el Dolor por todas partes.

"Con sublime, suprema Democracia,
Cualquier hombre fue hombre en mi presencia;
No dividí jamás en mi conciencia
Cual un escriba infame, la Desgracia.

"Yo miré con espanto al miserable,
Con el espanto del Caín primero,
Cual si yo -¡pobre sombra, todo entero!-
Fuese de su miseria responsable.

"Yo entendí que los éxitos ultrajan
La equidad del Señor y de sus dones;
Pues por un triunfador hay mil millones
Que más abajo de sí mismos, bajan.

"Yo repudié al feliz, al potentado,
Al honesto, al armónico y al fuerte...
¡Porque pensé que les tocó la suerte
Como a cualquier tahúr afortunado!

"Yo tuve la tendencia, la costumbre,
De poner mi saliva en las montañas;
Pero, les di sin pena mis entrañas
Cada vez que dejaron de ser cumbre.

"Yo veneré, genial de servilismo,
En aquel que por fin cayó del todo,
La cruz irredimible de su lodo,
La noche inalumbrable de su abismo.

"Yo devolví su cetro a la Locura,
Fomentando en las almas anormales,
El gesto imperatriz de los fatales,
La rigidez papal de la tonsura.

*

No pudo proseguir... Seco, rabioso,
Con el gemir de formidable llanta,
Restalló, de repente, en su garganta,
Suma de angustias, un sollozo.

Aquel hondo mugido vibró tanto,
Que traspasó recónditos confines,
Y sus propios hermanos, los mastines,
Se volvieron al Fraile con espanto.

Se repuso por fin, y resumiendo
En epílogo intenso su discurso,
Comenzó a despedirse del concurso
Que a su largo gemido fue surgiendo:

"Todo es contradictorio, todo vago,
Todo se ve a través de una penumbra:
La misma antorcha que en la noche alumbra,
Sirve para el incendio y el estrago.

"Siembran dos jardineros su simiente,
Idénticas las dos, una mañana:
Y el primero cosecha una manzana,
Y el otro, miserando... ¡una serpiente!

"Yo no sé qué pragmáticas malditas
Fulminan mis obras más amables,
Cual migración de bestias formidables
Sobre una floración de margaritas.

*

"Se desató el ciclón. Dios me desgaja,
Y el criterio de Dios no se interrumpe...
¡Si el volcán de sus cóleras irrumpe,
Arde su creación como una paja!

"Yo mismo, sin piedad, no me perdono
Ese luchar frenético de Olimpia;
Criminal es un bien que nada limpia,
Castigo es una cruz que no es un trono.

"Sin ley, ni hogar, ni patria, ni destino,
Como las hojarascas de la selva,
¡Dejaré de sufrir cuando me vuelva,
Polvo bien pisoteado en el camino!...

"Pero, no quiero yo, de ningún modo,
Que me perdonen teólogos ateos...
¡A quien se absuelve, al absolver los reos,
Es al sublime Artífice de Todo!

"Prefiero que los sabios, casi estetas,
Que llaman al dolor "idiosincrasias",
Pongan motes en griego a mis desgracias...
Para cobrar más caro sus recetas.

"El perdón es la mácula del cieno
Puesta sobre la clámide de un nombre,
¡Porque tengo amarguras, ya soy hombre,
Y porque soy un hombre, ya soy bueno!

"¡Hablen los impecados a porfía:
Desescamen la red de sus escamas...
¡Digan si saben al dejar sus camas,
Cuál será la belleza de aquel día!

"Cuando el hijo de Dios, el Inefable,
Perdonó desde el Gólgota al perverso...
¡Puso sobre la faz del Universo,
La más horrible injuria imaginable!

"Sepa por prima vez, el presidiario,
Y alce su frente mustia y lapidada:
El más vil... es un alma destinada
Como el propio Jesús, a su Calvario!

