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martes, mayo 19, 2020

Alejandro Jorge / Hace falta otra mirada

















Me emborrachaba en el comedor
de la casa de mi abuela, mirando
los partidos de un Boca irregular
donde mi ídolo, Diego
Latorre, la rompía y no servía
para nada. Terminábamos los partidos
con la Tota Fabbri, nuestro central,
jugando de 9, sufriendo desesperadamente
por lograr un gol. Me emborrachaba
tomando botellas de un litro de cerveza
Quilmes, yo tenía 15 años, o 16, no puedo
acordarme, las compraba en el almacén
de la otra cuadra, el hijito del almacenero
venía a lo de mi abuela, tendría 7, 8 años,
no puedo darme cuenta. El nene, seguramente
inducido por el padre, decía que Maradona
no era bueno, que era drogadicto, yo le decía:
“nene, Maradona es lo más grande que hay,
LO MÁS GRANDE QUE HAY”, mi abuela
me decía, “no le digas así al nene, por favor”.
Me emborrachaba, mirando fútbol,
y le gritaba al televisor, excitado,
mi bisabuela me decía, “nene, no le grites
al televisor, que no sirve de nada”, y yo
me entusiasmaba, con los partidos que el Vélez
de Bianchi le hacía a River, porque nosotros
no figurábamos en ningún lado. Me entusiasmaba
con la idea y la presencia de un equipo
que pudiera derrotarlos, humillarlos,
hacerles un gol desde la mitad de la cancha.
Me entusiasmaba, sin saber que luego Bianchi
nos daría el triunfo, la gloria, y mucho más.

El Lunes, al otro día del partido, fui a la librería
a buscar una caja y me quedé, conversando con Roberto,
hincha de Racing como mi abuela, y antiBoca,
y al rato llegó Nico, con Galel, seguían festejando la victoria
desde el día anterior, sin dormir,
triunfadores, satisfechos. Nico me decía,
“estoy un poco triste, por vos, por Iuso, por Kacero,
y por alguien más que no recuerdo, otro hincha de Boca,
pero también muy feliz, porque ese hijo de puta
está triste, porque lo único que le importa
es el fútbol, no le importa el país”.

Desde el partido llovió un día sí
y un día no, durante dos semanas,
pero ese día, el Domingo,
al terminar el partido, el cielo
estaba partido al medio, una mitad
era amarilla, dorada, con el sol reflejando
en todo el cielo, como una moneda.
La otra mitad, gris plomo, casi negra,
y llovía, llovía sin parar, hasta que en la mitad
oscura surgieron, uno arriba del otro, dos
arcoiris, y la otra mitad del amarillo pasó al rosa,
del rosa al naranja, al celeste, al azul.
Pude verlo todo, porque mi novia vive
en un piso 10, frente a la autopista.
En el departamento de enfrente, la bandera
de Boca se rajó a la mitad, y no es una imagen,
fue la verdad, se abrió al medio, era como la ropa
de Superman el día que le tocó morir.
Una semana antes del partido en Madrid,
unos días después del partido en la Boca, soñé
que me sentaba con el Tano Angelici
que estaba con un saco azul y me decía: “perdimos”,
pero al rato me enteraba que había perdido las elecciones,
el partido todavía se tenía que jugar, detrás
de él estaba Elisa Carrió, que también era Madonna a la vez,
y al rato subía yo a una especie de tarima donde en otra
tarima frente a mí, lo tenía al muñeco Gallardo con un saco
negro, y yo le daba la mano, felicitándolo por la victoria.
Eso lo soñé, y también soñé que ganábamos 3-2
y yo me entusiasmaba, pensaba en mis amigos
Anti-Guillermo, y me decía “¿y ahora, qué van a decir ahora?”
Yo me entusiasmaba, pero sabía que faltaba un partido más.
Un tiempo más, fue lo que nos faltó, uno más, un gol, un cambio,
un mediocampista, uno más. No lo pudimos aguantar, lo dieron
vuelta, y los hinchas de Boca estamos dolidos no
porque perdimos contra Gallardo, maestro de la plasticidad
y la sorpresa, esencias del arte y el fútbol, que
es el arte de la guerra. Gallardo, que en su época de jugador
expresó la impotencia de su equipo de la forma más vil y cobarde,
arañando a nuestro arquero por la espalda,
y ahora de técnico manda a sus jugadores
a pegar, lesionar y sacar ventajas como sea
con tal de ganar. No, lo que nos duele
es perder contra D'Onofrio,
que en cada entrevista repite la misma falsedad:
“Nosotros ganamos porque tenemos valores,
yo tengo palabra.” La palabra,
hecha carne en el fútbol,
el lugar donde nadie era inocente,
expropiado por un difamador.

Nico viene hasta la compu,
donde estoy sentado y me dice
“escuchá este audio por favor, que no puedo
escucharlo, no le entiendo nada. No es así, `es tomá
Puto. Te rompimos el orto´.” Y me pasa
el celular y escucho
a un típico-hincha-de-River-amargo extasiado
por la victoria, extasiado por haber podido derrotar
al tipo que en la cancha les había enfermado
la vida: “Qué placer, dice, qué placer. Se cayó el mito.
Qué placer la impotencia de los mellizos. Qué placer.” Se relame, goza
suavemente, dice: “escucho al Muñeco, siento que es Brian Eno,
un ideólogo, un superador, qué placer, dice,
derrumbamos al mito, qué placer”.
La intelectualidad del Muñeco, prepotente y sobrador,
al cual todo le parece poco y en su época de jugador
estudiaba hasta la lengua del país
al cual podrían llegar a venderlo,
y habla entonces cuatro idiomas.

