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domingo, septiembre 19, 2021

Malú Urriola / Dos poemas



Háblame de Paul Desmond mientras el mundo
         compra mascarillas, Ángela.
Hace pocos días caían perlas de hielo en Madrid.
Los ciruelos han comenzado a florecer y me
         empeño en adivinar
el ritmo con que cortas las verduras, la música
que cantas, cómo sonreirás detrás de las manillas
          o de la niebla.

El mundo tal como los conocemos, desaparece y
como una ola en mitad del desierto has desviado
mi mirada del fin. Tu voz hace girar mis plumas.
Tus ojos de luz de puerto se reflejan en las ondas
           de las tejas.

Temblé cuando te sentaste a mi lado. Este viejo y
hosco corazón voló en pedazos, como una taza
cuando se estrella contra un cielo que tal vez no
            vuelva a ver.

El cuaderno de las cosas inútiles, Malú Urriola, 9 de diciembre de 2020

*
Después de unas copas de vino...
[Primera versión]

Después de unas copas de vino,
de hablar de sus jefes, de los míos,
y de esta vaga sensación de estar zozobrando
entre los días. 
Pagamos la cuenta y salimos del bar.
La luna tenía la burlona sonrisa del gato de Carroll.
Al subir a su auto preguntó ¿Dónde vamos?
Al mismo infierno dantesco -pensé- 
Pero le contesté con otra pregunta.
Así es que después de pasar los aromos
-que comenzaban a reventar amarillos 
en esas muertas calles del barrio alto, cercadas con corriente-
dejamos que la silueta de la cordillera recostada sobre la noche,
nos colgara en mitad de la boca una sed imposible de saciar.
Y a intervalos dormimos, y nos volvimos a besar infernales
hasta que amaneció.
Sus besos en mi hombro durante toda la noche
estremecieron este áspero y descreído corazón.
Fingí dormir hasta que despertó, o fingió despertar,
y entonces -como si fuese a decir aquella palabra
innombrable, pactada en el terror del silencio-
dijo, ojalá que gane González.

Cuando llegué a mi casa, 
el vecino -mientras barría la calle-,
me contó que González ganó la medalla de bronce.

Desde esa soleada mañana, jamás volví a saber
qué diablos fue de su vida.
Ni quién, diablos, era González.

Diario de Poesía n° 79, Buenos Aires, noviembre de 2009 a marzo de 2010, publicado luego en Cadáver exquisito, Cuarto Propio, Santiago de Chile, 2017

Malú Urriola (Santiago de Chile, 1967-2023)

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Foto: Malú Urriola en la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile, 2017 Rodrigo Fernández/Wikimedia Commons

Última actualización: 2024

domingo, agosto 23, 2020

Malú Urriola / De "Bracea"





















de Tres Piernas

Yo no puedo hablar de mi corazón, porque ése órgano y yo estamos contrapuestos.
El ama cualquier cosa. La más mínima hormiga, la más tonta nube.
Los álamos meciéndose contra el viento lo aturden.
Unos ojos de perro que lo miren dulcemente.
Las nubes trepando las montañas.
Una aguilucha surcando el cielo lo hace planear. 


Cuando la vi supe con esa certeza incierta que era un reflejo de esta vida que he sobrevivido, escuchando risotadas a mis espaldas, mientras me alejo caminando con mis tres piernas. 


Siempre creí que tener tres piernas era un regalo extraordinario.
Puedo correr velozmente como un chita.
Soy -aunque se rían de mí- el mejor corredor que hayan visto en este pueblo.
Yo le gano a los perros, a las liebres. Al tren.


de Nuestra madre

Nuestra madre, como nosotras, tiene dos polos. Uno alegre y otro más depresivo.
Uno que dice que sí a todo, y otro que le contesta que no.

Nuestra madre cocina, lava, plancha. La otra lee, va a la peluquería y mientras le arreglan el pelo, se lo lavan, se lo peinan, cierra los ojos y se abandona a unas manos desconocidas, que de vez en cuando por el trabajo que realizan, se confunden con una caricia. Entonces mi madre cierra los ojos y su boca se destensa y una lágrima desciende de su ojo cerrado por su mejilla hasta quedar colgando de su rostro, temblorosa, tomándose el tiempo necesario para soltarse y caer hasta las baldosas negras y blancas cubiertas de pelos. 

