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jueves, 15 de noviembre de 2012

Receta de otoño

 

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Foto: Aldabra, “Mi cocina”

ORGASMOFELIZ

Ingredientes:

Abrazos imprescindibles.
Besos minuciosos.
Caricias exactas.
Deseo urgente.
Intervalos convenientes.
Música apropiada.
Movimientos matemáticos.
Palabras adecuadas.
Risas necesarias.
Susurros oportunos.

Modo de preparación:

Ir añadiendo los ingredientes poco a poco, empleándolos en el orden que mejor convenga. Agitar fuertemente pero sin estridencias. La consistencia de la masa resultante dependerá de la mano del autor o autora; el orden de los factores no alterará el producto obtenido.

Verter la masa conseguida en el molde que vayamos a utilizar, una vez lo hayamos untado previamente con mantequilla.

El tiempo de horneo dependerá del tipo de horno pero, en circunstancias normales, obtendremos un buen resultado con un tiempo de 10 minutos de horneo a 180º.

Bajo ningún concepto abrir el horno mientras la masa está haciéndose.

Apagar el horno.

Desmoldar.

Emplatar.

Y servir muy caliente.

¡Bon appétit!

 

Y si no llega una canción… dale de nuevo al play.

 

sábado, 15 de octubre de 2011

Viva la vida

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¿Nos vamos a estirar un poquito?

Pero, ¿vamos a estirarnos para mirar para dentro o vamos a jugar?

A mí me apetece jugar un poquito y luego ya veremos qué pasa ¿no?… Probablemente terminemos por mirar para dentro… como siempre.

Hecho. ¿Y a qué jugaremos?

Pues he pensado que podíamos jugar a las frutas.

¿A las frutas?

Sí, ya sabes, uno toca y el otro tiene que adivinar qué fruta es.

Ah, ya sé.

Por ejemplo, toca aquí, ¿qué es ésto?

A ver, déjame ver… Esto es un platanito, ito, ito.

No vale burlarse, que ya verás en qué se va a convertir este platanito, ito, ito.

Me estás asustando.

No quiero asustarte, sólo quiero constatar una realidad, ya verás.

¡Oh, dios mío!, ahora es un pepino, ino, ino… pegado a dos bolsas de agua (1), bien maduritas, diría yo.

Y con mucho zumo

¡Que ricas! Ahora tú, toca aquí, ¿ésto qué es?

Yo diría que es una madarina, ina, ina…

Ja ja ja. ¿Mandarina?

Bueno, vale… En realidad es una naranjota, ota, ota…

Así, ya me gusta más.

…..

…..

…..

 

Fuera de nosotros, una gaviota descansa en un tejado

gaviota

 

y Perrito sigue atado a su cadena,
un día más.

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(1) En mi casa, de siempre, hemos llamado a las ciruelas amarillas (claudias o bolsas de agua), incluso teníamos una claudieira.
Me encantaba comerlas un poco verdes, directamente del árbol, aunque así no tuvieran tanto jugo.

Esta mañana escuché hablar de ellos en la radio, y en cuanto pude (hace un ratito) los busqué en Youtube.

Se hacen llamar PS22 Chorus  y ya han actuado en la Gala de los Oscars de este año.
Os dejo una muestra de lo mucho que valen pero no perderos esta versión de Imagine.

A mi se me saltan las lágrimas viendo el entusiasmo con el que cantan
y sus caras llenas de ilusión.

 

Hoy también descubrí la Lechuga Salanova y el Pepino snack

es que también escuché en la radio una entrevista a Martín Berasategui, que hablaba acerca de la Fruit Attraction 2011.

jueves, 26 de agosto de 2010

Sexual Mente

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Hace un par de días que he terminado de leer “Sexual mente”, de Nuria Roca, un ejemplo de como hablar de sexo puede ser algo divertido y sencillo. Es verdad que en el libro no se tratan los temas sexuales en profundidad porque para eso ya hay grandes libros escritos por sexólogos, psicólogos y demás profesionales.

En este libro, Nuria, simplemente habla de sexo en general, contando anécdotas, fantasías, emociones, que hombres y mujeres, sin distinción, podemos sentir o hemos sentido en algún momento de nuestra vida.

Ya he defendido muchas veces aquí que el sexo es bueno, sano y que cada cual ha de sentir la mejor forma de vivirlo sin traumas ni represiones. Las mujeres sabemos de eso bastante ¿a qué sí?, al menos las de mi generación. Pero ahora llegó nuestro momento y por eso algunas de nosotras, entre las que me incluyo (humildemente), lo hablamos sin tapujos y lo escribimos sí es eso lo que nos apetece.

Hace un tiempo que visito el blog de Susana Moo, una mujer, gallega como yo, que tiene un blog llamado Erotómana. Supongo que por el título ya podéis imaginaros cual es la temática.

Susana escribe relatos eróticos de forma divertida y hasta los más explícitos no resultan vulgares. Tiene su propio estilo. Pero también escribe otro tipo de artículos, más divulgativos, relacionados con el sexo.

Hace unos días Susana, a raíz de una entrevista que le hicieron, decidió organizar un concurso en su blog: “Adivina que tengo entre las piernas”. Se trataba de escribir un relato erótico o describir una fantasía sexual. El participante se lo enviaría por correo a una persona que serviría de enlace, en este caso Chousa, del blog, Chousa de Alcandra, y que sería el único que sabría si la persona que lo había escrito era hombre o mujer. Porque en eso consistía el juego, en adivinar la autoría de los relatos. Sería así ésta una forma de constatar si los hombres y las mujeres pensamos o deseamos de forma similar. En última instancia, Chousa daría fe de la autoría del relato.

Los que me conocéis ya un poquito, en seguida pensaréis que me faltó tiempo para apuntarme de los primeros y por lo tanto habéis dado en el clavo.

Mi aportación se tituló “Y dejó que la mirara”, y fue el tercer relato que salió publicado en el blog de Susana. Si no cuelgo aquí en el blog el relato es porque me parece que no encaja del todo bien en el conjunto del blog, no porque me sienta avergonzada de haberlo escrito y de que lo leáis.

Esperando que os guste y sobre todo que lo disfrutéis, el que quiera leer el relato que pinche el enlace: “Y dejó que la mirara”.

 

viernes, 20 de agosto de 2010

Uno o más

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Se dice que:

Verdaderamente, lo difícil es conseguir el primero.

- A veces, incluso, parece casi imposible lograrlo -

En cambio, conseguir los demás, puede resultar más sencillo. Si formas parte del porcentaje afortunado, sólo es cuestión de autoconocimiento, pasión, entrenamiento y una dosis de buena suerte.

