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jueves, 15 de mayo de 2014

EXPOSICIÓN | ECOS, de Eva Garrido


Hay ecos que no se apagan, que resuenan en el viento y golpean contra las paredes y se escapan de nuevo. Ecos que vienen. Ecos que llegan desde muy lejos, desde lugares donde el cielo brilla con otro color, ¿o es el mismo cielo? Ecos que nos cuentan historias pequeñas y grandes, de todo un pueblo que ha de gritar para permanecer, de mujeres que alzan la voz contra el sistema impuesto, y ecos de risas de niños, que no se apagan por nada.

Esto es lo que encontramos en esta exposición que se puede ver en el Centro Cultural Casa del Reloj, en Madrid. La autora, Eva Garrido, es una periodista dedicada a la "cooperacCión", como ella misma dice. Una espléndida contadora de historias con la que compartí aulas en la universidad y, después, hemos ido coincidiendo aquí y allá, una y otra vez, quizás motivados por inquietudes similares, por ese querer dar voz a quien no la tiene, por compromiso, por responsabilidad. Eso en ECOS. "Comunicar sobre estas realidades. Vivir con ellos para luego contar sus vidas, mover las conciencias de los demás", decía la autora el día de la inauguración de la exposición.

Garrido nos cuenta, a través de sus fotografías, la historia de la etnia uigur, que habita en el noroeste de China, y que durante décadas ha sufrido un constante asedio a sus derechos, a su identidad cultural y a su religión, la musulmana suní. También la historia de Amanat, una joven india que falleció tras haber sido violada en un autobús de Delhi. Historias que se agarran a la garganta. Y una imagen que reina en el espacio, la de una anciana hindú, con una mirada cansada e intensa, y el rostro lleno de arrugas y de carácter. Pero en ECOS también hay espacio para la alegría, la de las sonrisas blancas de todos esos niños etíopes que cada día van a la escuela para aprender a leer y para saltar y para vivir.

"Su realidad ha de ser contada. Este trabajo se lo dedico a ellos: a los uigures, porque todos tenemos derecho a preservar nuestras raíces; a los niños y niñas etíopes, héroes que demuestran que no todo es negativo en Etiopía, ni en toda África; y a las mujeres indias, por su fortaleza y coraje".

ECOS es el resultado de un proyecto de crowdfunding en Información Sensible. Un pequeño proyecto del que he sido mecenas con una pequeña aportación, porque de eso se trata: de apoyar a los jóvenes creadores desde la horizontalidad del pueblo, cuando las instituciones niegan ese apoyo necesario. Siempre es un placer encontrarme con Eva, por su sonrisa y su vitalidad. Esa tarde, además, fue una alegría encontrarme también con otra compañera periodista, Marta, y comprobar una vez más que, a pesar de este futuro que nos quieren pintar de negro, hay motivos para seguir creyendo en el periodismo y en nosotros mismos.

En definitiva, ECOS es fotoperiodismo en estado puro, necesario, cargado de arrojo y en el que, lo que más brilla, sin duda, es la esperanza. No os quedéis sin verla. Está disponible hasta el próximo 24 de mayo.

Texto: Ismael Cruceta @CajondeHistoria

viernes, 24 de agosto de 2012

Exposición: HOPPER en el Museo Thyssen de Madrid

Sol de mañana, 1952

Una de las exposiciones más bellas y completas del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid en los últimos años es esta que reúne las mejores pinturas del artista estadounidense Edward Hopper y que permanecerá en la capital hasta el próximo 16 de septiembre. Un pintor quizá algo tardío, que no conseguía vender sus obras, pero que se mantuvo fiel a su estilo, a esa búsqueda del farniente, plasmando un profundo ensimismamiento en los protagonistas de sus cuadros. 

Casa junto a la vía del tren, 1925
Las obras de Hopper han inspirado a muchos directores de fotografía y es fácil reconocer en películas como Lejos del cielo o La ventana indiscreta la influencia del pintor. Wim Wenders ha llegado a afirmar que en muchos lugares de Estados Unidos pones una cámara y te sale un cuadro de Hopper. Prueba de ello es que una de sus obras más famosas es Casa junto a la vía del tren, que inspiró al mismísimo Alfred Hitchcock para su Motel Bates en la película Psicosis. Dicen que el comisario de la exposición donde Hopper presentó esta obra, cuando lo vio por primera vez, afirmó que era un cuadro feo. Pero no pudo dejar de mirarlo, por el desgarro, desconsuelo y terror que transmite. ¿Hay algo peor que una casa entre dos vías del tren, en ninguna parte, sola? La perspectiva nos pone en una situación de inferioridad y el artista utiliza el claroscuro para darle un aspecto más siniestro. Una obra inquietante, una casa que forma parte del imaginario colectivo de varias -quizá todas- generaciones de cinéfilos. 

Habitación de hotel, 1931
¿Quién no diría que quizás Stephen Daldry se inspiró en Sol de mañana o en Habitación de hotel para su película Las horas? La pintura y el cine unidos, encauzando ambas artes una caudal de sensaciones que van desde la soledad hasta la tristeza, imprimiendo una profunda melancolía. 

¿Quién dice que la mujer de esta obra no es Laura Brown, a quién dio vida Julianne Moore? Esa mujer sentada en la cama de un hotel, un hotel modesto, prácticamente desnudo de elementos. Y ella, está ensimismada en los folletos de tren que tiene entre las manos. No está ahí para quedarse, sino para decidir su próximo destino. El cuadro, con el rostro en penumbra y una luz que evidencia su desnudez habla de una profunda soledad. 

