De sobra es conocida la labor editorial de la
aragonesa Tropo con Óscar Sipán a la cabeza. Lo que quizás ya no es tan
conocido es que este oscense ha sido galardonado en múltiples premios y tiene
en su haber una decena de títulos publicados. Concesiones al demonio
está catalogada como su primera novela.
Se trata de una novela coral donde en cada
capítulo el narrador se centra en un vecino del edificio Zabulón. El narrador
va cambiando indistintamente de la tercera a la primera persona. Se podría
pensar en un libro de cuentos con puntos en común entre ellos, pero me parece
una polémica un tanto estéril. Si el autor y la editorial sienten que es una
novela, o así quieren expresarlo, es lícito. De hecho, el último capítulo es el
que le da el armazón de novela. En cualquier caso, no me voy a detener más en
este asunto. Insisto, es lo de menos.
Lo que me interesa resaltar es la cuidada prosa
de Sipán, pulida hasta límites insospechables; la facilidad para las metáforas;
sus frases cortas, afiladas, acertadas siempre.
También me interesa destacar el humor negro que, en pequeñas pinceladas, salpica la novela.
Este libro podría haberse titulado Museo de la
soledad (pero Carlos Castán ya lo había elegido antes) o Seis personajes
en busca de amor (pero igual Pirandello lo acusaba de semi-plagio. Además,
en realidad son siete los personajes que tienen voz) porque los personjes, es
una novela de personajes, son seres a medio camino entre la soledad y la
derrota. Seres golpeados por la vida, algunas veces; por la apatía y los
miedos, otras. Así, el ciclista que saboreó las mieles del éxito y ahora vive
gracias a un taller de reparación de bicicletas; el hombre mayor que no logra
superar la jubilación; la adolescente marcada con una esvástica; o los vecinos,
puerta con puerta, escritores que comparten sin ni siquiera saberlo, celos,
fobias, y falta de autoestima. Personajes todos, que coexisten más allá de sus
páginas.