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sábado, junio 22, 2013

Poemas elegidos, 41


Christian Kupchik 
(Buenos Aires, 1954)

Profeta de lo nimio, de Mario Romero
Conocí a Mario Romero una soleada noche del verano boreal sueco. La luminosidad de sus palabras no llegaba sólo por el impacto violáceo del cielo, sino porque Romero tenía esa cualidad: detrás de los casi dos metros, de ese rostro que reflejaba la edad de la tierra, se escondía una suerte de niño-chamán que podía enlazar sin dificultades a Vico con Vallejo, a Santa Cruz de la Sierra con Estocolmo, a Hopper con Carroll (especialmente Carroll: en Mario vivía una suerte de Alicio, a quien reverenció en muchos de sus escritos).
El primer libro de poesía que publicó se tituló Las señales (Monopolo, Tucumán, 1975), un ejemplar en cartón corrugado y papel de reciclaje, que se materializó gracias a la colaboración de los trabajadores del azúcar. Pero lo más dulce de la obra atiende al título: allí Romero deja sentado que encuentra señales poéticas hasta en los más insignificantes indicios de la llamada realidad. De allí que no sorprenda que otra de sus obras más logradas, Pintura ciega (Estaciones, Madrid, 1982) justifica su nombre a partir de la frase de Leonardo da Vinci: “La poesía es una pintura ciega”. Y Romero lo que hace es devolverle visibilidad a partir de formas nuevas.
Quizá por eso, entre tantos poemas notables, me incliné por "Profeta de lo nimio", que lo define a sí mismo como también define una función de la poesía que Romero, como Pound, comprendió como pocos.


Profeta de lo nimio

Tu mente en una caja de fósforos húmedos
o la canción de una radio a pilas
o el silbido
sobre todo en los sitios baldíos:
                                                 arbolito de algarrobas
                                                 casita de madera
                                                 latas vacías
                                                 y bosta de cabras
tus predicciones son las lluvias y la llegada de los trenes en la lluvia
el ciego indicio de las borracheras alerta alerta
hacia sido nomás cierto la Malinche se fue
lo presagiaba un hilo de baba al atardecer
sus bombachas flameando en la soga del patio
olor a lavandina “El Paraíso” sal gruesa y un paquete de velas
y el profeta sin poder dormir entre las sábanas húmedas
los mariquitas del pueblo matándose de risa
viendo jugar al mocoso
hablando por un teléfono de tarros de salsa hilo de volantín roto
tirúltimo tirúltimo alto escuadrón cubro pecho y espalda.

Todo lo que vemos cuando estamos dormidos es
el sonido de la lluvia sobre el techo de cartón
mientras que lo que vemos cuando estamos despiertos
es una gallina blanca mojada.
El profeta de lo nimio está a punto de dormirse
ronda cerca de la casilla del ferrocarril
ocurre que el tonto del pueblo, el Morra, ha ido al monte a buscar unas vacas
y no vuelve y no volverá más y no volvió nunca
y la locomotora ha salido a pitiarlo de cerca:
                                                              nubecitas hervidas de vapor
                                                              el chisperío
                                                              maquinita negra
como siempre llueve y en los días de fiesta llueve
viendo jugar al truco a la taba o al monte
él se ha dormido
su única profecía es una entrega en capítulos de sueños:
                                                                el tema es la gallina blanca.
                                                                   
Mario Romero (La Ceja, 1943-Tucumán, 1998)

Foto: Christian Kupchik s/d

domingo, abril 11, 2010

Mario Romero / Dos poemas




Discurso del ahorcado en el árbol del fondo
Lo que me molesta es lo de siempre,
el ruido del agua borboteando en su olla de hierro,
y hervir choclos todo el día,
como si fuese lo único que se puede hacer,
y zapallos y batatas.

Aunque los pájaros no picoteen los ojos de los ahorcados,
ella me descubrirá entre las ramas antes del mediodía
y cortará la soga con el mismo cuchillo con que corta los zapallos.


Galpón tiznado
En un galpón tiznado por el fuego
el niño de mameluco pone su mano al final de un rayo de sol
que entra por un agujero hecho con clavos
y mientras más avanza la mano, más se llena de sol como agua,
hasta subirse en una silla, asiento de cuero, puesta a propósito.

Y afuera hay una calle donde la gente habla,
pero él no ve nada porque el sol le da en todo el ojo.

Mario Romero (Las Cejas, Tucumán, 1943-San Miguel de Tucumán, 1998), La otra lanza, Editorial Siesta, Estocolmo, 1984

Foto: Romero, revista virtual El Alacrán Literario, 2008