Y esta misma temática encontramos en buena parte de sus obras, como Soir Bleu, pintada en Nueva York en 1914, una obra maestra que resume los años de aprendizaje, su estancia en Europa. Y se llama así como un verso de Rimbaud, para representar esa escena crepuscular en un café de París, una escena alegórica de la vida moderna. Tenemos al proxeneta en la izquierda, a un representante de la cultura con boina, a un militar, a un payaso triste, Pierrot, un autorretrato del pintor que ocupa la posición central de la composición, a una mujer en pie, pintada en exceso, altiva, que busca ser el centro de atención. Y a la derecha una pareja burguesa más interesada en la vida de los demás que en la suya propia. Es un cuadro con mucha gente, y a la vez, con mucha soledad. 

Soir bleu, 1914
Dos cómicos, 1966
Sólo una vez más en toda su trayectoria aparece ese payaso. Es en Dos cómicos, con el que se despidió de la pintura. Hopper, tan interesado siempre en plasmar el momento previo a la función, mientras los asistentes miraban el programa o se quitaban el abrigo, decidió decir adiós con este cuadro en el que se refleja a sí mismo, agarrado del brazo de su mujer, en el centro del escenario, con un brazo extendido para despedirse del público y dar por concluida la función. Hopper se despidió en calma, con el telón abierto. Falleció un año después de concluir esta obra, que durante años perteneció a Frank Sinatra, que puso música y voz en su canción Send in the clowns... 

Una de las exposiciones más hermosas que he visto últimamente, capaz de despertar la belleza de lo triste, un elogio a la soledad, a vivir la vida con sencillez, a perseverar en aquello que se desea como lo hizo Hopper, pintando incansablemente hasta que el mundo descubrió sus cuadros, y a despedirse al fin de esta tarde azul pisando con fuerza el escenario, con una sonrisa de gratitud.

jueves, 17 de mayo de 2012

Exposición: CHAGALL en la Fundación Caja Madrid


Una de las exposiciones de más éxito de esta temporada es la retrospectiva sobre la obra de Marc Chagall, un repaso cronológico a su pintura y, a la vez, a su intensa vida que le llevó desde Bielorrusia a Estados Unidos y a Francia. 

La exposición comienza en el Museo Thyssen-Bornemisza y que continúa en la Fundación Caja Madrid. Esta última parte es de la que os hablaré hoy. Se centra en la etapa final del artista, desde que regresó a Francia en 1948 hasta su fallecimiento en 1985.

Chagall nació en Vitebsk, Bielorrusia, donde había una importante comunidad judía, su religión. Esto, lógicamente, marcó profundamente su obra, donde las huidas y las cenizas de la guerra comulgan con el color del circo y de la naturaleza... y con el surrealismo. Porque su obra está impregnada de una simbología del subsconsciente que, a pesar de que pueda parecer compleja, es fácilmente reconocible: el pintor sobrevolando las ciudades con su paleta, como un observador de esa realidad a veces cruel y a veces amable que marcó el siglo XX, los amantes abrazándose, la luz del Mediterráneo que le vio morir. Él se instaló en un pequeño pueblo de la Costa Azul, y la influencia de Francia y de París siempre estuvo presente en sus cuadros, donde podemos encontrar algunos míticos edificios franceses y también ese espíritu galo del amor por las artes. Francia que acogió al artista durante tantísimos años, que incluso invitó al artista a decorar la cúpula de la Ópera de París. Pero, a pesar de todo, el desarraigo continuó latente en sus cuadros, y la presencia de su pueblo y de su patria, y sobre todo de su religión, es una constante en su obra, profundamente marcada por esta dualidad entre la alegría y la tristeza, marcada también por la belleza siempre. 

El particularísimo universo de Chagall se caracteriza por la utilización del rojo y del azul, los dos colores más presentes en sus cuadros. Un rojo y un azul tan intenso que lo mismo te hace feliz que te entristece. Como una poesía. Como un ramo de flores situado frente a una ventana abierta. Como una mirada acuosa que sale del cuadro para mirarte, no a ti, sino a través de ti. 

Os recomiendo que no os perdáis esta exposición que es gratuita y que el próximo domingo 20 de mayo cierra sus puertas. Desde la Fundación organizan visitas guiadas y para aquellos espíritus libres os aconsejo que os hagáis con un audio-guía porque explican muy, muy bien el legado y el mensaje de este artista. 

martes, 3 de abril de 2012

EL HERMITAGE SE DESPIDE DEL PRADO



Tras prorrogar dos semanas su estancia en el Museo del Prado de Madrid, el próximo domingo finalizará definitivamente la exposición de "El Hermitage", y lo hace con un enorme éxito de asistencia. Puede que la gran acogida de esta exposición radique en la riqueza artística de las pinturas que la conforman, que va desde la pintura flamenca del siglo XVII hasta obras del siglo XX firmadas por Picasso o Kandinsky. 

La bebedora de Absenta, de Picasso.
Con El Hermitage en el Prado culmina la celebración del Año Dual España-Rusia 2011, que se inició con una exposición del museo madrileño en San Petersburgo, y que nos ha acercado ahora la ciudad rusa a España, dejándonos ávidos de conocerla más, de respirarla. Esta exposición es un recorrido no sólo por la Historia del Arte en Europa, sino también por el Imperio Ruso de los Zares, desde Pedro I Grande, fundador de San Petersburgo, o Catalina la Grande, impulsora del museo al instalarse en el Palacio de Invierno y adquirir numerosas obras de arte para su decoración, hasta Nicolas II, el último zar, asesinado tras triunfar la Revolución de 1917. 

El Hermitage es un conjunto de edificios a orillas del río Neva que albergan el mencionado Palacio de Invierno, donde encontramos el Museo Nacional: una de las más completas pinacotecas del mundo. En este pequeño Hermitage que ha venido a Madrid, y que se despide ya de la capital española, podemos encontrar, entre otros, cuadros como el San Sebastián de Tiziano, que aúna la serenidad del renacimiento en la postura y la emoción y el sentimiento que habría de influir en generaciones de artistas posteriores en el trazo; El tañedor de laúd, de Caravaggio, así como a nuestros Diego Velázquez y El Greco

Conversación, de Henri Matisse
Dividida en dos plantas, es en la superior en la que nos acercamos al siglo XX y podemos contemplar la Composición VI de Kandinsky, un vivo ejemplo de la espiritualidad del arte, del caos y la violencia.

