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domingo, enero 05, 2020

Miguel Angel Petrecca / De "Entre el placer y la obligación"


















1904. BA.

Comienza por el polvo de ladrillo,
el soplo de una excusa perfecta.

Un dedo acusador en una esquina,
o la fantasía de la casa en el árbol.

Una consigna viene al mundo
arropada entre signos de comillas,

un lema es bordado en un bolsillo interno.
Una persona intenta decirlo todo.

De los errores el más habitual,
de las virtudes la más concisa,

la que propagan sin darse cuenta
los cabeceos en la puerta de un colegio.

Empieza y no quiere, empieza pero igual:
suena el timbre, pasos en el patio: es hora.

La palabra conventillo empieza a viajar hacia nosotros.
La palabra fantasma se aleja para siempre.

Comienza por el polvo de ladrillo.
Por un ay en el que nadie cree.

Por un oh que no despierta simpatías.
Alguien que dice: hay un comienzo en todo,

y alguien que responde:
en cada hombre que entra a un kiosco

y sale con las manos vacías, un misterio se esconde.
Comienza, comienza de una vez, comienza.

Hay muertos que repiten sin parar: ya es hora.
Escaleras en las que se escucha

el eco de una voz que dice: qué esperas.

Miguel Angel Petrecca (Buenos Aires, 1979), Hablar de Poesía #40. Buenos Aires, diciembre de 2019

Miguel Angel Petrecca - Gog y Magog - Librería Cienfuegos - París - Otra Iglesia Es Imposible - Op. Cit. - Eterna Cadencia
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Foto: Miguel Angel Petrecca/Facebook

martes, septiembre 16, 2014

Miguel Angel Petrecca / Colectivos tapados de polvo












Colectivos tapados de polvo
desde Avellaneda, Burzaco, Banfield,
desde La plata, Temperley, Bosques,
vienen día y noche, van y vienen,
carros de cartoneros, combis, autos,
motos con encomiendas y cartas,
camiones como hormigas con su container,
y camiones de basura en la madrugada
hacia provincia a enterrar su carga,
vienen y van, patrullas, ambulancias,
carros atmosféricos y de bomberos,
todos con sus sirenas y sus luces,
colectivos repletos, tambaleantes,
hacia Paso del Rey, Moreno, Ezeiza,
Lomas de Zamora, Quilmes, Echeverría,
van a paso de hombre, de tortuga,
en los cuellos de botella detenidos,
en peajes, en piquetes, en barreras,
van con gente en el estribo trenes,
algunos ya sin las persianas metálicas
codiciadas por la industria de la refundición,
otros con las persianas cascoteadas
a su paso desde el borde de las villas,
van el Gran Capitán, el Tucumano
y el ramal a Córdoba recién reabierto,
el Belgrano, el Sarmiento, el Sanmartín,
y el Belgrano cargas, lentísimo,
todo un montón de hierro viejo,
van ómnibus de larga distancia
medio vacíos fuera de la temporada
hacia los balnearios vacíos y últimos,
hacia los pequeños oasis de las YPF,
van con sus choferes cansados que cabecean
en medio de la ruta soñando un accidente,
despertándose un segundo antes para evitarlo,
van con trabajadores golondrina,
con viajantes de comercio y turistas,
van con familias nómades y fugitivos,
por las rutas provinciales y nacionales,
polvorientos por caminos de ripio
que registran solo los mapas mentales,
van hacia las salinas y los yacimientos,
bordeando las vías muertas de tren,
entre medio de los campos de soja,
van con el sol calentando la carrocería
o una tenue luz de minero en la frente
de noche, por un túnel subfluvial,
van hacia las villas, hacia los villorrios,
hacia las últimas poblaciones perdidas,
van hacia una ciudad recién fundada.

Miguel Angel Petrecca (Buenos Aires, 1979), El Maldonado, Ediciones Gog y Magog. Buenos Aires, 2007

domingo, agosto 25, 2013

Miguel Angel Petrecca / Dos poemas


Hongos

Antes de que empezara a anochecer,
luego de haber intentado escribir un poema,
salió a dar una vuelta sin ninguna dirección.
En el camino se encontró parado frente a un árbol
en cuyo tronco, cerca de la base, habían crecido
un puñado de hongos blancos con rayas oscuras.
Los tocó primero apenas con la punta de las zapatillas
para comprobar si estaban adheridos al árbol.
Después se preguntó cuándo había llovido por última vez:
no pudo recordarlo. Debía haber sido uno
o quizás dos días atrás, y debía haber sido
una buena lluvia como para que brotaran
hongos de ese tamaño, tan esponjosos
y gruesos. Al volver a su casa, pensó
preguntaría cuándo había llovido y cuánto.
Le darían detalles sobre la lluvia,
la intensidad, la hora del día, el tiempo,
y eso dispararía en él algún recuerdo.
Levantó la vista: no había nadie en la calle.
Tuvo el impulso de agacharse y recogerlos.
Volver a su casa con un puñado de hongos
como si para hacerlo hubiera tenido que cruzar
un bosque. En el cielo estaban pasando,
también, cosas interesantes, a toda velocidad.
En la cuadra se había encendido ya una luz.
Pensó en el poema que había dejado sin terminar,
que hablaba de la lluvia, de la lluvia en general,
o de la idea de la lluvia cayendo silenciosa, durante el sueño.


