Soldados de Salamina, la tercera película de David Trueba, basada en la novela homónima de Javier Cercas, nos acerca a la figura de Rafael Sánchez Mazas, uno de los ideólogos de la Falange Española que salió con vida de un fusilamiento.
Lola Cercas, interpretada por Ariadna Gil, es una periodista/escritora en crisis (una profunda crisis vital y literaria) que comienza a investigar sobre la figura de Sánchez Mazas y la del soldado que le perdonó la vida, un tal Miralles (interpretado por Alberto Ferreiro en la juventud, con una escena maravillosa en la que una sola frase -Por aquí no hay nadie- y una mirada bastan para decirlo todo; y Joan Dalmau en la vejez, que hace la última parte de la película entrañable). Hasta Miralles llegará por casualidad gracias a uno de sus alumnos (insípido una vez más Diego Luna). Una búsqueda que supondrá para ella volver a escribir una novela, una de esas que nacen de las entrañas. Todo esto mientras entabla una relación de amor-odio-amistad con María Botto (magnífica).
David Trueba teje un drama en estado puro que se apoya en la angustia contenida de Ariadna Gil, en una cuidada y hermosa fotografía y algunas escenas que te arrancan una tímida sonrisa cuando estás a punto ya de dejar escapar una lágrima.
Con un guión inteligente y delicado que no cae en el común error de críticar burdamente a uno u otro bando político, Soldados de Salamina se convierte gracias a su final en una película estremecedora y grande.