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jueves, marzo 14, 2024

Miguel Gaya / De "Colección Robin Hood"



[Colmillo Blanco]

Tal pareciera que
la pelambre del perro
procura
abrigo al rigor
de la intemperie
Así
todo lo que va por dentro
de la persona
es protegido
por grueso
cuero
colmillo blanco
Porque 
cuál corazón late 
en la intemperie?

Y de este modo
temeroso
preservamos 
la sangre / solitaria
para nuestra eterna condenación


[El Príncipe Valiente]

Ella usaba el pelo 
como el Príncipe Valiente
y modales impropios
de familia real
Combatimos mucho
en batallas privadas
y nunca hubo acuerdo
sobre la victoria
Sin tiempo para sagas
ni conciencia de gestos
que pudieran cantarse
no dejamos tras nuestro
más que
toscos mensajes
señales urgentes
que no fueron leyenda
"La cerveza en la heladera
Ya no hay comida
Besos"


[Facundo]

Los refucilos le traen
algún problema
Hombre meticuloso
el rastreador requiere
luz eterna
Su fama se alimenta de restos
residuos de una vida
efímera
que él, incansable,
clasifica, poda, inmoviliza
para que el caos tenga
algún sentido

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina, 1953), Colección Robin Hood, Editorial Acme, Buenos Aires, 1994

Poemas de Miguel Gaya en Otra Iglesia Es Imposible

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domingo, noviembre 12, 2023

Miguel Gaya / Cuando lavas la ropa...




Cuando lavas la ropa, cuando la tiendes al sol
y tus manos van explorando la humedad de las prendas,
tentando los pliegues para alisarlos y presentarlos al mundo,
se inaugura una religión, un modo silencioso de unir 
lo que da vueltas por la casa
en la mañana. 
Los pasos que das, las idas y vueltas, 
dejan huellas en el tiempo más que en el camino
indiferente a todo lo que hacen los hombres, 
te encoges de hombros ante la lluvia o el sol,
y cumples lo que entiendes debes cumplir
para respirar desahogado por las noches
con la noción de haber hecho algo
aunque todo lo hecho se haya perdido
en el camino. 

[inédito]

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina, 1953)


miércoles, julio 20, 2022

Miguel Gaya / Revolución Libertadora



Cuando tenía nueve años
conocí Chapadmalal
Era a fines de marzo
y la tormenta terminaba con la tarde
No me dejaron sacar mi salida de baño
hecha de toalla naranja
ni acercarme al agua
El viento llenó de arena el sándwich
de dulce de batata
Resultó incomible
Mi padre con su traje blanco
en medio de los hoteles abandonados
puso los brazos en las caderas y dijo:
“Antes todo esto estaba lleno
de mujeres gordas y cáscaras de naranja
Ahora sirve para descanso de nuestros jubilados”.
Después nos subimos al gran coche negro
Y nos fuimos
Por la ventanilla vi
algunas sombras en las galerías
Doblegados fantasmas
El viento aplastaba secos pastos crecidos
y empezaban a caer las primeras
grandes gotas de un invierno lluvioso

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina, 1953), La vida secreta de los escarabajos de la playa, Ediciones de la Claraboya, Buenos Aires, 1982

sábado, abril 09, 2022

Miguel Gaya / De "Tríptico de la memoria"



Caminamos a la orilla de nuestra mente, un lugar al que llegan pensamientos rotos,
y dejan en la arena restos de algo enorme, ya perdido, y unos caracoles como orejas, 
y algas entre muertas y vivas, enroscadas en los hoyos de la playa. La mente se ha ausentado

hace tiempo, y nadie tiene noticias de ella. Nadie sabe muy bien adónde se ha ido,
si ha logrado olvidarnos esta vez, o si puede volver, luminosa y altiva.
Caminamos por campos neblinosos, repletos de charcos y ahí está la mente, ahí respira.

No la vemos, no la escuchamos, por más que un susurro monocorde, autómata, nos sobrecoge
mientras caminamos, quizás en círculos, quizás alejándonos de ella, de su centro.
Hay algo más allá de cuanto miramos, algo que se eleva y se desploma, y que nos habla. 

(...)

A veces las palabras se separan, y lo que se cuela entre ellas es el vacío.
Y el vacío muerde las palabras y ya dejan de nombrar y de cantar.
Si confundimos las palabras con aquello que nombran, ya dejan de nombrar

y se quejan de mudez. Mudos quedamos. Los ritmos de lo que decimos
hacen a lo que nombramos.  Si miramos los giros de las palabras en el viento,
donde viven, las cosas se ordenan mejor en este mundo.

¿Cómo saber si lo que hablamos nombra? ¡Ah, mis amigos, miren el viento!
Miren el viento que lleva y trae las palabras y deja las cosas desnudas,
pero fuera del mundo, en un mundo hecho para quienes hablamos. 

(...)