Nuestra madre va siempre a la misma peluquería porque tienen sillas Triumph de Barcelona…donde alguna vez decía nuestra madre, ella se iría.  

El dueño del corazón de nuestra madre tal vez vive en Barcelona. Y por eso ella quisiera irse allí. De él guarda unas viejas y amarillentas cartas que relee cuando atardece. Así no siente que sea un peso vivir la vida de nuestra madre.


de El viaje

Jamás aprendí a bracear.

No logro sostener el rostro bajo el agua y los brazos afuera al mismo tiempo. Aunque trate.

La desesperación que se anida secretamente, sale desbordada y entonces trago agua y toso.

Miramos las estrellas refulgir y apagarse y volver a refulgir, y
algo dentro se enciende y se apaga como si fuese besado fugaz por la
intermitente luz de un faro.

En mi rocoso corazón se golpean espumosos los recuerdos.

Todo huele a mar. Mi hermana y yo una ola. 

Ni estos brazos, ni estas piernas logran concentrar un movimiento tan simple y monocorde.  Por eso dejamos que el agua nos lleve. Flotamos la mayor parte del tiempo. 

Nuestro cuerpo es como un corcho abandonado a los requerimientos sensibles de las aguas.

Nada tan desconocido, tampoco. La vida en tierra también me hacia flotar como una hoja abandonada a los requerimientos de la vida. Sólo que yo la hallo hermosa. Sé que ocurren cosas implacables. Pero la hallo hermosa.  

Cuando le digo al viento que deje de soplar, el viento deja de soplar y el mar se aquieta. Entonces nos quedamos flotando a la deriva. Imaginando que somos la cabeza bicéfala del mar, cuyo cuerpo de agua infinita rebosa lejos de nuestros ojos. 

Nada -dice mi hermana-

Y nado.

Malú Urriola (Santiago, Chile, 1967-2023), Bracea, Lom, Santiago de Chile, 2007

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Foto: Malú Urriola en la Fundación Pablo Neruda, Santiago de Chile, mayo de 2019. Web de la Fundación
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Última actualización: 2023

viernes, mayo 12, 2017

Malú Urriola / Tres poemas














La poesía es una ilusión óptica

Al lado del carril de la vida pasa el futuro alocado
Los sueños que vimos naufragar florecerán para otros,
y caminarán como nosotros entre la jauría,
y postes esqueléticos de luces que se apagan
y conocerán de esperanzas tratadas a puntas de pies,
y la flor de la pregunta
cuando llueva y haga frío,
les florecerá de pena
y en el aire se dejará oler fresco
el aroma de las murallas mojadas del alma
La vieja historia de nacer soñando y morir
con el rabo pelado
¿Te acuerdas de cuando el horror se apoderó de nosotros,
y el silencio tenía un sonido de botas miserables?
Escuchábamos a Charlie Parker,
recitábamos de memoria a la Mistral
y nos reíamos de nuestros necios congéneres.
La vida que pasa segura sabe que sobrevivimos,
Por eso nos sentamos a ver brillar el cielo
y toda su orquesta de vidrios

(Nada, Lom, 2004)

*

Junior se inventó el J. P. antes del Junior.
Lo sé porque dejo pasar unos meses y le vuelvo a preguntar y me dice que se llama Juan Pedro, otras, Josef Paul, o Jeremías Prudencio… J. P. dice cualquier cosa.

J. P. tiene piernas sólo hasta las rodillas. Luego lo sostienen unos maderos sin músculos, ni carnes. Ya casi no puede moverse. Por eso se pasa la mayor parte del día sentado contándonos historias, cosas que tal vez ocurrieron pero que la memoria siempre deforma.

Cuando nosotras no lo miramos, él saca unos bastones de debajo de la mesa que tiene a su lado, cubierta con un fino mantel que nuestra madre le bordó. Nosotras sabemos que cuando J. P. quiere levantarse debemos mirar al techo, o hacia el lado, lo suficiente como para dejarlo sacar sus bastones e incorporarse con la dignidad de no ser observado en su ruina ávida de equilibrio.

