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martes, julio 16, 2019

Martín Armada / De "La gran meseta"
















[Cierro los ojos…]

Cierro los ojos y camino por la casa,
me topo con los tesoros que acumulamos.
Llenamos nuestro mundo sin hablar,
somos una tribu decidida a meterse en el desierto.
Con delicadeza para seguir,
me repito:
no hay que avergonzarse de amar las cosas,
los hombres libres deben sentir orgullo de lo que necesitan.


[La verdad se me revela…]

La verdad se me revela en un sueño:
no voy a alcanzar la luz
que veo crecer del otro lado del monte.

Tengo que conformarme con despertar,
el primer sol en los árboles,
acacias que ensombrecen un volquete:
alrededor las moscas se disuelven
verdes, azules, un poco rojas.

Martín Armada (Buenos Aires, 1979) Op. Cit., junio 30, 2019


La gran meseta,
Caleta Olivia,
Buenos Aires, 2019









Espacio Murena - Otra Parte - Eterna Cadencia - Círculo de Poesía - 1 Poeta 10 Preguntas - Otra Iglesia Es Imposible
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sábado, julio 27, 2013

Poemas elegidos, 84


Martín Armada
(Buenos Aires, 1979)

El guardián del hielo, de José Watanabe
No conozco en detalle la obra de José Watanabe. Es más, no podría decir que esta elección es la de un lector atento de José Watanabe. Esto me sirve para aceptar que el golpe de un poema puede ser absoluto. Es decir, que un poema se termina cuando se construye un misterio. "El guardián del hielo", enseña eso, tiene esa textura: te da todo lo que te quita. Y por eso es un poema enorme, atroz, como un arca. Es en esencia como lo que ocurre con "El maestro de kung-fu", otro hermoso poema de Watanabe, donde se narra otra historia. Un testigo ve al maestro luchar cada día con su enemigo que no es el aire, sino algo invisible y milenario.  Y afirma: "Ninguno vence nunca, ni él ni él, y mañana volverán a enfrentarse". Así quizás sea, en parte, la dinámica entre nosotros y el Tiempo. Parece una preocupación bien noble para un poema.




El guardián del hielo 

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.

José Watanabe (Laredo, 1945-Lima, 2007)


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Foto: Martín Armada por Clara Muschietti

martes, noviembre 08, 2011

Martín Armada / Dos poemas













No va a venir,
la parca es la de las películas,
no lo que hace temblar los árboles
donde los pájaros se aferran como piñas.

De temores se puebla el hueco de una madrugada,
yo pregunto
en qué cama de aserrín duerme el perro
que mientras el viento que separa trenzas
nos deje sin poder decir aquello que esconde un reproche,

diga:
"éste es el que era,
puede entrar en la casa".

Diga:
"dejenló abrir la heladera
y saciarse".



Los hombres más viejos hablan de sus años en el mar,
cuentan las olas que los hicieron recordar a sus mujeres.

Yo tengo en la boca el gusto de la cebada,
pero mi familia no duerme con la lámpara encendida
esperando que llegue dando tumbos
y tire las monedas al piso.

Afuera, sobre el agua del canal se repite
un cielo oscuro que anuncia otra mañana
de ultramar.

No puedo pedir explicaciones,
yo soy el hombre de tierra adentro
que da vueltas por un barrio vacío.

Martín Armada (Buenos Aires, 1979), Ahab, Ediciones Vox, Bahía Blanca, 2011
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Foto: Armada por Clara Muschietti  las afinidades electivas-las elecciones afectivas