La misma sala alberga tres obras de Pablo Picasso, dos de ellas de su etapa azul -una es la mítica La bebedora de absenta- y otra de su época cubista. Vemos también en la sala El estanque de Montgeron, de Monet y Conversación, de Henri Matisse, uno de los más bellos ejemplos del fauvismo en el que predomina la intensidad del azul tan irreal, y en el vemos una conversación estática y muda entre un hombre y una mujer opuestos, él dominante y rectilíneo, ella sumisa y llena de recovecos y curvas. Una negación, un duelo sin palabras, pese al nombre del lienzo. 

Pero esta exposición no es sólo pintura, sino que también incluye tesoros de orfebrería, joyería y escultura, como el modelo de terracota realizado por Bernini para su Éxtasis de Santa Teresa. Una pequeña joya.

En definitiva, una exposición que merece la pena ver, un legado artístico de inconmensurable valor. Un aperitivo que invita a viajar, cuanto antes, a Rusia. Sin duda, uno de los acontecimientos culturales del año.


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miércoles, 28 de marzo de 2012

GERVASIO SÁNCHEZ: ANTOLOGÍA en la Tabacalera de Madrid


Llevo varios días pensado como enfocar esta entrada. No es fácil. Precisamente porque estamos ante una exposición que tampoco lo es. No es fácil enfrentarse a las imágenes que se exponen en la Tabacalera de Madrid, las del fotoperiodista Gervasio Sánchez, Premio Nacional de Fotografía 2009. Las imágenes de una vida y de muchas pequeñas historias que conforman la Historia, nuestra Historia reciente, que nos es ajena y que está demasiado cerca, ahora más que nunca, gracias a personas como él. Y nos inmunizamos ante el dolor, ante la sangre y ante la guerra. O no. Porque tuve que retirar la mirada varias veces de fotografías cargadas de angustia, porque me duele más el miedo que la sangre, porque cala más hondo una mirada de soledad que la muerte congelada en una imagen. Y en eso es maestro Gervasio Sánchez, en captar sensaciones. Tan insoportables algunas que esta exposición puede doler. 

Creo que no hay un lugar mejor en todo Madrid para exponer esta antología, unas fotografías que reclamaban este espacio con las paredes desconchadas, viejas. Como esas guerras, tan cercanas en el tiempo, veinte años e incluso menos, y tan muertas ya. Aunque las heridas persistan. Porque persisten siempre, y es bueno que así sea, que la memoria guarde esa barbarie como un pellizco para evitar que cosas así vuelvan a ocurrir. Pero es difícil, por no decir imposible, porque somos capaces de recordar el pellizco, incluso de ver la cicatriz que puede dejar, pero no de volver a sentir el dolor. Ni tan siquiera con imágenes tan duras como las que Gervasio Sánchez se ha atrevido a hacer a lo largo de su trayectoria. 

Esta exposición es un paseo por los conflictos armados de América Latina y los Balcanes, por el hambre eterna de África. Desde 1984 hasta 2010. Cada uno de los bloques temáticos comienza con un panel escrito en primera persona por el propio Sánchez, explicando por qué estaba allí, enlazando su historia personal con la del lugar fotografiado. Él debe ser un gran conocedor de la historia, un hombre con tantas historias que contar... 

En su fotografía hay una evolución. O quizá, una adaptación al lugar y a la época. Porque desde el color de una América Latina desnuda y desconocida y alejada de los clichés fervientes, pasamos al desmoronamiento de la antigua Yugoslavia, con la crudeza más absoluta que se pueda imaginar. La sangre tiñendo de rojo sus fotografías; y el blanco y negro, por fin, haciendo aparición para mostrarnos, con un grano excesivamente grueso, que la tristeza adquirió allí miles de rostros. Y, después, África, buscando la supervivencia de manera constante. África negra, en la piel y en el alma.


Demasiado dolor ha tenido que ver este hombre. Un legado, el de sus fotografías, valiosísimo y necesario, aunque cuesta creer, a pesar de todo, que hayamos podido causar tanta desgracia. Y deberíamos preguntarnos a qué se debe. Una exposición que no hay que dejar pasar, una buena muestra de la impúdica sinrazón que padece el ser humano. Así que gracias, Gervasio Sánchez, por estas imágenes, porque son Historia. Y porque son Memoria. 

viernes, 29 de julio de 2011

ANTONIO LÓPEZ: Retrospectiva en el Museo Thyssen de Madrid


El museo Thyssen de Madrid inauguraba el pasado 28 de junio una exposición sobre la obra del pintor Antonio López (Tomelloso, 1936), uno de los artistas vivos con más relevancia en el arte contemporáneo.

La exposición comienza con una mirada a su obra más reciente, no sólo a su pintura, también a su escultura. Es un homenaje a Madrid, siempre a Madrid, la ciudad en la que ha vivido durante tantos años, pintando su luz, sus sombras y su señorío. Además de su angustia, de su ausencia de personas y de almas que producen una sensación de soledad urbana que acongoja y recoge en sus cuadros de la capital, de la Gran Vía a diferentes horas los más hermosos, y también otros (como Madrid desde Capitán Haya, del que ya hablé una vez en CAJÓN DE HISTORIAS, o Madrid desde la torre de bomberos de Vallecas, en la imagen) que son como una fotografía gigante, como una maqueta vista desde lejos.

