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martes, 25 de noviembre de 2014

El idioma materno - Fabio Morábito

Hay libros que hay que celebrar cuando se editan. Por ser diferentes, por mantenerse al margen de mercados y modas, por tener una alta calidad literaria, por aportar algo más que unas cientos de páginas escritas. El idioma materno, de Fabio Morábito es uno de estos libros.

Son ochenta y cuatro textos cuya extensión no supera la página a doble cara los que componen este libro inclasificable del escritor de nacionalidad egipcia pero de pasado italiano y cuya lengua de comunicación es el español. De ahí el título, de ahí los diferentes textos dedicados a la traducción, al lenguaje, al modo de expresarnos. Ochenta y cuatro textos que nacieron en el diario argentino Clarín, cuando le propusieron escribir una columna de temática libre de no más de dos mil caracteres. Desde un primer momento, Morábito tenía claro de lo que quería hablar: del libro y de todo lo que conlleva, desde la escritura a la vocación literaria, pasando por la palabra escrita frente a la oralidad, sobre la poesía y la relación que uno tiene con los textos.

Morábito articula estos pequeños ensayos en hechos concretos de su vida; así, descubrió que quería ser escritor cuando se enamoró de un niño a los siete años y lo traicionó, porque un escritor es el que traiciona de algún modo a los que le rodean, porque se aleja un poco de eso que se llama vida para poder reflexionar sobre ella. Que se levanta temprano, muy temprano, a las cinco y media de la mañana, para velar y a la vez robar los sueños ajenos. También habla sobre libros leídos, sobre sus influencias o libros que leerá, como Anna Karenina que se leyó en tres semanas en constante visitas a su dentista pero que, en realidad, solo era un ensayo para poder leerlo en el futuro.

Al primar la brevedad, Fabio Morábito tiene que ser muy conciso, pero sin dejar de ser preciso, recurre a la analogía, a metáforas, a silencios significativos, dotando a estos textos de algo muy parecido a la prosa poética. Un libro para tener en la mesilla de noche, para cogerlo en cualquier momento del día y leer uno de los capítulos. Para releerlos una y mil veces, para disfrutar de la Literatura de verdad.


domingo, 22 de junio de 2014

El escritor en su paraíso - Ángel Esteban

El profesor universitario Ángel Esteban recoge en este ensayo la vida de treinta escritores que trabajaron en algún momento determinado como bibliotecarios. Poniendo siempre en relación al autor y a la biblioteca, el catedrático construye breves apuntes biográficos de una treintena de grandes escritores universales. 

Normalmente es el autor el que se beneficia del amplío catálogo de libros a su alcance. En no pocas ocasiones, con poco que catalogar y menos clientes a los que atender, el escritor pasa la mayoría de sus horas de funcionario sustrayendo de los anaqueles todo libro que le despierta su curiosidad o escribiendo parte de su obra. Así, el premio Nobel Vargas Llosa reconoce él mismo en el prólogo que gran parte de su obra ha sido compuesta en las diferentes bibliotecas de las ciudades donde ha vivido. Bien en el Club Nacional de Lima, donde trabajó como bibliotecario cuando estaba recién casado y necesitaba de varios empleos para subsistir, bien en la biblioteca pública de Nueva York, en la British Library de Londres, o en la Biblioteca Nacional de Madrid. Así como en sus bibliotecas particulares en su casa de Madrid, París, o en el ático en Lima. 

Otro ejemplo de amor por las bibliotecas lo tenemos en el argentino Jorge Luis Borges si bien es cierto que tras su primer día en la biblioteca Miguel Cané descubrirá que había idealizado ese trabajo. Borges se siente aislado, rodeado de compañeros semianalfabetos que no valoran estar rodeados de libros, de saber. Posteriormente fue nombrado director de La Biblioteca Nacional. Allí, cuando ya había perdido la vista, seguía recorriendo a diario las estanterías pasando las manos por los libros, como si los leyera al tacto; sabía en que balda se encontraba cada libro. Es curioso pero, al igual que Borges, los escritores José Mármol y Paul Groussac también ocuparon ese cargo y, también como el autor de El aleph, quedaron ciegos.