"Somos los anunciados, los previstos,
Si hay un Dios, si hay un Punto Omnisapiente;
Y antes de ser, ya son, en esa Mente,
Los Judas, los Pilatos y los Cristos!"

*

Dijo, y al ver que con cobarde espanto
Murmuraba la turba, gritó fiero:
"¿Dónde está el miserable que primero
Vino a rasgar mi pecho con su llanto?

"¿Dónde está, dónde rasca los residuos
De su mordiente lepra inveterada?...
¡Para lanzar a él, toda esta nada,
Y untarle mis consuelos más asiduos!

"¿Dónde está, donde gime, sin la sombra
De mi pecho de madre sin rencores?
¡Para tejerle un camarín de flores,
Y tenderme a sus pies como su alfombra!

"¿Dónde oculta sus pálpitos de lobo?
¿Dónde esgrime su trágica energía?
¡Para ponerme yo como vigía
Mientras urde su crimen y su robo!

"¿En qué frío pretorio, en qué portales
Tiembla bajo la toga de sus jueces?...
Para decir, para gritar mil veces:
¡El Juez y el Criminal son anormales!

*

"¿Quién habla de Deberes, de Derechos,
De arrojar los malos a una pira?...
¡Si ellos viven sus vidas, sin mentira;
Si no pueden dejar sus propios pechos!

"¿Qué sable justiciero es esa daga
Que sólo hiere frentes sin diadema?...
¿Por qué no abisma el sol, cuando nos quema?
¿Por qué no seca el mar, cuando nos traga?

"¿Por qué ha dejar el Universo
Vasto campo a la luz para que vibre,
Y el corazón de Adán no ha de ser libre,
Y el alma ha de rimarse como un verso?

"¿Qué ciencia miserable es esa ciencia
Que nada sabe más que el primer día?...
¿Qué remedia con ver una insanía
Donde antes vio pasión y no demencia?

*

"Ven a mí, rey enfermo, vil canalla,
Quiero que con tus lágrimas me mandes:
Yo soy como aquel grande entre los grandes
Que no dobló su frente en la batalla."

"Sombra y luz, piedra y alma, seso insano
Y ángel lleno de dudas y malicia:
Yo no sé de Razón ni de Justicia...
¡Sólo quiero saber que soy tu hermano!

"Chusma ruin, que tus dedos como sondas
Hurguen en las heridas de mi brega,
Y palparás al menos, si eres ciega,
Que las hechas por ti, son las más hondas.

*

"Ven a mí, monstruo amigo, no estoy muerto,
Como no muere nunca una gran lira:
Que otros vivan la ley, que es la mentira.
Yo vivo los impulsos, que es lo cierto.

"Aquí estoy, si me manchan tus minucias,
Tus terribles minucias, más me place:
El obrero mejor, el que más hace,
Tiene las manos más que todos, sucias.

"Y odie el feliz, que es bestia, ésta, mi fiebre;
Y me ultraje y repudie, y me dé coces...
¡Yo amo la libertad, como los dioses,
Y el feliz, como el asno, su pesebre!

"No me causa pavor, ni me difama,
Envolver con mi llanto tu persona:
No soy el Cristo-dios que te perdona...
¡Soy un Cristo mejor, soy el que te ama!

*

¡Pulpa sin gratitud, no sabrás nunca
Que yo luché con Dios que te moldea!..."
Y se quedó de pie, como una idea,
Que se va del cerebro y queda trunca.

Pedro Bonifacio Palacios, Almafuerte (San Justo, 1854- La Plata, 1917), Obras completas, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1993