Lo que digo yo es que:

Tanto para el uno, como para los otros hay que dejarse llevar.

 

la foto es de aquí

lunes, 2 de agosto de 2010

Gus y sus congéneres

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Los vibradores se crearon, originalmente, como herramienta exclusivamente terapéutica.

Los vibradores y su interesante historia (I)

 

 

 

 

 



El primero fue inventado en 1880 por el médico británico, Joseph Mortimer Granville, para combatir la llamada “histeria femenina”, que los griegos habían descrito como el “útero ardiente”.

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(Masajes de agua como tratamiento para la histeria. Alrededor de 1860)

Los síntomas de la histeria femenina incluían insomnio, retención de fluidos, desfallecimientos, irritabilidad y pérdida del apetito, entre otros. Quienes eran diagnosticadas, debían recibir un tratamiento conocido como “masaje pélvico”, que consistía en la estimulación manual de los genitales de la mujer por parte del doctor, hasta que ésta llegaba al “paroxismo histérico”, hoy conocido como orgasmo. La histeria se convirtió en una especie de plaga entre las mujeres de la época, al tal punto que a finales del siglo XIX era tal la cantidad de mujeres que acudían a la consulta, que los médicos empezaron a inventar todo tipo de artefactos que les ahorraran el trabajo de hacerlo manualmente. Así se inventaron diversos vibradores a pedales, con gas, con baterías y finalmente con corriente eléctrica.

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El primer vibrador eléctrico para venta comercial se lanzó al mercado en 1902. A finales del siglo XIX, los “tratamientos” con vibradores salieron de los consultorios y se convirtieron en uno de los servicios más populares ofrecidos por balnearios de lujo en Estados Unidos y Europa.

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(Anuncio de 1910)
Los vibradores empezaron a comercializarse a través de los periódicos y catálogos femeninos que los publicitaban como “instrumento para la tensión y la ansiedad femenina”, y aunque la mayoría estaban destinados al público femenino, se diseñaron también algunos vibradores para los hombres.

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Cuando la Asociación Americana de Psiquiatría declaró oficialmente en 1952 que la histeria femenina no era una enfermedad legítima, sino un mito anticuado, el vibrador dejó de ser considerado una herramienta terapéutica, perdió su status-quo de electrodoméstico y se transformó en objeto de deleite sexual.

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A raíz de ésto, comenzaron a desaparecer de las revistas femeninas, de los catálogos y estantes de tiendas populares que los habían vendido durante muchos años, quedando relegados al mundo de los sex shops.

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A mediados de los años 70, los vibradores regresaron de nuevo a algunas tiendas, cuando una sexóloga americana llamada Betty Dodson, los empezó a utilizar en sus talleres de salud sexual femenina. En 1986, el cirujano estadounidense Everett Koop, los reivindicó y los incluyó en una lista de prácticas de sexo seguro, a raíz de la crisis provocada por el sida.

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También su uso terapéutico fue nuevamente reivindicado, y empezó a recomendarse para tener una vida sexual activa y satisfactoria, en aquellas personas que tenían discapacidades.

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En la actualidad los avances en vibradores son notables y existe una variedad inimaginable (como podéis comprobar en las frotos). Entre las principales novedades, figura el llamado Tongue Dinger, un anillo vibrador para la lengua que funciona con baterías, y se usa en el sexo oral.

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Los consoladores (también conocidos en su forma inglesa como dildos) son un complemento sexual utilizado desde tiempo inmemorial para la masturbación, tanto de los hombres como de las mujeres, existiendo indicios de que eran utilizados desde hace unos 30. 000 años.

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Las referencias más antiguas que se conocen detallan su uso como elemento decorativo o escultórico durante celebraciones de fiestas de fertilidad o cosecha, en muchas ocasiones acompañados de vaginas, penes y testículos, en muchas culturas ancestrales.

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El consolador más antiguo del mundo es un falo de piedra muy pulida de 20 cm de longitud y 3 cm de diámetro, del 27 000 a. C. Fue encontrado en la cueva Hohle Fels, (Ulm, Alemania). Estaba roto en varios pedazos, en el 2005 (cuando se halló el trozo n.º 14 se pudo armar el rompecabezas. Actualmente se expone en el museo prehistórico de Blaubeuren.

En Dolní Věstonice se halló un consolador también del 27 000 a. C. Los arqueólogos decidieron que era una típica Venus paleolítica, pero estilizada (aunque no pueden explicar las estrías transversales).

En los arqueológicos y escritos se han encontrado pruebas de su uso por las culturas más adelantadas en su tiempo, incluyendo los egipcios, griegos, romanos y chinos.

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(Gran parte de la información está recogida aquí,
en la Wikipedia
y en diferentes páginas de la red,
al igual que las fotos.

sábado, 31 de julio de 2010

Walking by myself

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Gus es pequeño,
tranquilo y manejable.
Original.
Ágil si se lo propone.
No es sofisticado,
ni elegante,
pero resulta atractivo 
y blandito,
al tacto.  

Gus se vuelve loco
entre mis manos.
Pero no es como tú.

Gus no sabe besar.
No me acaricia,
ni me dice palabras cariñosas.
No sabe hacerme reír.
Y no me abraza,
después de alcanzarte…

Porque es a ti a quien deseo,
todas las veces 
que me consuelo con él.

 

Dime, ¿quién es Gus?

martes, 6 de julio de 2010

Voyeur por azar

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Pudo verla a través de las cortinas entreabiertas.

Se miraba, situada frente al espejo de la cómoda. Desnuda y apoyada tan sólo sobre su pie izquierdo. En la otra pierna una escayola impoluta; al menos él así lo imaginaba.

Se miraba con tristeza (eso le pareció a él al menos), mientras se tocaba el vientre, como apretándoselo hacia dentro con fuerza.

Su cuerpo no era hermoso en la extensión de la palabra pero a él se le antojaba sensual y refrescante, como un tinto de verano.

Sí, estaba triste. De hecho le pareció que lloraba. Desde su escondite vio como sacaba un pañuelo de uno de los cajones, que abrió, no sin dificultad, y se lo pasaba por los ojos.

Y quiso estar allí, a su lado. Y abrazarla.

Su cuerpo no era hermoso en la extensión de la palabra pero a él se le antojaba tierno y reconfortante, como un vaso de café con leche caliente.

Sin querer, se excitó. Su erección le quemó como arena de playa en agosto y lo pilló totalmente por sorpresa. Azorado, corrió rápidamente las cortinas. De camino al sofá metió su mano ávida por dentro del pantalón.

Ya había visto lo suficiente para terminar el trabajo.

…ooo000ooo… …ooo000ooo… …ooo000ooo…
Los dibujos son todos de Pablo Gallo.