Antonio López, de paciencia infinita, de meticulosidad extrema. Y de maestría, la maestría de un orfebre que saborea aquello que hace y lo extiende en el tiempo sin perder ni un ápice de entusiasmo.

En su obra escultórica estudia el cuerpo humano, representa la figura humana con absoluta precisión, como en Hombre y mujer, u Hombre tumbado, donde la tensión en la parte superior (las venas marcadas del cuello, los hombros cargados) contrasta con lo relajado del pene, las piernas y los pies.

Y la visita continúa con un viaje en el tiempo, con aquellas obras de los años sesenta y setenta del siglo XX, en los que nos muestra diferentes partes de la casa (algunos dibujos a lápiz no tienen desperdicio), a veces partes impúdicas y sucias y vulgares, elevadas gracias a él a la categoría de arte.

Podría decir mucho más de esta exposición que es el resultado de una vida de trabajo (como todas las vidas en realidad, dedicadas en su mayor parte al trabajo...), podría hablar de los membrillos, de las flores o de las cabezas, de los retratos a su esposa Mari, pero creo que lo mejor es que os acerquéis al Thyssen y disfrutéis de Antonio López, porque merece la pena, de verdad. Estará hasta el 25 de Septiembre.

martes, 27 de abril de 2010

Cajón de arte: EL BESO, de Gustav Klimt

En la Historia del Arte podemos hallar mil y un besos. Pinturas, esculturas, fotografías dedicadas al acto de unión entre dos personas a través de los labios. Rodin, Magritte, Hayez, Ouka Lele. Diferentes interpretaciones, más profundas, más reales. Pero todas sobre el beso. Y, sin embargo, me quedo siempre con la de Gustav Klimt, por la ternura y la emotividad.

El beso de Klimt, ejecutado entre 1907 y 1908, es un óleo sobre lienzo de 180 x 180 centímetros, sin duda una de las obras más significativas del siglo XX, expuesta en la Österreichische Galerie Belvedere de Viena. Klimt promulgó una ruptura con la Academia, se alejó de la perspectiva para volver a la bidimensionalidad. Un cuadro que en la forma podemos situar dentro de la corriente Modernista (o Art Nouveau) que tenía lugar a princpios del siglo XX en toda Europa, y a la vez dentro del Simbolismo por su contenido.

En ella podemos ver a dos amantes sobre un fondo dorado, que tanto recuerdan al arte bizantino. Una pareja que, arrodillados sobre un pequeño prado lleno de flores, se abraza y se besa. Es el hombre quién da el beso, la mujer quién lo recibe, él la sostiene la cara con las manos, ella permanece con los ojos cerrados y se aferra a su cuello. Ambos visten una túnicas doradas, llenas de luz y una cargada ornamentación, la de él con rectángulos negros y grises (según algunas interpretaciones, es un símbolo itifálico) y la de ella con círculos de colores (la fertilidad, el embarazo). Ella, al recibir el beso, vuelve la cara hacia nosotros, aunque no nos mire por tener los ojos cerrados.
Puede que este beso sea una representación simbólica del beso que Apolo le dio a la ninfa Dafne mientras ella se convertía en laurel. Puede que sea una reperesentación del propio pintor con la que fue su amante, Emile Flöge.

Lo que está claro es que ambos están fuera del mundo, en una suerte de éxtasis espiritual. Quizá son unos amantes furtivos, al borde del abismo, que se sostienen y se aman por última vez, uniéndose en un beso eterno.

domingo, 4 de abril de 2010

PONGAMOS QUE HABLO DE MADRID...

Hoy, 4 de abril, la GRAN VÍA cumple 100 años.

Esta calle que retrató Antonio López con su luz del amanecer, despertándose al nuevo día, con una quietud presente y unas personas, unos madrileños, ausentes, transmitiendo esa sensación de abrumadora soledad que tiene la gran ciudad.

La Gran vía, hermosa como pocas, viva como ninguna, fascinante a cada paso, pintada una y mil veces, descubriendo algo nuevo cada vez... Madrid, como dijo Sabina, allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo, pongamos que hablo de Madrid..

Madrid, una palabra que aparece 94 veces en Luz de libertad, mi primera novela:

En todo Madrid habitaba un nuevo despertar después de un invierno frío y cerrado, un Madrid con un cielo abierto, con unos jardines que brillaban desprendiendo tonos verdosos, rosáceos y azulados, unos jardines que llamaban a la vida, con un sol tibio que hacía que los deliciosos pinos, con sus copas redondas, ofrecieran una sonrisa amable, con unos almendros que se habían llenado de flores de manera inusualmente tardía. Me encantaba observar los almendros en flor, tan sofisticados y elegantes. Un Madrid con unas fuentes que rebosaban agua, fuente solemne que transmitían una refrescante sensación, que abrían el espacio y hacían de mi Madrid una ciudad bella y delicada.

Pensé en alejarme de todo, en marcharme de España, de mi Madrid lleno de luz, con su gente prendida del ritmo frenético de una ciudad heterogénea, con su cielo azul eléctrico y su algarabía perenne, pensé en abandonar todo, no seguir leyendo guiones que no valían nada, en desaparecer del mundo, destruir la ventisca que me invadía, que me elevaba al arte del ridículo, que me convertía en pueril. Pero no lo hice. Me sentía enraizado, arraigado a Madrid, tanto que yo ya no era de allí, sino que la ciudad era mía, mi ciudad. En Madrid nací, crecí, amé y odié, y seguía intentando olvidar el amor sentido y el odio resentido, y seguía haciendo de mi casa un lupanar tenue, una mancebía gris.