Las gaviotas chillan en la niebla inesperada, en el frío, en las dunas,
y ese sonido es como el anuncio de un tiempo que se apresura en acabar,
cuando hubiera preferido que siguiera contigo, aún en la tormenta

en la que se precipita la mañana. Apuras el paso, apretando contra el pecho
la ropa clara, y tu pelo vuela como un remolino. Así recuerdo
tu paso por mi vida, así te espero para que en ella vivas.

En la noche soy avaro con los recuerdos. Los traigo y los entretengo conmigo
hasta no saber qué fue de ellos, cómo fueron antes de venir a mi encuentro,
y consolarme de su palidez, del modo en que el viento de la noche los deshace. 

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina, 1953)

Tríptico de la memoria
,
Ediciones en Danza,
Buenos Aires, 2022







jueves, marzo 18, 2021

Miguel Gaya / Himnos de la batalla vencida




I

Empujando la carreta donde van los heridos
alejándose del campo de batalla, de la historia
y de todo recuerdo
el médico con su guardapolvos embarrado
bufa y grita y golpea los caballos y los ayudantes
y algún herido que ha bajado del carromato a ayudar
porque ama los hombres
que lleva de cualquier modo, algunos moribundos, otros
quejándose a gritos o llorando quedo,
y los lleva como si sobre sus hombros los llevara
porque le han encargado que los salve
a él, que nunca hizo nada, ni les dijo ni les pidió ni les mandó
que fueran allá, donde la batalla arrecia
y los muertos se apilan, y se apilan los heridos
en espera del médico 
que debe sacarlos de allí
 a toda prisa
para salvar acaso uno, o dos, cualquiera,
cuando haya tiempo
de mirarlos. 

II

Cuando vamos por los pastos, cuando
vamos por los pastos y llevamos el ganado
a encerrar
lejos y la tarde,
y la tarde es cálida y olorosa, nuestros pasos
son blandos y largos y seguros
en la tierra negra
abonada por los hombres
enterrados malamente
por aquí y por allá 
en túmulos que los años han ido borrando
y si nuestros padres no sembraron
y si nuestros abuelos evitaron el paso
nosotros no, los hollamos
con alegría
al terminar la jornada y llevar el ganado
sobre los muertos
sobre los muertos
en la tierra. 
Así ha sido siempre, ¿no?

III

Los cocineros se cruzan de brazos y miran,
miran los humos 
que se elevan lejos, el humo de la fusilería
y los obuses y de las granjas quemadas
y las cosas rotas,
y los cocineros no hacen nada más 
que cruzarse de brazos y mirar
y a veces calcular
si habrá que hacer comida mañana
y cuánta, 
ellos no corren hacia las balas, 
hacia los fusiles, ellos preparan 
los guisos y las sopas
y a veces, es cierto, han sido sorprendidos
por las balas, o se han defendido
con bayonetas o sartenes negras,
pero las más de las veces juiciosamente
huyen por sus vidas y eluden 
la metralla 
para estar joviales
unos días después 
con el cucharón
y siendo generosos con el soldado bisoño
que come con hambre verdadera
y avaros con el otro, el que los mira con rencor
y se queja de todo
cuando debiera ser agradecido
por el guiso grasiento
y el nuevo día. 


IV

Cuando volvemos a casa,
porque siempre ha habido
quien ha podido volver, y ahora
nos toca eso, 
como nos tocó ayer otra cosa, 
queremos, ilusos a más no poder,
los que no guardamos ilusión alguna,
queremos que nuestras esposas sean
las que salieron a saludar cuando nos fuimos,
que es decir
nosotros queremos ser los que nos fuimos, 
pero no, 
volvimos, 
y eso somos y seremos
para ellas, pobres 
de ellas, pobres
de nosotros. 

V

Todos tenemos sueños, todos
soñamos
con los ojos abiertos
mientras marchamos de aquí para allá
y marchamos sin ver
más que aquello que soñamos,
lavarnos los pies, beber
agua fresca, entrar en una mujer
y en una aldea y buscar 
en una casa rota
las monedas que esconden o aferran
en las manos muertas,
o hacer una familia
con la hija de un granjero, aquella
gorda y jovial, o la otra que corría
las rodillas desnudas y ágil en la nieve, 
todos soñamos y hacia la noche,
cuando muchos parecen dormir y otros 
tienen los ojos abiertos y vaciados
nuestros sueños 
se evaporan como el aliento que tuvimos
y se pierden arriba
y le dan forma al mundo.

[inédito]

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina, 1953)


Foto: Miguel Gaya, costa de Normandía, 2019. Gentileza del autor

jueves, diciembre 03, 2020

Miguel Gaya / No es verdad que habitemos a merced del tiempo
















No es verdad que habitemos a merced del tiempo.
El tiempo no existe. 
Nadie lo ha visto, nadie lo huele, nadie lo toca.
Cuando estamos reunidos, o caminamos a solas, o nos quedamos
mirando el vacío, el tiempo no está entre nosotros. 
Repetidas veces he dado vuelta la cabeza
y nunca lo he sorprendido, y cuando estiro el cuello para ver el mañana
el tiempo no se encuentra más adelante.
Ahora en la habitación que continúa a oscuras
preveo las rayas de luz, diminutas, que irán transitando en la pared
según avance el día.
Y más tarde ya no estaré allí. 

