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lunes, 13 de enero de 2014

Aguas salobres/Los muertos - Mario levrero

La editorial uruguaya Hum recoge en este volumen dos libros de relatos del genial Mario Levrero, Aguas salobres, de 1983; y Los muertos, de 1986, correspondientes a su etapa intermedia, antes de situar en sus escritos a un yo protagónico, alter ego del autor.

Aguas salobres lo componen cuatro relatos cuya extensión media ronda las veinte páginas.

Abre el libro el cuento Casa abandonada. En ella se dan cita hombrecillos de once centímetros que salen de los tubos de la instalación de gas; una despensa donde conviven cientos de especies de araña; un ente, "ello", que no se sabe cómo es pero que vive en el altillo; mujercitas desnudas que salen del grifo y toman el sol en la jabonera; una lombriz interminable que sale del bidé; huracanas cuyo epicentro es el salón de la casa; la intuición de que un unicornio pasta en el jardín. Levrero en estado puro.

Las sombrillas, comienza cuando la niña de la casa donde viven diferentes personajes anuncia que "nohaymar", esto es, que ha desaparecido el mar. Preparan una expedición, casi un éxodo a través de la arena húmeda y ondulante donde antes descansaba el mar. Poco a poco, los personajes van desapareciendo.

En Aguas salobres un feto que ha logrado sobrevivir gracias a los cuidados de una cerda domina a todo un pueblo costero. En este relato, Levrero inventa toda una religión igual de coherente que el resto de las existentes. Hasta esboza una pequeña hagiografía.

Por último, Noveno piso, se inicia con el protagonista queriendo subir hasta ese piso. El ascensorista se apuesta con él a que no llegará arriba. El hombre se queda extrañado por la apuesta pero, en efecto, el ascensor se cae al vacío por el peso de sus ocupantes así que el hombre decide trepar por el hueco del ascensor para reunirse con la persona con la que había quedado. Y llega, pero tarde. Muy tarde.

Por su parte, Los muertos, se compone de tres relatos. El primero de ellos, el que da título al libro. El protagonista oye un disparo cuando está solo en casa de sus tías: el inquilino con el que conviven se ha suicidado. Sin saber muy bien qué hacer, sale a la calle. El tiempo va pasando y cada vez le parece menos conveniente ir a comunicar lo sucedido a la policía por si le acusan de haber tardado tanto o le interrogan.

En Espacios libres, un hombre busca a una prostituta que se ha ido de su casa desnuda. En un bar se encuentra con un grupo de gente que se une a esa búsqueda. Da comienzo una especie de road movie etílica e hilarante en busca de un perro rastreador capaz de encontrar a la prostituta.

Por último, Algo pegajoso, es un cuento de tres páginas donde la primera mitad habla de un caramelo y del envoltorio que se le pega en la palma de la mano y la otra mitad narra el encuentro casual con Antonieta a la que hacía seis años que no veía.

Estos tres relatos están ya mucho más próximos al Levrero de la segunda etapa, mucho más mesurado y menos dado al surrealismo, aunque dejándose llevar por la narración.

Si bien es cierto que algunos de los cuentos no he llegado a comprenderlos ni tan siquiera después de haberlos leído un par de veces, otros, como Aguas salobres o Los muertos son auténticas joyas que se merecerían mucho más espacio en la historia de la literatura hispanoamericana.

martes, 6 de diciembre de 2011

Los muertos, los vivos - Beatriz Olivenza


Con este libro de relatos la escritora madrileña Beatriz Olivenza se convirtió en la única mujer finalista de la VIII edición de los Premios Setenil, que otorga el ayuntamiento de la ciudad murciana de Molina de Segura al mejor libro de relatos publicado en el año. En esta categoría, Olivenza ha obtenido algunos de los premios más importantes a nivel nacional, como el Gabriel Miró o el Ana María Matute  de Narrativa de Mujeres. Además, tiene tres novelas publicadas.

El título de esta colección de relatos lo toma prestado del último verso del poema Vida Urbana, de Jorge Guillén. Tras un paseo por la solemnidad del cementerio, entre lápidas y silencio, el poeta se da cuenta de que fuera está el murmullo constante de la ciudad que no se detiene. Las dos últimas estrofas dicen así:

Hervor de ciudad
En torno a las tumbas.
Una misma paz
Se cierne difusa.

Juntos, a través
Ya de un solo olvido,
Quedan en tropel
Los muertos, los vivos.




Y así, en tropel, es como conviven los muertos con los vivos en este libro. Podríamos decir que es un libro de fantasmas, y no mentiríamos, pero nos quedaríamos en la superficie. En los nueve cuentos que componen la colección aparecen muertos, pero no dan ningún miedo, más bien al contrario. Nos dedican su tiempo infinito, del que disponen, para acompañarnos en la transición hasta la muerte, como ocurre en Acompañantes. En otras ocasiones vienen a la cena de Navidad; tras muchos años, vuelven a ocupar sus sillas. Así sucede en Reunidos. O puede que solo quieran mimar a su madre, enferma de cáncer, como en Olvido tras el cristal. Solamente hay un cuento en el que el fantasma dé miedo, es el que lleva por título Sueños simétricos. Aquí sí hay un elemento perturbador.

La poética de la autora para este libro la encontramos en la voz del narrador de Ángulo muerto. Tres amigos van al entierro de un cuarto. El narrador recuerda que no hace mucho se reunieron en la casa del difunto y en un momento de sinceridad se confesaron sus miedos más inexplicables, esos que nos acompañan desde hace tiempo como un castigo y que no nos atrevemos a contar.  Cuando le toca el turno al narrador dice: No sé que edad tenía cuando descubrí que a la gente que quiero se la tiene que tragar la tierra (…) ese día empezó mi condena.

Para que de alguna manera esos seres queridos no se vayan, Beatriz Olivenza los invoca y, lejos de ser almas errantes que siembran el pánico allá por donde pasan son, más o menos, como han sido mientras han vivido. Al fin y al cabo, ¿por qué iban a cambiar?

Reseña publicada en Culturamas el 5 de diciembre de 2011