De Madrid sobre todo, ciudad que aceleraba mi corazón, ciudad desastre en todos los sentidos, droga furiosa que te engancha y te atrae para siempre, la mejor ciudad del mundo, la más bella y caótica, la más surrealista y heterogénea, la ciudad de la gente invisible, en la que puedes bajar a comprar el pan desnudo y no pasa nada, porque nadie te mira, no eres nadie, no existes y, sin embargo, todo el mundo sabe que estás ahí, desnudo quizá, sí, pero si un día dejas de estar te echarán en falta, y llorarán tu ausencia, y pedirán explicaciones al cielo de la ciudad, sin estrellas, pero el más bello. Gritarán tu falta sin piedad ni razón como han demostrado tantas veces, por desgracia, y demostrarán al mundo entero que es el único lugar en la que los ecos no se callan, la ciudad que no duerme, que no merece amanecer con el estruendo de los vagones deshechos en sus entrañas. Madrid -Madriz, como decimos los madrileños, los más chulos, los más abiertos, los que arrastramos las eses- me hacía falta y no podía alejarme para siempre de su aire y de su olor y de toda ella, encadenado a ella.

Me sentía más parte de Madrid que nunca, de lo que la ciudad había sido y lo que era ahora por lo que había sido, porque de cosas como esta es de lo que más se aprende, de los errores y del dolor. No sabía a ciencia cierta si era verdad o no, pero cada parte de mí me decía que Madrid me necesitaba.

jueves, 18 de marzo de 2010

Cajón de Arte: La crítica del mes

Kara Walter, siluetas y luz

La artista norteamericana es reconocida por explorar la cruda intersección de la raza, el género y la sexualidad, expresada a través de siluetas de tamaño real, que hacen alusión a la historia de las relaciones raciales americanas.

Kara Walter ha alcanzado una gran relevancia internacional a pesar de su "juventud" (nacida en California en 1969) por el hecho de conseguir plasmar el tradicional y apropiado estilo Victoriano de siluetas de papel, directamente en las paredes de la galería en la que expone. Esto crea un ambiente teatral donde expresa la complejidad de identidades a través de personajes en forma de caricaturas, cuyas situaciones son fácilmente identificables.

La instalación Darkytown Rebellion (en la imagen), vista en 2001 en Nueva York, consta de dos elementos principales: proyección de luces y papel cortado y pegado sobre las paredes. El tamaño es de 4’3 X 11’3 metros. En presentaciones de obras de este estilo, la artista utiliza proyectores con luces de colores en la parte superior de la sala, con el objetivo de iluminar el techo, paredes y el suelo y darle un toque realista a sus exhibiciones. Cuando el observador atraviesa las instalaciones, su cuerpo produce una sombra en las paredes que se mezcla con las figuras de papel negro y paisajes, insertándose así el propio espectador en la exposición.

En la imagen podemos observar dos paredes: en la de la izquierda hay ocho siluetas, de hombres de diferentes alturas, algunos portan banderas y otros lo que parecen lanzas, y todos transmiten una enorme sensación de movimiento por postura en la que se encuentran. En la pared de la derecha hay tres zonas diferenciadas: la de la izquierda, compuesta por un grupo de niños y un hombre aparentemente arrodillado, a la derecha una mujer con el clásico vestido victoriano que sostiene un utensilio entre sus manos, y en la parte superior observamos otra figura que también transmite movimiento.

Sus estilizadas figuras exponen la violencia producto de la opresión e incorpora escenas de bestialidad, asesinato y canibalismo, mediante la utilización de diversos medios, como los mencionados dibujos, los vídeos o las proyecciones de sombras, a través de los que la artista plantea sus preocupaciones recreando situaciones y escenarios teatrales, en los que narra pequeñas historias que le sirven de base para trasmitir su reivindicativo mensaje con una bella sutileza, con el efecto increíble de mostrar, denunciar y crear una reflexión tan indispensable para el buen funcionamiento de nuestra sociedad.

jueves, 18 de febrero de 2010

Cajón de Arte: La crítica del mes

Jenny Holzer y la fuerza de las palabras

La artista estadounidense presentó su obra Red Yellow Looming en ARCO’07 .

Desde que en 1977 comenzara su primera serie, Truisms (Tópicos), estampando aforismos en carteles que repartió por toda la ciudad de Nueva York, Holder ha desarrollado su obra en numerosas ciudades para convertirse en una de las artistas clave del panorama contemporáneo internacional.

La artista estadounidense lleva trabajando con textos desde finales de los años 70, después de una época en la que realizó sobre todo obras abstractas. Sus trabajos se desarrollan en espacios públicos: en la calle, en las paredes de los edificios, en carteles publicitarios, en anuncios electrónicos entre otros. Sus mensajes reflejan fuertemente aspectos políticos, feministas y ambientales. En su obra la palabra adquiere nuevos significados, el texto es revalorado y replanteado como un elemento estético más: la literatura se vuelve visual y el arte plástico se vuelve discurso.

El momento decisivo de su carrera llegó en 1982 al presentar sus sentencias de la serie Truisms en pantallas electrónicas en pleno Times Square, cuando Holzer incluyó en un edificio una serie de sentencias.

La obra que observamos en la imagen es Red Yellow Looming, una escultura que consta de 13 señales de luz L.E.D. de doble cara – se trata de un dispositivo que emite luz casi monocromática – con textos del gobierno estadounidense recientemente desclasificados. El único texto que aparece en la imagen es “Top Secret”. El tamaño de la obra es de 276,86 x 13,34 x 10,16 centímetros. La obra fue realizada en 2004.

Holzer centra la atención del espectador en la apariencia del texto, con una luz potente de un color anaranjado que contrasta con las bandas negras que hay por encima y por debajo de cada una de las frases, lo que facilita enormemente su lectura, así como el gran tamaño, y tiene en cuenta para realizar sus obras aspectos temporales y espaciales. De esta manera nos recuerda que cualquier texto que incluya mensajes publicitarios o gubernamentales y reivindicativos siempre conlleva una existencia material. Para ella las ideas requieren un soporte físico.