[inédito]

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina, 1953)



lunes, octubre 14, 2019

Miguel Gaya / Sobre los equívocos que provoca Virginia Woolf















Un cuarto propio, una voz reconocible,
el cielo por asalto, ¡cuánta pedantería!
Caminamos por un sendero estrecho,
nuestra mente es estrecha, y la tumba a la que bajaremos
será estrecha.
Y poco tiempo nos recordarán, en un rincón estrecho
de una mente ajena, ocupada febrilmente
en otros menesteres.

Pero a la noche nos volvemos a empeñar
en palabras que son aire, en música leve
y sentidos oscuros.
solo para ver crecer
algo diferente y tenue
con una suave gracia.

Solo nosotros sabemos tantear
la inmensidad,
y aun asi apoyamos
nuestra crédula cabeza
en su regazo.

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina, 1953), Cabeza de artista, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2016

martes, julio 17, 2018

Miguel Gaya / Una excursión a los indios ranqueles















Para que engorde el caldo
le ponemos
cosas innombrables
Para que tenga sustancia
                Y después negamos
“Tiene choclo nomás
Alguna tripa gorda …”


Tierra de ranqueles es esta
De cristianos dudosos
Más que de mentiras
nos alimentamos de ocultamientos
Todos comimos
Carne de yegua
gusanos de la tierra

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina, 1953)

Colección Robin Hood,
segunda edición,
En Danza,
Buenos Aires, 2018










lunes, junio 18, 2018

Miguel Gaya / No estuve atento...

















No estuve atento, no estuve alerta. ¿Cómo
podría haberlo estado? Pasaban
campos, pasaban vacas, girasoles.
O tal vez mejor diría
pasaba yo, o rodaba por los campos
entre las vacas y los girasoles.
Pero eso no era cierto.
No rodaba, no, no desafiaba
el viento, o la imaginación, de atravesar
esas cosas entrevistas.
En verdad iba atado a un asiento
a una velocidad
inverosímil. ¿cómo, digo, podría haber prestado atención
a lo que huía si yo huía más rápido que todo
lo que veía?
Campos, vacas, girasoles,
¡qué paisaje
trivial
deshecho por el viento!
Nada queda de él, de él nada extraje,
y el lugar al que llegué
y el lugar de donde vine
tampoco tienen ya
importancia alguna
si no pude ver
de qué estaba hecho
el viaje en el que estuve.

[inédito]

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina, 1953)

domingo, agosto 06, 2017

Miguel Gaya / Con los brazos cruzados















Con los brazos cruzados, de pie en los cañaverales,
contemplamos la ciudad que se hunde en su polvo dorado.
Cada año Medea
en los televisores de todos los palazzos
afirma que las madres son las dueñas de sus hijos.
Lo afirma con sus dientes blancos
de desgarrar la ropa.
Y cada año la ciudad se hunde de a centímetros
en su podredumbre de oro.

Cada mañana al despuntar el día
la ciudad se construye
para que hablemos de ella como si estuviera ausente.
Cada año nos vamos al despuntar el día
alejándonos a remo y sin mirar detrás nuestro.

Ahora de pie y con los brazos cruzados entre el barro y las cañas
recordamos con amor y con ira
a Desdémona inocente.
Pensamos en volver a la ciudad,
pensamos en sus calles
adonde nos dedicaremos
a la destrucción y el pillaje.

Cada año nos perdemos de encontrarla
a la vista
de todos.

[inédito]

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina, 1953)

---
Foto: Miguel Gaya en FB

miércoles, noviembre 23, 2016

La lira argentina, ¿cómo suena?, 7


Miguel Gaya

Imposible delimitar el campo y criterios para evaluar la producción poética. Es difícil una foto con tanta gente entrando y saliendo de cuadro. Además, el fácil acceso a otras tradiciones y producciones genera influencias y ecos impensables ayer. Si siempre resultó difícil hablar de tradiciones en países con pocas generaciones por historia, hoy resulta naïf. Pero es posible que al leer desde lejos a varios poetas argentinos, nacidos de mediados de siglo XX en adelante, encontremos cierto aire común. Tal vez, economía de lenguaje, escasa lírica, mesura sentimental, indagación por el sentido.