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Como ya sabéis por otras ocasiones, nunca me voy de viaje sin un libro. En mi Transpirenaica me llevé “El libro del voyeur” de Pablo Gallo: libro del que estoy enamorada. Os cuento como lo encontré.

Ainara

Pablo Gallo tiene un blog: "El blog del Pablo Gallo”, que empecé a visitar hace mucho tiempo porque me volvieron loca, en cuanto los descubrí (no recuerdo dónde) sus dibujos y sus cuadros. He de decir que en directo todavía me gustan más; tuve la suerte de verlos en Coruña no hace mucho tiempo, en la exposición que hizo en la Librería Arenas.


Lectora ensimismada (acrílico sobre lienzo, 73 x 60 cm, feb_2010)     aini 002

Resulta que en el 2007, Pablo comenzó a realizar una serie de dibujos eróticos circulares, llegando a la centena. Y un día se le antojó que no estaría mal verlos acompañados de textos breves de diferentes escritores. “El libro del voyeur” había zarpado sin rumbo fijo.

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En enero de 2008, pensando en llevar a cabo el proyecto, se compró un ordenador, contrató Internet y navegó por la red. Así contactó con un buen número de correos electrónicos de escritores a los que envió su propuesta, hasta alcanzar el número 69, número que le parecía redondo para un libro de contenido erótico.

A finales del 2009, tras llamar a las puertas de distintas editoriales, “El libro del voyeur” atracó en Ediciones del Viento, una editorial gallega, situada en A Coruña, su ciudad natal.

Y así, en cuanto me enteré por su blog de que el libro veía la luz, ni corta ni perezosa, me dije: “Me lo pido”. Llamé por teléfono a la Librería Arenas y me lo enviaron por correo.

En el libro podréis encontrar, entre otros, relatos de: Estíbaliz Espinosa, Marilar Aleixandre, Nacho Vegas, Óscar Esquivias, Luís Pousa, Antón Castro, Fernando Marías, Patricia Esteban Erlés, Marta Navarro, Álex Nortub...

sala de espera 

 

 

martes, 12 de mayo de 2009

El Intercambio

 

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Pedro Ojeda Escudero publica hoy en su blog La Acequia un relato que ha escrito sobre una fotografía que saqué el verano pasado y que le envié hace tiempo porque él hace una Serie de reflexiones en su blog sobre el Deseo y pensé que podría interesarle. Cuando le pedí una fotografía para la Serie que yo hacía en mi blog y que publiqué con el texto que se tituló Destronada, me propuso este intercambio.

Tengo que decir que realmente le ha sacado muchísimo jugo a la fotografía y ha descubierto en ella cosas que se me habían pasado por alto. 

El relato tan interesante que publica Pedro lleva por título: La seducción tiene mil formas y os invito a leerlo porque os va a sorprender (a mí me ha encantado). Pero me gustaría que primero observárais atentamente la fotografía para comprobar vuestras dotes detectivescas.

 

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La fotogafía la saqué en Valencia, en uno de los escaparates de una tienda de Ann Summers. Desde que abriera su primera tienda en Bristol (Reino Unido) en el año 1972, hasta que ha llegado a España y en primer lugar a Valencia, existe un concepto diferente de sex-shop. Ann Summers es una tienda con las puertas abiertas, en la que puedes encontrar gran variedad de ropa sexy y todo tipo de juguetes.

Es un sex-shop estiloso, transparente, una tienda en la que entras y no tienes la sensación de estar haciendo algo fuera de lo habitual. El secreto parece claro: romper tabúes y ofrecer un producto como si de cualquier otro se tratara, de forma más o menos discreta pero en un ambiente de absoluta normalidad.

Además de la lencería tienen, como no, un montón de disfraces sugerentes: chacha francesa, enfermera, colegiala, secretaria, animadora, azafata de vuelo... Zapatos y botas de esas de película... Y si vamos subiendo un poco más de tono y de piso, nos encontramos con un montón de juguetes sexuales, como vibradores (se vendieron más de 2000 en los cuatro primeros meses en la ciudad) de todo tipo (el más conocido "Rampant Rabbit"), anillos, dedos mágicos y demás cacharritos útiles.

Otras cosas curiosas son la ropa interior de gominola, siropes de sabores, esposas aterciopeladas, juegos de mesa eróticos y un largo etcétera.

Se encuentra en el Paseo Ruzafa nº 16, Valencia. Si alguna vez os encontráis por allí cerca no dejar de entrar, cuando menos a echar un vistazo.

Y ahora os dejo un poco de música...

 

jueves, 5 de febrero de 2009

Las naranjas


Me gusta el olor de las naranjas recién peladas. Si lo imagino se me espiga la piel y siento en la boca ese característico sabor entre dulce y amargo.
Ven, Congo, vayamos a comprarlas.

Comeremos una sentados en un banco del parque. Hoy hace sol. Dejaremos que su jugo refresque nuestros cuerpos, como un chapuzón en el mar una tarde de verano. Compartiremos cada gajo. Los iré metiendo uno a uno en tu boca como si fueses un niño pequeño y goloso, querrás morderme hasta la yema de los dedos. Dejaré que lo hagas mientras estrujas los gajos contra mi mano y el zumo resbala veloz por el brazo dejando surcos en la piel.Terminaremos de comer la naranja con los sentidos inundados.
Con mis manos húmedas, acercaré tu cara para besarte y tú pondrás un dedo en mis labios y dirás: Espera.

Me cogerás de la mano y me llevarás corriendo detrás de un árbol. Me apoyarás sobre su tronco y buscarás mi boca con ansia.

Y me susurrarás: Sabes a Naranja.

"Naranjas y limones" - 1928. Julio Romero de Torres

En la primavera de 1928 Romero de Torres no se encuentra bien de salud y, creyendo que es debido al cansancio, deja de pintar. Para distraerse, sale a pasear muchas tardes, pero su salud no mejora. Se pone en manos de los médicos, diagnosticándosele una grave dolencia hepática, posiblemente cirrosis, debido a su afición a la bebida. Entre las obras realizadas este año destaca Naranjas y limones, una peculiar representación del tradicional bodegón. Frente al frío bodegón de frutas y flores, Romero nos presenta una representación mixta de figura humana y naturaleza muerta. La modelo profesional de origen francés Asunción Boue aparece con el torso desnudo, sosteniendo entre sus manos y su pecho unas naranjas, formando parte así la fruta del protagonismo de la composición. Los limones que dan título a la obra serían los pechos de la mujer. De esta manera, el maestro representa el erotismo femenino, insinuante, con las frutas tapándose o tratando de taparse el pecho, sugiriendo más que mostrando...


jueves, 22 de enero de 2009

Un punto de partida (2ª parte)

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Ana se despertó demasiado temprano para no tener que madrugar. Alberto dormía todavía profundamente. Abrió el cajón de la mesilla para coger unas braguitas y lo más silenciosamente que pudo se dirigió a la cocina, no sin antes echar un vistazo desde la puerta de la habitación. Quería grabar aquella imagen de él entre las sábanas revueltas. Y no pudo evitar retroceder despacio y acercarse a olerlo. Quería retenerlo todo en su memoria por si aquello no volvía a repetirse. Era lo más probable. Pero no quería pensar en eso ahora. Disfrutar el momento; eso era todo cuanto tenía que hacer.