La brevedad de unos mensajes cortos en extensión ocultan, sin embargo significados profundos, no con la intención de poner de manifiesto una idea concreta, sino que se plantean como un interrogatorio que obliga al espectador a pararse, leer, comprender y reflexionar, nos lanza una carga de profundidad directa a nuestro intelecto y a nuestra conciencia.

El hecho de hacer pararse a toda persona que vea su obra para reflexionar sobre el mensaje exhibido, en este caso, criticando la propiedad privada. Los temas que toca Holzer (la primera mujer en representar a los Estados Unidos en la Bienal de Venecia en 1990), entran de lleno en temas tabúes en las sociedades occidentales como son el sexo, la violencia, el amor, la guerra y la muerte. Sin duda, estamos ante una de las artistas conscientes del poder del arte y de la palabra.

domingo, 17 de enero de 2010

Cajón de Arte: La crítica del mes

Robert Mapplethorpe y el erotismo transgresor

Sin duda estamos ante una de los artistas más controvertidos y geniales de las últimas décadas del siglo XX. El fotógrafo estadounidense Robert Mapplethorpe realizó retratos a artistas como Andy Warhol, escritores, estrellas del cine porno o incluso cantantes como Mick Jagger, aunque sin duda uno de sus estudios más célebres es el realizado a la fisicoculturista Lisa Lyon (en la imagen).

Las obras de Mapplethorpe se caracterizan por ser formalmente clásicas, de gran formato en su mayor parte y tanto como la composición como la definición son de calidad extraordinaria. Sin embargo, el artista fue uno de los más trasgresores en lo que a los temas se refiere. La calidad estética de su obra es incuestionable, pero son sobre todo los temas eróticos y homosexuales los que han hecho que sea uno de los artistas más interesantes de los años 70 y 80, así como uno de los más litigados por los críticos estadounidenses ya que cada una de sus exposiciones venía acompañada de escándalo y prohibición.

En ocasiones, esta polémica podría verse justificada ya que sus obras sobrepasan el límite de lo “socialmente aceptado”, puesto que en algunos de sus cuadros aparecen genitales erectos, relaciones sadomasoquistas... Quizá por eso su obra ha sido mucho más aclamada siempre en países europeos que en Estados Unidos, dónde incluso fue denunciado por el Senado y tuvo varios juicios en los que se le acusaba de obscenidad.

Más allá de la polémica, Mapplethorpe es un artista que consigue emocionar a todo aquél que ve sus fotografías, por conseguir crear una estética diferente que persigue la belleza formal, belleza apacible que encontramos a lo largo de su obra, incluidas las tan criticadas fotografías que representan un erotismo abiertamente homosexual.

Tanto en las fotografías realizadas a Lisa Lyon como en otras muchas de sus obras, la definición, las sombras, el estudio del cuerpo humano y la originalidad son aspectos destacables, pero sobre todo hay que subrayar la capacidad del artista para provocar sensaciones y emociones en todo aquel que ve su obra y que esto se consigue porque, sin duda, estamos ante arte en esencia, en estado puro, a pesar de todas aquellas voces que han intentado silenciar cada uno de las fotografías de uno de los artistas norteamericanos que han tratado el tema del amor y del erotismo de una manera mucho más transgresora, una manera diferente a lo que una sociedad ciega no está acostumbrada a ver, pero igualmente válido y sublime.

Otras críticas de arte:

jueves, 17 de diciembre de 2009

Cajón de Arte: La crítica del mes

The dinner party, de Judy Chicago – Todo un homenaje a la mujer

Estamos ante una de las obras más importante de Judy Chicago, artista norteamericana, una de las pioneras del movimiento artístico feminista que se desarrolló a partir de los años sesenta del siglo XX sobre todo en Estados Unidos.

The dinner party es una plataforma con forma triangular (triangulo equilatero con unos quince metros en cada lado) con treinta y nueve asientos que incluyen el nombre de la célebre mujer que deberá ocupar tal asiento, además de plato y cubiertos para cada una de las comensales a las que se les va a ofrecer “la cena”. Mencionar además que el suelo del lugar original en el que podíamos encontrar la obra incluía el nombre de otras 999 mujeres de la civilización occidental que han realizado alguna aportación cultural o han realizado algún hecho relevante a lo largo de la Historia.

Cada uno de los platos incluye además la imagen de una flor o de una mariposa, que representa la feminidad.

Esta obra es sin duda un homenaje explícito por parte de Judy Chicago que lo que pretende es además reivindicar la posición de la mujer en un mundo tradicional e históricamente dominado por hombres.

No es casualidad que la obra tenga una forma triangular ya que esta forma representa también el órgano reproductor femenino, lo que se puede interpretar además como un símbolo de la fertilidad de la mujer, a la vez que supone una provocación.

Mencionar que el valor artístico de The Dinner party se centra sobre todo en lo que la obra significa, más que por una serie de aspectos formales excepcionales. Para una obra como esta es imprescindible tener en cuenta la época en la que vio la luz: los años setenta del siglo XX, en concreto en 1979, ya que fue durante estos años cuando se aceleró un proceso de reivindicación de los derechos de la mujer y se llevó a cabo todo un movimiento feminista en todos los ámbitos sociales y culturales, incluido el arte. Lo que quiero decir es que obras como ésta no gozarían de un gran valor artístico hoy en día sacadas de su contexto y su época original, pero que artistas polémicas y atrevidas como Judy Chicago supieron escoger el momento adecuado y oportuno para alzar una obra de arte que, sin duda, quedará para siempre en un lugar importante de la Historia del Arte.

