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domingo, diciembre 06, 2009

Generación del 50 / de "Antología interna"


Cibernética

Pero tampoco es eso
es que estoy aqui
echado a la vera del universo
en este rincón tranquilo de la Vía Láctea
casi en su zona exterior

sobre este oscuro corpúsculo que llaman la Tierra
cerca de un sol que devora su hidrógeno
que ha girado diez veces alrededor de la Galaxia
y que arderá todavía otros mil años
y diez mil años más
y cincuenta mil
y un millón
y otras diez mil veces un millón
y después ya no más.

Y arderán los mares mientras tanto
y arderá la tierra
y los hombres refugiados en Plutón harán un nuevo sol con Júpiter
y todo empezará de nuevo.

(porque el universo entero en expansión es sólo una pequeña estrella fría
de la constelación del Tensor
una entre un billón de constelaciones que forman el Segundo Universo)


El destino y sus criaturas

Cada mañana el destino abre un ojo
apoya un codo
bosteza, se rasca el ombligo
piensa en nosotros:
¿qué le mando hoy a este randolfo
a aquel miguele?
el dedo del destino
se introduce en la oreja
gira rápidamente
de izquierda a derecha
sensación placentera beneficia los nervios
del destino
el destino se siente a su vez benefactor, amable
deja caer una benevolencia para randolfo
una concesión que baja volando por el aire
como baja una pluma
como baja una hoja
desde lo alto de un árbol
de una manera casual
arbitraria y rectilínea
cae la benevolencia hacia el alma de randolfo
pero viene un viento
viento astuto
la benevolencia es arrastrada
hacia otros destinos
qué le vamos a hacer
randolfo queda fuera del itinerario
por azar como sucede siempre.
En cambio sobre miguele
el destino opera eficazmente
le pone una cuchara
de plata en la boca
se ocupa de él con ánimo empresario
lo llama por teléfono, le dice:
tengo tu dossier en mi escritorio
estás fichado
todo concedido, todo bien
el destino pasará a buscarme en su automóvil
me llevará personalmente
me dará su tarjeta
así vale la pena
él resuelve por mí, yo descanso
vida radiante

Edgar Bayley, Miguel Brascó, César Fernández Moreno, Noé Jitrik, Ramiro de Casasbellas, Francisco Urondo, Alberto Vanasco, Antología interna- 1950-1965, Ediciones Zona, Buenos Aires, 1965 *

* La ordenación de esta antología estuvo a cargo de César Fernández Moreno, Noé Jitrik y Francisco Urondo. En la introducción, los compiladores señalan que los poemas fueron agrupados según un criterio temático, "como si esta antología no lo fuera, como si, por el contrario, fuera el libro de un solo poeta, hasta como si fuera un poema solo". En los hechos, sólo el índice revela quién es el autor de cada poema. Los dos aquí publicados inician el último capítulo,"El mundo", y sus autores son Alberto Vanasco (Buenos Aires, 1925-1993) y Miguel Brascó (Sastre, Santa Fe, 1926).

Foto: Av. Roque Saenz Peña, Buenos Aires, 1936; Horacio Coppola

sábado, marzo 14, 2009

Las únicas virtudes


A mi hijo

Las únicas virtudes de tu padre son
algunas pocas cosas que nunca hizo.

Las únicas culpas: otras muchas que dejó de hacer.

En el terreno de lo hecho sólo unas cuantas sombras
varillas confusas
pasiones como nada.

Y en el tiempo
sólo tu sonrisa que arde
sólo un gran amor que se arraigó
sólo algún poema que respira.

Esto en cuanto a mí.

Y para tus años
la cal viva de la alegría
el préstamo lustroso del porvenir
la estridencia de las cosas
el calor y el temblor de los hombres
y la luz con que nosotros soñamos.

Hay en el contorno del mundo
una lámina de fuego que todo hombre puede pisar.

Hay en el agua de todos los mares una gota de sombra
que todo hombre puede beber.

Hay en el espacio una campanada perdida
que todo hombre se sienta a escuchar.

Por esa lámina
con esa gota
en esa campanada se vive.

Alberto Vanasco (Buenos Aires, 1925-1993) Juan Carlos Martini Real, Los mejores poemas de la poesía argentina, Corregidor, Buenos Aires, 1974

Ilustración: Juan Doffo, Arquitectura del infinito, 2001. Toma directa  Mechita on line

De Vanasco en este blog: Muerte de la poesía

miércoles, septiembre 17, 2008

Alberto Vanasco / Muerte de la poesía
















                                                                     A Enrique Molina

Oigo caer la lluvia
y es sólo el agua que se precipita en la luz vacía del amanecer.

Toco la claridad del día que nace
y es sólo la mañana y aquello que la mañana aún no ha vencido.

Miro tu piel, tus manos
y hallo sólo la soledad más cruda de la tierra.

Huelo el aire difuso del otoño
y es sólo la opresión, el peso de una atmósfera gastada.

Palpo los objetos, las ropas, los vidrios transpirados
y es nada más que la fatiga de la materia, la desolación del tiempo.

Todo todo ha sido arrasado para siempre
por la ciega porfía de este diluvio irreparable.

Alberto Vanasco (Buenos Aires, 1925-1993), de Canto rodado, 1970. Daniel Freidemberg, La poesía de los cincuenta, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1981

Foto: Infobae

Actualizado jul. 2020