El Tano arregló por seis palos, y yo hice de todo,
promesas, congelamiento, imploración.
Nico sale a la vereda, habla por teléfono,
“estoy festejando”, dice, discute, Galel
se come dos empanadas semidormido,
con los ojos entrecerrados, piensa,
“hace 36 horas que no comía”, dice, y se recuesta
definitivo en el sillón, con una sonrisa, su short, y una cadena
colgando sobre el pecho. Hoy dormí
una siesta y volví a soñar con Gallardo, lo saludaba,
le daba la mano y le decía: “soy de Boca,
pero la tenés muy clara”, y él sonreía
y miraba para arriba, casi al horizonte, y me decía
“siempre se puede aprender, mejorar, seguir aprendiendo.”
Por la radio D’Onofrio no para de hablar, y en su pose
todo se aleja, todo se confunde. Boca ya tiene un nuevo dt,
y todo se recicla, pero esta época
es casi imposible que no sea de River.
Cuando me voy de la librería los muchachos discuten
sobre el poder, el Peronismo y las posibilidades
de que las cosas cambien alguna vez.
“Macri y Cristina, Macri y Cristina, esa va a ser
la final del mundo”, dicen, mientras yo agarro mi caja
de libros y me voy.

Alejandro Jorge (Lobos, Argentina, 1981), Hace falta otra mirada, Spiral Jetty, Buenos Aires, 2019

Otra Iglesia Es Imposible - Spiral JettyLas afinidades electivas. las elecciones afectivas - La Palabra de Lobos - Clarín - La Nación - Infobae

Foto: Alejandro Jorge/Facebook

miércoles, julio 24, 2013

Poemas elegidos, 78


Alejandro Jorge
(Lobos, 1981)

Balada para un funeral, de W. H. Auden
Conocí este poema de Auden en el 2005, en el taller de Cecilia Pavón, y no puedo separarlo de esa experiencia. No sólo este poema sino varios de los textos que ahí leímos y las personas que nos encontramos hicieron que mi escritura y mi vida sean distintas para siempre, mejores.
Lo que me cautivó de este poema fue la forma elegida para expresar esa que es la mayor desazón que puede sentir una persona: el alejamiento del ser amado. Me atraían la osadía, la libertad y lo sagrado. La osadía, de rechazar al mundo y las cosas más bellas que puede ofrecernos, a causa del vacío que nos provoca la desaparición de ese sentido que el amor le da a nuestras vidas; la postulación de ese amor como fin último de las cosas, sin el cual nada merece vivirse ya que lo colmaba todo. La libertad que el poeta se otorga para poder desmantelar el mundo, como una escenografía que está a su alcance y puede manipular a su antojo, tal como si todo se tratara de lo que es, simples construcciones. Y lo sagrado, expresado en un funeral, uno de los pocos rituales que aún conservamos, y que permiten darle a la vida marcas que puedan conformarla, aunque siempre así, en consonancia con aquello que se nos escapa.


Balada para un funeral *

Detengan todos los relojes, desconectá el teléfono.
Dale un buen hueso al perro para que no ladre.
Silencien los pianos y al sonido sordo de ese tamborileo
Saquen el féretro, dejen entrar a los deudos.

Que los aviones den vueltas arriba y se lamenten
Garabateando en el cielo el mensaje Él ha Muerto,
Pongan cintas negras en los cuellos blancos de las palomas,
Dejen que el policía de tránsito use guantes de lana negros.

Él era mi Norte, mi Sur, mi Este y Oeste,
Mi semana de trabajo y mi domingo para descansar
Mi tarde, mi medianoche, mi charla, mi canción,
Yo creí que el amor duraba para siempre, me equivoqué.

Ya no deseo las estrellas; apáguenlas todas,
Empaquen la luna y desmantelen el sol.
Vacíen los océanos y acaben con los bosques;
Porque desde ahora nada puede llegar a buen puerto.


* Versión libérrima: Valeria Meiller

W. H. Auden (York, 1907-Viena, 1973)
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Foto: Alejandro Jorge en FB

viernes, mayo 27, 2011

Alejandro Jorge / A veces me pregunto...




A veces me pregunto...

a veces me pregunto
cómo sería el mundo
si el hombre desapareciera
de repente, y pienso,
en filmaciones de distintas
partes del mundo como
interminables tiempos muertos.
sin tiempo, no serían esos
donde la cámara se queda
filmando más de 1 minuto
la pierna de una mujer
mientras toma café
en un bar del centro de Roma,
o una fuente de agua
en blanco y negro
siempre fluyente
en apariencia,
no, así sería
como filmar un pozo,
o quedarte con la imagen
de la lluvia esa
de ausencia de programación.
así sería como grabar
un video sin input
una cinta gris, sin sonido
ni imagen.
pero yo siempre pienso
en las armas de guerra
y en una nave espacial,
apostada al lado de un lago
con un pájaro picando
el metal de su superficie.

Alejandro Jorge (Lobos, Argentina, 1981), Especificaciones, Editorial Triana, 2010

Foto: s/d