Miguel Gaya (Ayacucho, Buenos Aires, 1953). Abogado. Escritor. Ha publicado libros de poemas y tres novelas. Sus más recientes libros de poemas son El alma y otros lugares (En Danza, Buenos Aires, 2012) y Cabeza de artista (En Danza, 2016). En 2016 publicó también la novela Resurrección de un comisario (Nuevo Extremo, Buenos Aires).
Integra el PEN Club de Argentina.

lunes, mayo 30, 2016

Miguel Gaya / De "Cabeza de artista"
















Hemos vaciado Constantinopla.
Hemos asesinado a sus hombres
Lapidado a sus sacerdotes
Arrojado a sus hijos
Por las murallas

Hemos derribado sus ídolos
Destruido sus palacios
Hecho añicos sus lámparas
Devorado sus manjares

Hemos errado en sus calles
En sus lechos de piedra aguardamos el sueño
En sus fuentes cegadas convocamos la sed.

Ahora frente a sus dioses
Nos echamos de bruces
Repetimos los gestos
De los oficiantes muertos.

La ciudad nos vacía.

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina,1953)


Cabeza de artista,
Ediciones en Danza,
Buenos Aires, 2016








martes, octubre 14, 2014

Miguel Gaya / Hemos olvidado algo en algún lugar de la casa...













Hemos olvidado algo en algún lugar de la casa
Algo que es nuestro. Lo compramos
o lo llevamos con nosotros
como una posesión.
Ya no lo tenemos.
No lo recordamos tampoco
ni lo echamos en falta ni sabemos siquiera
que lo hemos olvidado.
Pero ahí está.
En un lugar del mundo
que es nuestro. Nuestra casa.

Pero no sabemos que está en nuestra casa.
No sabemos nada de él, ni siquiera que haya existido una vez
y que fue, y es, nuestro.

Esto no es cierto.
No es cierto que no sepamos nada de él.
Si por azar nos lo cruzáramos, lo reconoceríamos,
y sabríamos su peso, su tacto, y cómo nos acompañó.

Pero no recordamos nada de él, cómo llegó a nuestras manos, cómo se fue.

Además nadie lo ve.
No está oculto adrede, no está perdido. Pero ignoramos todos
el lugar donde está.

No lo buscamos, no lo queremos, no está presente para nadie
pero ahí está.
En la casa nuestra.

Es más que probable que no lo veamos jamás
y que un día nos muramos
sin verlo.

Entonces alguien,
tal vez,
alguien que vacía a conciencia y con tristeza
nuestra casa
tropezará con él,
lo sostendrá en su mano
y nosotros nos haremos presente allí
junto a un objeto
que hemos olvidado para siempre.

[inédito]

Miguel Gaya (Ayacucho,  Argentina, 1953)

jueves, junio 20, 2013

Poemas elegidos, 37


Miguel Gaya
(Ayacucho, 1953)

Una breve historia del pensamiento judaico en el siglo veinte, de Linda Pastan
Elijo este poema, de una poeta de la que conozco sólo este, de una tradición que desconozco y escrito en una lengua que ignoro. No me preocupa saber más de ella, ni de su producción, su entorno o historia. Me basta haberme topado con el poema, y que me haya iluminado esta tarde, casi por gracia del azar.
No sé decir cuál poema me ha transformado, o conmocionado, o hablado como si sólo a mí me hablara, o como si hablara por todos y para la eternidad. Pero elijo cualquiera, sin elegir uno en reemplazo de otro, sin adelantar uno sobre el resto, y sin recordar tampoco uno por sobre los otros. Posiblemente los olvide a todos, y si no los olvido, ¿cuál es la diferencia, cuánto vale mi memoria?
Hay poetas y poemas que me han marcado, enseñado, o señalado algo a lo largo de mi vida. Y hay muchos de ellos a los que he podido volver, sin entender ni  sentir aquello que provocaron, o que iluminan con una nueva lectura algo que me pasó desapercibido, y que hoy le otorgan un espesor y belleza inusitados. ¿Por qué recordarlos de una solo forma entonces?
Ya no retengo nombres, ni obras, ni literaturas. No quiero más que aquello que recibo. Navego sin rumbo pero de buen talante en el país de la poesía,  porque es allí donde quiero estar. Y soy agradecido por el don que me prodigan los poetas.
Ellos me han acostumbrado a la belleza, y en verdad espero me preparen también para el olvido.


Una breve historia del pensamiento judaico en el siglo veinte

Los rabinos escribieron:
aun cuando está prohibido
tocar a una persona moribunda,
sin embargo, si la casa
se incendia
debe ser sacado
de la casa.

¡Bárbaro!
digo,
¿y a quién podría tocar yo entonces,
no somos todos
moribundos?

Sonríes
con tu vieja sonrisa negociadora
y preguntas:
pero ¿no están todas nuestras casas
quemándose?

Linda Pastan (Nueva York, 1932)
Versión de Jonio González

Foto: Miguel Gaya en Rosa Molesta

lunes, julio 02, 2012

Miguel Gaya / De "El alma y otros lugares"


Los epígrafes de Melville

Herman Melville afanosamente transcribió
cuarenta epígrafes para la primera versión de su novela.
Desde el Génesis
hasta canciones ingenuas y apasionadas
de los marineros de Nantucket,
pasando por enciclopedias y obras menudas,
con el fin de justificar la ambición
de hacer brotar perfecto
en el cerebro de cada lector
que en el mundo ha sido
                       o será
el fantasma resoplante
de la ballena blanca.

