Karl Rossman, un joven de diecisiete años que ha tenido una aventura con la criada, parte rumbo a Nueva York para empezar una nueva vida. Allí le espera su tío.
Este es el punto de partida de la novela El desaparecido del escritor checo Franz Kafka. Pero, antes de conocer a su tío, conoce al fogonero del barco que será juzgado por unos cuantos altos cargos. Nos encontramos ya, desde el principio, con un juicio al más puro estilo kafkiano, donde es imposible tener un resultado objetivo y, ni tan siquiera, defenderse de manera digna. Más tarde, al propio Karl Rossman le harán un juicio parecido trabajando como ascensorista en un hotel.
Antes de pasar por eso, Karl intenta, y parece conseguir en algunos aspectos, el gran sueño americano. La tierra de las oportunidades está a disposición de Rossman que, encarnada en la figura de su tio acomodado, tiene a su disposición todos los recursos necesarios para prosperar. Sin embargo, el tío pone fin a su relación con Karl tras incumplir este una orden tan absurda como poco autoritaria: le pide que no vaya a ver a un amigo suyo (de su tío), que lo deje para otra ocasión. Karl lo entiende, y los lectores con él, más como un consejo que como algo impuesto, así que se va a pasar la tarde con el amigo de su tío. Comienza así la segunda parte de esta novela.
Porque si antes había un atisbo de optimismo, una mínima esperanza por Karl, esta se diluye desde el mismo momento en que es "desterrado" por su tío. Comienza el vagabundeo, conoce a dos tipos extraños y, a pesar de que los abandona por un puesto en un hotel donde la cocinera mayor le protege, sabemos que el destino de Karl no es ser feliz. Tras el juicio comentado un poco más arriba, es despedido y tiene que lidiar de nuevo con los dos acompañantes y convivir con ellos y con una artista venida a menos. Esta convivencia produce los momentos más surrealistas y disparatados de la novela.
El desaparecido siempre me ha parecido la novela menos kafkiana de Kafka, por momentos más pausada y con personajes menos atrapados por las circunstancias que lo rodean. Por ello, también, es la novela que menos me gusta de él. Aunque siendo de Kafka, este detalle sobre las preferencias es nimio.
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martes, 18 de diciembre de 2012
miércoles, 12 de diciembre de 2012
El proceso - Franz Kafka
Recuerdo haber leído a Kafka en el instituto, La transformación (conocida como La metamorfosis por aquel entonces, y aún hoy en día). No me gustó. No entendí nada. La edición que manejaba venía con un par de escritos más: Un artista del hambre y Un artista del trapecio. Los leí por curiosidad y entendí menos aún.
Todo quedó ahí hasta que años después, en el verano de 2003, trabajé en un almacén en el típico trabajo de estudiante. En esos días calurosos, mientras esperaba el autobús, leí compulsivamente El proceso por primera vez, en una edición muy barata que compré en el rastro y que se iban despegando las páginas a medida que leía (hoy me parece una metáfora perfecta sobre la obra de Kafka).
Pasó un tiempo más y, ya en el 2005 se puede decir que leí de verdad y en condiciones a Kafka. Las novelas, los cuentos, los diarios. Quedé deslumbrado por la prosa, que si bien en ocasiones puede ser tosca, es magnífica. Incluso el hecho de que las novelas estén inacabadas me parece un acierto. El castillo acaba en mitad de una frase inconclusa. ¿Qué pasará con K? Se abre un abanico de posibilidades casi infinito.
Lo que más me gusta de la obra kafkiana es precisamente ese adjetivo tan usado en muchos casos para promocionar tal o cual obra. Ese punto absurdo dentro de una realidad estable, la burocracia que te impide avanzar, la reación de los personajes entre la apatía y el inmovilismo o la furia contenida y desatada en determinados momentos. Todo ello creo que en gran parte es el comienzo del existencialismo latente que se desarrollaría unos años más tarde.
Como en esta novela, donde la burocracia se instaura en patios de escaleras que recuerda las obras de Escher, en laberínticos pasillos mal ventilados, habitaciones minúsculas, donde tras una puerta de almacén se infligen castigos. Asistimos con la misma perplejidad que Josef K. a la imposibilidad de llegar a las instancias superiores, a saber siquiera por qué razón se le acusa.
Mención aparte merecen los personajes femeninos, siempre entre el acercamiento y el enamoramiento por parte del protagonista, por un lado, pero también un cierto rechazo hacia la femenino.
Tenía cierto reparo a volver a leer a Kafka por si no me deparaba las mismas sensaciones que tuve con la primera lectura, por ese miedo que tenemos de releer lo que nos gustó en un momento dado porque todos estamos en continuo cambio y quien era ya no soy, pero esta nueva aventura me está resultando de lo más placentera. Volver a sentir por la Literatura, volver a darme cuenta de lo mucho que significa para mí unos cuantos cientos de páginas llenas de letras impresas.
Todo quedó ahí hasta que años después, en el verano de 2003, trabajé en un almacén en el típico trabajo de estudiante. En esos días calurosos, mientras esperaba el autobús, leí compulsivamente El proceso por primera vez, en una edición muy barata que compré en el rastro y que se iban despegando las páginas a medida que leía (hoy me parece una metáfora perfecta sobre la obra de Kafka).
Pasó un tiempo más y, ya en el 2005 se puede decir que leí de verdad y en condiciones a Kafka. Las novelas, los cuentos, los diarios. Quedé deslumbrado por la prosa, que si bien en ocasiones puede ser tosca, es magnífica. Incluso el hecho de que las novelas estén inacabadas me parece un acierto. El castillo acaba en mitad de una frase inconclusa. ¿Qué pasará con K? Se abre un abanico de posibilidades casi infinito.
Lo que más me gusta de la obra kafkiana es precisamente ese adjetivo tan usado en muchos casos para promocionar tal o cual obra. Ese punto absurdo dentro de una realidad estable, la burocracia que te impide avanzar, la reación de los personajes entre la apatía y el inmovilismo o la furia contenida y desatada en determinados momentos. Todo ello creo que en gran parte es el comienzo del existencialismo latente que se desarrollaría unos años más tarde.
Como en esta novela, donde la burocracia se instaura en patios de escaleras que recuerda las obras de Escher, en laberínticos pasillos mal ventilados, habitaciones minúsculas, donde tras una puerta de almacén se infligen castigos. Asistimos con la misma perplejidad que Josef K. a la imposibilidad de llegar a las instancias superiores, a saber siquiera por qué razón se le acusa.
Mención aparte merecen los personajes femeninos, siempre entre el acercamiento y el enamoramiento por parte del protagonista, por un lado, pero también un cierto rechazo hacia la femenino.
Tenía cierto reparo a volver a leer a Kafka por si no me deparaba las mismas sensaciones que tuve con la primera lectura, por ese miedo que tenemos de releer lo que nos gustó en un momento dado porque todos estamos en continuo cambio y quien era ya no soy, pero esta nueva aventura me está resultando de lo más placentera. Volver a sentir por la Literatura, volver a darme cuenta de lo mucho que significa para mí unos cuantos cientos de páginas llenas de letras impresas.
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