Echó un vistazo por la ventana y comprobó con agrado que saldría el sol tan esperado después de varios días de lluvia. Tal vez era una señal. Inconscientemente y en alto se dijo: “Anita, hija, mira que eres tonta... tú y tus señales... señales... déjate de chorradas”. Vivir sola le había hecho adquirir esa costumbre: hablar en alto consigo misma.

Encendió la cafetera y se fue a dar una ducha rápida. Mientras el agua caía sobre su cabeza, con los ojos cerrados trataba de recordar cada instante mientras hacían el amor. Y no paraba de oír su nombre en boca de Alberto: Ana, Ana... ¡Mierda! Le gustaba mucho y tenía que decirle adiós. Inevitablemente. Ya no había vuelta atrás. Ya no había lugar para el arrepentimiento.

Salió del baño y antes de dirigirse a la cocina volvió a pasar por la habitación. Se encontró con la mirada de Alberto. Se había despertado y permanecía pensativo en la cama que los había cobijado.

- Ven a darme un abrazo, sé buena conmigo –Ana se acercó a la cama y se sentó en donde le indicaba Alberto, que se había incorporado mientras le hacia una seña con la mano.

- Ay que ver que cariñoso estás por las mañanas. ¿Siempre te despiertas así?

- Tú eres la culpable de que esté tan contento. Aunque tengo que hablar de algo contigo.

- Pues tú dirás.

- Supongo que ya sabes de lo que quiero hablarte.

- De mis orgasmos.

- Bueno. En realidad me gustaría saber si te ha pasado por casualidad o hay algo más que yo deba saber.

- No te preocupes, Alberto. El problema es mío y sólo mío. Ojalá fuera algo casual. Y es muy largo de contar. Da igual, déjalo.

- No quiero dejarlo, Ana. Somos amigos desde hace tiempo y el hecho de que nos hayamos acostado nos une más. Sabes que te quiero mucho, no quizá de la manera que tú esperes de mí. Pero me importa todo lo que te pasa, todo lo que te preocupa. Debiste habérmelo contado. Tal vez no es tuyo el problema Ana. Tal vez sólo se trata de que no has dado con el amante adecuado. Bueno, suponiendo que sí puedas conseguir los orgasmos de otro modo.

- Venga, vamos a desayunar. Me muero de hambre. Seguimos luego.

- Está bien, como quieras. Yo también tengo hambre. Si no te importa voy a ducharme primero. ¿Tendrás un cepillo de dientes para mí?

- ¿Cómo no? Siempre tengo un cepillo dispuesto para mis amantes ocasionales. Es broma. Aunque es verdad que siempre tengo alguno en casa sin estrenar.

- Eres mi chica ideal.

- Y tú mi príncipe verde.

Alberto se levantó de la cama y se fue al baño. Y Ana se puso una camiseta, la primera que encontró en el armario y se volvió a la cocina a preparar unas tostadas. En menos de que canta un gallo Alberto estaba situado detrás de ella hundiendo de nuevo la cara en su cuello. Ana sintió que se le ponía la piel de gallina. Sus pezones se pusieron de punta y seguían así cuando se sentaron a desayunar. Se vio y se puso colorada. No pudo evitarlo. Alberto le quitó hierro al asunto haciendo como que no se diera cuenta de nada. Tenían un tema importante que tratar y no quería ponerla nerviosa. Suponía que no le sería fácil hablar de algo tan delicado y tan íntimo.

- Bueno, chica, puedes empezar. No omitas ningún detalle que pueda ser importante y no te avergüences. El cuerpo no es un reloj al que se puede dar cuerda y atrasarlo y adelantarlo cuando quieras.

- Pues verás. Yo puedo tener orgasmos. Cuantos quiera,como quiera y donde quiera. De todos los colores, de todos los sabores, de todos los olores... Excepto en ese momento ideal en el que son los dos amantes los que lo comparten. Puede ser antes de o puede ser después de. En ese justo instante según creo recordar sólo lo he tenido una vez.

- ¿Cuándo estuviste casada?

- Te va a parecer increíble pero apenas puedo recordar mis relaciones sexuales matrimoniales. Bueno, en realidad podría pero no quiero. Sólo puedo recordar que hice el amor demasiadas veces. Queriendo y sin querer. Suponía que yo debía complacer a mi marido y cuando no tenía ganas me las inventaba. A veces me sentía muy mal. Incluso provocaba las situaciones para que por la noche en cama me dejase dormir tranquila. Al final de nuestra relación ya no podía soportar que me pusiese un dedo encima. Llegué a aborrecer el sexo. Una vez ya separada pasé un montón de tiempo sin tener ningún tipo de deseo ni físico ni mental. Y lentamente aprendí a conocer mi cuerpo. Tampoco era capaz de masturbarme. Era terrible porque empezaba a tocarme y no sentía absolutamente nada. Pensé que mi cuerpo se había quedado vacío y jamás recuperaría lo que se suponía que debía de sentir con total normalidad. Poco a poco con el transcurso de los meses empecé a descubrir las caricias que me gustaban y a sentir como mi mente y mi cuerpo empezaban a reaccionar. Con una pareja hay algo que al final siempre me frena. No sé qué demonios es lo que me impide alcanzar el clímax a pesar de lo placentero que me resulta el acto amoroso en sí. Soy como una persona ciega. Sé que no puedo ver y por eso me esfuerzo en acrecentar el resto de mis sentidos. Tal vez yo disfrute más con los pequeños detalles que a los demás pasan desapercibidos. Una mirada, un beso, un susurro. Sé que no existe un final para mí y por eso me esfuerzo en que el preludio y el intermedio sean más interesantes.

- ¿Sueles decirles a tus parejas lo que quieres que te hagan o lo que te gusta?

- No. Normalmente me dedico en cuerpo y alma a proporcionar placer al hombre que está conmigo y que me gusta. Eso se me da bien. Recibir ya es otra cosa diferente.

- Ana, haces mal. Una relación es cosa de dos.