Conjuro el mal que esa desmesura
pudo haber provocado
para que ella
se adelante
del fondo
del sueño de los hombres
y dance ante la historia
ingrávida y nueva
mortal y eterna
plena de lenguaje.

Así a nosotros nos sea dado
crear en la elusiva memoria
de algún desconocido
un residuo amable
de nuestra voz pasajera.

Miguel Gaya (Ayacucho, 1953), El alma y otros lugares, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2012

---
Ilustración: Concetto spaziale, 1965, Lucio Fontana

viernes, octubre 28, 2011

Miguel Gaya / Algunas preguntas...




Algunas preguntas contemplando el último
retrato registrado de Raúl González Tuñón

Treinta días después de esa foto
                                        estaba
muerto.
pero, ¿cómo es que se mueren los poetas?

Los poetas jóvenes posaron con él
                                                 en
otra foto.
pero, ¿qué juventud tiene ese hombre ahí entre ellos?

Lo que miro en su retrato
                                 ya
está muerto.
pero, ¿qué hace que en esos ojos yo esté vivo?

Treinta días después de esa foto que ahora miro en la
portada                                           
            ya
está muerto
pero, ¿cuánto tiempo más que su vida los poetas están vivos?

Abro la puerta de su libro.
Abro esa puerta.                                      

[inédito]

Miguel Gaya (Buenos Aires, 1953)

---
Foto: Tuñón en su casa, un mes antes de su muerte en 1974. Archivo de la familia Tuñón. Revista Ñ de Buenos Aires