En ocasiones no solo el autor se aprovecha del edificio rodeado de libros, sino que es la mano del hombre la que hace que evolucione la institución. Así, por ejemplo, Perec creó un sistema de indexación llamado método Flambo en la biblioteca de un centro de investigaciones donde trabajó. Y no solo eso, sino que ese sistema fue utilizado durante años por otros laboratorios franceses. También el catalán Eugenio D´Ors puso sus ideas al servicio de las bibliotecas, impulsando el sistema de préstamos interbibliotecario y unos estudios acordes con la tarea que allí se tenía que desempeñar. Las ideas de D´Ors  son el germen de los estudios de Biblioteconomía y documentación. O Gloria Fuertes, que convirtió la biblioteca en la que trabajaba no solo en un lugar público donde prestar libros, sino en un espacio donde compartir, charlar e intercambiar opiniones. En definitiva, un lugar vivo.

Pero no siempre la relación del autor con las bibliotecas es de amor incondicional. Así, Robert Musil amante de los libros pero no de la burocracia que significaba trabajar en un sitio así, fue encadenando bajas por enfermedad para no tener que enfrentarse al papeleo diario. Caso aparte merece la labor de bibliotecario de Marcel Proust. El autor de En busca del tiempo perdido fue becario durante años de una biblioteca a la que apenas acudió unas semanas y solo para charlar con sus amigos.

Ensayo muy ameno e interesante para todo aquel que tenga curiosidad por saber cómo afrontan los grandes escritores aquellos trabajos que no están directamente relacionados con su obra.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Librerías - Jorge Carrión

Finalista del pasado Premio Anagrama de Ensayo, Jorge Carrión desgrana en este ameno ensayo qué es eso de las librerías y qué importancia histórica y vital han tenido a lo largo de la historia tanto para la colectividad como para el individuo. En los diferentes ensayos sobre libros, siempre han cobrado mayor importancia las bibliotecas que las librerías. Con este ensayo mezcla de narrativa de viajes y pasión por las librerías, Jorge Carrión viene a llenar ese hueco que faltaba para los amantes del papel.

Prescriptores, agitadores culturales del barrio, o simplemente amigos, los libreros han tenido y tienen gran importancia en la sociedad. Desde la mítica Shakespeare and company de Sylvia Beach y la de su compañera La maison des amis des livres, de Adrienne Monnier en la Rive Gauche del Sena, donde se dieron cita Joyce, Hemingway, Prévert, o Scott Fitzgerald; pasando por City lights, regentada por Ferlinghetti en San Francisco, donde se reunía la generación beat; hasta llegar a la actual Pequod llibres de Barcelona, donde Pere y Consuelo llevan ya algunos años poniendo patas arriba el barrio de Gràcia.

De la mano de Carrión deambulamos por librerías de los cinco continentes, desde lo histórico a la anécdota del propio autor con estos establecimientos, como el regateo por conseguir un determinado libro hasta tal punto de ir todos las tardes a preguntar por el precio y ofreciendo un poco más en su contraoferta y acabar llevándoselo el último día por el precio original que impuso desde el primer momento el librero. Que Hitler o Mao fueran amantes de los libros, incluso el dictador chino trabajó en una librería, y que ambos escribieran el suyo propio y bajo su mandato se prohibieran o quemaran cientos de títulos da una muestra del poder real de los libros y de lo indispensable de las librerías, más allá de modas, como con buen juicio señala Carrión en la crítica que hace a esos espacios donde se ha preocupado uno más por la estética que por el contenido. Se ha preferido invertir más en el arquitecto y en el decorador de interior que en el fondo de la librería.

Claro que este es un libro para amante de los libros. Eso es obvio. Pero creo que también es un buen libro de viajes, luego por ahí puede tener algunos lectores más. Además es un libro curioso que puede saciar algún apetito hambriento de nuevos artefactos literarios. Aquí tiene su libro.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Clases de literatura - Julio Cortázar

Entre los meses de octubre y noviembre de 1980 Julio Cortázar fue invitado por la universidad de Berkeley, California, para impartir un total de ocho clases de literatura. La editorial Alfaguara publica estas clases transcritas de manera casi literal de unas cintas magnetofónicas lo que provoca en el lector una sensación de estar asistiendo a esas clases, sentado en uno de los bancos de madera, escuchando el particular tono del escritor argentino con acento francés.