J. P. no pudo jamás sobreponerse a la desgracia de haber perdido sus piernas.

El decía que las había olvidado en alguna parte. Que una mañana al levantarse, llegó hasta el baño, se cepilló los dientes y al mirarse la cara al espejo como todas las otras mañanas -esa bienvenida a la realidad de verse una arruga más, que constata la sobre vivencia de los días recientes y de esos ya tan alejados y poco probables-. Estaba meditando estas cuestiones matutinas cuando se dio cuenta que no tenía las piernas.

Así se pierden las cosas, nos dijo.
Un día, de pronto, ya no están.

(Bracea, Lom, 2007)

*

Cuando no estás me faltas como si me faltara un brazo, daría un brazo por no sentir esta falta... daría un brazo, pero no el brazo con el que escribo. El brazo con el que escribo no se lo doy a nadie, si me deshiciera de este brazo moriría atragantada. Este brazo es el que aprieta mi vientre, el que hunde su mano en mi garganta para que las palabras salgan, porque mi brazo sabe que las palabras son como trozos de carne que me atoran, si no tuviera este brazo tampoco podría hablar, porque este brazo es mi lengua, con este brazo puedo decir lo que la lengua se calla, podrían cortarme la lengua pero no el brazo, por eso no siento ningún miedo cuando tengo la lengua dentro de tu boca, porque aunque la arrancaras me quedaría este brazo. Con este brazo me sostengo, con este brazo lucho cada día. Cuando me pierdo es este brazo quien me encuentra, cuando me desespero es este brazo quien me calma, este brazo es mi memoria, este brazo es quien me saca a flote, quien jala de mí, quien me aturde para arrastrarme hasta la orilla, este brazo se compadece de mí más que nadie, me saca el agua que he tragado, me golpea el corazón para que ande, si no fuera por este brazo no sé qué sería de mí, por eso sigo a mi brazo, porque este brazo es capaz de encontrar lo que yo no hallo, por eso es él quien escribe, porque si escribiera yo, no encontraría las palabras necesarias, en cambio mi brazo es exacto, porque mi brazo sabe que si no soy capaz de resistir, que si me agoto de ver todo el tiempo lo mismo, que si me canso de escuchar las mismas palabras idiotas, que si me harto de ver a la misma gente como en un cinematógrafo de barrio, que si me aburre ver con mis ojos sus ojos pajes desesperados de fama, de una fama gris de estrella de cinematógrafo de barrio, porque mis ojos se cansan de ver tanto, todo igual, repetido, mi ojos se hartan tanto que se harían sal si vieran que algo nuevo pasara, porque esta ciudad se detuvo antes que llegáramos yo y mi brazo, esta ciudad sombría ya no se desempaña, esta ciudad es inalterable, esta ciudad quisiese ser rubia, esta ciudad quisiese beber whisky cuando se muere de hambre y si este brazo no fuera fuerte nos habrían arrancado medio pedazo, pero a mi brazo nada de esto lo derrumba porque mi brazo es ciego, mi brazo es sordo, mi brazo sólo escucha la sangre de él. Sabe que cuando no dé más deberá tomar la empuñadura y rajar la muñeca de mi otro brazo, sabe que aunque son pares sólo él puede hacerlo, sabe que él será el último en abandonar, lo sabe, como sabe también que será capaz de dejar de escribir porque escribir me daña a veces, mi brazo sabe que escribir daña porque es él quien escribe, cuando mi brazo escribe sabe que está doliendo, quemando, sabe que me revuelvo toda, por eso mi brazo dejaría cualquier cosa para calmarme. Es este brazo quien te olvida, no yo, porque mi brazo sabe que estando juntos somos capaces de resistir tu falta, que podemos trazar tu recuerdo, en cambio si me faltara este brazo yo me quedaría muda, me quedaría postrada, no podría resistir, no podría, por eso no te doy este brazo ni se lo daría a nadie, porque este brazo es el único capaz de librarme de mí.

(Hija de perra, Cuarto Propio, 1998)


Malú Urriola (Santiago de Chile, 1967-2023)
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act. 2024