sábado, febrero 19, 2011

Miguel Gaya a merced de la mafia rusa



Traduttore traditore

por Miguel Gaya


No soy el mejor en mi oficio, eso está claro. Tampoco el más requerido. Que sonara el teléfono y que fuera por un trabajo me desbocó el corazón. Señal que debería haber atendido, en vez de colgarme de la pastosa voz y de su acento raro. Para cuando pude descifrarlo, la conversación había terminado. “La mafia rusa” me dije, maravillado.
Como no podía ser de otro modo, la cita fue en la calle Moscú, incongruentemente, esquina Altolaguirre; pero, ¿cuántas otras calles corta Moscú? Pocas, muy pocas en el barrio demente de Parque Chas. Mientras esperaba impaciente, pensé en el esfuerzo del viejo Luchi para transformar esos parajes mezquinos en algo mitológico.
Pero yo no me había movido mucho de los tópicos después de todo. Para causar buena impresión me había puesto un impermeable con las solapas levantadas. Fue una suerte, porque era una noche de perros. Bochornosa, pero de una llovizna persistente.
Los faros sobre el empedrado anunciaron el único auto que enderezó por esa callejuela. Para mi consternación, no era un Volvo negro, sino un Lada desvencijado, de esos que para mayor escarnio imitaban un Fiat. Acá hay coherencia, creo que pensé. El gordo que manejaba se estiró para abrirme la puerta de atrás, que volvió a cerrar con un estrépito de chapa vieja. “Buenas noches” dijo, y aún así su voz sonó con varias erres. Si no hubiese sido por los barquinazos, hubiera jurado que no había puesto en marcha el auto. Todo allí era lluvia, vapor, sombras de árboles enormes y luces mortecinas de la calle.
El gordo era una caricatura de un matón de la mafia rusa. Rapado, con un cuello grueso y ojitos hundidos. Y un apestoso olor a vodka, chucrut o lo que fuera. Era evidente que me distraje, porque me sobresaltó ver a un tipo sentado en el asiento trasero, casi pegado a la ventanilla opuesta. Era flaco, narigón, con un flequillo ridículo, pulóver y campera de cuero negro. Demasiado abrigado para la estación, pensé, pero es que vienen de Rusia. A la luz de un relámpago, o de apenas una luz municipal, ahogué un grito. El flaco era, sin lugar a dudas, Maiacovski.
Me le quedé mirando como un estúpido y él, con un gesto de fastidio, hundió el índice en la espalda del grandote que manejaba. El gordo me miró por el espejo retrovisor y me confirmó: “Es el camarada Maiacovski”. Miraba desorbitado a uno y a otro, pero en lo único que pude pensar fue que el gordo había comido ajo, mucho ajo. Tragué saliva para decirle algo al poeta, pero él habló en ruso, directo al gordo.
“Dice el camarada que lo conocemos. Conocemos su trabajo y su reputación, así que tenemos un encargo para usted”. Asentí estúpidamente. Quiero decir, con la boca abierta. Hubiera dicho que sí a cualquier cosa. Maiacovski siguió hablando, con voz apagada y rápida. Nunca pensé que pudiera hablar así, siempre lo pensé hablando fuerte, a multitudes. Pero así hablaba.
“El camarada es un hombre amplio, ecuánime. Comprende que los hombres hablan lenguas diferentes, y que los pueblos pueden compartir la poesía, más allá del idioma. ¿Me sigue?” Dije que sí, claro. Maiacovski siguió hablando, perentorio. El gordo tradujo:
“Así que él está dispuesto, qué digo dispuesto, feliz”, apuntó, girando un poco su enorme torso, “a escuchar su poesía en cualquier idioma del mundo, en cualquier voz de cualquier hombre, ¿me entiende?” El gordo se aplicó a intentar acelerar en una bocacalle donde parpadeaba un semáforo, con un resultado lastimoso. Maiacovski ahora hablaba más alto, más rápido.
“Pero lo que ha hecho Lila Guerrero no tiene nombre. Se le fue la mano. Nadie tiene ese derecho”. Me quedé sin habla, por más que antes no hubiera hablado. El gordo siguió, casi pisándose con las palabras del poeta. “En la poesía se puede ignorar todo: las imágenes, la rima, hasta la distribución de los versos, pero la música, ¡jamás! ¡Jamás el ritmo! ¿Me entendió?” Dije que sí con la cabeza. “Si le sacamos el ritmo a la poesía, su música, ¿qué queda?” me preguntó el gordo, mirándome con sus ojitos hundidos en la grasa. Me sentí personalmente interpelado, pero intuí que era peligroso contradecirlo. Maiacovski se echó para atrás, como cansado. Ahora las palabras eran rápidas, pero apagadas.
“No le pedimos algo peligroso. Lila Guerrero debe ser ahora una persona mayor, que no opondrá resistencia. Tampoco queremos nada cruento. Algo profesional, rápido. Elija usted el método, pero el camarada se inclina por disparos de revólver, o pistola, lo mismo da”. El poeta se calló y clavó la vista, como desinteresado, en la ventanilla mojada. Pensé en “la nube en pantalones”, en la melancolía y el suicidio del poeta. Pero alguien que se descerraja un balazo en el corazón no es precisamente un blando. Pero había algo en toda la escena que me desagradaba.