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Foto: De la portada de Poesía completa, Almafuerte ISBN: 978-950-03-5415-8

viernes, septiembre 12, 2008

El perdón es la mácula de cieno

El misionero
Fragmento

XIII

“Pero no quiero yo, de ningún modo,
que me perdonen teólogos ateos…
¡A quien se absuelve, al absolver los reos,
es al sublime Artífice de Todo!
“Prefiero que los sabios, casi estetas,
que llaman al dolor “idiosincrasias”,
pongan motes en griego a mis desgracias…
para cobrar más caro sus recetas.
“El perdón es la mácula de cieno
puesta sobre la clámide de un nombre…
¡Porque tengo amarguras, ya soy hombre;
y porque soy un hombre, ya soy bueno!
“Hablen los impecados, a porfía;
desescamen la red de sus escamas…
¡Digan si saben, al dejar sus camas,
cuál será la belleza de aquel día!
“Cuando el hijo de Dios, el Inefable,
perdonó desde el Gólgota al perverso…
¡puso sobre la faz del Universo,
la más horrible injuria imaginable!
“Sepa por primera vez, el presidiario,
y alce su frente mustia y lapidada:
el más vil… es un alma destinada,
como el propio Jesús, a su Calvario!
“Somos los anunciados, los Previstos,
si hay un Dios, si hay un Punto Onmisapiente…
Antes de ser, ya son, en esa Mente,
los Judas, los Pilatos y los Cristos”.

Pedro Bonifacio Palacios, Almafuerte (San Justo, 1854- La Plata, 1917), Cien poesías rioplatenses. 1800-1950. Antología. Ordenación, prólogo y notas por Roy Bartholomew. Editorial Raigal, Buenos Aires, 1954

Imagen: sin datos

domingo, junio 15, 2008

Un heresiarca bonaerense

¡Molto piú avanti!

Los que vierten sus lágrimas amantes
Sobre las penas que no son sus penas;
Los que olvidan el son de sus cadenas,
Para limar las de los otros antes;

Los que van por el mundo delirantes,
Repartiendo su amor a manos llenas,
Caen, bajo el peso de sus obras buenas,
Sucios, enfermos, trágicos..., ¡sobrantes!

¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos!
¡Nunca sigas impulsos compasivos!
¡Ten los garfios del odio siempre activos,
Y los ojos del Juez siempre despiertos!...

¡Y al echarte en la caja de los muertos,
Menosprecia los llantos de los vivos!

Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios), San Justo, La Matanza, Argentina, 1854 - La Plata, Argentina, 1917, Poesías, Buenos Aires, Editorial Tor, 1942.

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Jorge Luis Borges escribió, en 1962, que desde treinta años antes lo visitaba una "teoría de Almafuerte"; la teoría queda esbozada ese año en el prólogo a Prosa y poesía de Almafuerte, Eudeba, Ediciones del Siglo y Medio; es una vindicación del poeta bonaerense basada en la idea de que su obra consiste en una apostasía, que se apoya en el convencimiento de que la felicidad no está en el plan de Dios, y aun que la infelicidad es deseable. Cita Borges a Almafuerte: "El estado perfecto del hombre es un estado de ansiedad, de anhelación, de tristeza infinita". La felicidad y la virtud merecen el desprecio: "Yo repudié al feliz, al potentado / al honesto, al armónico y al fuerte... / ¡porque pensé que les tocó la suerte / como a cualquier tahúr afortunado!". Almafuerte va más allá de eso, funda una moral herética que condena el perdón "por lo que hay en él de pedantería, de condescendencia altanera, de temerario Juicio Final ejercido por un hombre sobre otro". Y agrega Borges: "A principios de la era cristiana, en el Asia Menor o en Alejandría, [Almafuerte] hubiese sido un heresiarca ... El destino le deparó los suburbios de la provincia de Buenos Aires; lo redujo a los años 1854-1917; lo rodeó de tierra, de polvo, de ranchos de madera, de comités de compadritos ni siquiera iletrados". Borges observa en particular el poema "El misionero" y las "Evangélicas". Los "Sonetos medicinales", serie de la que forma parte el aquí publicado, sintetizan, a mi juicio, el repudio de Almafuerte al amor y la piedad como trampas diabólicas. Cada soneto está titulado con una exhortación irónica. Señalan éstas el avance hacia la purificación a través de valores considerados universalmente negativos. (N. del Ad.)