Las cosas

Las cosas que hacen furor, las que pasan sin pena ni gloria
en algún lado se reúnen, discuten sobre su pasado.
Árboles y personas, zapatillas con el dibujo de la suela
todo gastado igual que una cara en un sueño
en algún lado se reúnen, hablan sobre su pasado.
Esa taza, y la chica que da el informe del tiempo,
y el repasador colgado que filtra el paisaje,
y el portero, que tuvo un pasado antes de ser portero,
quieren reunirse en alguna parte a hablar sobre su pasado.
El hijo quiere crecer sólo para llegar hasta ahí,
para hablar de su padre con su padre, para mirar
desde una terraza el barrio y hablar sobre su pasado,
y el pasado del barrio, y después bajar corriendo las escaleras,
y alejarse para siempre en el primer taxi que encuentre.

Miguel Angel Petrecca (Buenos Aires, 1979), La voluntad, Bajo la Luna, Buenos Aires, 2013

viernes, junio 21, 2013

Poemas elegidos, 40


Miguel Angel Petrecca
(Buenos Aires, 1979)

Por tierras de España, de Antonio Machado
El poema pertenece a Campos de Castilla, para mí uno de los mejores de libros de poesía en lengua castellana del siglo XX, a la par de Trilce [de César Vallejo], Las condiciones de la época [de Joaquín Giannuzzi] y Poemas y antipoemas [de Nicanor Parra]. La Obra Completa de Machado era uno de los libros de poesía que había en la biblioteca de mi casa, así que este poema (y otros del mismo libro que me parecen excelentes) lo leí cuando era chico y recuerdo que me causó una gran impresión. Creo que el poema me fascina por la forma en que combina lírica y narrativa, paisaje, geografía e historia, desenvolviéndose con una musicalidad que acompaña en forma fiel, sin protagonismo innecesario. Con una imaginería exacta y un gran poder descriptivo, el poema es como una especie de “estado de la cuestión” de una patria en bancarrota, escrito desde la perspectiva de un viajero observador. El protagonista de ese informe es, por un lado, el paisaje, por el otro un personaje (el hombre de estas tierras) que es simultáneamente un promedio (un tipo) y una figura de carne y hueso. El yo del poema está como diluido en el paisaje, pero no ha desaparecido del todo; es el origen palpable de la experiencia que el poema sintetiza y de la emoción (emoción individual a la vez que histórica) que lo atraviesa.



Por tierras de España

El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra.

Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,
pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.

Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales.

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,
guarda su presa y libra la que el vecino alcanza;
ni para su infortunio ni goza su riqueza;
le hieren y acongojan fortuna y malandanza.

El numen de estos campos es sanguinario y fiero;
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,
veréis agigantarse la forma de un arquero,
la forma de un inmenso centauro flechador.

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
—no fue por estos campos el bíblico jardín—;
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.

Antonio Machado (Sevilla, 1875-Collioure, Francia, 1939)

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Foto: Miguel Ángel Petrecca en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

jueves, abril 04, 2013

Miguel Angel Petrecca / Novelista



Novelista

¿Será posible entonces que todo cobre sentido de repente,
como si agarraras diez años de tu vida y batiéndolos rápido
los volcaras en el formato preexistente de una novela?
No es tan fácil, parecen repetir, una y otra vez,
hombres que miran desde la ventana de un bar.
Ellos también se hicieron la misma pregunta antes,
mucho antes de que en vos naciera el germen
de esta fuerza que te obliga a caminar en redondo.
Algunos, tras responder negativamente,
dedicaron otra década a amaestrar un perro,
cultivar tomates en el jardín de su casa o convertirse
en coleccionistas de un objeto antiguo y anodino.
Cuando más tarde volvieron con ímpetu a la carga
buscaban mentalmente moldes donde verter su vida:
diez años acá, cinco allá, veinte en una frontera.
Sin embargo, el problema no era de forma sino de fondo.
No estaba, como el vino, añejándose en una bodega profunda
la experiencia, esperando el momento del descorche;
había escapado, quién sabe cuándo y por qué orificio,
dejando en su lugar como un inmenso depósito
donde flota, sin llegar a evocar nada, un perfume familiar.

Miguel Angel Petrecca (Buenos Aires, 1979), Poésie récente d'Argentine, une anthologie possible, Reflet de Lettres-Abra Pampa, París, 2013


Ilustración: Business Men’s Bath, 1923, George Bellows

sábado, diciembre 03, 2011

Miguel Angel Petrecca / Paisaje




Paisaje

El examen de sus documentos personales,
agendas y cuadernos que llevaba consigo
o servilletas llenas de mapas y garabatos,
podrían mantener ocupado durante décadas
a algún pobre diablo con alma de detective.
Y sin embargo no llegarían a revelar mucho
sobre la vida del hombre en cuestión.
Una vida así derrochada entre esos papeles
tendría como único saldo tangible al fin
la acumulación de más documentos y comentarios,
un tesoro documental anexado al primero
a la espera de nuevos comentaristas.
Date una vuelta por el lugar donde vivió
y tratá si podés de alejar los ojos
de la torre de agua que preside horrenda,
igual que un espantapájaros, la zona.
Tal vez después de esa pequeña excursión
no estés más cerca de ninguna clave,
pero al menos podés sentir a la vuelta
una especie de empatía mientras mirás desde la autopista
adefesios de hormigón, fábricas y hoteles que ensayan sin mucho éxito
tibios gestos de seducción hacia los viajeros,
y decir: este era al fin, más que nada, uno de los nuestros.

Miguel Angel Petrecca (Buenos Aires, 1979), inédito

Foto: Petrecca, cementerio de Las Flores, provincia de Buenos Aires, 2011, J. Aulicino