Y fuera se está llevando a cabo la II Guerra Mundial.
Como hilo de unión entre estos dos mundos tan dispares, las vías de tren. Es cuando llegan los vagones cuando descubrimos el horror de la guerra: animales putrefactos, enfermos, soldados de las SS.
Bohumil Hrabal construye una novela cargada de humor negro y episodios desternillantes, como el del bisabuelo, herido de la I Guerra Mundial que vive con un sueldo que le otorga el Estado y que el se lo gasta en una botella de alcohol y cigarros diariamente; con las mismas, se va a reírse de los trabajadores por lo que recibe palizas cada cierto tiempo. Otro episodio divertido es el del abuelo del protagonista, hipnotizador que se plantó delante de los tanques alemanes para, con el poder de su mente, intentar detenerlos. Estos episodios, cercanos al absurdo, recuerdan en mayor o menor medida a Kafka. También se le compara con Hasek, el autor de Las aventuras del buen soldado Svejk.
Como contraste, vemos los estragos de la invasión nazi: explosiones, pasajeros que no llegan a su destino, paisajes desolados.
Esta aparente dicotomía casa muy bien debido al punto de vista del narrador, el aprendiz de factor cuya mirada candorosa consigue que el horror nos parezca aún mayor.