Más críticas de arte:

martes, 17 de noviembre de 2009

Cajón de Arte: La crítica del mes

Andrés Serrano: La curiosidad de la muerte

El controvertido y polémico artista neoyorquino analiza en su serie La Morgue el tema de la muerte a través de una serie de fotografías de cadáveres. Desde sus comienzos en los años ochenta ha abordado temas como los fluidos del cuerpo, la religión, la enfermedad o la muerte, siendo objeto de polémica, lo que no le ha perjudicado para convertirse en uno de los artistas más relevantes del panorama artístico actual.

La serie La Morgue, de 1992, consta de una serie de fotografías que representan la muerte, enfrentándonos con la realidad de nuestra propia mortalidad, sobre todo al incluir entre las fotografías imágenes de personas jóvenes muertas prematura o violentamente. Sin duda, lo que pretende el artista es impactar a un público y transportarlo hasta una realidad que pretende evitar. Y esa realidad no es otra cosa que el hecho de morir.

En las imágenes observamos partes del cuerpo como manos, pies, torsos... Sin embargo, en ocasiones resulta difícil distinguir que estamos ante fotografías de muertos. Lo que intenta es darle naturalidad a la muerte y afrontar el miedo que nos produce. Y a la vez que reflexiona sobre la muerte nos invita a reflexionar sobre la vida.

Las imágenes, como la que observamos, titulada Homicide Strabbing, son de un gran naturalismo, aunque en esta ocasión evita mostrar una imagen agresivamente explícita. Observamos el cuerpo de un cadáver, semidesnudo, extendido sobre una camilla. En este caso, el rostro queda fuera de la imagen, no lo vemos.


El fondo de la fotografía es absolutamente negro, no hay ningún matiz, iluminando de esta manera el personaje fotografiado, obviando todo lo demás. El tratamiento de la imagen es totalmente realista, observamos el cuerpo tal y como es y no nos oculta ni tan siquiera los cortes de los brazos. Es sin duda este tratamiento lo que convierte en natural el tema tratado, puesto que Andrés Serrano resucita al cadáver para convertirlo de nuevo en cuerpo. Todo un milagro.

Otras críticas de arte:

viernes, 12 de junio de 2009

MADRID DESDE CAPITÁN HAYA, de Antonio López


Madrid desde Capitán Haya en un óleo sobre lienzo encolado a madera, que mide 184 x 245 cm. Estas medidas nos permiten afirmar que estamos ante una fotografía gigante de Madrid, porque es Madrid lo que vemos, al menos desde un aspecto formal, debido a la fidelidad en la representación. Pero el pintor va más allá de la realidad, tanto es así que supera a la fotografía porque incorpora plásticamente las huellas del paso del tiempo.

Sobre la ciudad cae todo el sol y toda la luz de la parte superior, luz cenital, desdibujando perfiles y creando sombras. Antonio López pinta este cuadro con una iluminación directa, y pinta al mediodía, con lo que se amplía considerablemente el tiempo durante el cual las condiciones de luz apenas varían –entre 3 y 4 horas-. Sin embargo, esta luz de mediodía hace que se multipliquen las formas, con la aparición de más sombras y matices.

Un cielo y una luz que hacen pequeña a una ciudad enorme, un cielo y una luz que visten Madrid y a la vez la desnudan, dejando al descubierto sus soledades y sus demonios urbanos.

La ciudad, vista desde lo alto de un mirador nos devuelve el recuerdo de una realidad plena de vivencias y emociones humanas. Lo real y lo irreal fundidos. El realismo mágico. La memoria de un mundo que el tiempo gasta y corroe, pero que gracias a su pintura están ahí fijos. Vemos una vista de un Madrid en un “momento concreto” (entre comillas porque el “momento” se extiende desde 1987 hasta 1994, el período de ejecución de la obra) un Madrid que fue así, y así sigue siendo. Y, paradójicamente, no es igual, porque el paso del tiempo hace que los pisos sean más viejos e incluso puede que la luz sea diferente, condicionada por la polución en aumento.

Pero cuando observamos Madrid desde Capitán Haya nos transportamos hasta el punto exacto y el momento exacto en el que López decidió mirar la ciudad y hacer inmortal esta vista, en un instante eterno.

En Madrid desde Capitán Haya hay que señalar la falta de personas. Esto aumenta la abrumadora sensación de soledad de la gran ciudad. Antonio López es un gran maestro en traducir lo impersonal que tienen todas las grandes aglomeraciones humanas.

martes, 24 de marzo de 2009

EL ARTE. CONVERSARCIONES IMAGINARIAS CON MI MADRE, de Juanjo Sáez


Estamos ante un libro que constituye en sí mismo toda una experiencia artística… toda una aventura. Y Juanjo Sáez, el autor atrapa de una manera amable y divertida a un lector que lee y lee de principio a fin.

Probablemente todo aquél que quiera comprar Conversaciones imaginarias con mi madre lo encuentre en la sección de cómics, pero mucho más que un cómic es un libro crítico, puesto que Sáez no tiene ningún pudor al expresar sus opiniones sobre determinadas obras de arte, como por ejemplo cuando afirma que Calder es su artista favorito, porque sus obras móviles son como volver a la infancia, o cuando afirma que para él los cuadros de Miró son como entrar en otro mundo, incluso hay veces que escribe lo que piensa y no lo justifica ni lo profundiza. Simplemente es su opinión.

Pero a la vez es una obra educativa y divulgativa, puesto que el dibujante barcelonés acerca el arte contemporáneo a todo el que no sabe nada sobre el tema, al igual que a aquellos que son expertos pero que tienen la mente abierta para aceptar como válidas nuevas formas de arte, ignorando en ocasiones el virtuosismo para centrar toda la importancia en la emoción de contemplar las obras. Porque para el autor el arte es emoción, además de salir de sí mismo y fundirse con el mundo.

Además explica que el arte no es sólo una representación de la realidad, una obra no es mejor cuanto más realista sea, porque precisamente eso va en contra del concepto de arte: el arte ha de ser libre para evolucionar y llegar a otros lugares, de ahí la importancia de artistas como Picasso, que llegó más lejos de lo que nunca había llegado nadie antes.