Lejos de academicismos, aparece un docente Cortázar cercano con sus alumnos, creando un vínculo directo con ellos, dándoles voz en la segunda parte de sus clases, permitiéndoles preguntar cualquier tipo de duda o curiosidad que tuvieran. Y es que las horas lectivas funcionaban de esa manera: una primera parte en la que Cortázar exponía un tema a raíz de unos pocos apuntes y mucho de improvisación (como él mismo confiesa), y una segunda, donde se daba un diálogo directo entre estudiantes y profesor.

Lo que tiene de interesante este libro, más allá de la vasta cultura del escritor argentino y la claridad de exposición de los diferentes temas que trata, es que, para dar sus clases, Julio Cortázar se basa en su propia experiencia como escritor para ejemplificar sus teorías. Así, lee a los alumnos unos cuantos relatos, bien completos o bien extractos, de su amplía producción cuentística y los comenta. También nos enteramos de la gestación de su libro emblema, Rayuela, de el por qué las Historias de cronopios y de famas, o se adentra en aspectos más políticos, como es su Libro de Manuel. Además, si un alumno le cuestiona, no tiene ningún reparo en hablar de Cuba u otras cuestiones políticas de la actualidad latinoamericana de los años ochenta, si bien es cierto que habla más de política, siempre relacionada con el escritor y la literatura, en las dos conferencias que cierran el libro y que pronunció en la misma universidad en esos dos meses intensos.

En definitiva un gran libro; lejos de esas otras ediciones póstumas sin mayor interés que el comercial, en estas Clases de literatura podemos ver a un Cortázar nuevo, pero a la vez de sobra conocido por sus textos y entrevistas.

Reseña para la web: Los libreros recomiendan

domingo, 9 de octubre de 2011

Trabajos forzados - Daria Galateria

Igual todavía hay gente que piensa que los escritores viven de lo que escriben. Pocos, muy pocos, lo han conseguido a lo largo de la historia. Lo normal es trabajar en otra cosa para poder comer.

En este libro, la investigadora italiana hace un recorrido por esos trabajos que realizaron escritores que han pasado posteriormente a la historia de la literatura por sus obras. Se centra sobre todo en el final del siglo XIX y la primera mitad del XX. En total, Galateria repasa el Currículum Vitae de veinticuatro autores. Apenas le dedica unas páginas a cada autor, haciendo una síntesis muy amena sobre sus obligaciones pecuniarias y la relación con su obra.

Todos sabemos que Kafka fue un oficinista gris que maldecía su suerte por no poder dedicarse exclusivamente a la literatura. También sabemos que Bukowski fue durante muchos años cartero o que Saint-Exupéry fue piloto. Sin embargo, puede que no sepamos que Bohumil Hrabal estuvo a punto de perder la vida en una acerería o que Colette montó una empresa de productos de belleza.

En estas hojas de servicio vemos a escritores agradecidos con su trabajo. Así, Perec, se negó a un ascenso siendo ya un escritor de éxito. Consideraba que era tan malo para un escritor hacer carrera con su trabajo como dedicarse exclusivamente a la literatura. Con un trabajo de cuarenta horas semanales, aún disponía de muchas horas para crear lo que quisiese. Orwell, por su parte, dejó su trabajo de policía en Birmania para vagabundear por Londres y París y ser friegaplatos de un hotel de la capital francesa. Creía que, para escribir literatura, tenía que tener un contacto muy estrecho con las personas de las que luego iba a hablar.

Unos más contentos, otros menos, lo cierto es que gran parte de la nómina de escritores que figuran en los manuales de literatura tuvieron que realizar trabajos puramente alimenticios para poder vivir. Sin esos trabajos, quizás no habrían escrito aquellas obras; al fin y al cabo el autor se nutre de sus experiencias para construir su mundo.