- Así serás tú. Pero sabes que la mayoría de los hombres van a lo suyo y en cuanto se suben al tren son incapaces de bajarse una parada antes sólo por el mero hecho de disfrutar del paisaje. Lo único que quieren es llegar. ¿Estamos de acuerdo?

- Sí y no. No todos somos como describes.

- Puede ser.

- ¿Me dejarías hacer una prueba? Sólo la haré si estás dispuesta y confias en mí. No voy a hacer nada que te disguste y en el momento que quieras pararé.

- No tienes que hacerlo.

- Ana, yo te deseo. No es ningún sacrificio. Me gustas más de lo que yo podía imaginar. En serio.

- ¿Te importa si pongo un CD?

- Estás en tu casa. Y yo soy hoy para ti el mago de la lámpara maravillosa. Todo lo que quieras te será concedido.

- Suena bien.

Alberto se levantó de la mesa y se acercó a Ana para cogerla de la mano y llevarla a la habitación parándose antes en el equipo de música. De pie en la alfombra le sacó la camiseta y se sacó a su vez el calzoncillo.

- ¿Tienes un pañuelo? Jugaremos a los ciegos. Te taparé los ojos. Tú sólo has de disfrutar sin preocuparte de mí. No existo. Es como si estuvieses sola y fuese tu imaginación la que te está proporcionando placer. Sólo tendrás que decirme lo que quieras si sientes esa necesidad y si no pues no dices nada. Es muy sencillo

- ¿Sirve éste?

- Es perfecto

Ana sacó de una caja que guardaba en el armario un pañuelo de seda rojo y Alberto se lo ató con suavidad sobre los ojos.

- ¿Ves algo?

- No

- ¿Te sientes bien?

- Confío en ti.

- Ven, acuéstate –le dijo Alberto, ayudándola a recostarse sobre la cama deshecha.

Se colocó a su lado y empezó a besarla del mismo modo que ella había jugado con él la noche anterior. Ana hundía sus dedos entre el pelo de Alberto acariciando con la yema de los dedos el cuero cabelludo, como si estuviese dándole un masaje.

- ¿Sabes que eso que estás haciendo es muy placentero?

- Tú tampoco lo haces nada mal -le dijo Ana mientras Alberto empezaba a besarle los pezones con el borde de los labios para pasar al siguiente instante a chupárselos como si fuese un niño pequeño amamántandose en el pecho materno.

Y caminó con sus besos por el cuerpo menudo de Ana hasta llegar a besarla en el pubis por encima de sus pequeñas braguitas blancas. Ella seguía acariciándole la cabeza y tocándole la cara con las palmas de las manos tratando de adivinar la expresión de su rostro. Y rozando sus labios. Alberto subió hasta ella y abrió su boca para empezar a chuparle la punta de los dedos de las manos, saltando de uno en otro golosamente, de arriba abajo. Y la dejó con el deseo contenido de volver a besarla en la boca y descendió de nuevo por su vientre para sacarle con toda la lentitud de la que fue capaz las braguitas. Le separó las piernas con cuidado y se acercó a besarla de nuevo. Ana sintió la humedad de su boca moviéndose con caricias precisas. Lamía su sexo como se lame una cuchara de leche condensada, o de chocolate, o de mermelada de frambuesa. Sentía que su cuerpo levitaba y entraba en otra dimensión donde no había límites ni fronteras, donde todo era blando y cálido.

Y como por arte de magia entró en ella. Ana no podría precisar cuál fue el momento exacto en que su sexo fue abandonado por la boca de Alberto para ser penetrado por aquel miembro cálido que llegaba hasta lo más profundo de sus entrañas. Y que jugaba dentro parándose, de movimiento en movimiento, sintiendo como su sexo latía y se contraía para que no se saliera. Tratando de retener entre sus piernas aquél fuego en el que era delicioso quemarse.

Y ninguno de los dos decía nada. Ana jadeaba y Alberto concentrado en desatar aquellas cuerdas que todavía la retenían a un pasado infeliz tampoco encontraba las palabras adecuadas. Los dos estallaron al mismo tiempo con un mismo grito contenido de placer, antiguo para Alberto y nuevo para Ana.

Alberto se echó sudoroso al lado de Ana, le desató el pañuelo y la besó tiernamente mirándose en aquellos ojos profundos que le decían que una luz se había abierto en aquel túnel oscuro que había dentro de su cuerpo y en donde se había perdido tantas veces sin poder encontrar la salida.

Y de nuevo se quedaron dormidos. Ana tuvo un sueño en colores. Iba con Alberto paseando en unas bicicletas azules bordeando la laguna. Las gaviotas que llegaban de la costa hasta allí formaban círculos en el aire y parecía como si estuvieran escoltándolos. Y Alberto, también soñó. Soñó que le decía a Ana gritando que no quería irse de su lado mientras jugaba a perseguirla en la playa por la arena mojada, a punto de ser pillados por las olas que llegaban para lamerles los pies descalzos.

 

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martes, 20 de enero de 2009

DeSeNcUeNtRo (1ª Parte)

columpio-y-pies

Buscaba pasión. Y por eso había marcado su número de teléfono. Un número que permanecía intacto en la memoria como si no hubiesen pasado los años. Conforme iba tecleando cada dígito sentía como la respiración se le aceleraba y aquel cosquilleo que empezaba en la boca del estómago para terminar en su sexo, la consumía con un calor irreverente. Se despertaban sentimientos que creía extinguidos.

Oyó el pitido del teléfono al otro lado. Uno. Dos. Tres veces. Y nadie descolgaba. Volvió a marcar de nuevo por ver si es que no había llegado a tiempo. De nuevo el pitido interminable. No estaba en casa. Y no quería llamarlo al móvil. Tal vez cuando volviese viera su número registrado en el teléfono y fuese él quien la llamara. Tal vez.

Se levantó del sofá y fue hacia la cocina. Sus planes habían sido echados por tierra en un segundo. Necesitaba verlo. Era un deseo imperioso que la estaba consumiendo desde hacía días. No podía pensar en otra cosa. Su cuerpo y su mente lo deseaban día y noche. No dejaba de pensar en cómo serían sus besos, sus caricias, en cómo susurraría al oído su nombre... Era una insensatez, un desatino. Pero él era todo lo que quería. Sentirlo en ella igual que late la sangre en una herida abierta. Y sabía que él estaba dispuesto. Se lo había dejado muy claro la última vez que coincidieron de copas. Sólo tenía que hacer esa llamada, y antes de que se marchase de la ciudad. No tenía mucho tiempo. Una semana.

