Habían robado la Mona Lisa. Hubo sesudas investigaciones: todos los recursos de la Interpol se echaron al ruedo, los exhortos que volaban de país a país eran incesantes, los servicios de inteligencia de toda Europa conjeturaban las más osadas hipótesis para aclarar el caso, pero todo caía en saco roto. Un mes después de ese inquietante acontecimiento, el Prado anunciaba la desaparición, sin rastros ni pistas, de la Meninas. Quince días después, las señoritas de Avignon dejaban, tras de sí, el hueco gris de las paredes del MOMA. El mundo del arte entró en pánico. Fueron los fundamentalistas islámicos, trinó alguno. Quieren socavar los fundamentos de la civilización europea, gritaron otros. Es obra de algún mafioso ruso, con elevado gusto estético- pensó aquel. Es la crisis, se las vendieron a los chinos- dijo éste. Según la pericia policial, que no trascendió a la prensa, cuando las encontraron en el Bois de Boulogne, la Mona Lisa tenía una sonrisa de oreja a oreja; la Infanta se había transformado en un portento de mujer, y las señoritas de Avignon, que habían compuesto bastante sus formas, no paraban de hablar de cuánto había cambiado París, en todos esos años.
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autor: Ezequiel Martín de Buenos Aires, con el blog Ezequielmartinbarakat
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