Por su cuenta, sin indicaciones del poeta, el gordo siguió hablando: “Sabemos que es un profesional, que es su trabajo, así que díganos usted su precio”. Suspiré hondo antes de hablar. El encargo no me gustaba. Aunque pensándolo bien, Lila Guerrero sería, según mis cuentas, una vieja derrengada, si no estaba ya muerta de muerte natural. Seguramente, ellos no lo sabían, o no lo sabían con certeza, de lo contrario no estarían acá, tratando de contratarme. Pero no me gustaba. Teníamos una ética: nada de mujeres, nada de menores, y nada de violaciones previas a ninguno de ellos llegado el caso. Pero el trabajo escaseaba. “30.000”, dije, para desalentar. “La mitad ahora”. El gordo me miró por el espejo. Asintió. Sentí al mismo tiempo alivio y una punzada en el estómago. Después de todo, ¿quién puede juzgar una traducción? Y, en rigor, era eso lo que me molestaba.
“Escúcheme, camarada, ¿cómo sabe usted que la traducción es mala?” Maiacovski me miró, en silencio, algo molesto por haberlo sacado de su ensimismamiento. “¿Cómo sabe que las versiones no respetan el original?” insistí. Con fastidio, el poeta oprimió su índice contra la espalda del grandote, que dándose vuelta hacia él escupió algunas frases en ruso, o eso supuse. Maiacovski pareció reflexionar sobre lo dicho, y le comunicó algo al gordo. “Me dijeron”, dijo escuetamente el gordo. Me quedé pensando. Maicovski había dicho varias frases, su parlamento fue, si no largo, bastante más abultado que un escueto “Me dijeron”. Se lo hice saber al gordo. Le dije, además, que todo idioma tiene su ritmo, su respiración, que no se puede condenar así como así una versión, por más que no respetase literalmente, li-te-ral-men-te, repetí, las palabras originales. El gordo iba traduciendo lo que yo le decía, pero entre que me miraba a mí para escucharme, y se daba vuelta para el otro lado para hablarle a Maiacovski, el auto daba bandazos y se metía en todos los pozos de la calle cualquiera por donde íbamos, creo que sin rumbo.
Maicovski respondió. O mejor dicho, le dijo algo al gordo. El gordo me interpeló. Que quién era yo para decir eso. Que dónde había leído yo sus poemas en ruso, ¿o acaso lo había hecho? No tuve más remedio que negar con la cabeza, y una sonrisa desdeñosa paseó por los labios finos del poeta. Pero aún así, dijo el gordo, aún así, debería saber cuándo un poema arde y cuándo es una fantasmagoría. Lo miré asombrado. No podía imaginarme la palabra “fantasmagoría” en ruso. Le contesté que generaciones de argentinos, qué digo argentinos, de hispanoparlantes, se habían emocionado y vibrado con los poemas de Maiacovski en español gracias a Lila Guerrero. Qué cómo se atrevía a sentenciar a alguien que había llevado amorosamente su voz, su voz propia, a oídos y corazones impensados por él, que ni siquiera sabía que existían. El gordo traducía atropelladamente a Maiacovski, y Maiacovski atropelladamente le contestaba. No le dejé seguir. “¡Dígame, dígame si usted los escuchó en español, si usted los entiende, si entiende lo que escribió!” grité “¡Dígame usted y en español su verso mejor!”
Lo que siguió fue un pandemonio. Maicovski gritaba. Yo vociferaba sus versos en español. Supongo que él los aullaba en ruso. El gordo gritaba también, para ambos lados. Comenzamos a empujarnos uno al otro, gritando algo que tal vez creíamos poesía. Finalmente el gordo estiró un brazo descomunal y agarrándome de las solapas me estrujó contra el fondo del auto.
“¡Basta! ¡No vamos a discutir con usted crítica literaria!” gritó. Maiacovski se alisó sus ropas y se volvió a hundir en el asiento, sonriendo con desdén. “¿Toma el trabajo o no toma el trabajo?”
Dije que sí con la cabeza, tratando de componer una figura digna. El gordo tomó un sobre del asiento del acompañante y empezó a separar billetes. Había un montón. Quedaron más de los que me alcanzó en un puñado. Los agarré sin mirar, y el gordo paró el auto y abrió la puerta.
“Adiós” dijo. “Nos enteraremos cuando termine el trabajo.” El auto se separó del cordón y se perdió en la noche, con una sola luz y sacando humo por el caño de escape.
Me acomodé el impermeable para recuperar la compostura. Busqué una luz cercana para contar los billetes. Estaba junto a un paredón sombrío e inacabable. La Chacarita, me dije. Un lugar bueno como cualquier otro para empezar a buscar a Lila Guerrero. Caminé hasta una luz amarillenta y allí le eché una ojeada a los billetes. Todos escritos en cirílico, donde hercúleos obreros dibujados abrían el camino al porvenir.