Decidió salir a la calle a dar un paseo. Estaba desasosegada. Llamaría de nuevo a la vuelta. Cogió el bolso, cerró con llave y bajó las escaleras despacio. Iría al centro comercial. Se dejaría seducir por aquel conjunto de ropa interior blanco que había visto la semana pasada. Y lo compraría para él.

Después de caminar cinco minutos llegó a la tienda de lencería y pidió a la dependienta que le enseñase el conjunto. Suerte. Había su talla. Y se lo probó. Era precioso y no le sentaba nada mal ahora que estaba morena. Realzaba sus pechos. No pudo dejar de acariciar con la yema de los dedos el escote, el vientre y la tela bordada. Los pezones se pusieron de punta, la piel se erizó y un escalofrío la despertó de aquél instante llevándola a la realidad del probador minúsculo. Salió y entregó la tarjeta a la dependienta para que le cobrase. Entró a tomar un café y echar un vistazo al periódico. Por la noche televisaban una película que había visto en varias ocasiones pero que le gustaba siempre como la primera vez: “Elegir un amor”. Cambell Scott o Scott Cambell, como quiera que se llamase estaba impresionante. Incluso con el pañuelo en la cabeza para disimular su calvicie. Eso sí, cada vez lloraba más que la anterior. Un amor que se escapa de las manos, una vida que se apaga, un sueño que se difumina con la pérdida de la ilusión. Una historia triste con final, sino feliz, sí esperanzador.

Volvió a casa. Antes de nada fue a ver el teléfono para comprobar si había llamado alguien. Nada. La luz del aparato seguía apagada como cuando salió a la calle. Y volvió a marcar. Un primer pitido y:

- Diga
- Alberto, soy Ana
- Sí, te he reconocido. ¿Qué tal?. Acabo de llegar ahora mismo a casa. He visto tu número. Iba a llamarte ahora después de hacer un pís.
- Pues venga, ve al baño que te espero.
- No sabes como te lo agradezco.
- Estás en tu casa.
- Cuelga que te llamo yo en un momento
- Vale

Colgó y los minutos se le hicieron interminables hasta que el teléfono sonó de nuevo. ¡Dios!, ¿qué iba a decirle ahora? De pronto lo que antes tenía tan claro se envolvía en dudas y cavilaciones.

- ¿Ana?
- Hola, aquí estoy.
- Pues tú dirás
- La verdad no sé por dónde empezar
- Soy todo oídos. Cuéntame lo que quieras. Me encantará oirte.
- En realidad no tengo nada que contarte. Bueno, sí.
- Ay, Ana. Desmelénate. Dime lo que de verdad quieres decirme y no te cortes. Ya no somos unos niños. Me encantaría, que antes de irme, me descubras la mujer que vive en ti. Siempre dejas que se asome unos centímetros por el balcón y luego la escondes como si estuvieses jugando con una marioneta de un guiñol.
- Muy gráfico. Yo no lo habría explicado mejor. La verdad es que quería...
- ¿Echar un polvito?
- Joder, Alberto... eres un demonio. Dicho así va a parecer que estoy desesperada por acostarme contigo.
- ¿Y no es así?... Es de broma, tonta. No te asustes. Sé lo que quieres encontrar. Igual que sabes tú que yo no puedo darte todo lo que buscas. Mira no quiero hacerte daño pero Dios sabe que me encantaría hacer el amor contigo. En realidad es lo que más desearía en este momento.
- ¿Por qué estás tan seguro de todo?
- Yo no estoy seguro de nada. Simplemente sigo mis instintos y leo los tuyos en tus ojos cuando me miras. Y no lo digo con pedantería. Lo que sientes por mí me parece un regalo que no merezco pero el destino ha cruzado nuestros caminos. Y yo no voy a dejar de correr ese riesgo.
- ¿Qué riesgo? Tú mismo me has contado muchas veces que no piensas enamorarte jamás. Que “esos rollos” no van contigo. Que tú eres un espíritu libre y todas esas pamplinas que suenan bien pero con las que no estoy conforme.
- Un día el amor me puede pillar con la guardia baja.
- Además, te vas en una semana.
- Por eso, Ana. Verás, yo no iré a buscarte pero si tú vienes no te rechazaré. Ya lo sabes. No te engaño.
- Yo no puedo ir. Y tú también lo sabes. En cambio, si vienes tú... te dejaré entrar. ¿Por qué no vienes a cenar? Mañana entro de tarde y sé que tú ya estás de permiso con el traslado.
- ¿Me espías?
- Encontré a tu amigo Marcos ayer en el hiper y me lo dijo.
- Está bien. En una hora estoy ahí.
- Trae vino, por favor, no tengo en casa.
- Eso está hecho. Hasta luego.
- Hasta luego.

Encargaría la cena por teléfono a la pizzería de la esquina. Preparaban unas lassagnas exquisitas y así tendría tiempo de darse un baño. Eran las ocho, encargaría la cena para las diez y así le quedaría un margen de una hora para charlar y tomarse un vino. Hizo la llamada, puso la mesa en el comedor, encendió el equipo de música y se fue al baño. Y dejó que el tiempo pasase sin prisa saboreando cada burbuja de jabón que resbalaba por su cuerpo. Con los ojos cerrados sentía la caricia del agua caliente saliendo con fuerza de la cebolleta de la ducha y golpeando su cuerpo hasta dejarlo encarnado. Y se dejó envolver por aquél olor a amapola, té verde y mandarina.

El timbre de la puerta la sacó de su ensimismamiento. Y su corazón bombeó un latido brusco. ¿Quién sería? ¡Mierda!. Lo más rápido que pudo envolvió el pelo en una toalla pequeña y se puso el albornoz y las zapatillas. Y se acercó a la mirilla de la puerta. Seguro que era cualquiera que venía a ofrecer un seguro o a dejar una revista que nos advertía de que el mundo iba a acabarse. No había acertado. Giró la llave y abrió.

En el felpudo estaba Alberto con la botella de vino tapándole la cara y su sonrisa:

- Sabía que si venía antes de tiempo todo sería más espontáneo y así podría echarte una mano... para... preparar la cena.
- Mira que pinta tengo.
- Estás preciosa. ¿No vas a dejarme entrar?
- Pasa. Me vestiré enseguida –dijo Ana, dirigiéndose a su habitación.
- Bueno, la verdad es que así te veo perfecta.

