Lo cierto es que resulta realmente difícil escribir sobre un libro que lleva más de cincuenta años dando que hablar; donde, por cada hoja escrita por Nabokov en esta novela, una legión ha escrito cientos de trabajos, tesis doctorales, apuntes, y un largo etcétera.
Sin embargo, no me voy a privar de escribir unas cuantas líneas sobre Lolita. Nada de hablar del argumento (que ya lo sabe todo el mundo); nada de hablar de las ampollas que levantó el libro en su día (aún hoy día sigue levantando). Simplemente expresar las sensaciones que han despertado en mí esta novela.
La primera, y la más importante para mí, es la de la reconciliación con la literatura. Esto suena a una chorrada, pero para mí es lo que más sentido tiene. La literatura, lo que yo entiendo por ella, es algo más que unas cuantas cientos de páginas que cuentan algo; es algo más que una serie de personajes y sus relaciones; es algo más que una simple historia; por supuesto, es algo más que un entretenimiento. Para mí la literatura es vida. Y la vida es, de algún modo, literatura. No concibo un mundo donde no pueda leer porque yo aprendo de la literatura. Parte de lo que soy, una gran parte, se lo debo a los libros. Parte de mi forma de ser, de mi forma de actuar o de pensar se ha forjado a base de lecturas.
Es cierto que cuanto más lees, también cuanto mayor te haces, hay menos cosas que te sorprenden. Todos tenemos algún que otro libro que nos deslumbró en su momento y que tenemos miedo de volver a leer por si la sensación no es la misma. Llevaba una larga temporada leyendo libros que no acababan de llenarme del todo. No malos, ni mucho menos, de hecho he leído algunos muy buenos. Pero necesitaba algo más. Ese algo más suele ser algo parecido a lo siguiente: un tipo con un libro entre las manos, abriéndolo al azar, releyendo partes; o tirarse en la cama mirando al techo con la vista perdida y pensando en por qué unas cuantas palabras han logrado que se encuentre en ese estado de medio shock. Eso ha sido precisamente lo que me ha pasado con Lolita.
La segunda sensación que me ha producido el libro es algo más peregrina, por nombrarla de alguna forma: ¿cómo es posible que comprenda a Humbert, que sienta que está completamente enamorado de esa chiquilla de doce años, que, hasta cierto punto, justifique sus acciones?
Solo un genio como Vladimir Nabokov puede conseguir que sientas simpatía por un ser como Humbert Humbert. Humbert no es el malo y Lolita la buena, eso sería muy fácil; Humbert y Lolita son dos personajes de carne y hueso (o de tinta y papel, como queráis) y, como tales, son contradictorios, plenos, complejos, en definitiva, humanos.