© Miguel Gaya

viernes, diciembre 24, 2010

Miguel Gaya / Los bárbaros




Los bárbaros

Tu queja es inútil. Lo dijeron antes
de nosotros: fuimos los bárbaros
que ignoramos todo del más alto idioma,
y es más: lo mancillamos.

Pero los dogmáticos fueron
bárbaros también, y en su idioma
encendieron fogatas donde ardieron
padres iconoclastas y más antiguos.

Ahora hombres sin fe en nosotros hablan
y así nos niegan. Hijos que nos obligan
a la pócima engañosa de lo viejo.

Igual la plaza no está asediada
ni vencida. Todos ardemos
en el torbellino del fuego del idioma.

[inédito]

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina, 1953)

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Ilustración: Carrera de caballos salvajes, 1816, Theodore Géricault

lunes, julio 12, 2010

Miguel Gaya, vanguardista

Yo también fui un poeta vanguardista
por Miguel Gaya

Todos hemos cometido actos de los que no podemos enorgullecernos. En mi caso fue mi período como poeta vanguardista. Fue más o menos así:
Hace muchos años, y por razones que prefiero no recordar ni entender, cundió entre los jóvenes poetas de entonces una no sé si llamarla moda, tal vez tendencia, consistente en encabezar los poemas más vanguardistas y herméticos con epígrafes en idiomas extranjeros. Inglés, preferentemente. Asimismo, esos poemas en general llevaban por título nombres de ciudades europeas. De ciudades no turísticas, preferentemente. Los poemas, tal vez por herméticos, llevaban pocos versos. También preferentemente.
Negado como soy a todos los idiomas (hasta el materno, han afirmado), me quedaba frente a esos poemas sumido en una suerte de estupor metafísico. ¿Por qué no citar los poetas traducidos, por qué no traducir los epígrafes? ¿Por qué los poemas no referían en absoluto a las ciudades citadas en los títulos?
Quiso el destino, o mi labor profesional, que por esos días llegara a mis manos un libro primoroso de la agencia estatal alemana GTZ, de apoyo a las pequeñas y medianas empresas de ese país y del Tercer Mundo (como se decía por allá). Estaba escrito con minuciosidad teutona, y abundaba en gráficos, estadísticas y muchas declaraciones de rubicundos ciudadanos germanos, economistas supuse, que posaban sobre sus nombres, títulos y honores en bonitas fotografías de fondo azul. De más está decir que hojeaba ese libro con la misma atención bovina que le dispensaba a los poemas. Parecía que en esa época todo era hermético para mí.
Entonces una idea perversa se apoderó de mi voluntad. Lo primero que hice fue copiar trabajosamente cinco frases tomadas al azar de cualquier informe del libro, y partirlas en dos en cualquier lado. Quedaron, obvio es decirlo, cinco dípticos. Después atribuí cada una de ellas a uno de los especialistas, a los que suponía yo economistas, trámite mediante el cual quedaron convertidos de iure et facto poeticae en auténticos poetas alemanes contemporáneos. Finalmente, elegí de entre los informes y reseñas lo que yo supuse nombres de pequeñas ciudades germanas.
El siguiente paso fue hacer una lista alfabética de diez palabras tomadas de los poemas herméticos de entonces. Digamos “ausencia”, “cauterizar”, “gaseoso” y así. Por último, copié de la novela que estaba leyendo en ese momento, cuyo nombre ahora mismo no recuerdo, también diez frases cortas tomadas por riguroso azar. Finalmente, combiné todo, nombres de probables ciudades, supuestas citas y dudosos autores alemanes por un lado, y frases extirpadas de la novela convenientemente revueltas e intervenidas con palabras “poéticas” por el otro. El conjunto resultó un corpus de poemas herméticos, titulados “Deutschland Revisited”, nada menos. Quiero que usted calibre cuánto de manualidad tuvo la cosa, cuánto de bricolaje. Hablo, por supuesto, de una época remota, anterior al copy & paste, de máquinas de escribir y tediosas composiciones manuales.
Al finalizar todo fue de mal en peor, y no estoy orgulloso de lo que hice. Se los di a leer a varios poetas herméticos de entonces, algunos hasta amigos, justo es confesar. Todos ellos lo leyeron con atención reconcentrada y evidente respeto. Ninguno se intimidó por las frases en alemán, y todos tuvieron algo que decir. No puedo afirmar que fueron elogiosos, pero tampoco lapidarios. Fueron, dentro de lo que cabe, educados y cautos. Incluso uno de ellos me felicitó por abandonar “las boludeces coloquialistas que curten tus amigos” (quise entender que se referían a Cófreces y Jonio González, si no a Freidemberg y Bellessi). Y otro se jugó asegurando que tenía ahí “el principio de algo, quizás grande”. Todos me auguraron bienaventuranzas.
Reconozco que al cuarto o quinto intento la cosa dejó de causarme gracia, y me empezó a dar un poco de miedito. Me vi, le aseguro, en riesgo de convertirme en un autor de culto, de ser arrastrado por un pacto fáustico con rumbo a un paper de análisis académico. Decidí cortar por lo sano, literalmente, y me deshice de esos poemas trabajosamente construidos mediante la purificación del fuego, para no hablar jamás del asunto. Hasta hoy, en que le aseguro que el caso fue rigurosamente cierto (como decía el ínclito Mangieri, que de poesía de vanguardia la sabía lunga).

sábado, julio 10, 2010

Miguel Gaya / Dos poemas




Finisterre

Hemos ido perdiendo todo.

Desde esta mañana
la niebla fue tragándose el pasado,
lo que somos,
el futuro.
Creímos que eso éramos
pero lo demás se fue yendo después:
en el puerto los barcos amarrados,
un hombre en un bote,
las casas del camino,
una hilera de hórreos en el campo

Todo disolviéndose
frente a nosotros
y todo lo observamos
en silencio.

Otra hilera se fue
de chopos desvaneciéndose callados
como quien se licúa.

Las nubes bajaron entonces,
nos bañaron
enormes.

Una ceguera blanca después subió desde la tierra,
la humedad final que preña al mundo.

Espiamos por la ventana lo que se esfuma
y nada nos decimos.

Estamos en el centro de algo que termina.

Con un hierro aguzado avivas la llama de los troncos.

“¿Quieres té?”, dices ahora.
También la noche viene. También el viento.
Y la tempestad, y el graznido de pájaros que viajan por el aire.

Navegamos lo inmenso.

[inédito]


(Marsella)
Rimbaud y los perros

Durante sus correrías por África
Arthur Rimbaud era asediado
por los perros.
Amarillos, feroces,
persistentes,
trotaban y gruñían
mezclándose en la sombra del poeta.
Reproduciéndose a dentelladas
famélicas.

Todas las mañanas Rimbaud
llenaba sus bolsillos de piedras afiladas
para mantener a raya a los perros
que palpitaban
por su carroña.
Lo que iba dejando a su paso
los alimentaba.
Ruinas y hombres oscuros
rajados a latigazos
de un idioma incomprensible.

Los perros de Rimbaud lo atormentaban.
A veces lo esperaban
echados en las galerías
y lamían sus manos.
Otras
con los pelos erizados
y las fauces rojas
lo acechaban encorvados
en la oscuridad.
Nunca supo qué le producía más terror.

Los vio en África.
Los procreó en Roche.
En Marsella lo alcanzaron
y les dio de comer su pierna.

Adiós les dijo
al expirar.

17/12/09

en Perras, varios autores, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2010

Miguel Gaya (Ayacucho, Argentina, 1953)

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Ilustración: Paseo nocturno, 1981, Miquel Barceló