Dejó la botella de vino encima de la primera mesa que encontró a mano y se acercó a Ana por detrás, abrazándola y la olió en el cuello, hundiendo allí su cara. Y desabrochó el nudo de su albornoz dejándoselo caer lentamente por los hombros hasta dar en el suelo. Giró a Ana lentamente hasta quedar frente a frente. Le sacó la toalla que le enroscaba la cabeza con una mano mientras con la otra le despeinaba el pelo corto de chico y dio un paso hacia atrás para verla un poco más lejos. De cuerpo entero. Alberto vio un cuerpo bonito en el que destacaba el triángulo del pubis oscuro y rizado más blanco que el resto de la piel. Y se acercó a besarla suavemente en la boca mientras la cogía en brazos para llevarla al dormitorio. Era un apartamento pequeño y las puertas estaban todas abiertas.

Ana no había articulado palabra pero él no se había dado cuenta. La depositó encima del edredón mullido con cuidado y empezó a desnudarse. Ana se incorporó porque no quería perderse ni un solo detalle de aquel cuerpo que había imaginado tantas veces mientras el deseo se manifestaba en la humedad de su sexo y en aquel calor inconfundible.

Cuando Alberto terminó de desvestirse tiró de los pies de Ana, despacio, dejándola de nuevo en posición horizontal. Y se echó a su lado apoyado sobre un codo, mientras con la otra mano recorrió su cuerpo, rozándolo suavemente con la yema de los dedos. Ana miraba la escena como si fuese una espectadora atónita y le dejaba hacer. El arqueo de su cuerpo delataba cada caricia.

Y Ana sintió la necesidad de tomar las riendas de la situación y empujó a Alberto para que fuese él quien se quedase en posición horizontal y se sentó a horcajadas sobre su sexo dejando caer el peso de su cuerpo sobre él, sin introducirlo. Y empezó a besarlo con besos pequeños. Jugando. Se acercaba a su boca para escaparse cuando él estaba a punto de responder al beso. Hasta oir como le pedía:

- Ana, por favor. Bésame. No seas mala, bésame.

Y entonces los besos fueron haciéndose más húmedos. Como chupones. Por los ojos, por el cuello, por la barbilla, rozando los labios de paso... dejándolo una y otra vez con el ansia de probar su boca por dentro. Sentir el roce de los dientes con la lengua y el sabor de su saliva. Y siguió besando su cuerpo. Alberto acariciaba sus pechos y jugaba con los pezones mientras ella besaba su bajo vientre. Su miembro estaba totalmente derecho cuando ella se lo llevó a la boca para chupárselo como si fuera una piruleta de fresa. Se lo metía en la boca y se lo sacaba para besarlo y lamerlo y volver a chupárselo con fuerza hasta mordérselo despacio.

Y volvió de nuevo a su boca dejando ahora que él la besara como estaba deseando. Con la pasión contenida del deseo de tantos meses atrás. Ana seguía sin decir nada mientras oía a Alberto como susurraba en su oído cuánto le gustaba.

Todos los hombres eran iguales. En cada acto de amor se enamoraban de la mujer con la que estaban mientras le daban placer. Y después.... después. Todo lo que importaba venía después. Después del sexo. Después del amor. Desechó ese pensamiento estúpido mientras introducía el pene de Alberto en su cuerpo. Quedaron así acoplados sintiendo un placer lacerante que les quemaba. Él tampoco podía ocultarlo. Sí, ella también había visto en sus ojos. También vio en sus ojos cuando empezó a moverse. Y escuchó sus gemidos y su nombre en su boca: Ana, Ana... Y ella se movía y se movía. Sorda. Y ciega. Había cerrado los ojos para ver su cuerpo por dentro. Aquella oscuridad salpicada por multitud de luces que se hacían más intensas cuánto más intenso era el grado de excitación.

Hasta que de pronto las luces se apagaron y de su garganta brotó un te quiero contenido y un sollozo ahogado. Él había alcanzado el orgasmo mientras ella había sentido como si hubiese subido a la montaña rusa y se hubiese quedado suspendida en el aire cabeza abajo.

Salió de su cuerpo con sigilo y se enroscó a su lado en posición fetal. Alberto la abrazó mientras le acariciaba el pelo. Subió el edredón para que no la cogiese el frío.

Y Ana se sumió en un sueño profundo, blanco. Y Alberto, también dormido, soñó que estaba en un parque jugando en los columpios con un niño pequeño que tenía el cuerpo menudo como Ana, y los ojos de Ana y la misma candidez en la sonrisa.

 

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viernes, 6 de junio de 2008

A mi me gustan mucho las naranjas... ¿y a ti?






Hemos terminado de cenar. Mientras vas a tomarte el postre te pregunto si no te importa que vaya a sentarme a la encimera de mármol, al lado del fregadero, para fumar mi primer pitillo de la noche. El mejor y a veces el único de todo el día.

Me siento cómodamente y voy echando la ceniza sobre la pileta mientras te miro como mondas la naranja con parsimonia.

Me llega su olor.

Llevo puesto un camisón corto de raso de tirantes, grís, a juego con un coulotte.

Termino el cigarrillo casi al mismo tiempo en que tú acabas de comerte la naranja y lo apago bajo el agua del grifo. Abro la puerta de la alacena donde está el cubo de los desperdicios para tirarlo. Tú te levantas para tirar también las mondas y recoger la mesa.

Me pides que no me mueva cuando ves que estoy a punto de bajarme saltando al suelo, como hago siempre.

Y te acercas para empezar a besarme. Acaricias mi cuerpo por encima del camisón y lo haces resbalar con mimo. Metes las manos por debajo de la tela y tocas mis pechos.

Levantas el camisón despacio y me lo quitas, dejándolo a un lado sobre el mármol. Conduces tus manos deseosas hasta el coulotte para sacármelo con toda la lentitud de que eres capaz.

No sé en qué momento te desnudas.

Me abrazo a tu cuerpo tibio y con suavidad y firmeza entras en mí. Te acaricio la espalda mientras te mueves rítmicamente en mis entrañas. Te susurro al oído cuanto me gusta y tú me contestas, detallándome lo mucho que te excita la situación.

Percibo en tu cara el placer de las caricias y siento en mi cuerpo como tu miembro va creciendo, produciéndome la sensación de que estoy totalmente poseída de ti.

Justo cuando acaba la película de la tele llegamos también nosotros al final.

Me quedo con la cabeza recostada sobre tu hombro derecho y sigo besándote amorosamente por el cuello, en los labios... hasta que siento como tu pene se va volviendo pequeño y se sale.

Me coges en brazos para bajarme de la encimera. Y todavía hueles a naranja.




miércoles, 16 de abril de 2008

El vestido verde ó El espejo de vestir II


Se abrazaron y empezaron a besarse con apresuramiento. Federico agarró suavemente a Beatríz por la melena, echándole ligeramente la cabeza hacia atrás para mirarla con detenimiento. Le dio un beso muy suave justo debajo del lóbulo de la oreja y le dijo:

- Así no. No tenemos ninguna prisa. Me gustaría que te pusieses el vestido verde para mí, en serio. Es una fantasía. Me sentaré en el sofá y tú te lo pondrás delante del espejo, como si yo no estuviera.