Todo esto lo explica de una forma sencilla y amena, entremezclándolo con pinceladas de su vida cotidiana y las reacciones, reales o imaginarias, de su madre ante estas reflexiones. El ser humano parece que disfruta complicando lo que puede ser sencillo, y Juanjo Sáez ha simplificado lo que puede ser complejo.

Por último, mencionar que para acercar al lector al arte contemporáneo lo hace precisamente a través de una forma artística, puesto que sus dibujos sin caras, sus garabatos o sus tachones son una manera más de defender aquello de lo que habla el libro: todo lo que nos rodea puede convertirse en una obra de arte, sólo depende de los ojos con los que miremos el mundo.

martes, 23 de diciembre de 2008

MARÍA GRAY, la pintora de los besos en color

Esta “creadora indefinible”, tal y como a ella misma le gusta decir, ha profundizado en diferentes ámbitos artísticos como la pintura, el teatro o la interpretación.

“Todo lo que hago deviene del teatro”, afirma rotunda María Gray. “El teatro es una disciplina que engloba todas las artes y yo me vi fascinada por todas ellas”, añade. Por este motivo, esta venezolana afincada en Madrid no se decanta por ninguna de los ámbitos artísticos en los que se mueve. “La creación parte de una inspiración, de una idea. Es durante el proceso de ejecución cuando encuentro el formato más adecuado”.

María Gray llegó a España por primera vez en 1988 con una beca para estudiar Arte Dramático. “Europa me ha aportado teoría, historia y madurez”, dice Gray, que reconoce que Venezuela y los países iberoamericanos “gozan de la alegría” que le falta al Viejo Continente.

Besos por amor al arte
Fue en el año 2003 cuando la artista pasó por uno de los peores momentos de su vida. “En respuesta a esta crisis comencé a pintar besos como acto de transformación del dolor”, explica a CAJÓN DE HISTORIAS. Sin embargo, su “primer beso” era un cuadro expresionista y tortuoso: “dos personas que no están felices pero se siguen besando porque buscan la unión y la vida”.

Su primera colección de besos, que se pudo ver en Nueva York durante cuatro años, era en blanco y negro. “Rechacé el color”, afirma la pintora. Debido al éxito de estos primeros cuadros, la artista sintió la necesidad de seguir con la misma temática y llenar la vida de la gente de besos. Así surgió en 2007 su segunda exposición de besos, en la que aún destacaba la ausencia de color.


Bésame en color
“He vuelto a la sencillez, a la ligereza y he abandonado la línea expresionista”. Su última exposición, que se puede ver en el Supermercado del Arte, ha incorporado por primera vez el color. “Me he vuelto un poco pop”, afirma entre risas para CAJÓN DE HISTORIAS.

Gray considera que tener uno de sus cuadros en casa motiva a la reflexión sobre el beso, así como al acercamiento sobre la acción de besar. “Vivimos en una sociedad demasiado estresada, con muchos prejuicios, necesitamos una motivación para besar”.

Entre sus proyectos de futuro destaca la creación de una instalación de zapatos de repartidos por toda la ciudad. Es el espectador quien tiene que reconstruir toda la imagen del ser humano a través del zapato. “En mi proyecto el zapato es la representación simbólica del ser humano dentro del entorno”, afirma Gray, cuya obra necesita del espectador para ser completada, porque tal y como afirma la venezolana, “el arte es como el beso, algo compartido”.

lunes, 6 de octubre de 2008

ABU GHRAIB, de Fernando Botero


Fernando Botero es uno de esos artistas que no pueden quedarse al margen de las cosas que suceden en la sociedad de su época. Aunque ha afirmado en varias ocasiones que el artista no debe meterse en temas políticos, sino que tiene que “mantenerse fiel a las ideas estéticas” vuelve a demostrar que sus obras pueden convertirse en todo un acto explícito de denuncia, lo que evidencia el poder del arte como medio de comunicación y expresión. En esta ocasión estamos ante 79 obras que muestran las torturas cometidas por soldados estadounidenses en la cárcel iraquí de Abu Ghraib, y en las que podemos observar la perspectiva de las víctimas y no la del torturador: prisioneros desnudos, maniatados, con los ojos vendados, colgados, unos encima de otros o incluso algunos atacados por un perro… figuras sangrantes atormentadas que transmiten el dolor mucho mejor de lo que podría hacerlo incluso una fotografía.


Botero, artista prestigioso y personal, tiene un estilo plenamente figurativo caracterizado por una técnica muy cuidada y una plástica que tenía sobre todo en sus inicios un cierto aire naïf –ingenuo en francés-, que él mismo reconoce heredera de Piero Della Francesca y que se define en lo temático por la representación de personas y animales siempre con una perspectiva agigantada, figuras corpulentas o incluso obesas, en lo que algunos críticos han querido denominar “Gordismo”. En cuanto a los colores, destacar que en la exposición que nos ocupa predominan los oscuros, el verde oscuro y el rojo oscuro de la sangre, pero en cada pintura aparece una pequeña ventana blanca que establece el contraste entre la luz de afuera, símbolo de la esperanza, y la tortura de la prisión.


A pesar de la potencia y del dolor que se transmite puede considerarse todo un canto a la libertad, libertad que les fue robada a estos hombres y que pone de manifiesto la degradación y la humillación que sufrieron, reclamando así una dignidad que no debería perderse jamás. Botero, tras “sacarse la rabia” tal y como ha afirmado durante la realización de la obra lanza en cada uno de los 79 lienzos una pregunta al mundo: ¿Qué país o que mandatario es capaz de permitir que ocurran semejantes atrocidades? Que cada cual saque sus propias respuestas.