Hizo lo que le ordenaba. Era como una autómata. Ya no mandaba su cabeza. El deseo la consumía. De su mente desapareció toda su vida. No tenía vida antes de ese momento y después... ¿qué importaba el después?

Se levantó de la cama y abrió el armario para buscar el vestido. Y situada en frente del espejo comenzó a vestirse de nuevo. Lentamente. Su cuerpo todavía conservaba el color tostado del verano. Se puso el tanga negro. Sentía los ojos de Federico en cada poro de su piel. Era curioso, no había lujuria en ellos, simplemente estaba disfrutando de ella como quien disfruta de un cuadro en un Museo. Se puso el sujetador, negro también y cuando iba a abrochárselo Federico le pidió:

- No lo hagas, ven.

Beatríz se acercó. Él hundió la cara en su cintura y se abrazó a ella, oliéndola y besándola con besos pequeños y leves. Se levantó y suavemente él se lo abrochó. Se echó un poco hacia atrás para verle los pechos. Tenía los pezones de punta a pesar de la tela . Puso las palmas de sus manos sobre ellos para sentirlos.

- Bea, eres muy hermosa.

La cogió de la mano y la acercó a la cama.

- Todavía no me he puesto el vestido.
- Creo que tendrá que ser en otra ocasión. No puedo esperar. Pensé que podía pero soy muy impaciente, ya lo sabes.

Todavía de pie, Bea empezó a besarlo… los hombros, el cuello... ¿Cómo podía desearle de aquella manera? Comenzó a descender lentamente por su cuerpo. Se arrodilló para seguir dándole besos, oliéndolo… Federico hundía las manos en su pelo y decía su nombre: Bea… Bea…como un murmullo casi inaudible.

Al cabo de unos instantes que le parecieron los más placenteros de toda su vida Federico le pidió que parase. Ella obedeció. Le dejaba hacer. Le gustaba todo lo que estaba sintiendo. Federico le sacó el tanga, el sujetador y la agarró por la cintura de espaldas a él. Se apretó fuertemente contra ella. Su sexo la empujaba mientras le acariciaba los pechos. Con mucha ternura le arqueó la espalda. Bea se apoyó sobre la cama y entró en ella despacio, dulcemente. Sus movimientos eran acompasados. Con cada uno de ellos una oleada de placer amenazaba con deshacer sus cuerpos hasta que el orgasmo los sorprendió sin hacer ni alarde ni ruido. Cayeron derrotados sobre la cama. Se abrazaron con fuerza. Y así los alcanzó la noche.

Desnudos. Desarmados.

martes, 15 de abril de 2008

"El espejo de vestir"


"El espejo de vestir" - Berthe Morisot - 1841-1895

Me miro en el espejo de la habitación. De cuerpo entero. Me queda bien este vestido blanco vaporoso. Me realza el pecho y la cintura. En el cuello anudo la cinta verde de terciopelo y recojo el pelo en un moño alto.

El sol de la mañana ya entra en la habitación mientras tú, perezoso, sigues en la cama revuelta, mirando con curiosidad como me voy poniendo la ropa.

- Pruébate ahora el vestido verde. El que llevabas el día que nos conocimos - me dices.
- Ahora estoy más delgada. No me sentará bien.
- Por favor - pides como un niño travieso.
- Vale, vale, está bien.

Me vuelvo hacia ti y me desnudo despacio. Desabrocho la cremallera del vestido y lo dejo caer al suelo. Con un gesto pícaro me agacho para recogerlo y te lo lanzo a la cara. Para cuando abres los ojos ya me he sacado la ropa interior. Sólo adorna mi cuerpo la cinta verde de terciopelo. Saco las horquillas que forman el moño de mi pelo y dejo la melena suelta. La alboroto moviendo la cabeza boca abajo. Me incorporo y levanto la vista hacia ti. Y me acerco a la cama para susurrarte sensual y provocativa:

- Es necesario que me pruebe ahora el vestido verde?
- No, creo que no - dices tú, cariñoso, mientras me acercas con las manos agarradas a mi cintura.

Me tiendo a tu lado en la cama y dejo que dibujes en mi cuerpo flores, estrellas…

domingo, 2 de marzo de 2008

El beso


"Mujer desnuda tumbada" - Modigliani

Elena apagó el ordenador, la luz de la sala y se dirigió a su habitación, dispuesta a seguir, punto por punto, las instrucciones que le había remitido por correo. Cuanto más pensaba en ellas menos ganas tenía de llevarlas a cabo. No sentía el menor deseo de guardar, en aquella cajita de madera que ahora reposaba sobre la cómoda, el beso que Él le había enviado la noche pasada.

Su primer contacto con el beso, tal vez por recibirlo inesperadamente, le había provocado un deseo súbito que se había consumido en unos instantes, tal como había llegado. Pero estaba segura de que había algo más. Y no estaba dispuesta a guardarlo, siguiendo sus recomendaciones, sin averiguar qué sentimientos se producirían en el reencuentro. Quería arriesgarse y experimentar todas aquellas sensaciones ya olvidadas desde hacía mucho tiempo.

De pie ante el espejo, se desnudó despacio y se acarició los pechos con las yemas de los dedos. Sus pezones se endurecieron por el escalofrío de la desnudez y el tacto de sus manos.

Lentamente se tendió sobre la cama, relajó su cuerpo y su mente, cerró los ojos y dejó que el beso avanzase por el camino señalado. Incansable realizaba círculos, piruetas y saltos mortales sin apenas hacer ruido.

Logró alcanzarlo a la altura de la rodilla derecha para llevarlo hasta su vientre. Allí, indeciso y perezoso rozaba la piel suave, bajando y subiendo lentamente, mientras Elena se sentía morir en cada caricia. Ya no recordaba lo que eran el abandono y la entrega.

Se incorporó con cuidado de no asustarlo para susurrar en su oído: “Debes irte ya”. Obediente y sumiso se alejó de allí y reptó hasta su boca para sellar las palabras que se le estaban escapando. Y extendió sus brazos como alas de libélula para rodearla por entero y decirle: “No permitas que me aleje de ti”.

Conmovida por la sinceridad de la declaración, lo colocó con mimo en la palma de la mano y lo sopló hasta el ombligo, el lugar que de ahora en adelante se convertiría en su hogar.

Con el beso a resguardo se levantó, guardó la cajita vacía dentro del armario y de nuevo se acostó para acurrucarse entre las sábanas, segura de si misma.